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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

El niño al que el cielo escuchaba

• Domingo 25 de marzo de 2018

Miño no era un río, era un niño. Aunque Miño vivía cerca del Miño no eran la misma cosa. Al niño lo llamaban así porque así pronunciaba él su nombre, Ramonciño, cuando empezó a hablar. Y en Miño se quedó. Por eso, el primer día de colegio, cuando el maestro lo llamó Ramón, no se dio por aludido. Y seguía sin darse.

Era un rubiales de seis años, un poco bajito para su edad e inocentón. Nada que ver con esos niños repelentes que parecen saberlo todo y que dominan todas las situaciones y las tecnologías. Miño no dominaba nada pero le encantaba jugar con sus amigos. A cualquier cosa. En otoño e invierno jugaban a las bolas o con el trompo y durante todo el año al escondite, a las carreras, subirse a los árboles, y, ¿cómo no?, al fútbol. De vez en cuando, una incursión a alguna huerta a robar fruta. Miño tenía la suerte de poder jugar en la calle —no delante de una pantalla— y lo hacía cuanto podía. Aunque el tiempo no siempre acompañaba. No en vano, Miño y sus amigos vivían en una aldea de Lugo, tierra de ermitas, buen vino de la Ribeira Sacra y mucha lluvia. Y fue una inusual racha de buen tiempo la que forzó a Miño a tomar cartas en el asunto y arreglar la situación.

Se sentó en un reclinatorio frente a la imagen de san Roque, instalada en una hornacina en la pared, casi al alcance de la mano. Y allí le habló.  

El tiempo era indecentemente bueno. Los meses de septiembre, octubre y noviembre fueron los más secos que los viejos recordaban. Durante diciembre llovió, pero con poca convicción. Como si las nubes supieran que no iban a parar mucho por aquella parte del cielo y prefirieran seguir su camino. En enero volvió el sol. En febrero no se veía que hubiese un cambio en la situación. Un anticiclón se había acomodado en las Azores y no había quien lo sacara de allí. Y Miño estaba preocupado. Tenía sus motivos. El primero, su madre era una buena cocinera y hacía unas rosquillas de anís y de hojaldre que levantaban a los muertos. Bordaba la bica y todos los dulces de Carnaval. El segundo, su padre, albañil durante la semana, se iba por los mercados, ferias y romerías de la zona los fines de semana y festivos, vendiendo las exquisiteces que preparaba su mujer durante la semana. Miño lo acompañaba haciendo de copiloto en el coche familiar, cargado con las lonas y las varillas para armar el chiringuito, la mercancía, una fiambrera con la comida y un transistor para poder oír los partidos de fútbol. A Miño le gustaba ir con su padre y ayudarlo con la venta ambulante. Disfrutaba con el ambiente, con el ir y venir de gente, las procesiones. Pero tenía claro que a partir de octubre debería llover para que él pudiera quedarse sábados y domingos en la aldea y jugar. Tres meses de sol, cuando debería llover, tenían a Miño bastante fastidiado.

Entonces entró en acción. Se fue a la iglesia parroquial —vacía a aquella hora— y se sentó en un reclinatorio frente a la imagen de san Roque, instalada en una hornacina en la pared, casi al alcance de la mano. Y allí le habló. Con toda la sinceridad de que fue capaz —y un niño de seis años suele ser muy sincero. Explicó al santo que la cosa estaba complicada. Que él quería poder quedarse algún domingo en casa. No todos, claro. Tampoco era cuestión de pedir imposibles. El sol estaba muy bien pero para el verano, cuando había vacaciones y jugaba todo el día. Pero lo de ahora, no tenía pase. Cinco días en el colegio, deberes, recados para su madre, dos días con su padre vendiendo por las ferias. ¿Cuándo jugaba él? Era una vergüenza. Las cosas no podían seguir así. ¿No podría hacer algo para que la situación cambiara? ¿Aunque sólo fuera unos cuantos fines de semana? Al fin y al cabo, estaban en Galicia. Aquí siempre llueve, ¿no? Pues a ver si llovía. ¿Podría hacer algo? Se levantó, se acercó a la imagen y, empinándose un poco, acarició la cabeza del perro que acompañaba al santo, con la hogaza de pan en la boca. Después, hurgó en un bolsillo y sacó una moneda de cincuenta céntimos. Encendió una velita en el mueble portavelas e hizo un gesto a la imagen de san Roque indicándole que la vela, aunque quedaba un poco lejos, era para él.

Al salir, se cruzó con don Ramiro, el párroco, hombre ocupado donde los haya, que tenía a su cargo tres parroquias, un equipo de fútbol infantil, catequesis, un grupo de gaitas y un sinfín de cosas más. Un ir y venir constante por aquellas carreteras de Dios. Al contrario que Miño, él era de los que estaban agradecidos al buen tiempo que le evitaba conducir entre la niebla, la lluvia e, incluso, el hielo.

—Miño, ¿no saludas?

—Sí, perdón, don Ramiro —dijo Miño con tono distraído.

—¿Me buscabas? —se interesó el párroco.

—No, vine a rezar a san Roque —explicó Miño con gesto preocupado.

—Eso está bien —afirmó don Ramiro—. Nos vemos en la misa de mañana, ¿no?

Se separaron. Don Ramiro contento de que su monaguillo fuera tan piadoso y Miño preguntándose si san Roque le haría caso. Por un lado, le parecía obvio que el santo le echara una manita. Era monaguillo, ayudaba a misa casi todos los días, sobre todo ahora que Miguel —el monaguillo adolescente— estaba dedicado a buscar chicas para tontear y casi no pisaba la iglesia. Lo de ser monaguillo debería contar, ¿no? Por otro lado, tenía sus dudas. San Roque era como el párroco, tenía mucho trabajo. Según su abuela era un santo muy popular. ¡Vaya por Dios! Con la falta que le hacía que alguien lo ayudara. Se fue a casa pensativo. Luchando por mantener la esperanza en un santo tan atareado.

El milagro se hizo esperar. Lo de Miño era un sin vivir. Los carnavales estaban cerca y todo el mundo haciendo disfraces, escogiendo el desfile con mejores premios de la provincia y suplicando al cielo para que el tiempo seco durase unos días más. Los suficientes para poder congelarse en público a un grado sobre cero, con unos trajes en plan brasileño, todos medio desnudos, con tocados con plumas. O sea, lo más adecuado para la zona en la que vivían. Mientras, en casa de Miño, la madre y la abuela, ajenas a sus peticiones al santo, no salían de la cocina, preparando filloas y rosquillas para vender en los desfiles. Incluso el padre preparó garrapiñadas que, según él, se vendían muy bien. El niño, por su parte, echó una mano a todos, convencido de que ayudar en casa era una buena acción que san Roque no pasaría por alto. Aprovechó que su abuela lo envió a hacer un recado para acercarse a la iglesia y observaba la imagen de san Roque a ver si veía algo que le indicase que el santo iba a intervenir.

E intervino. Vaya si intervino. El viernes de Carnaval empezaron a caer unas gotas que pronto se convirtieron en un chaparrón bastante apañadito. La gente intentó animarse diciendo que aquello no iba a durar mucho. Pero duró toda la noche. La mañana siguiente, la cosa pareció reconducirse pero, justo a mitad del desfile de disfraces, la cuestión se animó repentinamente y cayeron unos chuzos que pusieron como pollos a todos los que desfilaban y, cómo no, a los que miraban. Miño y su padre, al frente del puesto de rosquillas, también tuvieron su ración de agua. Como a un chaparrón lo sucedía otro, padre e hijo regresaron a casa con la mercancía sin vender, helados y más empapados que esponjas.

Aquella noche, Miño ya estaba en cama, cuando un relámpago iluminó la habitación. Se encogió y se abrazó al Batman de trapo que dormía con él desde hacía tres años. El trueno sonó lejos, pero el siguiente estaba ya mucho más cerca. A Miño no le gustaban nada las tormentas pero, en esta ocasión, el orgullo de comprobar que san Roque no le había fallado se mezcló con el miedo, haciendo que Miño pasara una noche bastante tranquila. Eso sí, con la cabeza bien tapada con el edredón.

La lluvia continuó un día tras otro. Fastidió el Carnaval, y la mayoría de los trajes y las plumas de los disfraces estaban tan chafadas que quedaron inservibles. No es que la lluvia fuera una novedad, pero la furia con la que caía el agua hacía temer a los vecinos que, aunque con retraso, el invierno iba a recuperar el tiempo perdido.

Miño empezó a comprender que tanta lluvia no era buena cuando su madre puso rosquillas como postre tres días seguidos. El niño la miró, con gesto sorprendido.

—¿Otra vez?

—Hasta que se acaben —fue la respuesta del padre que, resignado, masticaba una con poco entusiasmo.

—¿Quedan muchas? —Miño temía preguntar pero necesitaba saber cuánto iba a durar el suplicio.

—Bufff —la madre no necesitó decir más. Todos entendieron que había rosquillas para rato.

—¿Por qué no se las das a las gallinas? —sugirió el abuelo mientras partía una rosquilla en trocitos que echaba en una taza con vino tinto.

—Mucha finura para ellas —afirmó la madre de Miño.

—Total tendremos que tirarlas. Están como piedras —el abuelo tomaba los trocitos empapados en vino con una cucharilla.

El padre escuchaba, en silencio. Por fin, preguntó:

—¿Y las garrapiñadas?

—Esas aguantan un poco más. Pero, como siga lloviendo, habrá que tirarlas. Menos mal que pudimos vender las filloas, si no…

La madre dejó la frase en el aire pero todos supieron lo que eso significaba. Incluso Miño comprendió que habían perdido el dinero invertido en las rosquillas y las garrapiñadas. Era una lección de economía básica que penetró en su cerebro, insidiosamente, cogiéndolo casi a traición. Si inviertes y no vendes, estás perdido. Ayudó a recoger la mesa con la cabeza invadida por oscuros presentimientos. Estaba tan callado que su abuela se interesó por su salud.

—Miño, ¿te encuentras bien? ¿Te duele la cabeza?

La cabeza no le dolía, estaba a punto de explotar gracias a las negras ideas que se agolpaban en su cerebro.

—No, abuela. No me duele nada. Me voy a la iglesia.

Cogió el chubasquero y salió raudo, dejando a su familia seriamente preocupada.

La situación era complicada. Lo que ya estaba en la tierra se pudría a ojos vistas. No se podía plantar nada porque las huertas parecían Venecia, todas inundadas.  

—Este niño está saliendo un poco raro —afirmó el abuelo, contundente. Siguió mezclando rosquillas con vino tinto.

—Demasiada televisión —dijo la abuela—. Y tú, deja en paz el vino.

—¿Qué televisión si aquí no se enciende el televisor más que para ver el telediario? —se asombró el padre.

—Y el fútbol —apostilló la madre.

—Tú hazme caso. Este niño es un poco raro. A lo mejor sale cura —el abuelo seguía con el vino.

—¡No, por Dios! Yo quiero tener nietos —se quejó la madre que, resignada, partía las rosquillas para dárselas a las gallinas.

El abuelo empinó el codo y se limpió con una servilleta a cuadros.

—¿Nietos? Como siga de monaguillo, ese se hace cura y ni nietos ni puñetas.

Ajeno a la preocupación familiar por su futuro, Miño corrió hasta la iglesia. Ocupó su lugar en el reclinatorio y le comentó a san Roque que la situación se estaba saliendo de madre. Que, hablando de madres, la suya había trabajado mucho para nada. Y, lo que era peor, el dinero de los ingredientes se lo estaban comiendo las gallinas. Y eso no era bueno. San Roque lo miró pero no hizo ninguna señal para tranquilizarlo. Miño acarició al perro —Petisco, como Miño lo llamaba en secreto— y se marchó bastante desanimado.

Siguió lloviendo. Los vecinos estaban desesperados. Hablaban de las escamas que les estaban saliendo. Los más leídos añadían que escamas y branquias. Pero, la verdad es que la situación era complicada. Lo que ya estaba en la tierra se pudría a ojos vistas. No se podía plantar nada porque las huertas parecían Venecia, todas inundadas. Y ¿para qué hablar de ferias, mercados y romerías varias? Miño y su padre llevaban siete fines de semana sin salir a vender. Ahora, Miño tenía tiempo para jugar en el salón parroquial —en la calle era imposible, todo barro y charcos de agua marrón. Y, mira tú por dónde, no disfrutaba de la situación que tanto había deseado. Había recibido varias lecciones prácticas de cómo funcionan los mercados y comprendía que con sus oraciones había propiciado una situación, cuanto menos, catastrófica para la economía familiar. No pudieron comprarle unas botas de goma nuevas que le habían prometido porque el dinero para imprevistos salía, oh, sorpresa, de la venta ambulante dominical. Ni cromos de la Liga. Y así, varias cosas más. El abuelo se quejaba de que —por culpa de aquella dichosa humedad— el reuma lo estaba matando. Y algo de razón debía tener, porque andaba medio renqueante por el pasillo. Ahora, Miño miraba con ansiedad un calendario con un fraile y una capucha movible que había en la cocina. Si la cabeza del fraile estaba descubierta, sol a la vista. Pero, ¡ay si la capucha tapaba la cabeza! Eso significaba que seguiría lloviendo. Y la dichosa capucha no se movía. Parecía atornillada a la cabeza del fraile.

En mitad de todas estas calamidades, san Roque, obediente él, envió una borrasca acompañada de un viento realmente huracanado. Cayeron varios postes del tendido eléctrico, hubo corrimientos de tierras amén de árboles derribados y carreteras cortadas. En una palabra, la situación era realmente insostenible. La madre comentó que, según la radio, estaban sufriendo un fenómeno llamado el Niño. Después de dar esa sorprendente información, se quedó tan ancha y siguió planchando. Los demás la miraron, asombrados. La abuela no pudo evitar soltar una pullita.

—¿Todo esto lo trae un niño? Ya ves los niños, cómo se las gastan. Y tú queriendo tener nietos.

Miño interpretó que aquello iba por él. ¡Lógico! Era un niño y por su culpa ahora las estaban pasando canutas, como decía su padre. Tenía que hablar con san Roque inmediatamente. Puede que la lluvia fuera necesaria, pero todo tiene un límite. Pidió permiso para ir a la iglesia y salió pensando cómo convencer a san Roque para que pusiese fin a aquel diluvio. Su familia lo vio marchar con la boca abierta por la sorpresa.

—Lo de que se hace cura es poco. Este rapaz está mal de la cabeza. Un día nos da un disgusto —sentenció el abuelo al tiempo que se masajeaba una rodilla.

El pobre Miño no sabía cómo explicarle a san Roque que él estaba muy agradecido por el milagro, pero no sería mala idea dejar que la situación cambiara. Le contó lo que había oído en casa y en la escuela. Todos sus amigos estaban sometidos a un régimen de gasto cero en cosas superfluas. Muchos coches se habían estropeado por culpa de las inundaciones; todo estaba manga por hombro, todos preocupados y él con un sentimiento de culpa que no se revolvía. Esta vez, Miño no se atrevía a mirar al santo a los ojos. Comprendía que se había equivocado en su petición y temía que san Roque le riñera por su inconsciencia. Cuando acabó de descargar su malestar, acarició a Petisco y encendió una velita. Eran sus últimos cincuenta céntimos. Se los había dado su abuelo cuando nadie los miraba. “Que no se enteren de que te los di —cuchicheó el abuelo—. Las mujeres no entienden que los hombres tenemos que tener algún dinero para gastar”.

Todo termina en este mundo, y el mal tiempo se retiró, dejando muy mal recuerdo. Cuando Milo vio el sol brillando como si nunca se hubiera movido de allí, sintió que su espíritu se liberaba y volaba, feliz, hasta ese sol, ausente durante meses. Se fue al colegio sufriendo por no poder explicar a los vecinos que el buen tiempo se lo debían a su intercesión. Claro que mejor callarse, o tendría que añadir que el peor invierno del siglo también era obra suya. En cuanto pudo escaparse, se fue a la iglesia a dar las gracias. Ahora que ya no llovía, entró con paso elástico, sin preocupaciones. Miró a san Roque y creyó ver una sonrisa jugueteando en los labios del santo. Petisco, como siempre, sosteniendo la hogaza entre las mandíbulas. Milo agradeció a ambos su intervención y se retiró encantado de haberse conocido. Don Ramiro, que había visto al niño hablar con el santo, no sabía qué pensar. Acabó por encogerse de hombros, indeciso. ¿Era Miño un niño muy piadoso —en plan Marcelino Pan y Vino— o, en palabras de su abuelo, un rapaz un poco rarito que el día menos pensado daría la campanada? Se retiró, pensativo.

Miño volvió a recorrer las carreteras con su padre. El negocio de las rosquillas resucitó como un Ave Fénix y Miño pudo celebrar su séptimo cumpleaños con una fiestecita para sus amigos y unas botas nuevas para jugar al fútbol que le hacían mucha falta. Ya no le interesaba quedarse el domingo en la aldea. Después de la lección de realismo que, indirectamente, le había dado san Roque, mejor vender rosquillas que ver cómo todo se arruinaba bajo chaparrones interminables. La tierra empezaba a secarse y pronto sus abuelos pudieron podar los frutales y sembrar las lechugas y las patatas.

Pero no todo iba sobre ruedas. Era evidente que san Roque no tenía término medio. De eso Miño estaba totalmente convencido. Primero pidió lluvia y, a poco, se ahoga toda la comarca. Después rogó por que las cosas cambiaran. Y el buen tiempo se estaba convirtiendo en un verdadero azote. Lo que la lluvia no había ahogado ahora se estaba quemando bajo un sol inmisericorde. Las autoridades habían prohibido la quema de rastrojos y barajaban la posibilidad de restringir el uso del agua para el riego. Una tarde, la madre vino con la novedad de que en la farmacia se hablaba del fenómeno de la Niña. La abuela prefirió no hacer comentarios y continuó con la calceta. El abuelo fue más claro.

—Pues, más que el Niño o la Niña, esto parece una guardería entera —y, a continuación, soltó unos cuantos tacos bien contundentes. Después cogió un pitillo, le quitó el filtro, lo encendió, escupió unas hebras y se dispuso a fumar.

El padre entró en la cocina —donde la familia pasaba media vida— con unos impresos que tenían que cubrir para pedir una ayuda. En el Ayuntamiento iban a pedir la declaración de zona catastrófica en vista de que las pérdidas superaban con mucho los mínimos que marcan las compañías de seguros. Cogió un bolígrafo y empezó la tarea. Otra vez intervino el abuelo para volver sobre una idea que le era muy querida. Las compañías de seguros eran todas unas ladronas. A la vista estaba. Eran las únicas que nunca perdían. La abuela siguió calcetando sin desmayo, mientras los demás decidían quién era más ladrón: si las aseguradoras, los políticos, los bancos o los de las funerarias que, sorprendentemente, se unieron a la cuadrilla de malhechores. “Otros que tal bailan”, remachó el abuelo al tiempo que apagaba el pitillo con tanta decisión que espachurró la colilla dejándola irreconocible. Aprovechando que la abuela estaba muy ocupada haciendo la sisa de un jersey, se acercó al aparador y se sirvió un vasito del tinto de sus propias viñas. Después, en un alarde de solidaridad masculina, le sirvió otro a su yerno. Su mujer, que estaba al cabo de la calle de los chupitos que tomaba cuando creía que ella no lo veía, sonrió y se hizo la despistada. Estaba convencido de que el pobre Miño tenía más sentido común que su abuelo.

Esperó a que Miño hablara. Sin forzar la mano. Cuando el crío terminó, don Ramiro tenía que hacer esfuerzos para aguantarse la risa.  

Por su parte, a Miño se le cayó el alma a los pies. ¿Otra vez se había equivocado? ¿Pero, en qué? Durante unos segundos se quedó perplejo, sin palabras. Esta vez, en lugar de salir corriendo hacia la iglesia, prefirió dejar pasar unas horas antes de hablar con san Roque. Tenía que pensar muy bien qué iba a decirle al santo. Porque, era evidente que éste tenía muy buena voluntad pero no medía sus fuerzas. Pasó mala noche, se despertó cien veces y hasta Batman amaneció en el suelo al otro lado de la cama, debajo de los calcetines.

La tarde siguiente, después de misa de ocho, Miño se acercó al párroco mientras éste ordenaba las casullas en la sacristía. No sabía cómo empezar. Don Ramiro lo miró, intrigado.

—¿Qué pasa, Miño?

—Tengo que contarle algo. De hombre a hombre.

Don Ramiro, un hombre delgado pero muy alto, miró desde su altura a aquel renacuajo que lo miraba con expresión angustiada. Se preguntó si Miño habría dado, al fin, la campanada. Curioso, se sentó en un banco que servía de baúl y acercó una banqueta para el niño. Después esperó a que Miño hablara. Sin forzar la mano. Cuando el crío terminó, don Ramiro tenía que hacer esfuerzos para aguantarse la risa. Pero, como no era cuestión de avergonzar al pobre Miño, le acarició la cabeza.

—No te preocupes. No es culpa tuya.

—Mi abuela dice que es culpa de los niños —Miño no se convencía fácilmente.

Don Ramiro suspiró y pasó a explicarle en qué consistía el fenómeno del Niño. Y después el de la Niña. No fuera que Miño quedara con dudas de su inocencia.

—Entonces, ¿san Roque no me hizo caso?

—Claro que sí. Pero todo se lió un poco. Pero claro que te hizo caso. ¡Ojalá me hiciera a mí el mismo caso que a ti! No estaría el Depor a tres puntos del descenso.

Miño, que ya le había cogido el gusto a lo de pedir a san Roque, se ofreció a solucionar el problema.

—¿Quiere que pida para que el Depor gane los partidos? —miraba a don Ramiro con los ojos brillantes y una sonrisa abierta e invitadora.

—¡No, no! No te preocupes. Que el Depor se las arregle. Tú tranquilo. Sigue rezando a san Roque, pero cuidado con lo que pides.

Esther Domínguez Soto

Esther Domínguez Soto

Escritora española (Santiago de Compostela, Galicia, 1953). Trabajó como profesora de inglés en un instituto de Pontevedra. Ha publicado dos novelas. Además, textos suyos han aparecido en medios de España, Estados Unidos y México. Ha sido reconocida en diversos certámenes.
Esther Domínguez Soto

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