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El paseo
Homenaje a la obra Melancolía, de Edvard Munch

sábado 14 de abril de 2018
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Muy pronto el silencio de la madrugada dará paso a las primeras luces del día,
entonces todo comenzará de nuevo.

El silencio de las olas y el clamor casi apagado de un mar recorrido por distintas tonalidades de azul, que poco a poco se iban oscureciendo, era la única compañía que yo buscaba aquella tarde de finales de enero, en plena estación de invierno. Con los pies descalzos, notando el frío de la arena húmeda, un cigarrillo en una mano y, en la otra, una botella de ginebra a la que le faltaban un par de tragos, recorría el arco que las olas dejaban al llegar a la playa. El silencio, sólo interrumpido por el continuo trabajo del mar, llenaba todos los rincones de aquel paisaje marino. Un gran refugio para huir del pasado, el escondite ideal para una escapada clandestina, aunque es un trabajo inútil porque de los recuerdos es imposible esconderse. Son como el agua, se filtran por cualquier grieta que se abre en la memoria y asoman en los momentos más inesperados. Comienzan como finas gotas que sólo dibujan manchas de humedad, pero luego se convierten en auténticos torrentes que te echan todo el pasado encima. La soledad se ha convertido en esa fortaleza en la que me siento protegido.

Al principio pensé que huía de un amor, de un fracaso que me golpeó duramente por sorpresa. Pensé que era víctima de la traición con la que el tiempo te envuelve y te hace creer que todo es una línea recta. Pero pronto me di cuenta de lo equivocado que estaba. Ni un amor, ni el tiempo, ni otra cosa más que yo. Mi escapada es imposible. Siempre seré alcanzado porque intento esconderme de mí mismo. Sigo en una continua huida para reencontrarme siempre con aquello que me obliga a escapar. Todo empieza y termina en mí. Un círculo laberíntico que me devuelve una y otra vez al mismo sitio y cuyo recorrido hago solo, sin nadie a mi lado. La compañía de alguien me martiriza y la soledad me angustia hasta el punto de buscar caminos por los que pueda transitar anestesiado, y aun así me protege de universos que podrían ser aún peores. Recorro caminos sin orillas a las que arrimarme, sin posibilidad de asomarme ni a un lado ni a otro porque están llenos de profundos abismos. Hace tiempo que descubrí que el color sólo tiene dos caras: lo oscuro y lo claro, en cambio yo busco con todas mis fuerzas una gama media por la que pueda marcar mis pasos. Apenas lo consigo y me vuelco irremediablemente hacia los extremos.

Recorrí aquella playa solitaria en medio de una suave brisa que, además de arrastrar el agua a la orilla, mojaba mi rostro con minúsculas gotas de agua salada. La sal que se acumulaba en mis labios, junto con aquel frío ya casi nocturno, me los iba resquebrajando con minúsculas grietas que yo aliviaba mojándolos con la lengua llena de saliva. Un remedio a corto plazo que haría salir heridas si no ponía solución. Iba pensando mientras la luz de la tarde se escapaba dejando paso a una esperada oscuridad.

Pronto anochecería y la sensación de soledad sería total, aunque el silencio, a pesar de su abrumadora presencia, no podría esconder el continuo susurro del mar. Muchas veces he aguantado la humedad y el frío hasta el amanecer para poder disfrutar de ese espacio de tranquilidad que me ofrece el comienzo de la madrugada. Poder abandonarme por unas horas y no estar en una continua guardia. Una paz que me ayuda a bajar los niveles de tensión que mantengo a lo largo de las horas del día.

Llevaba tabaco suficiente y con lo que quedaba en la botella podría aguantar toda la noche. Me acomodé entre unas rocas frente a la misma orilla y, con el horizonte al fondo, encendí un cigarrillo y me dispuse a tomar un trago. Saqué del bolsillo un vaso corto, no me gusta beber directamente de la botella porque te roba el placer del sabor. Me gusta la ginebra sin hielo, sin sabores añadidos, sin adornos, beberla muy despacio, dejando que se mezcle con la saliva y llene con su aroma toda la boca. Luego, una larga pausa para que el sabor se instale y poco a poco se vaya diluyendo dejando un rastro que va desapareciendo conforme la voy tragando. El trago directo cae en la garganta de una forma abrupta, casi sin pasar por la boca, mientras que cuando la bebes de un vaso lo primero que golpean los elixires son la lengua y el paladar. Se hacen presentes por unos segundos en las puertas de nuestro sentido y el espacio que se abre es a la vez un recipiente de placer, pero con el que también se puede sufrir. Y en esa frontera de sensaciones es donde habita el verdadero sabor.

Allí acurrucado, con la noche ya totalmente caída, podía divisar a mi derecha la luz lejana e intermitente de un faro. Son momentos hipnóticos en los que el tiempo cambia de dimensión y la mente se queda en blanco, como sumergida en un inmenso bálsamo. Sería reconfortante pensar que hay un farero que vigila atento el mar y dirige la luz que sirve de guía a los barcos, pero eso ya es historia. Ahora es todo automático, se puede pasar por delante de un faro sin tan siquiera mirarlo, incluso dudo que hoy exista el oficio de farero, al menos como vive en mi memoria. Por el horizonte cruzaba un barco que navegaba hacia poniente, delatado por la lucecita verde de su estribor. Lucecita blanca cuando lo vemos de popa; verde, roja y blanca cuando el alcance es de proa; blanca y verde cuando nos viene por la amura de estribor. Con este juego casi de máquina tragaperras, me fui adentrando en recuerdos lejanos de una juventud que pasé junto al mar. Y cuando me acerco a aquellos años, suena la música acompasada de los obenques y drizas golpeando en el palo, y el chapotear suave y constante de los barcos que están amarrados. Todo enmarcado siempre en un silencio roto y continuo a la vez, hasta llegar a las primeras luces de la madrugada, cuando las gaviotas comienzan a dibujar sus vuelos en la popa de los barcos pesqueros que entran por la bocana del puerto. Poco a poco me fui abandonando en esos laberintos caleidoscópicos que te propone la memoria. No sé el tiempo que pasó, porque es posible que me quedara durmiendo durante algunos minutos, cuando escuché voces que se acercaban. Pleno invierno, playa solitaria, frío, humedad y ni aun así podía estar solo. Apenas unas sombras identificaban a una pareja que había escogido aquel lugar y aquella hora para pasear y vivir sus secretos. Pasaron cerca de mí y la brasa del cigarrillo me delató, como se delatan los barcos que navegan en la oscuridad. Me dieron las buenas noches y siguieron su paseo. Yo no me quedé muy tranquilo pensando en que, allí cerca, había alguien más que podía romper el espacio solitario en el que había construido mi refugio aquella noche, pero se alejaron lo suficiente como para poder recuperar el silencio. Enseguida dejé de oírlos y volví a mi letargo.

 

El tiempo me va arrastrando a lugares que sólo soy capaz de reconocer cuando estoy perfectamente instalado pero, hasta que llega ese momento, transcurro por un túnel oscuro y de direcciones inciertas. Y al llegar pienso que existe el final, un final, y pronto me doy cuenta de que, nuevamente, estoy en el principio y de que no he avanzado nada y de que lo que reconozco como nuevo no es nuevo, sino la imagen de mi propia historia deformada por el espejo cóncavo que ha ido curvando el paso del tiempo. Noté los labios muy resecos y al mojarlos con saliva pude saborear la sal que la brisa marina había ido depositando en mi rostro. Algo me hizo regresar de mi estado de vigilia. Sentí cómo la pareja regresaba. Sus pasos eran silenciosos en aquella alfombra mojada que era la arena de la playa, pero sus risas los delataban. Poco a poco oía sus voces cada vez más cerca hasta que los tuve enfrente. Entonces se pararon, me dieron las buenas noches nuevamente y él me pidió fuego.

—¿Lleva fuego? —los miré un poco sorprendido, quizá con la misma sorpresa de ellos al encontrarse conmigo. Le alcancé el encendedor y él se tuvo que agachar para refugiarse de la brisa, que había arreciado un poco, y poder así encender su cigarrillo.

—¿Está usted bien? —me preguntó ella extrañada de encontrar a un tipo medio tirado entre las rocas, con un cigarrillo en la boca y un vaso en la mano.

—Perfectamente —le contesté con una cierta ironía, mientras su compañero intentaba que no se apagara la llama del encendedor.

—¿Qué está bebiendo? —siguió preguntando ella ante la insistencia de su amigo para que se marcharan.

—Estoy bebiendo ginebra.

—¿Y la bebe sola? —siguió insistiendo—. A mí me parece una bebida demasiado difícil de tomar.

—¿Esto qué es? ¿Una encuesta? Me escondo aquí para no ver a nadie, para no tener que hablar con nadie, para no encontrarme con nadie. Y la bebo sola porque hasta el acompañamiento de los hielos me molesta.

—Perdone, perdone —comenzó a repetir ella un poco apurada. Me di cuenta de que había sido bastante grosero y de que las buenas maneras nunca están de más. Ellos se irían pronto y yo podría regresar a mis soledades sin necesidad de la mala educación que había demostrado en aquel momento. Así es que les ofrecí un trago.

—Esperad, esperad, tomad un trago conmigo. Disculpadme a mí. Venga, tomad un trago —después de haberlos echado de esa forma dudaron un poco, pero ella tomó la iniciativa y volvió a acercarse. Luego la siguió su compañero.

—Vale, uno solo y luego nos vamos y le dejamos tranquilo —me dijo ella mirándome fijamente a los ojos y esbozando una ligera sonrisa. Tomaron un trago cada uno y luego se marcharon. Él lo tomó de golpe y ella lo saboreó un poco más, como intentando alargar el tiempo, pero terminó diciendo que la ginebra no es la bebida que más le gusta. Me entregó el vaso, me sonrió y se marcharon.

Los oí alejarse riendo hasta que se perdieron en la noche y en la distancia de aquella playa; entonces volvió el silencio y la soledad. Así llegó nuevamente la paz. Tenía todo el cuerpo entumecido y decidí levantarme y dar una vuelta pisando aquella arena mojada y fría. Los pies los tenía casi paralizados y decidí ponerme unas calcetas de lana y mis botas, a pesar del placer que me produce notar en mis pies esa arena de la playa que se endurece con la humedad y se rompe cuando la pisas, abriendo huellas muy poco duraderas. Las articulaciones y los músculos se iban despertando poco a poco hasta que los movimientos dejaron de ser torpes. Sabía que al día siguiente me dolerían todos los huesos, porque aquella humedad era tan perjudicial como la ginebra que estaba tomando. A los pocos minutos volví a mi rincón y me serví otra copa. Me detuve unos instantes para escuchar los latidos de mi corazón y notar la frecuencia de mi pecho al respirar. Luego volví a perderme en la inconsciencia. Fije la vista todo lo lejos que me permitía la oscuridad y me quedé atrapado en aquella línea fronteriza que separa dos mundos: Lo que alcanzamos a ver y lo que está al otro lado y forma parte de ese enigma inalcanzable. Recordé haber leído en algún sitio que los marineros son los que mejor ven a lo lejos porque se pasan la vida ejercitando la distancia. La línea del horizonte aún seguía allí: recta, inamovible, claramente fronteriza. Bajé los párpados y sin llegar a dormirme, sentí una de las mejores sensaciones que se pueden tener: La tranquilidad en medio de aquel silencio bramado.

Casi no me quedaba ginebra en la botella. Cuando se acabe la última gota me marcharé, pensé, porque tabaco aún me quedaba un paquete sin abrir. El tener un cigarrillo entre los dedos y un vaso con ginebra me ayuda a ir acompañado mientras transcurre el tiempo. Estando así, concentrado en el recuento de mis provisiones, no me di cuenta de que aquella mujer que había paseado acompañada por la playa unas horas antes se encontraba delante de mí.

—Invítame a un cigarrillo y yo te invito a un trago —rompió el silencio en el que yo estaba instalado. Con cara de sorpresa pero sin decir nada le alargué un cigarrillo mientras ella se sentaba junto a mí. De una pequeña mochila sacó un termo y dos tazas. Todo lo hizo en silencio.

—¿Y tu amigo? —le pregunté

—No es mi amigo —dijo en un tono que dejó zanjada la cuestión, así es que no insistí más en algo que, por otro lado, no me interesaba mucho.

—¿Qué es esto que voy a beber? —pregunté.

—Cierra los ojos y saboréalo. Hay que tomarlo caliente —y con una mano suave me cerró los ojos acariciándome la cara.

—Esto lleva canela —dije como si hubiera descubierto algún secreto en la composición de una pócima especial.

—En mi tierra le llaman canelazo. Lleva aguardiente, azúcar y canela. Lo hice para traértelo porque sabía que seguirías aquí —es curioso cómo las casualidades se unen para convertirse en certezas. A la luz de la llama del encendedor pude ver que ella tenía la piel del color de la canela.

—Tienes la cara llena de sal —me dijo acariciándome con una mano muy suave y muy caliente—. Tienes los labios cortados por el frío —y me besó casi rozándome al principio, para dejar caer su boca en la mía y hacerlo profundamente. Entonces pude notar en su lengua y en sus labios el sabor seco y amargo de la canela y el sabor dulce del azúcar—. Déjame que te ponga un poco de crema —yo no le contesté, pero ella entendió que le estaba diciendo que sí con tan sólo la mirada. Cerré los párpados y dejé que su mano recorriera mi frente, mis ojos, mis mejillas y me pusiera crema en los labios. Y como si aquel encuentro no hubiera sido el primero, como si nuestras vidas hubieran estado entrelazadas en otra época y aquel momento fuera el resultado de haber ido acumulado destinos, se acurrucó junto a mí y se quedó dormida. Así, en silencio, sin más palabras ni más gestos. Pronto noté su respiración reposada y cómo su cuerpo fue entrando en un profundo sueño. En el horizonte comenzaban a distinguirse las primeras luces de la madrugada. El faro seguía lanzando destellos al mar con una frecuencia constante. Yo saboreé aún dos copas más de aquella bebida: fuerte porque el aguardiente es fuerte, pero ni muy dulce ni muy seca, tan sólo peligrosa.

El mar seguía con su quehacer continuo e incansable trayendo a la orilla ola tras ola. Los colores comenzaban a distinguirse y, poco a poco, los rincones que habían estado ocultos en la oscuridad de la noche comenzaron a llenarse de la luz del sol. Había llegado el momento de marcharse. En silencio, cogidos de la mano, regresamos por aquella orilla hasta llegar a un embarcadero que ponía fin a la playa y, desde allí, al lugar donde cada uno tomaría su camino.

—Esperaré a que te vayas. No quiero que te vuelvas para despedirte. Prefiero ver cómo te alejas —le dije con toda la suavidad de la que fui capaz.

—¿No nos veremos más? Esto ha sido mágico. ¿No crees? —dijo mientras apoyaba su mano en mi pecho, buscando una respuesta que no encontró. Entonces noté que mi corazón latía con más fuerza de lo normal. Seguro que ella también lo notó.

—Sí, por eso mismo. La magia nos engaña y nos hace pensar que la fantasía puede hacerse realidad. Pero yo sé que no es así —le contesté mientras le cogía la mano con suavidad y la apartaba de mi pecho fingiendo una caricia.

—¿Lo sabes? ¿Estás seguro de que no es así? Y si fuera así, ¿qué más da? —yo sólo quería que la agonía de aquel momento no se alargara mucho más. Que ese aroma a canela quedara en el recuerdo y que encontrara el conveniente rincón en la memoria.

—No sabes mi nombre —me dijo.

—Me quedaré con el recuerdo de una sensación especial —contesté.

—Eso es sólo poesía. ¿De verdad no quieres venir conmigo? Una hora, dos. Un día. Yo sé lo importante que es el silencio —y nos mantuvimos la mirada unos instantes que podían haber desembocado en un profundo beso. Pero no fue así.

—Márchate. Me quedaré aquí mirando cómo te alejas —contesté.

—Dame un cigarrillo —saqué el paquete que aún tenía sin abrir y le di uno, se lo encendí, aspiró fuertemente y echó el humo mirando hacia el suelo. De una forma resuelta, como el que toma una decisión inmediata sin posibilidades de retorno, se dio media vuelta y, sin decir ni una sola palabra, se marchó.

La vi alejarse más rápido de lo que yo, en el fondo, hubiera deseado, pero no hice nada por evitarlo. Aún me quedé una hora allí de pie, mirando el camino por el que desapareció, esperando a que se alejara de verdad. Yo empezaba a notar la fuerte acidez que me producía el exceso de ginebra, pero como eran unos síntomas claramente reconocibles los dejé pasar porque, como siempre, desaparecerían con el primer café.

Había estado a punto de marcharme con ella y abandonar mi refugio, pero un especial instinto de supervivencia encendió todas las luces rojas y echó todas las barreras. Aquel rincón se había convertido ahora en un lugar prohibido porque me habían descubierto. Mi refugio era ahora un montón de piedras en la orilla de una playa, sin apenas un significado y expuestas a la mirada de los transeúntes. Apagué el cigarrillo y me marché. El sol ya había empezado a calentar la mañana y el mar seguía realizando una y otra vez su incansable tarea.

Fulgencio M. Lax
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