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El bono

martes 8 de mayo de 2018
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Viernes, 8:30 am. Reviso la cuenta digital: no hay depósito. Mi angustia crece al ver a los niños acabar con la última provisión de plátanos. Qué será de nuestra vida en el almuerzo, en la cena, mañana… Mi cuenta registra cincuenta bolívares que no puedo sacar. Mi confianza estaba en lo que dice el último contrato colectivo: “…el depósito del bono vacacional será depositado durante los primeros quince días del mes de julio…”, y hoy finaliza ese plazo. Día quince del mes.

Pregunto cada cinco minutos al único colega que no falla en diagnosticar el estado de las cuentas. Lo miro con cara de niño en Navidad.

Voy al trabajo. Firmo asistencia. No quiero quedarme, ya los alumnos están de vacaciones hace mucho, pero debo cumplir horario. Además, faltan los de revisión, las tres clases remediales, la segunda oportunidad, la tercera, la…

Sigo.

Hablaba sobre el bono vacacional. El apremio por saciar las necesidades de mi familia.

Doy vueltas por el liceo. Ese día no había evaluaciones por aplicar. Pregunto cada cinco minutos al único colega que no falla en diagnosticar el estado de las cuentas. Lo miro con cara de niño en Navidad.

—Profe, ¿ya está el depósito?

—Tranquilo, depositan en la tarde. Mi contacto me lo dijo, es infalible.

Me emociono y corro a la cantina, pido un café, dos empanadas y otro café (el del estribo).

—Son ochocientos cincuenta, profe.

Sonrío, la frase que le digo a continuación me parece tan conocida que casi ni me cuesta.

—Anótelo. Se lo pago cuando depositen el bono.

—¿El bono?, okey. Aunque le tengo otras cuentitas, ¿las va a pagar con el fulano bono?

—Por supuesto, doña, cuándo le he fallado.

La conversación se corta con la risotada de su hijo desde la cocina.

 

Pasa la mañana.

La tarde.

Son las cinco y vuelvo a preguntar sobre el bono.

El hombre de los contactos hace una incursión rápida por celular…

—Bueno, aquí dice que depositaron a las dos.

Me desilusiona que su contacto sea una página con tan bajo porcentaje de credibilidad, pero sigo confiando. Una parte de mí lo necesita.

Llego al hogar. Mis hijos buscan mis manos pero no llevo bolsas.

—Papi no trajo nada, mamá.

El más pequeño llora, el segundo suplica por comida, el tercero, un adolescente de catorce años, se pone las manos en el estómago mientras éste gruñe como bestia herida.

Prendo la compu, abro mi cuenta y nada.

Una hora más tarde.

Nada.

Otra hora.

Nada.

Nada.

Nada.

Al parecer hicieron el depósito a finales de la tarde en una hora insospechada. Por mi mente desfilaron las expresiones más logradas de mi reserva de improperios.

Todas las redes certifican que a los obreros ya les depositaron. Igual los administrativos, como siempre de primeros. Como siempre un monto que pasa el triple de los educadores.

Pienso que quisiera ser administrativo; o no, mejor obrero. El gobierno está con los obreros, ¿no? El futuro de ese gremio está asegurado. Quizás muchos terminen dirigiendo el país o de ministros de educación. Es una ventaja.

Reviso la cuenta.

Nada.

Reúno a mi esposa e hijos en el comedor, frente a los anaqueles vacíos. Oro con ellos. Los beso. En mi mente no se aloja una palabra que explique nuestra miseria. Dormimos.

 

A las seis del día siguiente, mi esposa me mueve repetidas veces con su mano y despierto.

—Revisa la cuenta, papi —dice con ojos llenos de algo que no sabría precisar, ¿esperanza?, quizás.

La miro escéptico. No quería otra desilusión. Pero lo hago. Al parecer hicieron el depósito a finales de la tarde en una hora insospechada. Por mi mente desfilaron las expresiones más logradas de mi reserva de improperios. Me sentí desahogado. Quizás a veces son necesarias las palabrotas. Aunque sólo las escuches dentro de ti.

Y sí, lo reconozco, nos pegó como un airecito en el estómago. Tener asegurada la comida por los próximos cinco días hace que pienses que todo pasó, que la miseria nunca volverá a tu puerta.

Es triste lo que pasa después de una semana de dicha felicidad.

Mejor ni les cuento.

Axel Blanco Castillo
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