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Encava

jueves 17 de mayo de 2018
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“Vías que son fugas y retornos…”.
César Segovia

Aquellas camioneticas Encava transitaban por el oeste de la ciudad. Desde Antímano, pasaban por Montalbán, La India, El Paraíso, Quinta Crespo y subían toda la avenida Baralt hasta la esquina Salas, donde está el Ministerio de Educación. En su interior, orbitaba una dimensión híbrida de Caracas. Un río de almas que fluía, a veces perplejo o melancólico, por un cauce de balas.

Dentro de las Encava, parado o sentado, solía auscultar la sordina jurásica del motor; mientras mis manos contaban las pelusas que dejaba la lavadora en los bolsillos del pantalón. Era un errante que, desde la ventana del autobús, oteaba las callejuelas que brotan como ramas muertas en paralelo a la avenida Baralt.

La mayoría de los pasajeros se bajaban en la esquina de Marcos Parra, casi a mitad de la avenida. De allí, el trayecto diurno de la Encava se relajaba.

La hilera de camioneticas se enlazaba de domingo a domingo, luego de las cinco y media de la mañana. Durante diciembre y enero, cuando amanecía más tarde, todas iban con las luces encendidas, como un desfile de cátodos somnolientos.

Hacia las diez u once de la noche salían los últimos autobuses, los choferes más audaces. Corríamos, entonces, desde la salida del metro en Capitolio para tomar el último autobús. Sentados en esas butacas oxidadas que en la flor de la noche huelen a aceite quemado, iba el señor de corbata pasada de moda, y a su lado, el estudiante que volvía del beso de despedida en el andén del metro. Adelante tras el conductor, escondida en la cabellera de su vergüenza, la mujer que lloraba sobre su cartera de cuero falso, como una Alicia preguntándose a dónde habían huido todos los conejos de la felicidad.

..

La mayoría de los pasajeros se bajaban en la esquina de Marcos Parra, casi a mitad de la avenida. De allí, el trayecto diurno de la Encava se relajaba.

Yo abordaba otro autobús y solía bajarme en la esquina del Guanábano, y de allí cruzaba a pie la avenida para entrar en La Pastora. Cuando era domingo en la tarde, al caminar por la plaza, escuchaba a las ánimas rezando las nonas. Si era noviembre, la voluptuosidad de su eco era tan imperiosa que me atrevía a buscarlas en los filosos recovecos de la quebrada Catuche.

Una de esas ocasiones, aparecieron tres chamos de catorce o quince años que disparaban a los perros de la calle. Nadie les decía nada. El chillido de los animales estremecía las ventanas coloniales de las casas. Uno de los pistoleros afinó la mirada para distinguirme entre los espectros. Era moreno de pelo liso, con los dedos largos como vidrio soplado. Habla, niño, qué te traes allí con la materia. Y yo —sin decir nada— volvía los pasos hasta la parada. ¡Ashé! ¡Respóndele al mataperros!, gritó el muchacho poniéndose la pistola en el corazón. Los otros comenzaron a entonar sin pausa en clave de responso ¡salam ailekum!ailekum salam.

En el elevado que va del final de la Páez a Quinta Crespo, una mañana de octubre, se detuvieron todos los carros a contemplar la humarada que salía a la derecha del puente. Una columna de humo negro salía de La Planta, la cárcel antigua del centro de Caracas. Algunos presos llegaron como pudieron a la azotea enrejada, y de allí agitaban franelas, disparaban al aire, pedían socorro. Uno de ellos llevaba en brazos un cuerpo carbonizado, el hedor a carne calcinada llegó hasta el elevado. El viento trajo también gritos, llantos, maldiciones, perdones y arrepentimientos. Por alguna razón pensé en el mataperros. La Planta era el destino casi inexorable para un muchacho como él. La Planta o la muerte.

Cuando comenzaron a sonar las sirenas de los bomberos, nos volvimos a montar en el Encava y todo el microbús era un pobrecitos, se quemaron, los quemaron, y a sus madres qué les dirán. Luego ya cuando íbamos por la plaza Miranda, quién los mandó a ir presos, ojalá se haya quemado algún violador, fueron ellos mismos esos grandes carajos, bájese mijo y no se deje robar la carterita que su mamá le regaló con tanto sacrificio.

….

La escena era un oficio sacrificial de aquel círculo de desesperos concéntricos cuyo diámetro es la avenida Baralt.

Ashé me dijo el mataperros en sueños. Era sábado en la tarde, y corrí a la parada. Había una cola poco antes de Puente Llaguno. La parada, el abismo. En donde pueda señor.

Seguí siempre al norte, hasta el final de la avenida. Había policías metropolitanos, vecinos, dos chamos que me parecían conocidos y un charco de sangre que llegaba hasta la zanja al lado del brocal. Uno de los muchachos me abrió paso y en el centro de la acera estaba tirado —baleado— el mataperros. Fueron tres disparos. Uno en la femoral, de donde salió toda la sangre. Otro en el orbital izquierdo que, aun así, no pudo borrarle la certeza de saber quiénes lo mataron. El tercero fue en la mano y le voló dos dedos, el anular y el índice. Allí estaban, como vidrio soplado por la propia muerte, casi intactos, la sangre no llegó a las uñas.

Entre el llanto de las mujeres que se habían reunido alrededor del cuerpo, un vendedor de raspados se acercó con su séquito de perros callejeros que se lanzaron a lamer la sangre regada sobre la calle. La escena era un oficio sacrificial de aquel círculo de desesperos concéntricos cuyo diámetro es la avenida Baralt. Allí estará para siempre su osamenta de asfalto irrigada con la sangre de los caídos, hasta que vuelva a ser magma tectónico en el día final.

Salam ailekum, les dije con los labios a los acólitos del mataperros. Aleikum salam, me respondieron de la misma manera. Tuve el impulso de mostrarles los dedos del muerto que recién había escondido en mis bolsillos, entre la pelusa de la lavadora. Un talismán de caricias para las noches sin fin, sentado en el Encava.

Francisco Ramos M.
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