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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

El sillón de mi abuela

• Sábado 14 de julio de 2018

Cuando terminamos de cenar hice un esfuerzo para informarle que también había comprado un viejo sillón que, por increíble coincidencia, había sido de mi abuela.

Si hay algo que no puedo hacer es cambiar mis rutinas. Lo digo cuando me río de mí mismo, porque terminan asfixiándome. Para que entiendas te pido me acompañes en uno de mis paseos diarios. Desde principios de año salgo a caminar dos veces por día, después que mi médico descubriera que mi azúcar sanguíneo había subido a 186 cuando según él no debería ser superior de 100. Su ayudante, una joven abrasiva e impertinente, insistió en que, en vez de aumentar la actividad física, debería usar insulina. Este aumento y descalabro intempestivo de mis humores me forzó a iniciar las caminatas que hago regularmente y que, aunque quizás dudes, han promovido una declinación consistente de mis niveles de azúcar en sangre. Los nuevos valores han entusiasmado al doctor Greenberg, que los atribuye a un mejor aprovechamiento del azúcar por mis músculos. Yo, con tal de sacarme a mi mujer de encima, que como maestrita de jardín de infantes me repite a cada minuto, a cada hora, que salga a caminar, salgo. A eso de las diez de la mañana parto desde mi casa de French y Agüero y camino por Agüero hacia el Abasto (19 cuadras), de allí giro a la izquierda y desciendo por Corrientes, como quien va hacia el río, hasta llegar a Pueyrredón, donde doblo a la izquierda hacia Santa Fe y bajo por Las Heras hasta Agüero, hago otras cuatro cuadras hasta llegar al punto de partida. Arribo y me controlo el índice de azúcar en sangre, que nunca es mayor de 110. Después del almuerzo trabajo en mis escritos, que no abandono hasta las 17 o 18 horas, cuando es tiempo para mi segunda caminata. Esta vez salgo por Agüero en dirección opuesta, rumbo a avenida Libertador, donde doblo a la derecha y camino hasta la calle Libertad. No voy a ocultarte por qué lo hago: tengo fascinación por las antigüedades exhibidas en los distintos negocios de calle Libertad, lo que demora mis tiempos, y mi caminata se hace lenta y en ocasiones se prolonga dos o más horas en particular los miércoles, día de las subastas. Hay una casa sobre Libertad antes de llegar a Vicente López, de unos rematadores vetustos, engolados y llenos de mañas, que ocasionalmente ofrecen con desafecto artículos de los que no conocen la historia o que saben de difícil despegue, ya que pudieron haber sido robados. Valor de la tarea: me retraso y llego tarde a casa. Herminia, mi mujer, me espera para cenar y para liberar toda su ira por lo que ella considera “fruslerías que adquiero por mi compulsiva tendencia a coleccionar objetos sin valor comercial pero artístico”. Hoy el tema de su acentuado encono es un juego de dos cajas de plata 925, de 12 centímetros por 18 de largo y 4 centímetros de espesor, que tal vez fueron usadas en el siglo pasado para almacenar habanos. En la contratapa se puede observar el troquel impreso con el punzón del sello Tiffany.

Cuando terminamos de cenar hice un esfuerzo para informarle que también había comprado un viejo sillón que, por increíble coincidencia, había sido de mi abuela. En su casa de calle Melo, el sillón ocupaba el rincón que daba sobre el balcón. Dos días por semana mi madre me llevaba a lo de Nana mientras ella trabajaba en la Biblioteca Nacional. Nana me daba la mamadera en el sillón de respaldo alto y derecho, con unas aletas laterales que obstruyen la visión periférica. Estaba tapizado con un terciopelo amarillo-ocre, que aún se conservaba parcialmente en la cara posterior externa y en los laterales internos. El asiento estaba desbaratado, con resortes pugnando por estallar, otros asomándose entre los restos del terciopelo pringoso, todo impregnado de un aroma amoniacal difícil de tolerar a la corta distancia. La inspección debía hacerse a metro y medio, y así evitar la inevitable injuria de las fosas nasales. Junto al sillón remataban la banqueta apoyapiés, donde las diminutas extremidades de mi abuela habían dejado su rastro. La mitad del terciopelo conservaba el amarillo original, el resto de la felpa desgastada había adquirido un color violeta-pardo. El rematador hizo una reseña histórica de los muebles a subastar. Provenían de la residencia Años Dorados, que durante cincuenta o más años funcionó en un solar del Pasaje Bollini casi esquina Peña y tuvo de residente a mi abuela Nana, desde 1997 hasta octubre del 2001. Mi mamá y sus hermanos seleccionaron Años Dorados, lo eligieron porque permitían a los nuevos residentes decorar sus habitaciones con muebles propios, lo que favorecía la transición y adaptación al nuevo espacio. El sillón inglés había sido comprado en Maple, la mueblería de calle Esmeralda, a principios del siglo XX. Herminia me miraba sin inmutarse, la mirada sospechosa sin que su escucha defensiva de mis aceitados razonamientos provocara una mínima diferencia en su animosidad y en la férrea defensa territorial de su dominio, ciento cuarenta y tres metros cuadrados de nuestro departamento de Anchorena 3133, cuarto piso B. Al término de mi perorata, Herminia pronunció sentencia: a su arribo, el sillón irá a ocupar un lugar en la baulera.

—Pero Herminia, no puedes pretender eso, imploré. El sillón tiene no sólo gran valor sentimental para mí, sino que se ajusta al rincón despoblado de mi escritorio, que quiero transformar en mi lugar cómodo de lectura. Por favor, dime qué piensas —dije yo.

—Todos los miércoles pareces asegurarte de que la cena me va a quedar aquí —y colocó su mano derecha estrujándose el cuello, cómo impidiéndose la respiración—. Por eso odio llegar a casa el día de los remates, porque no sé con qué chabacanería me estarás esperando y qué argumento tendrás para convencerme de que debe ocupar un espacio en mi casa. Hoy no es una excepción a la regla. Me acosas para que dé mi visto bueno a la compra de esa cochambrería, que ya fue. No sólo te atreves a comprarlo sin preguntarme, sino que para endulzarme me presentas las cajitas de plata de Tiffany. Ni loca me pondría a retapizar un sillón de más de 100 años o a buscar el terciopelo que mejor combine con el color de las paredes de tu escritorio. ¿Cómo puedo hacerte entender que soy una enamorada del minimalismo alemán y no tolero la sobrecarga barroca de los ambientes, al estilo austrohúngaro? —dijo Herminia con vehemencia y corta de respiración.

—Herminia, dispuse que lo entreguen mañana por la tarde —y, cambiando mi voz a imperativa, expresé:— y lo quiero en nuestra casa —mientras mi párpado izquierdo tremolaba fuera de control.

Herminia sin responder se levantó de la mesa y se retiró al dormitorio.

Enardecida, con una amplia sonrisa y el dedo índice derecho acompañando su discurso, dijo: “Te lo advertí, las casas de remate sólo venden porquerías”.

El jueves a las 16 y 30 horas llegó el fletero con mi preciada adquisición. Con su ayudante, depositaron mi compra en el hall de entrada de nuestro departamento. Antes de que se retiraran les pedí que permanecieran un minuto mientras probaba sentarme en el sillón. No puedo negar el olor nauseabundo que se desprendía de eso, el sillón inglés de mi abuela. A pesar del olor deposité mis 83 kilos. Sin crujido o ruido alguno, me encontré sentado en el parquet de la entrada. El respaldar golpeó mi cabeza, y descansaron sobre mis hombros las aletas laterales, formando un ángulo de 45 grados. El asiento y los brazos laterales se habían pulverizado al igual que las patas delanteras, que en silencio, transformadas en aserrín, cubrieron parcialmente el talón de mis pies, calzados sin medias y que pronto quejicosos rechazaban el ataque irrespetuoso de lo que parecían ser hormigas coloradas.

—Patrón, se lo vendieron comido por las termitas —dijo el fletero con sarcasmo mientras retiraba el resto del respaldo apoyado en mi cabeza y el ayudante tirándome del brazo izquierdo me asistía a pararme. El fletero al apoyar sus antebrazos en la parte superior del respaldo trastabilló hacia adelante cuando las patas traseras del sillón colapsaron, desmenuzadas, convertidas en aserrín.

—Ricardo, va a tener que tirar todo a la basura —le dije al fletero.

—Lo haré de inmediato y voy a desinfectar el hall porque las termitas son capaces de comerse todos los muebles sin que uno pueda frenarlas —dijo el hombre con acento provinciano. Atónito seguí sus sugerencias y por otros 50 pesos embolsó los restos mortales del sillón.

Me quedé junto a la chimenea con la mirada perdida, ponderando la sabiduría de mi mujer. Cuando Herminia entró al living le resumí lo acontecido. Enardecida, con una amplia sonrisa y el dedo índice derecho acompañando su discurso, dijo: “Te lo advertí, las casas de remate sólo venden porquerías”. Aliviada por la inoperancia de mi fracaso volvió a mostrarse afectuosa conmigo. Quizás hasta el próximo miércoles, seguro toparé con la pieza de Murano que he estado buscando desde hace tiempo y que podré ubicar en mi biblioteca.

Mario Luis Gospodinoff

Mario Luis Gospodinoff

Escritor argentino (Pergamino, Buenos Aires, 1937). Es médico jubilado. Estudió escritura creativa en el Dade County University de Miami. Ha publicado cuatro libros de cuentos breves en edición de autor.
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