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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Solípedos

martes 31 de julio de 2018
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Estaba sentada en un escaño del parque y fumaba tanto que cuando sonaron las campanas de la iglesia y quise mirar la hora no pude ver el reloj: el humo de sus cigarrillos lo escondía entre una niebla (que en este párrafo equivale al humo) parecida a la de las calles de Londres donde Jack el Destripador hacía de las suyas en tiempos de la corneta de palo. O podría ser la niebla de la calle de un puerto antártico donde, a medianoche, dos pistoleros grises se acercan uno al otro sigilosos, con el dedo en el gatillo y dispuestos a resolver un problema creado por el guionista de la película donde trabajan como extras.

Se llamaba Teresa, y para no caer en la telaraña de la literatura debería decir que no es la misma Teresa en cuya frente, según el poeta, el cielo empieza. Fumaba tanto que las colillas iban formando a su alrededor una trinchera que la protegía del ataque de los zancudos, y el cielo de que habla el poeta al referirse a su Teresa debía, en mi caso, ser el que forma el humo de los cigarrillos convertido en nubes que miran hacia abajo para verificar el daño que causaron al pulmón del mundo. Teresa, a quien las nubes miran con sorpresa.

Debo aclarar que en ese momento ignoraba que se llamara Teresa, y que tal nombre le caería encima a la fabricante de colillas, como la bauticé aquella tarde en mi inventario de rostros prescindibles, unas semanas después cuando un hombre alto y una mujer de cabello gris se refirieran a ella con tal exactitud que no tuve duda de que se trataba de la misma persona. Tampoco sabía que luego me pondría a escribir el relato que la inmortalizaría, obligado por el asombro de saber que, a pesar de parecer saludable como una caricia, padecía de un cáncer terminal —que por suerte aún no la mata—, amén de que era una máquina de producir belleza y estaba relacionada —lo cual es el mayor asombro— con una mujer que habla con los animales y resuelve sus problemas sicológicos haciendo que don Sigmund Freud se revuelva en su tumba.

El hecho que me obligó a escribir este relato sucedió cualquier día del calendario a eso de las once de la mañana, en la cafetería donde suelo beber un agua aromática todos los días, antes de ir a casa a sentarme a sufrir porque no tengo tema alguno sobre el cual escribir. El tipo alto y la mujer de cabellera gris, unos desconocidos que ocupaban la mesa siguiente, la describieron con tal elocuencia que no dudé de que se trataba de la mujer que fumaba en el parque. Había mucho humo en las palabras que hablaban de ella.

Es claro que no debe haber un animal de un solo pedo, lo cual, de existir, se acomodaría mejor al sustantivo solípedo.

El tipo alto dijo que no conocía a nadie como Teresa con tanta capacidad para crear belleza. Aseguró —conversaban en voz alta con la dueña de la cafetería, quien los miraba mientras lavaba unos vasos tras la barra— que cuando Teresa se divorció, quedándose sola y sin dinero, él le ofreció una casita de madera que había construido en su finca, a la sazón abandonada y fea, lo cual ella aceptó. A los pocos días, con unos adornos que ella misma confeccionaba utilizando plantas, flores y desechos del campo aledaño, la casa se asemejaba al más bello palacio del más hermoso cuento de hadas. Teresa era como una discípula del dios Midas, que embellecía cuanto tocaba. Teresa, en cuya mano todo se embelesa.

La mujer de pelo gris, que miraba al hombre alto con tanta ternura que se notaba enamorada, tomaba de vez en cuando la palabra y se refería a la vena artística de Teresa, capaz de embellecer un escupitajo, una llaga purulenta o incluso a un presidente de la república, lo cual es uno de los siete imposibles del mundo. Aseguró que Teresa era domadora de caballos y, en general, amaba a los animales con la misma devoción con que hacía sus prodigios. Y para hacer hincapié en esta última cualidad, se refirieron a un caballo de tiro maltratado por su dueño y a una yegua despreciada y puesta de patitas en la calle por los dueños de una academia de polo, un deporte del que los de mi estrato social tenemos muy poca noticia. Lo nuestro es el fútbol. De hecho, yo ignoraba que por estos lares hubiera una academia de polo, y hasta había llegado a creer que ese deporte sólo existía en la televisión, donde la frivolidad y las mentiras tienen su hábitat natural.

El hombre alto aseguró, a manera de introducción, que los caballos caminan sobre patas de una sola uña —al escuchar esto yo aseguré que por esa característica se denominan solípedos, aunque ahora mismo no estoy muy seguro de acertar. Es claro que no debe haber un animal de un solo pedo, lo cual, de existir, se acomodaría mejor al sustantivo solípedo. “Las vacas”, sentenció para terminar la introducción, “tienen dos uñas y por eso se llaman ungulados”. Bebió un sorbo de café y agregó, abordando el tema central, que los dueños de la finca El Madrugón, miembros de la Sociedad Protectora de Animales y vecinos de esta región, habían adoptado un caballo de tiro —un solípedo, volví a intervenir para aportar mi granito de arena— que había colapsado por hambre y cansancio en una avenida de la capital. Estaba en tan malas condiciones, flaco, lleno de llagas e imposibilitado para caminar, que ellos lo habían traído a su finca para tratar de salvarlo.

La mujer de pelo gris acotó que por esos mismos días a Imre, otra hacendada de la región, le habían regalado una yegua proveniente de una academia de polo, lo cual era sospechoso, argumentó, porque nadie regala un caballo —un solípedo, insistí— tan costoso, a menos que éste tenga algún problema. En todo caso la yegua parecía no tener problema alguno y era hasta bonita.

Los dueños de la hacienda El Madrugón, un español y su esposa latinoamericana, trataron tan bien al caballo de tiro que éste comenzó a recuperarse, pero el proceso avanzaba muy lentamente. Entonces recordaron las cualidades de Teresa y decidieron invitarla a su finca para mostrarle el caballo y ver si tenía alguna idea sobre cómo tratarlo. Teresa vino a visitarlos, y luego de algunas deliberaciones decidieron llevarlo a su casa, de ella.

Para que el caballo estuviera cómodo, Teresa construyó precipitadamente una pesebrera en el patio anexo a su casa y se pasó a vivir allí —con su cama, la mesa de noche y montones de libros— para estar cerca del animal las veinticuatro horas del día. Parece ser que los caballos comen todo el tiempo, por lo que se debe estar cerca de ellos cuando están enfermos para garantizar que se alimenten bien.

Teresa tuvo a esta altura una idea para resolver lo de la tristeza de los solípedos. Recordó que en la capital vivía una amiga suya que tenía la cualidad de hablar y entenderse con los animales.

Durante el lapso que duró la curación del caballo (el solípedo, pensé), hubo un momento en que las heridas habían sanado del todo pero, en opinión de Teresa, había una tristeza dentro del animal que debía ser resuelta. Y nada mejor para esto que facilitarle la compañía de un solípedo de sexo contrario, la llave y su cerradura, lo cóncavo y lo convexo. Entonces recordaron la yegua que le habían regalado a Imre y fueron a pedírsela en préstamo.

Si bien es cierto que la yegua y el caballo hicieron buenas migas, al parecer él le contagió su tristeza —y ella a él una rabia incontenible—, de tal manera que andaban por ahí sueltos —ya les permitían trotar en el corral— como una pareja de esposos saludables que salen de compras aquejados de un silencioso y mutuo dolor. O un odio. O un fastidio tan grande como una catedral. O simplemente el resultado de cuarenta años de matrimonio sin esperanza de salir vivos de allí.

Teresa tuvo a esta altura una idea para resolver lo de la tristeza de los solípedos. Recordó que en la capital vivía una amiga suya que tenía la cualidad de hablar y entenderse con los animales —muchos humanos hablan entre sí pero nunca se entienden—, y decidió que si sus pacientes se desahogaban hablando con alguien sobre su pasado, a lo mejor se aliviaban del dolor y la cura se completaba. Se trataba de aplicar las teorías de Freud a los solípedos, algo que podría revolucionar los hipódromos.

—Hola, Tom, soy Abigail Moore, una sicóloga contratada por tus patrones para ayudarte a resolver tus problemas…

—Perdón, yo no tengo patrones. Me trajeron aquí para curar mis heridas, no para trabajar. O sea que los de aquí no son mis patrones sino, si acaso, mis enfermeros, o en todo caso unas almas caritativas que salvan animales de las manos de sus maltratadores.

—Por supuesto, Tom, unos enfermeros. Esa es una buena idea. Y dime, para ver cómo te ayudo, qué sucedió contigo para que vinieras a dar por aquí.

—Yo nací y me crie en el campo, en una finca cercana a la capital, y allí estaba destinado a morir. Pero cuando me hice adulto y se suponía que debía comenzar a trabajar, mis dueños descubrieron que tenía sólo un testículo y no iba a servir como semental, lo cual causó mi desgracia. Me trajeron a la capital y me vendieron a bajo precio. Me compró un acarreador que tenía un carro de tiro para hacer trasteos, cuya bestia acababa de morir. El tipo me hacía cargar grandes pesos durante largas jornadas sin comer ni beber nada, y me azotaba tanto con su látigo que un día no resistí más y me desmayé en la calle. Cuando creí que moriría me recogieron unos ecologistas y así fue como terminé aquí, donde soy feliz. Hágame las preguntas que quiera para asegurarse de que soy feliz y luego déjeme en paz pues casi no me gusta hablar.

—Está bien, Tom, aquí voy…

Conversación entre la sicóloga y la yegua al atardecer de un miércoles. El sol hace sus maletas para irse a otros ojos mientras la noche se toma los nuestros.

—La verdad es que yo odio a los humanos, doctora.

—¿Y eso?

—Porque me engañaron, me mintieron y al final me abandonaron.

—¿Cómo así, querida Isadora?

—Como lo oye. Soy hija de dos campeones del deporte del polo, y fui criada con todos los honores y cuidados debidos a mi condición. En mi juventud fui una princesa, pero cuando llegó el momento de iniciar mi entrenamiento me sometieron a un examen en el que se determinó que tenía los pies planos, un mal que hace imposible rendir en el deporte, y ahí fue Troya, como ustedes suelen decir. Me despojaron de todos mis derechos y me pusieron en venta. Yo quería que me dejaran como esposa del semental de la academia, que me miraba con lujuria cuando nos encontrábamos en los corrales, pero ellos, que no tienen esa cualidad suya, doctora, de entenderse con nosotros, no comprendieron mi deseo y me jodieron. Dejaron que me comprara, por pura compasión, la señora Imre, y aquí estoy, viviendo entre estos plebeyos y acompañada por ese bastardo —señaló a Tom que comía su ración de pasto verde recién podado y miraba el sol rojo que se disponía a morir víctima de la oscuridad— con quien no encuentro tema de conversación. Es demasiado maleducado el rocín ese…

—Me aseguraré de que te aíslen para que no pases malos ratos con Tom, a quien, a propósito, también debo ayudar.

—Ese animalejo no tiene problema alguno. Ahora vive como un rey, lo cual es algo que jamás le había pasado antes.

—Pero se nota triste…

—Es por pura solidaridad conmigo, o a lo mejor es su método de enamorar. Aunque, pensándolo bien, hágame el favor de dejar las cosas como están, es posible que a la larga le tome algo de cariño pues es la única compañía de mi especie por aquí. Odio los perros, los gatos y las gallinas, que abundan por estos pagos.

Tras el tratamiento sicológico, los solípedos dejaron de sufrir y se pusieron bonitos. Es más: varias veces se vio al caballo montar a la yegua con una pasión tal que ponía en duda su condición de ciclán. Teresa y este señor, aseguró la mujer del pelo gris señalando al hombre alto que la acompañaba, estuvieron varios días preocupados porque la yegua pudiera estar embarazada y ello no gustara a Imre, su dueña. Por suerte al poco tiempo se le vino la menstruación y todo quedó en regla, como debía ser. Días después cada solípedo regresó a su hogar y Teresa continuó el ejercicio de sus bellas artes.

Ya a punto de irse, mientras pagaban la cuenta, la mujer de pelo gris o el hombre alto, no recuerdo bien quién fue, dijo que Teresa estaba por estos días enferma de gravedad y ellos no sabían qué hacer con ella. Entonces me lamenté, sin palabras, de que no hubiera entre los solípedos una Sociedad Protectora de los Protectores, que pudiera adoptarla para curarla de sus males y permitirle continuar creando belleza y resolviendo los problemas de los animales injustamente tratados por los humanos, depredadores y crueles a más no poder.

Amílcar Bernal
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