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La Jument

• Jueves 9 de agosto de 2018

El farero puso la tetera hirviente sobre un paño rojo que protegía la mesa rectangular de madera, y antes de servir un poco de té, encendió una radio que tocaba Le Cygne de Saint-Saëns. Era de mañana, se acercaba la Navidad de 1989, llovía un poco y hacía un terrible oleaje en el Céltico que estaba especialmente encendido en furia.

Ese día iba transcurriendo de manera distinta a la rutina de Theophile, y lo que normalmente sucedía con normalidad, esta vez parecía sólo servir como acompañamiento a algo más que flotaba en el aire, como si la rutina fuese el piano en Le Cygne y muy pronto un violín fuese a comenzar un solo con un relato propio a sus espaldas.

La noche anterior, Theophile, el farero de este casi centenario gigante, había soñado algo que le tenía el humor desaliñado.

Repasaba como todas las mañanas sus pocas posesiones dentro del faro: la mesa con tres sillas, una cama que podía replegarse en una de las paredes de madera, una pequeña cocina, un pequeño refrigerador blanco crema que poco a poco se iba fundiendo con el color de la madera, un cajón donde guardaba algunos medicamentos básicos, la radio vieja pero perfectamente funcional que hoy tocaba a Saint-Saëns, y una fotografía tomada desde el exterior del faro en un marco viejo y barato (tal vez el regalo de un fotógrafo viajero a alguno de los fareros anteriores).

La noche anterior, Theophile, el farero de este casi centenario gigante, había soñado algo que le tenía el humor desaliñado: una alondra aleteaba en dirección al faro mientras él por alguna razón la esperaba afuera del mismo. El contexto era oscuro y confuso, como una maraña de mar verdusco y lluvia negra o casi negra.

El sueño y algo en el aire de esa mañana no terminaban por equilibrarse en el fruncido ceño de Theophile. Repasó de nuevo sus enseres, sin que faltara nada. Se asomó desde donde estaba a la ventana contraria al oleaje, el cielo tan intranquilo como el hombre. Finalmente se sentó, rendido a medias, como si intentara aparentar calma, aunque dentro del faro no había nadie más a quién aparentarle sino a su propia necesidad de estar tranquilo.

Theophile dejó caer la vista sobre la fotografía enmarcada mientras daba un sorbo a su té, luego se metió dentro de un abrigo gris tejido en lana, y se quedó escuchando la lluvia arreciar un poco y la radio que ahora tocaba el Concerto Nº 2 de Rachmaninoff. Se permitió entretenerse en aquel recuadro, que capturaba el momento justo en que una ola inmensa rompía contra el faro, mientras que un hombre desafiante estaba en pie en la especie de balcón que producía la división entre los pisos.

El té siempre le relajaba las mañanas, así que cerró los ojos y se distrajo intentando recordar algún detalle del sueño de la noche anterior; eso sí, era la alondra lo que atrapaba su memoria con ese aleteo violento y mágico. A Theophile lo intrigaban los asuntos más sencillos de la naturaleza.

Dos acontecimientos al unísono hicieron que a Theophile se le alborotaran los niveles de adrenalina que él mismo se permitía: primero, como una premonición, la radio comenzó a emitir La Campanella de Liszt, luego y casi en sincronía un golpeteo frenético e irreconocible se empezó a escuchar desde el cielo a unos treinta metros (calculaba el hombre), lo que produjo como un hechizo que lo paralizó por un minuto casi eterno. El golpeteo se hizo más intenso y cercano, sacando al hechizado de un latigazo, y obligándole a correr a la planta de abajo y abrir la puerta.

Un poco de tiempo le tomó a Theophile recuperar el ritmo de su respiración, caminó las gradas hasta el segundo nivel.

Lo siguiente ocurrió todo en menos de seis segundos: Theophile se asomó al balcón del faro y miró hacia arriba; oblicuo a él se dibujaba la silueta de la alondra siniestramente aleteando hacia él. Aguzó su mirada para distinguir que lo que volaba en su dirección era un helicóptero en el que un osado fotógrafo le apuntaba con su cámara y hacía parpadear el obturador velozmente. Adentro se escuchaban las teclas martilleando los ondulantes pasajes del concierto; al mismo tiempo, y como atraída por las cuerdas o el obturador, una ola inmensa rompió sobre el faro, en la cara contraria a aquella donde Theophile era acribillado por la cámara del fotógrafo. El verde menta del agua se mezcló con las lágrimas grises del aguacero que violentamente comenzaron a abrazar el faro, extendiendo sus velocísimas extremidades por ambos arcos a la vez, produciendo un rasguido ensordecedor que aturdía al farero; este último por fin despertó de su estupor, entró de nuevo al faro y tiró la puerta tras él, mientras la ola rugía implacable afuera y el golpeteo del helicóptero se alejaba.

Un poco de tiempo le tomó a Theophile recuperar el ritmo de su respiración, caminó las gradas hasta el segundo nivel mientras el piano apuraba los últimos acordes. Llegó hasta el cuadro de la fotografía y, con la vista nublada por una repentina conmoción, reconoció en la imagen el abrigo gris que acababa de ponerse.

Frank Herrera

Frank Herrera

Escritor costarricense (1987). Es publicista, educador, comediante y motivador. Ha publicado Cuentos para los sentidos y mantiene el blog Puño, letra y voz.
Frank Herrera

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