Saltar al contenido
Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Una mancha de luz que gotea

• Viernes 14 de septiembre de 2018

Me solía gustar la lluvia. En la ciudad, el manto gris que evocaba ausencias y fantasmagorías emanadas de los ojos hechizantes de una novia que era entonces tan lejana como lo es hoy. En la playa, la cinta colorida de efluvios que embelesaban las fosas nasales y descubrían el remoto pasado vegetal y mineral de los pinos, los álamos, los eucaliptos, la arena, la sal —siempre me pregunté cuántas generaciones de hombres habrá visto cada ejemplar arbóreo: una, dos… ¿y cada hombre? ¿Y vos? ¿Y yo?

La ciudad es un espectáculo de día y de noche. Siempre un mal espectáculo. Te falta el oxígeno, los domingos cerca de las tres de la tarde te revelan un paisaje que te entra por una sien y te sale por la otra, tu medio de transporte favorito te horada la carne todos los días, las alcantarillas perfuman tu desolación, la sinfonía de motores te garantiza un bien merecido mal descanso: te estresás, consumís y te vuelve a faltar el oxígeno.

Entonces, uno de los álamos estableció contacto con mi mente.

Si te alejás un poco el verde va ganando tono emocional mientras las vacas a los costados de la ruta ni sospechan todavía, en su idilio de rumiantes, lo que significa la falta de oxígeno, las aves perciben a través de sus plumas todo el esplendor del viento y del sol, y las pasturas proliferan o son arrasadas. Pero la gran presencia que domina este paisaje es el horizonte: vago, impreciso, inalcanzable. Una carrera de tiempo contra el espacio en la que la mirada y el cuerpo siempre van a llegar primero para perderla —o perderse a sí mismos.

El día que llegué al Partido de la Costa no llovía y parecía que hacía tiempo que esto no ocurría. Las calles de arena estaban rígidas, el pasto amarillento, los árboles lívidos. Pero había oxígeno. Bastaba aspirar bien profundo para que el mareo dure uno o dos días (le lleva algo de tiempo a los pulmones sanar químicamente). En ese estado de vértigo de vez en cuando algún álamo te cuenta su propia historia o la del espacio de tierra en que enraiza o incluso cuántos seres motrices excretadores como vos y como yo vio crecer y tal vez desaparecer sin dejar rastros.

Recuerdo que una vez, avanzado el atardecer, estaba yo sentado en una reposera bajo un grupo de álamos. Era esa hora de la tarde en que todo se torna crepuscular y la vista sólo consigue distinguir formas, todas más o menos oscuras y opacas. Entonces, uno de los álamos estableció contacto con mi mente. Me contaba —si es que se puede llamar así a la sucesión de imágenes kinéticas vegetales percibidas por una mente no vegetal— que empezó a tener consciencia de sí mismo desde la etapa de su vida que nosotros llamaríamos “adolescencia”, que antes de eso tenía vagos recuerdos, muchos de ellos dolorosos y que describía con imágenes como “fi-brasex-plosivas”, “ahog-osávico”, “haciel-ciel-odolor”, “somamul-tiplicación”, etc. Ahora era un árbol como de diez metros, de tronco grueso y rugoso, con muchísimas ramas y “comatoso” —para intentar traducir la imagen con que describía la cantidad de hojas de color verde plastificado que lo adornaba. Tenía un clavo hendido a metro y medio de altura sobre el costado derecho de su tronco (esta perspectiva el árbol no la tenía, se percibía como un ser pluridimensional y él mismo decía “ellug-arsin-rama”); de hecho, algún paisano, queriendo colgar algún cartel para no morirse de hambre del tipo “alquiler de caballos”, “hago trabajos de jardinería” o “podo árboles”, introdujo con dos o tres golpes secos y decididos un clavo relativamente fino pero largo. Le pregunté si le dolía y él me dijo, en su imaginería, que tan sólo le molestaba, que la circulación de savia daba un rodeo por allí y eso a veces lo mareaba un poco. Me ofrecí a sacárselo, pero casi que monta en cólera y me lo prohibió decididamente. Me dio a entender que esa “ramita externa” lo ayudaba a no olvidar que por fuera de su universo kinético vegetal había otro universo kinético que en más de una ocasión sintió moverse cerca de él. Era una forma de tomar consciencia del afuera, que es una suerte de ego cogito invertido para la naturaleza vegetal, la cual tiende a enraizar todo en su propia imaginería. Quizás gracias a esa “herida” es que pudo establecer contacto conmigo.

El álamo tenía sed. Las napas se iban alejando de sus raíces. Comenzaba a ansiar lo que él llamaba “activ-aflujal-imento”. Ya era de noche. Lo toqué para despedirme y me fui.

Llegué hasta el lugar donde estaba el álamo, pero para sorpresa mía no estaba allí. Busqué con atención pero, por más increíble que parezca, no lo encontré.

A la madrugada comenzó a llover. Me desperté por el terrible estruendo que provocó la explosión de un trueno. Parecía una bomba de destrucción. Llovía cada vez más fuerte. Pensé inmediatamente en el árbol. Él seguramente estaba experimentando un orgasmo clorofílico mientras yo estaba bastante inquieto y algo aterrado (la inconsciencia del homínido teme las inundaciones y las caídas). Así de dispares son nuestras naturalezas.

Mi casa tiene dos habitaciones, separadas por el baño. Intentaba volver a dormir pero la inquietud me sobrecogía. Sonaron dos o tres bombas más. La última hizo estremecer los vidrios. Me levanté, miré por la ventana y lo único que logré ver fue una cortina dinámica de gotas gruesas y sólidas que al impactar sobre la arena hacían un pequeño cráter. La calle se estaba inundando. Me acerqué a la mesa y tomé agua, mucha agua. No sé por qué tenía tanta sed. Y entonces pensé en el álamo. ¿Seguíamos conectados telepáticamente? ¿Estaría él bebiendo a cántaros y yo era una especie de émulo de su algarabía? Decidí ponerme el piloto y las botas de lluvia e ir hasta el bosque para estar junto al árbol.

Llovía tanto que apenas veía lo que tenía a uno o dos metros delante de mí. Llegué hasta el lugar donde estaba el álamo, pero para sorpresa mía no estaba allí. Busqué con atención pero, por más increíble que parezca, no lo encontré. No había nada, salvo un pozo en el suelo, que por cierto estaba lleno de agua. No podía ser. Seguro que me había confundido. Pero no. Aquí tenía que estar el álamo con el que “hablé” al atardecer. El pozo lo confirmaba. ¿Qué había pasado? ¿Lo habían arrancado? ¿Se había caído? Yo no estaba soñando porque cuando llegué a mi casa tenía el cuerpo mojado y ya había síntomas de un incipiente resfrío.

Entré, me saqué el piloto y las botas y puse la pava para hacerme una infusión. De repente se cortó la luz. Lo primero que hice fue acercarme a la ventana y mirar a través de ella. La oscuridad era absoluta. No había luz en ninguna manzana a la redonda. Busqué las velas y encendí una. La luz era tenue, lo que contrastaba con el intenso olor de la cera derritiéndose. Enseguida me pareció escuchar un sonido de gotera que provenía de la pieza que yo no usaba. Me acerqué con la vela encendida y vi en el medio de la habitación un gran charco de agua. Las gotas caían una a una por la lámpara colocada en el medio de la habitación. Pero la fuente de la gotera provenía de otro lado. Con la luz de la vela busqué recorriendo el techo. En la pared frontal y en la derecha no había marcas de humedad. Entonces alumbré con la vela la pared izquierda y vi allí una gran mancha negruzca y húmeda que se expandía cada vez más en el punto donde se juntan el techo y la pared. Me llamó inmediatamente la atención el color, pues parecía de un tono, para expresarlo de algún modo, orgánico. Un gris oscuro orgánico. Acerqué en mi curiosidad la vela y, como si un alguien hubiera soplado desde la mancha de humedad, la vela de pronto se apagó. Quedé medio atónito y en total oscuridad. No sé cuánto tiempo habré estado allí, medio paralizado. En la oscuridad de la habitación se escuchaban las gotas que caían desde la lámpara. Enseguida, desde el lugar donde estaba la mancha, comenzó a surgir una luminosidad amarillenta y opaca. Tenue al principio, se iba haciendo cada vez más intensa. Las gotas que caían de la lámpara se empezaron a teñir de ese tono amarillento y mortecino. Miré al charco y tenía el mismo color. Lo que pasó a continuación no sé cómo relatarlo, pues fue de una rabiosa sensorialidad.

Notaba algo extraño en mi cuerpo, como si fuera una masa corporal sólida arraigada al suelo.

La mancha iluminada mantenía una suerte de comunicación con el charco, como si fueran dos seres de la misma naturaleza. Yo percibía de manera extraña esa comunicación, ya que se puede decir que la escuchaba con la vista. De la mancha se desprendía una energía entre beatífica y espeluznante. De ella emanaba la presencia del bien y del mal puros, lo que me atraía de forma involuntaria. Fijé, ya paralizado mi cuerpo por el miedo, la vista en la mancha de luz. Una forma no antropoide asomó el rostro como si mirara del otro lado de un espejo. Tenía unos cuantos ojos hundidos, muy pequeños y totalmente negros. Sus innumerables dientes parecían largos y desparejos alfileres que goteaban el mismo líquido amarillento que caía gota a gota desde la lámpara. Me miraba fijo y con ansias. Detrás de esa figura se asomó otra, de color parduzco, sin ojos y con una boca enorme y sin dientes. Cuando la abrió despidió un olor nauseabundo, pero no como el olor que emana de un cuerpo en descomposición, sino como el olor que se desprende de una herida putrefacta, llena de sangre y pus estancadas. Inmediatamente, de lo más profundo de sus entrañas vi surgir una luz que iba aumentando en luminosidad. Me encegueció. Y en esa ceguera me pareció ver una figura femenina en toda su beatitud, espectáculo que me llenó de horror sublimis. Era benévola y terrorífica a la vez. En las palmas de su mano llevaba un profeta o un santo que no estaba ni muerto ni vivo. Era una especie de zombie con las tripas sanguinolentas colgando que se convertía en lobo para comerse los ojos de los hombres. Sentí cómo me arrancaba los ojos y se los comía a mordiscos, lo cual lejos de provocarme dolor me causó una serenidad tal que al punto me desvanecí sobre un lecho de hojas suaves que exudaban un perfume espeso y dulzón.

Volví en mí cerca del amanecer. Ya había dejado de llover. Estaba tumbado boca abajo bebiendo con fruición el líquido amarillento que había goteado desde la lámpara. Notaba algo extraño en mi cuerpo, como si fuera una masa corporal sólida arraigada al suelo. De pronto sentí una laceración aguda y penetrante en el costado derecho. Intenté mirar pero no veía ya nada. Tan sólo percibía que había un lugar de mi cuerpo que me conectaba con el exterior.

Daniel Gutiérrez

Daniel Gutiérrez

Escritor argentino (1980). Licenciado en Audiovisión (Universidad Nacional de Lanús, UNLa, 2004) y en Filosofía (Universidad de Buenos Aires, UBA) y también una Maestría en Metodología de la Investigación Científica (UNLa). Es estudiante avanzado de la carrera de Letras (UBA). Artículos suyos han sido publicados en revistas de Argentina y otros países. Ha participado como expositor en congresos, simposios, encuentros y jornadas. Se desempeña como docente e investigador.
Daniel Gutiérrez

Textos recientes de Daniel Gutiérrez (ver todo)