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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

La ciudad abraza su soledad

jueves 27 de septiembre de 2018
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Matagalpa es la tierra de sus identidades perdidas. Ruth cree que es otra ahora, y regresar a Matagalpa es como regresar a quien era antes. No le gusta, pero no lo puede evitar. Se baja del expreso, esquiva las moscas de la terminal, trata de cerrar su nariz a los olores de carne asada y papas fritas que se desbordan en quioscos aledaños, sale a la acera, detiene un taxi, observa los cerros místicos de cuerpos verdosos y gigantes a través de las ventanas, las nubes grises y apocadas, la gente conservadora que no grita ni patalea —gente pasiva, espectral; piensa Ruth, gente que no es como yo—, la calma del tráfico que la lleva por parques y avenidas donde caminaba cuando era niña; la catedral, los pinos inclinados, las plazas rojas y negras, los monumentos a los caídos en guerra de un dorado sarroso… Siente nostalgia. Maldita nostalgia, se dice. Maldita yo. Y luego, como si esto lo arreglara, como si esto fuera la finalidad de todo, llama a Jonás.

Ruth ya había concertado citas con él antes. Pero minutos después de salir del internado, dando vueltas en la rotonda o vislumbrando el lago, una punzada de miedo la obligaba a dar pasos atrás.

Tenía planeado no llamarlo, y lo llama. Estando en Managua decidió venir acá y ser un témpano de hielo: nada de viejas amistades, nada de afectaciones del pasado. Sin embargo, estando aquí, Ruth es débil. Por mucho que en la capital viva como nunca imaginó —estudia en una universidad prestigiosa, sus compañeras de cuarto se toman el sexo a la ligera, los hombres le susurran frases de Nietzsche en el comedor, soporta un calor demencial que jamás le hace olvidar que tiene piel—, es aquí, en Matagalpa, donde Ruth tiene su hondura, su drama. Es aquí donde el drama se estanca, se pausa, pero no acaba.

Y entonces marca su número. Oye los pitidos.

—Hola —contesta Jonás—. ¿Y ese milagro?

—Hola —dice Ruth—. Estoy en Matagalpa. ¿Creés que nos podamos ver?

—No sé. Si me vas a dejar plantado como la última vez, mejor no.

Ruth ya había concertado citas con él antes. Pero minutos después de salir del internado, dando vueltas en la rotonda o vislumbrando el lago, una punzada de miedo la obligaba a dar pasos atrás.

Ella le asegura:

—No. Esta vez va en serio. Te espero donde vos querás; sólo decime.

—Bueno, en realidad no sé si pueda.

—¿Por qué? ¿Tenés planes?

—Algo así. Anatsi me invitó a ver una película con ella esta tarde.

—Ah, Anatsi.

—Sí, Anatsi. ¿Todavía no han hecho las pases?

—No. No sé. No me acuerdo. No importa. Quizá podamos vernos otro día.

Con un tono de voz que a Ruth le hace sentir vil, Jonás responde:

—Sabemos que no habrá otro día. Con lo inconstante que sos…

—Yo no soy inconstante.

—Lo sos. Pero hagamos una cosa —dice él, de pronto animado—. Si Anatsi y vos no están tan mal, podés acompañarnos a ver la película.

—No, gracias.

—¿Por qué no?

—No quiero interrumpir.

—No vas a interrumpir.

—No me gustan las películas.

—La que no te gusta es Anatsi.

—También.

—Siendo así, entonces jamás nos volveremos a ver.

—Ay, Jonás, no seas infantil.

—Lo mismo te digo.

Ruth suspira y mira al techo del taxi, que es acolchonado, gris, y tiene una lamparilla abollada. Le da toquecitos de impaciencia al celular con una uña. Reflexiona unos segundos.

De veras necesita a Jonás.

—Está bien —acepta—. ¿Cuál es la película?

—Ni idea. Anatsi no me dijo. Pero me alegra que vayamos a verla juntos. Sabía que no ibas a decir que no. ¿Dónde estás?

—Voy a una cafetería. Acabo de venir de Managua. Tengo mucha hambre.

—Perfecto. Entonces andá comé y luego tomás el siguiente bus de Yaule. Ahí me subiré yo también.

—Dale, ni modo.

—Dale —se despide él.

Y agrega:

—Me alegra tenerte de nuevo por aquí.

Es un barrio muy lejano del centro. No tiene señal de celular ni de cable. Ruth sabe que la mayor diversión en Yaule es salir al porche y admirar el río que lo atraviesa.

Ruth selecciona una cafetería al azar, la que mira menos llena. Se sienta en una mesa que da a la calle, pide un café caliente y sin azúcar, una hamburguesa con mucha cebolla, y de inmediato piensa en Jonás. Es obvio que ella no quiere ver a Anatsi y no cree tener la obligación de hacerlo. Anatsi es un personaje secundario en su drama. Ruth quiere ver y hablar nada más con Jonás. Pero, prácticamente, ver a Anatsi es una condición de Jonás para acceder a reunirse con ella. Él sabe lo mucho que Ruth detesta retardar las cosas, andarse con rodeos, tentar la paciencia. Es su manera de castigarla por sus escapes, por estar ausente. Por sus intentos de hacerse de una nueva identidad. Y a Ruth ya le duele no porque ese sea un castigo demasiado cruel, sino porque hasta entonces no consideraba que podía merecer un castigo. Ella pensaba que estaba haciendo lo correcto. Y Jonás, poco a poco, ya le está demostrando que no. La hace dudar de su cordura. De su temple. Él siempre ha sabido cómo castigarla.

 

—Vos, aquí —dice Anatsi.

—Sí —responde Ruth—. ¿No te avisó Jonás?

—Claro. Me llamó hace rato, pero no le creí. Vos siempre decís que vas a venir y no venís. No me hubiese asombrado que se tratara de otra broma tuya.

—Yo nunca bromeo.

—¿No? Yo siento que es muy usual para vos tomarte a la gente en broma.

—¿Perdón? ¿Qué querés decir, Anatsi?

—Ya, ya, niñas —las ataja Jonás—. Dejen de pelear. Vinimos a ver una película y no a eso, ¿verdad? ¿Cuál película vamos a ver, Anatsi?

Coco —dice Anatsi, y los invita a pasar a la salita de su casa.

Ruth quiere correr en dirección contraria, pero finge que no es así y se sienta en la primera silla que encuentra. Los demás hacen lo mismo.

Yaule es un barrio en el área rural. Para llegar ahí Ruth tuvo que estar más de media hora sentada en un bus, escuchando temas de Sebastián Yatra y Regulo Caro que el conductor insistía en poner en los altavoces. En las ventanillas los baches, los edificios y el pavimento pasaron a ser aglomeraciones de viviendas tétricas y llanos de pasto mojados de rocío. Es un barrio muy lejano del centro. No tiene señal de celular ni de cable. Ruth sabe que la mayor diversión en Yaule es salir al porche y admirar el río que lo atraviesa. En Yaule hay un río —sin nombre, como casi todos los ríos de Matagalpa— que es lánguido, pero transparente y perenne. Admirarlo no debe de ser tan mal, piensa ella. Su fluir seguro se lleva el tiempo con facilidad. Admirarlo por horas resulta admirarlo por nada, por un suspiro. Contemplar para contemplarte.

Cuatro paradas antes de Yaule, Jonás subió al bus. El bus se estaba vaciando y él tuvo la oportunidad de elegir un asiento a su lado. Jonás estaba diferente; ella no pudo evitar fijarse en su aspecto con detenimiento. “Está más guapo”, pensó Ruth. “Es el colmo”. Jonás es un muchacho alto, delgado, con facciones fuertes y señales de ser un extraño de los encierros. La piel clara, las manos limpias, los lentes pañosos. La cara en una expresión eterna de ensueño. A Ruth se le antojó abrazarlo. Se le antojó abrazarlo y ahuyentó el antojo de inmediato. No estaba preparada para el recuerdo de sus brazos rozando los suyos.

—Qué música —dijo él—. La detesto.

Se besaron en la mejilla. Jonás, que sudaba mucho sin importar el clima, tenía el rostro brillante y perlado de pequeñas gotitas. Eso lo hacía más atractivo. Ruth esperó que él sintiera su perfume, que era frutal y con toques de madera. Una fragancia inocente y a la vez atrevida. Quizá lo sorprendiera. Antes ella no usaba ningún tipo de perfume; eso le parecía muy superficial.

—No es una música tan mala —dijo Ruth, sólo por llevarle la contraria—. Es buena para bailar.

—Para bailar, para ambientar prostíbulos y para decapitar becerros en mataderos del Oeste.

—Sos un esnob —dijo ella riendo—. Eso es todo.

—Qué le voy a hacer. No me queda más que andar por el mundo rabiando porque estoy condenado a escuchar música que no me gusta si salgo de casa.

Ruth asintió y optó por caminar de tema.

—No era necesario traerme a Yaule —dijo—. Ya entendí tu punto. ¿Podemos saltarnos la película?

—No. Para mí sí es necesario ir a Yaule. ¿Hace cuánto que no vas?

Jonás le contó la historia de los príncipes fundadores de Matagalpa. Es una historia de indígenas que la mayoría de la gente no conoce.

—Años. Desde que sucedió lo de Anatsi. La verdad me había prometido jamás venir. No entiendo cómo ella y vos ahora son tan amigos.

—Cosas de la vida —dijo Jonás viendo por la ventanilla. Afuera todo era verde y azul. Ya estaban acercándose—. ¿Te acordás de la historia de Yaule?

—¿Cuál historia?

—Su historia. La historia de la ciudad. Esa de los príncipes enamorados.

—Ah, sí. Me acuerdo un poco.

—¿Qué tanto?

—No mucho.

—¿Te la cuento?

—Sí. Si querés.

Jonás le contó la historia de los príncipes fundadores de Matagalpa. Es una historia de indígenas que la mayoría de la gente no conoce. Jonás la supo porque él trabajó de intérprete para pagar la universidad, y esa historia se le explicaba a los turistas en todos los tours. “Es increíble”, solía decir él. “A veces los turistas terminan sabiendo más de nosotros que nosotros mismos”. La tragedia de los príncipes enamorados era una de las muchas versiones sobre el origen de la ciudad. A Jonás le gustaba porque era la versión más romántica.

Ruth se acordaba de la historia por completo. Pero no lo aceptó porque quería que Jonás se la contara de nuevo. Cuando Jonás le contaba una historia, él siempre entornaba los ojos y su voz se volvía misteriosa, acariciante.

No era una historia muy larga. Al terminar, ella dijo:

—Esa historia se parece mucho a la mía. A la nuestra, de hecho.

—Sí. Lo sé —dijo Jonás—. Cuando vengo acá siempre me acuerdo de la coincidencia.

—Te odio.

Jonás rió con amargura.

—¿Qué pensabas? ¿Qué ibas a venir y que el pasado se iba a borrar sólo porque estuviste un tiempo fuera?

—No. No pensaba eso.

—Qué bueno. Porque no. No va a ser así. Nunca.

El bus llegó a Yaule. No discutieron más el asunto, su asunto, un asunto mil veces discutido antes que ella se fuera. Se bajaron en la última parada. Anatsi vive a un par de cuadras. Había un caballo negro al lado de las bancas metálicas, amarrado a un tubo, espantándose insectos con la cola. Se enlodaron apenas pisaron el suelo. Anatsi salió a recibirlos y caminaron los tres por un sendero de piedras y hojas aplastadas.

En la sala de su casa, ahora, Anatsi enciende el televisor y el DVD. Están muy juntos, con vasos de gaseosa en manos. Se escucha el opening de Coco, una película que a Ruth no le atrae mucho. “¿Qué?”, se sorprende Anatsi. “Es horrible. Que no te guste Coco es decepcionante”. “No me gustan las caricaturas, la ficción”, dice Ruth. “Prefiero la realidad”. “Tenés la sensibilidad de una piedra”, dice Anatsi y se acomoda en su asiento mientras la película continúa. No dice más. Ruth tampoco. Ruth ve al televisor y augura que será absurdo, que nada de eso (ellos tres frente a abuelos cantantes, perros voladores, esqueletos mexicanos y guitarras mágicas) puede terminar en algo bueno.

Y no lo hace. Jonás se acerca y le explica en susurros cosas de la película que cree ella no entiende. “Los alebrijes son seres que guían el alma del muerto al Más Allá…”. A él le encantan las caricaturas; se ve en sus ojos una emoción infantil que es tierna y estúpida a la vez. Le apunta escenas con el dedo, para que ella no se las pierda. Ruth quiere detestar su mirada, detestar sus historias, detestar su dedo, detestar su modo de vida cegado e iluso. Pero no puede. Él es como un niño. ¿Quién es capaz de detestar a un niño? Por el contrario, Jonás despierta en ella un sentido de protección. Un sentido maternal. Así es como, en este preciso instante, con la luz del televisor en la cara, Ruth es una madre que de pronto se da cuenta de que tiene un hijo, un hijo pequeño y astuto, que más que astuto es un prodigio.

 

Yaguare tiene un barrio céntrico, Yasica una cascada, ¿y Yaule? Muy poco. Y él fue el más sublime.

Para ella, hay historias que más que narrar vidas de personajes distantes, narran su propia vida. Está frente al televisor, pero en realidad no está ahí. Está en su mente, donde Jonás vuelve a decir:

“Sí. Yaule era un príncipe que se enamoró de una princesa, Yasica. Pero Yasica ya estaba enamorada de otro, de otro príncipe, Yaguare. Yaguare y Yasica venían del este, creo, de las costas, huyendo. No me acuerdo de qué huían exactamente; supongo que del caos de sus familias, en un estilo de amor shakespeariano. El caso es que vinieron hasta acá, al norte, hasta Matagalpa (que entonces no se llamaba Matagalpa, no se llamaba de ninguna manera; era nada más un sitio de tránsito sin habitantes), y se detuvieron frente al cerro más grande, el cerro Apante. Vieron en él una especie de dios de tierra y agua que los protegería. Yasica y Yaguare se asentaron en sus faldas, donde reinaron para siempre. Ellos dos nos dieron origen; son como nuestros padres ancestrales. Reinaron bien, pero esa es otra historia.

”En sus andanzas de edificar una ciudad, Yasica conoció a Yaule. Era un príncipe, como ya dije, aunque no sé de dónde. La verdad es que de esta historia no se conoce mucho; más que todo son rumores y, pues, la mayoría de los rumores son fragmentarios. Yaule y Yasica se enamoraron. Es lo relevante. Pero eso no significa que Yasica dejó de amar a Yaguare, con quien ahora compartía no sólo la historia de ellos dos, sino también la de un pueblo. El amor es incomprensible y complicado. Imaginá elegir entre dos príncipes, a quienes sentís que amás por igual. El amor no es nada sencillo y pueril como lo venden.

”Por eso Yasica se suicidó. Incapaz de elegir entre sus príncipes, quizá incapaz de dejar a alguien sin su amor (o por egoísmo: incapaz de renunciar al amor de uno), se lanzó de la cima de un risco. Mientras caía lloraba. Dicen que sus lágrimas se convirtieron en una cascada, La Cascada Blanca, sitio turístico hoy en día, que la gente visita mucho en verano (es muy barato, ¿no?). Ese fue el fin de ella. Con Yaguare y Yaule no sé bien qué pasó. Sólo sobreviven barrios con sus nombres. Sin embargo, hay algo curioso en sus ubicaciones. El barrio de Yaguare está cerca de Apante y es muy popular. En cambio Yaule queda aquí, en el monte, y es raro que alguien conozca su existencia.

”Injusto, ¿no? De ellos tres, el menos congraciado fue Yaule. Yaguare tiene un barrio céntrico, Yasica una cascada, ¿y Yaule? Muy poco. Y él fue el más sublime. A Yaguare me lo imagino como el típico hombre valiente que usa lanzas y flechas contra sus enemigos y ya. Musculoso, de taparrabos sucios. A Yasica me la imagino de pelo largo, cuerpo de gacela, florecitas en su penacho de plumas. Una cobarde en potencia. ¿Y Yaule? ¿Quién era Yaule? Guapo, ¿no? Los príncipes siempre son guapos, no tanto por su cara como por su poder. Aunque Yaule no debió de ser tan poderoso. ¿Dónde era su reino? Tal vez sólo era un extranjero perdido. Un extranjero tonto que se enamoró de una princesa indígena que ya estaba comprometida. Eso fue como enamorarse de un fenómeno natural, como enamorarse del mismísimo Cerro Apante. Pobre. No ganó nada. Sí, en definitiva, hay algo de injusticia en esta historia. Aunque uno siempre ve injusticias en el pasado, y mucho más en un pasado sin los detalles completos”.

 

Horas luego, el cielo es todavía más gris.

Los dos van sobre la carretera de camino al norte, a los puentes, a las gradas, a los barrios donde se encierran a leer —ella lo agradece: sin Jonás las palabras nunca hubieran aunado fuerzas; él fue el primero en regalarle un libro—, a los jardines plagados de excrementos del perrito adorable de turno, a las ventanas de casas por las que ven sucesos que no entienden. Se bajaron algunas paradas antes para eso, para tener tiempo y espacio de hablar.

Jonás dice:

—Siento lo de Anatsi. No creí que se portaría así.

Managua no estaba bien para nada. Ruth allá era otra, pero no era mejor. Mucho exceso, mucho dejarse llevar por los impulsos, mucho vacío.

Ruth hace un gesto con la mano, restándole importancia. Jonás asiente y mira al pavimento. Ruth se concentra en un punto fijo: el cuello de Jonás. Quiere pasar sus uñas por ese cuello, pero resiste la pulsión. Le duele reprimirse. Él pregunta:

—¿Te gustó la película?

—No. Entre los reclamos de Anatsi y tu impaciencia, cualquier película se arruina.

—Qué mal.

—No importa. Ya sabés que no soy mucho de películas.

—Bien —dice Jonás mientras se agacha y arranca hojas de una plantita al lado de la carretera. Son hojas pequeñas y las mete en su boca. Las mastica. Es una manía que tiene desde que eran novios, tal vez desde una época anterior. A Ruth le parece algo sucio, pero también gracioso. Se reía mucho de lo verde que quedaban sus dientes—. Y, entonces… ¿por qué viniste? —dice él—. ¿Managua no estaba tan bien después de todo?

Managua no estaba bien para nada. Ruth allá era otra, pero no era mejor. Mucho exceso, mucho dejarse llevar por los impulsos, mucho vacío. Había días en que lo único que quería era enllavar el cuarto, cubrirse con una manta y no salir jamás. El alcohol ardía, el sexo era plástico, las conversaciones banales… Nada. Ahí no había nada. Pero, para no ahondar en la llaga, ella sólo contesta:

—Managua está normal. Ya sabés, bulliciosa. Loca.

—¿Y Matagalpa? ¿Sigue normal?

—Matagalpa si no es normal no es Matagalpa.

Jonás ríe. Escupe la hoja en tiritas finas, salivosas, tersas; hasta eso le resulta con gracia. Los dientes, por supuesto, le quedan verdosos. Ruth evita reírse. Él dice:

—Aquí o te aburren o vos aburrís al resto.

Ruth la defiende:

—Es calma.

—Sí, es calma. Pero eso no contesta por qué decidiste venir.

—La respuesta es obvia, ¿no? Vine para verte a vos.

—¿Para qué?

—Quería saber si estabas igual o peor que yo.

—Vaya. Qué gran deseo. ¿Y cuál es tu conclusión?

—Que estás mejor.

—¿Sí?

—Sí. Mucho. Incluso estás más atractivo que nunca. Lamentablemente. Sabés, después de todo esto, yo esperaba volver y que vos estuvieras, no sé… menos radiante.

—¿Radiante?

—Bueno, radiante no es la palabra. Es más como… maduro.

—¿Maduro yo?

—Al menos más que yo.

—¿Y eso qué significa?

Ver que otro hace algo mejor que vos, en la mayoría de los casos, únicamente sirve para sentirte miserable.

—Que me siento puta imbécil. Una puta.

Jonás le pone un brazo en el hombro. Ella lo aparta con un movimiento brusco, pero sin enojo. Con los ojos turbios y la voz un tanto quebradiza, él dice:

—Ay, Ruth. Lamento que aún no lo hayas olvidado.

Ruth no dice nada.

Han caminado casi un kilómetro. Ambos saben que está a punto de llover. El gris del cielo contrasta con el verde de los árboles al lado de la carretera. Está atardeciendo y poco a poco las facciones de sus rostros se tornan difusas. Les arden las piernas. No se fijan esto de todos modos. En la lejanía ven que asoma un asentamiento grande: es el barrio de Ruth, que está antes del de Jonás. Antenas parabólicas, tendido eléctrico, colores en fachadas de casas derruidas, el sonido del perifoneo ofertando productos baratos o alguna muerte repentina…

—Tu madurez está bien —acepta Ruth—. Seguís siendo un niño; un niño muy maduro. Pero no es lo que esperaba. No es lo que quiero.

—Entiendo.

—¿Es comprensible, no? Ver que otro hace algo mejor que vos, en la mayoría de los casos, únicamente sirve para sentirte miserable.

—Es un modo de verlo.

—Me ayuda más eso que vemos ahí.

—¿Qué cosa?

—Lo que se acerca. La ciudad.

—Ah. Sí… A mí también me gusta. Siempre he creído que la ciudad abraza su soledad.

—Sí. Eso es… Ella abraza su soledad.

La ciudad abraza su soledad entre brumas y hojas y cerros que aparecen y desaparecen, como parpadeos.

Ruth sigue caminando junto a Jonás. Ambos caminan sobre el asfalto con el presentimiento de que luego vendrá un beso en la mejilla, una sonrisa incómoda, una despedida, una promesa que ninguno de los dos estará seguro de poder cumplir.

Ernesto Castro Herrera
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