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El último sábado

domingo 7 de octubre de 2018
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Por aquel tiempo Fernanda, cuando debía usar la “e” usaba la “a” y cuando quería decir algo con “g” terminaba diciéndolo con “b”.

Sucedió cuando Fernanda Avilés quería ser modelo de revistas y bailarina free step. Por entonces, claro, era una más de nosotros y a nadie se le ocurría que sería ambas cosas y además actriz espacial. Durante aquel tiempo vivía cerca de la Capilla Pío III y tenía rota la pierna izquierda. Contábamos con dieciséis años y aquella fue la última vez que me habló. Muchas veces, cuando la veo en los entornos virtuales, o en un globo publicitario, pienso en ese día y la echo de menos. Me gustaba que me desarreglara el cabello al saludar y que me llamara Hubo en lugar de Hugo. Los fines de semana tomábamos el sol en el parque del barrio, sentados en un banco de madera. El último sábado Fernanda llevaba puesta esa falda corta que todos mis amigos, por fastidiar, decían que se desabrochaba muy fácilmente. A los dos nos gustaba estar allí y comer salchichas enlatadas mientras nuestra vecina Mercedes, delgada, vieja y senil, alimentaba a los pájaros y les jugaba bromas a los niños.

Fernanda era alta, a pesar de su edad, y era además la única chica de la clase que ya tenía pechos. Martín decía que era la mejor, aunque nunca aclaraba en qué. Esa mañana ella me tomaba de la mano y conversábamos acerca de su pierna biónica: yo intentaba no reírme de su manera de hablar, pues por aquel tiempo Fernanda, cuando debía usar la “e” usaba la “a” y cuando quería decir algo con “g” terminaba diciéndolo con “b”. De rato en rato me soltaba la mano y yo acariciaba su prótesis, y de rato en rato, mientras acariciaba ese horrible aparato, mi mano pasaba del metal al muslo sin que ella me detuviera. En un momento noté que a la vieja Mercedes le gustaba mirarle el cuerpo a Fernanda y por un momento estuve de muy buen humor, a punto de reír a carcajadas, pero la emoción no duró mucho. Poco a poco empecé a sentirme fastidiado. Quería saber si era cierto lo que se venía diciendo en el barrio.

—Astás axtraño —dijo Fernanda al notarme distante.

Enseguida le pregunté si además de su novio y yo ella llevaba a otros a su habitación. Ella, enfurecida, guardó silencio por un momento, apretando los dientes, y solamente cuando le imploré que respondiera algo, gritó:

—¡Sabas qua por otros no sianto ninbún busto! —alzó tanto la voz que me aparté y me puse de pie. Ella enfatizó—: ¡No sianto ninbún busto!

Fue en ese momento que la vieja Mercedes, nerviosa, también se levantó, alzó la voz y nos pidió que llamáramos una ambulancia. Yo no entendía lo que pasaba. Desde entonces la loca no dejó de gritar. Se llevaba las manos al cabello desesperadamente y nos pedía que buscáramos ayuda de inmediato. Luego intentó quitarse la blusa y dos androides que pasaban se detuvieron a mirar. Mi amiga, harta del escándalo de Mercedes, permanecía en silencio con los brazos cruzados. Yo, en cambio, nuevamente de buen humor, no paraba de reír y eso la irritaba más.

Los dos androides que veían todo reían a carcajadas y aunque yo quería detener el altercado, sentía que no podía moverme, que estaba paralizado de pies a cabeza.

—¡Paro cómo brita Marsadas! —exclamó, y yo le aseguré que la vieja se acercaría a nosotros a menos que dejara de mirarla.

Dos segundos después la loca avanzaba en nuestra dirección.

—Quiaro qua sa datanba —a veces me costaba entender lo que Fernanda me decía.

—¡La ambulancia! —repetía la loca abriéndose la blusa—. ¡Hay que pedir una ambulancia!

—¿Por qué no va y la pide usted? —le grité—, ¡vieja escandalosa!

La loca, en lugar de detenerse, se inclinó y con un seno casi al descubierto, tomó la mano de mi amiga.

—Niña —le dijo tiernamente—, vaya inmediatamente al hospital o nunca más volverá a sentir el busto.

Fernanda se avergonzó, se ruborizó. Enseguida la loca decidió que era mejor hacerle un análisis allí mismo. Un instante más tarde estaba sobre ella intentando desvestirla. Recuerdo que, asustada, Fernanda gritaba e intentaba alejar a la vieja usando su pierna biónica, pero no parecía saber controlarla aún. ¡Era inútil! Los dos androides que veían todo reían a carcajadas y aunque yo quería detener el altercado, sentía que no podía moverme, que estaba paralizado de pies a cabeza. Esperé que el alboroto terminara pronto y al final, después de unos segundos de forcejeo, ambas cayeron al suelo. Mercedes finalmente con los senos al descubierto y Fernanda con la blusa intacta, pero sin falda. Es gracioso, pero lo que más recuerdo de esa mañana, de ese último sábado con Fernanda, no son los desagradables pechos de la vieja, o el lindo trasero de mi amiga, sino mi risa nerviosa cuando, desde el suelo, Fernanda me pidió que reaccionara cubriéndola con algo y yo me di la vuelta, listo para alejarme caminando.

Jeff Ruiz Rave
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