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El viejo Rönisch del odioso tío Carlos

sábado 26 de febrero de 2022

Tras su ahogamiento en Bahía Solano, la única herencia que recibimos del odioso tío Carlos fue su viejo Rönisch, un piano marrón y pesado que casi no logramos meter en la casa y que inicialmente no supimos dónde situar. Su presencia en casa no iba a ser permanente, esperábamos encontrar pronto un comprador, aunque ignorábamos cuánto tiempo tardaríamos. El piano no podía permanecer en el primer piso. Vivíamos por entonces en una casa antigua, construida a mediados del siglo XIX, y debido a los daños que había sufrido la tubería del primer piso tras tantas décadas, en la planta baja abundaban las goteras, los hongos y las manchas de humedad. Terminamos dejando el instrumento en el segundo piso, en el cuarto que quedaba sobre la habitación de Miranda, en donde guardábamos muebles en reparación, herramientas y productos de limpieza. El instrumento debía tener al menos treinta años, y pese a que brillaba como nuevo, sólo le funcionaban un par de teclas, por lo que únicamente era posible sacar de él una nota grave (profunda como una exhalación) y una nota aguda (un tanto chirriante, similar a un quejido). El instrumento era de nogal pulido, tenía el teclado reluciente y dos de sus tres pedales parecían funcionar a la perfección. Quizá la silla estaba algo inestable y descolorida, pero nada que un buen ebanista no pudiera solucionar por algunos billetes. Con algo de suerte nos toparíamos con un músico extravagante y conseguiríamos suficiente dinero como para organizarle una buena fiesta de cumpleaños a Miranda, a quien a inicios de año le habíamos prometido una gran celebración si conseguía buenas notas y aprobaba todos los cursos de su ciclo escolar. Ella, genuinamente entusiasmada, no dejaba de recordarnos cada semana lo mucho que se acercaba su cumpleaños número 13, apilando sobre nuestra mesa de noche examen tras examen, todos calificados por encima de la media.

Durante aquel tiempo yo trabajaba como cajera en un supermercado y no me sobraba el dinero. Pablo tampoco tenía demasiado efectivo, no le iba del todo bien con su empresa de seguros, estaba al borde de una demanda por evasión de impuestos y acababa de contraer una nueva deuda con el banco, esta vez para reparar la tubería de la planta baja y para terminar de pagar el funeral del tío Carlos. El hombre había sido obeso desde la adolescencia y no fue precisamente sencillo hallar un ataúd de su tamaño. A su vez, debido a la escasez de dinero, intentábamos convencer a Miranda de lo poco sensato que sería celebrar su cumpleaños, siendo el 13 el número del infortunio. Insistíamos en que éste era “la señal de las desgracias y las desdichas”, asegurándole que, de llevarse a cabo, la fiesta equivaldría a firmar una sentencia de muerte. Ella desoía nuestras advertencias tomándolas como lo que eran en el fondo: una broma, y nos recordaba entre sonrisas la promesa contraída a inicios de año, apasionada con la idea de poder invitar a sus amigos y primos más cercanos para pasar una noche apenas comparable con un carnaval.

Con el paso del tiempo seguíamos echando en falta el dinero para realizar la fiesta. A un mes de la fecha el piano no sólo seguía con nosotros (nadie mostraba interés en él), sino que el clima familiar se había enrarecido más que nunca a causa suya, luego de que en cierta ocasión, a altas horas de la noche, escucháramos cómo una nota grave retumbaba de pronto desde la habitación del piano inundando la casa entera. La primera noche que sucedió sólo la escuché yo, sucedió mientras intentaba ignorar las goteras del primer piso para conciliar el sueño. Tras despertar a Pablo y narrarle lo ocurrido, éste se empeñó en hacerme creer que había sido una alucinación, producto seguramente del letargo y del cansancio tras un día duro en el trabajo. La segunda vez que ocurrió, quizá un par de semanas después de la primera ocasión, ambos pudimos oír la nota y no dudamos en ir a revisar el instrumento, no fuera a ser que Miranda estuviera jugándonos una broma o algún coleccionista de antigüedades hubiera allanado nuestra propiedad… pero el cuarto estaba vacío. Al estar frente al piano observamos que la silla estaba cuidadosamente puesta frente a éste y que la tapa que cubría el teclado estaba abierta.

El suelo de madera crujió en torno a la silla del instrumento y pudimos ver cómo el cojín se hundía en sí mismo como si soportara el peso de un cuerpo invisible.

—Es obvio —dije, intentando sonar convencida—. Dejamos la tapa abierta y una rata pasó por encima.

Tan pronto terminé la frase la tecla se hundió sin que nadie la tocara y nuevamente la nota grave resonó en toda la casa, como una exhalación proveniente de un sitio lejano.

—Es el tío Carlos —exclamó Pablo dando un paso hacia atrás.

Esta vez fue la tecla del lado izquierdo la que se hundió sin explicación haciendo que la nota aguda vibrara a nuestro alrededor.

—¡Es un sí! —grité asustada.                                                                            

La misma nota volvió a retumbar, como una confirmación, chirriando en nuestros oídos y estremeciéndonos. Fue entonces cuando el suelo de madera crujió en torno a la silla del instrumento y pudimos ver cómo el cojín se hundía en sí mismo como si soportara el peso de un cuerpo invisible. No cabía duda, era el tío Carlos.

Tras aquella noche inverosímil vinieron otras incluso más sorprendentes, en las cuales, aunque asustados e inquietos, intentamos comunicarnos con el tío Carlos, saber cómo se encontraba tras su terrible ahogamiento en el mar, si era un alma en pena, si podíamos hacer algo para darle paz, aunque en vida hubiera sido un canalla. El método de comunicación era sencillo. La nota grave para no, la nota aguda para sí.

De este modo pudimos enterarnos de que tío Carlos, donde quiera que se hallase, aún escuchaba la radio, que vestía como en los años 20, que a veces atormentaba al salvavidas que no había logrado reanimarlo (tío Carlos siempre fue vengativo), que hacía ejercicio todas las mañanas, que volvía poco a poco a dominar el blackjack y que tenía el mismo humor avinagrado que había ostentado en vida. Basta con decir que una de estas noches se obstinó en dictarnos sus memorias usando código Morse, pese a que no supiéramos cómo interpretarlo. Con el paso de las noches, no obstante, nuestras citas con el tío Carlos se convirtieron en una rutina inquebrantable y emocionante. Subíamos al segundo piso a la medianoche y hacíamos nuestras preguntas mientras el tío oprimía con sus dedos fantasmales una tecla u otra según conviniera, aplastando con su gran peso muerto el sillón del piano (que a menudo quedaba inexplicablemente empapado de agua salada). Durante estos encuentros nocturnos el tío nos dejaba cada vez más asombrados con sus noticias desde el más allá. ¿Cómo no sorprenderse con el divorcio póstumo que al parecer habían tenido la abuela Carlota y el abuelo Pascual? ¿De qué forma asumir que, una vez sepultado, se puede continuar sufriendo acidez, artritis o incluso enfermedades mortales? También nos costó hacernos a la idea de que el olor a putrefacción puede seguir a alguien incluso tras cruzar el túnel. Pero en el más allá, nos aseguraba el tío Carlos, también era posible vivir en grande, en especial por las buenas posibilidades de inversión que parecía ofrecer el mercado bursátil, que le había permitido hacerse rico rápida y fácilmente, sin que se le fuera toda su muerte en ello. También Miranda interrogaba a veces al tío Carlos, sobre todo para preguntarle por Johana, su amiga de la infancia, quien había muerto prematuramente. La joven, aseguraba el tío, ya había concluido sus estudios de secundaria, practicaba voleibol y no veía las horas de reunirse con Uriel y empezar a salir con él. El joven era otro amigo de Miranda que por entonces permanecía hospitalizado por una meningitis muy severa.

La música nos disgustaba, pero éramos conscientes de que aquel alboroto no duraría más de una noche.

Tras agotar todas nuestras preguntas existenciales y circunstanciales, el espíritu de novedad que inicialmente tenía todo aquello se esfumó, pero el espíritu del tío Carlos siguió allí, reclamando nuestra atención y desatando auténticos conciertos atonales cuando no íbamos a su encuentro. Durante aquellos días finalmente habíamos iniciado las reparaciones de la tubería del primer piso, por lo que no teníamos mucho tiempo libre. Enfadado ante los sucesivos rechazos, tío Carlos no sólo oprimía como un poseso una tecla y otra hasta hacernos perder la razón, sino que también lanzaba por los aires los muebles y enseres, las herramientas y productos de limpieza, o arrastraba ruidosamente la silla del piano por el piso y las paredes como un poltergeist de primer nivel. Ya estábamos hartos de su asedio, en especial Miranda que, ocupando la habitación que quedaba debajo de la del piano, ya no lograba conciliar fácilmente el sueño o tener un solo día de tranquilidad. Fue esta insistencia molesta y ensordecedora la que nos llevó a arrancar las dos teclas del piano y guardarlas bajo llave, esperando que el tío recapacitara y aprendiera pronto el encanto del silencio sepulcral.

Cuando finalmente estábamos a pocos días de celebrarle el cumpleaños a Miranda no tuvimos más alternativa que gestionar una nueva deuda en el banco (esta vez la contraje yo), para cubrir los gastos de la decoración, para comprar el pastel y algunos bocadillos, para encargar un juego de luces para la zona de baile y, por supuesto, para conseguir cerveza suficiente para refrescar a casi veinte adolescentes entusiastas.

Llegado el esperado día la tubería estuvo finalmente reparada, por lo que los invitados ya no correrían el peligro de salir de casa con la ropa empapada. Esa mañana Miranda se mostró agradecida y más feliz que de costumbre. Pasamos horas decorando y alistando todos los preparativos, hasta que uno a uno sus invitados fueron llegando, ocupando un cuarto tras otro, todos a gusto entre tanta comida, bebida y hospitalidad. Pablo y yo, poco antes de la medianoche, nos fuimos a nuestro dormitorio y dejamos a Miranda con sus amigos y primos divirtiéndose en grande. Estábamos decididos a descansar, la música nos disgustaba, pero éramos conscientes de que aquel alboroto no duraría más de una noche. Y habríamos descansado de largo a no ser porque un par de horas después de meternos en la cama nos despertaron los ruidos habituales del cuarto del piano: la silla que se arrastraba, las fuertes pisadas, los golpes sobre la madera del instrumento. Tío Carlos parecía especialmente crispado, seguramente por el volumen de la música, el murmullo de las conversaciones y las risas incesantes. Fuimos a pedirle que dejara ya de impacientarnos, que fuera comprensivo con Miranda, pero nos topamos con tres adolescentes desnudos: una chica sobre el piano y dos chicos en torno de ella. La ropa de los tres estaba desperdigada por el suelo, había un fuerte olor a sudor en el ambiente y un vaso de cerveza yacía volteado sobre el teclado, ahora empapado de licor. En aquel instante, casi sobra decirlo, dimos la fiesta por terminada.

A la mañana siguiente, luego de la limpieza de la casa, y en especial del piano, volvimos a poner en el teclado las dos teclas faltantes. Esperábamos ver cómo éstas se hundían, golpe tras golpe, y escuchar los estruendos iracundos del tío, transportando en las notas todo su enfado e indignación, pero sólo hubo silencio, y lo hubo durante la siguiente noche, y la siguiente…

Tío Carlos se sumió en el completo mutismo luego del cumpleaños de Miranda, tal vez molesto por el hecho de que lo hubiéramos castigado con silencio o por el sacrilegio de los tres adolescentes sobre el roble pulido. No lo culpamos, y volvimos a ponerlo en venta, esperando tener más suerte esta vez. Pero como si se cumpliera una lúgubre maldición, la celebración pareció hundirnos en un infortunio sin remedio: el piano no se vendía, perdí mi empleo en el supermercado, Pablo empezó a sufrir calvicie, la tubería del primer piso volvió a romperse, también la tubería del segundo piso empezaba a fallar, no volvieron a prestarnos dinero en el banco y, como si fuera poco, Miranda nos hizo prometer que la fiesta de su siguiente cumpleaños tendría que ser el doble de grandiosa.

Vimos el piso cubierto de agua, agua que esta vez manaba, no de los baños, desagües o paredes, sino de la caja de resonancia del piano.

Con el fallo de las tuberías de la casa entera, fue usual ver manchas de humedad en las paredes y en el piso de las habitaciones. Jalar la cadena de los inodoros a veces cumplía exactamente el propósito contrario, por lo que teníamos que lavar los pisos de los baños varias veces al día. Probablemente fue el mal olor y la humedad excesiva lo que atrajo a las moscas y a las cucarachas, que ahora poblaban cada muro y anidaban en cada grieta. Miranda, antes feliz y radiante, ahora lucía decaída y estaba irritada todo el tiempo, por lo que acostumbraba quedarse encerrada en su cuarto y no salir más que para comer o ir al instituto.

Siendo este el panorama general de las cosas, una noche finalmente volvimos a escuchar al tío Carlos. Tecleó a mitad de la noche la nota aguda del piano, una y otra vez y sin descanso, creando una atmósfera de impaciencia e inquietud en la casa. Pablo y yo corrimos hacia su habitación y ya en ella vimos el piso cubierto de agua, agua que esta vez manaba, no de los baños, desagües o paredes, sino de la caja de resonancia del piano.

—Huele a… —balbuceé—. Huele a agua salada.

Permanecimos en silencio un momento, escuchando el tecleo incesante del fantasma.

—¿No te parece que suena como… una risa? —preguntó Pablo confundido, llevándose las manos a la cabeza ya calva.

—¿Por qué reiría? —dije incrédula.

La tecla empezó a hundirse cada vez más rápido, haciendo que el ruido chirriante de la nota retumbara más en nuestros oídos, como la risa sardónica de una hiena. De pronto el cojín se hundió ante nuestros ojos, bajo el corpulento cuerpo del fantasma. Esta vez el peso del ahogado cayó con fuerza, podría decirse que con ira. Por un instante Pablo y yo nos miramos, adivinando lo que sucedía. Bajo el piano y el peso espectral del odioso tío Carlos, la madera ahora podrida por la humedad crujía y se resquebrajaba. Bastó un segundo para que el piso cediera y todo colapsara en el piso inferior. El viejo Rönisch quedó vuelto añicos, desde luego, y Miranda nunca cumplió sus 14 años.

Jeff Ruiz Rave
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