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Risas enlatadas

jueves 4 de junio de 2020
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Nos rodea una luz cálida. Estamos en silencio, muy juntos, casi inmóviles bajo el marco de la puerta principal, como en medio de una pintura. Andrea, que se mueve lentamente, me da un beso dulce y húmedo en los labios. Es un momento esperado por gran parte de la audiencia, incluso se oyen aplausos grabados. Cuando el beso termina, Andrea me guiña un ojo, se limpia la boca con la manga de la blusa y escupe al suelo.

—Esta vez no estuvo tan mal —dice sonriendo con una ternura impostada—. Tal vez ahora podamos vivir juntos en mi apartamento. Compartir un mismo techo.

Se oyen risas enlatadas y más aplausos grabados.

¿Cuatro temporadas y de repente nos cancelan así? A decir verdad, no lo vi venir.

En este punto todo empieza a oscurecerse de a poco y vemos aparecer la palabra “Fin” en letras blancas, grandes y angulosas. Se oye un blues alegre y aparecen los créditos en letras menudas. Después todo se sume en la más completa oscuridad y quedamos inmersos en un silencio extraño, incómodo. Permanezco aturdido por algunos segundos, sin saber qué hacer o qué decir.

—Oye, Andrea —digo al fin, confundido y murmurando—. ¿Qué está pasando? ¿Qué fue todo eso?

La oigo respirar nerviosamente.

—¿No viste? Ya terminaron con nosotros. No anunciarán más temporadas. Es el fin de Andrea y el vendedor de seguros, tú mismo lo leíste.

—¿Después de semejante cursilería? —grito indignado—. ¿No es una broma? ¿Cuatro temporadas y de repente nos cancelan así? A decir verdad, no lo vi venir. ¿Qué se supone que hagamos ahora? Somos personajes de ficción, necesitamos un argumento para existir, aunque vivamos sólo una hora a la semana.

Tocando las paredes, logramos entrar en la casa. Aunque no puedo verla en la oscuridad, sé que Andrea está realmente exasperada.

—El bajo rating es culpa del idiota que te interpreta —exclama en tono desafiante—. Terminó arruinando el programa y llevándonos al bote de basura.

Hay un silencio.

—Lucas hace su mejor intento, capta mi esencia —le digo arrastrándome hacia donde debe estar el sofá—. Ya sabes, es difícil para él, considerando que tiene que lidiar con su problema de bebida y aquella demanda por abuso. Además Sara tampoco lo hace tan bien. Es distraída y tiene dificultades para memorizar sus líneas. Siempre que debe llorar pide gotas.

—No puedo creer que defiendas a ese imbécil. Sara es una estrella en toda regla —responde Andrea, al parecer cerca del baño—. Tiene un registro inigualable y un carisma actoral que no se ha visto antes en este canal.

La oigo resbalar y romper algunas cosas.

—Tal vez todo sea culpa de los guionistas —digo con ánimos de concluir la discusión—. Nos llevaron a un callejón sin salida y lo único que se les ocurrió fue ese final atropellado y rosa. Dejémoslo ya… Por cierto, ¿dónde estás?, ¿estás bien?

Oigo los pasos de Andrea acercándose y luego siento que se recuesta en el otro extremo del sofá.

—¿No te parece extraño esto de discutir sin vernos las caras? ¿No hay forma de hacer que las luces regresen?

—Espera… ¿recuerdas los errores de raccord en las grabaciones de la semana pasada? —digo levantándome—. Creo que aquel personaje secundario, el del bigote y la bufanda, olvidó una linterna entre dos escenas cuando estuvo en tu habitación.

—Búscala, por favor. Y ve rápido, siento que me estoy desvaneciendo.

Una vez camino a la alcoba, mi mano roza uno de los interruptores de la sala.

—¿Qué hiciste? —me pregunta Andrea cuando regresa la luz.

—Sólo oprimí el interruptor. Al parecer no era tan grave como parecía.

—Es un alivio —suspira.

Vuelvo al sofá y me hago a su lado, muy cerca. Me aclaro la voz mirándola fijamente.

—Ahora debemos pensar velozmente qué hacer —afirmo asustado—. No quiero terminar como el tío Alfredo.

—¿Quién es ese? —me pregunta arqueando una ceja—. ¿Qué le pasó?

—Un día se enteró de que era el personaje de un cuento de ficción —empiezo a contar mientras ella me toma las manos, dándome ánimos—. Esa mañana, luego de un fuerte dolor de cabeza, se desvió de su rutina matutina y en lugar de asistir al trabajo terminó en un café del centro de la ciudad. Allí se topó con un club de lectura, conformado en su mayoría por señoras de mediana edad. Estaban reunidas en una gran mesa ovalada y discutían nada más ni nada menos que la vida del tío Alfredo, con todo y sus vaivenes.

—Eso es espantoso.

—El pobre tío Alfredo no lo soportó —continúo explicándole, sosteniendo sus manos frías—, dejó de evolucionar como personaje y el narrador lo interpretó como un insulto.

—¿Qué sucedió entonces?

He sabido de series malas que en el futuro se vuelven de culto y acaban siendo traídas de vuelta —digo para tranquilizarla.

—La última vez que hablamos me contó que el narrador le había dado un conflicto irresoluble. Cada día sospechaba que lo mataría en la página siguiente.

Repentinamente Andrea se pone de pie y va en dirección a la cocina.

—Bueno, basta ya de historias y negativismo. Nuestra situación es diferente. ¿No? Debe haber algo que podamos hacer.

La veo servirse una copa de vino y beberla de un solo trago. Me parece que tiembla de miedo, al igual que yo.

—He sabido de series malas que en el futuro se vuelven de culto y acaban siendo traídas de vuelta —digo para tranquilizarla.

Andrea regresa a la sala aplaudiendo sarcásticamente.

—Bravo —exclama con voz trémula—. Que nos vuelvan a transmitir en unos años, o mejor aún, en unas décadas, cuando hayamos envejecido, no podamos expresarnos con claridad y demos lástima.

Pienso que de repente se escucharán risas enlatadas, pero no es así. Lo nuestro ya no es ni remotamente una comedia de situación.

—¿No dijiste que debíamos dejar el negativismo? —la increpo con brusquedad.

Ella se alista para responderme cuando oímos pasos en el piso de arriba.

—¿Quién crees que sea? —le pregunto asombrado—. Todo este tiempo pensé que los demás pisos eran de utilería.

—Déjame ir a ver —dice ella yendo a la puerta—. Regreso en un minuto.

Al cabo de un rato, durante el cual no vuelvo a escuchar los extraños ruidos, Andrea vuelve, esta vez con los ojos empapados en lágrimas.

—Es el personal técnico —me informa angustiada—. Se están llevando todo: las paredes, el techo, se están llevando incluso las puntillas, el decorado exterior y los subtítulos closed caption. Dicen que tenemos que desalojar el piso. ¿A dónde vamos a ir?

—¿Crees que también mi apartamento esté siendo desinstalado?

—Tú no tienes ningún apartamento —me grita con enfado—. Todas las escenas del programa suceden aquí, idiota.

Un par de jóvenes con chalecos blancos entran con una caja de herramientas. Apenas notando nuestra presencia, empiezan a desmontar el decorado. No pasa mucho para que nos encontremos en medio de un estudio amplio, repleto de escombros. A unos metros, los dos tipos se alistan para abandonar el plató.

—Tengo una idea —le digo de pronto a Andrea en el oído—: vamos a asesinarlos y a robar sus chalecos e identificaciones.

Andrea se estremece de horror y da un paso hacia atrás.

—Dios mío —exclama, pero de inmediato bajando la voz—. Vas a convertirnos en uno de esos programas de crímenes policiacos y asesinos en serie.

—Cálmate —le ruego intentando abrazarla—. Lo único que tenemos que hacer es acercarnos y golpearlos en la cabeza con cualquier cosa. ¿Dónde está el florero de mármol?

Andrea me rechaza, me da la espalda y se aleja aún mucho más.

—No quiero hacerlo —dice nerviosa—, desde nuestros primeros capítulos sabes que la sangre me produce mareos y dolor de cabeza.

—Puedo hacerlo yo. Sólo tienes que acompañarme y distraerlos un instante.

Andrea, ahora reflexiva, guarda silencio. Es entonces cuando nuevamente los hombres regresan.

—Disculpen —dice el más alto de los dos—. Me informan que los derechos de Andrea y el vendedor de seguros acaban de ser comprados por otra cadena. Instalaremos el escenario del episodio piloto, las repeticiones iniciarán en media hora y serán transmitidas en horario estelar.

—¿Repeticiones? ¿Horario estelar? —profiero horrorizado—. No quisiera preocuparlos, pero he estado improvisando gran parte de la serie. Además no me gustan las repeticiones. A duras penas me lavo los dientes dos veces al día.

Andrea también parece estar fuera de sus casillas.

Me estremezco de sólo pensar que en un futuro, llegado el capítulo final, sucederá lo mismo, tal vez de manera irremediable.

—Es una locura —grita haciendo una mueca de asco—. Acabaré repitiendo también el beso de hace rato.

—Políticas del programa —responde el hombre secamente y procede a montar otra vez el decorado.

Pese a las quejas, media hora después estamos listos para reiniciar el programa.

—Nunca pensé que tendría que llegar a repetirme —me dice Andrea yendo a su posición—: la maldición de toda obra conclusa.

—Supongo que no es tan malo como desaparecer —exclamo dejándola sola.

Ahora irrumpe en el escenario la voz ronca y sorpresiva de un hombre que no logramos ver:

—¡Todos alístense! —nos grita con tosquedad—. Al aire en 3… 2… 1…

Esta vez la oscuridad viene de golpe. Me estremezco de sólo pensar que en un futuro, llegado el capítulo final, sucederá lo mismo, tal vez de manera irremediable.

—¡Acción! —dice de nuevo la voz.

Pronto se escucha un jazz moderno y todo se ilumina gradualmente.

Andrea y el vendedor de seguros —anuncia una voz carismática.

El episodio piloto inicia con un plano de Andrea en su apartamento, sentada en el sofá solucionando el cuestionario de una revista. Yo llamo a la puerta con golpes fuertes y decididos. Se supone que nunca antes nos hemos visto.

—¿Quién es? —pregunta ella acercándose—. ¿Eres tú otra vez, Santiago? Ya te dije que no me interesan tus revistas de profecías, ovnis, telequinesis y eso del calentamiento global.

Se oyen risas enlatadas. Los sonidos, antes regocijantes, ahora me producen escalofríos. Cuando abre la puerta, Andrea ve que no se trata de Santiago, su vecino, por lo que se disculpa.

—Lo siento mucho —dice arreglándose el pelo—. El tipo de la calle del frente siempre está queriendo venderme cosas extrañas. ¿En qué puedo ayudarlo?

Yo le sonrío con incomodidad. Llevo un traje, corbata y del brazo me cuelga un portafolio.

—Descuide. Sólo vengo a pedirle unos minutos de su tiempo.

—Es uno de esos religiosos que van de puerta en puerta, ¿verdad? —me pregunta muy entusiasmada—. Siempre he querido saber si es cierto que algunos toman cursos de cerrajería.

Las risas enlatadas no cesan y cada vez me exasperan más, irrumpiendo como el anuncio irónico de una tragedia.

—No, señora —le respondo acomodándome la corbata, empezando a sudar—, sólo vengo a ofrecerle mis servicios como… como…

Hay un silencio. Andrea aprieta el entrecejo y me giña el ojo discretamente.

—Dilo ya —me pide susurrando cada palabra, segura de que he olvidado el diálogo—. Di que eres un vendedor de seguros.

En este punto se me ocurre que tal vez haya una salida: la improvisación de otra trama.

—Mis servicios como…. como… como abogado —se me ocurre de repente—. Esta casa será desalojada en cuatro temporadas. ¿Sabe? En cuarenta episodios para ser exactos. Le ofrezco ayuda legal y acompañamiento procesal.

Las risas enlatadas son opacadas por una lluvia de silbidos y susurros grabados.

Andrea se queda en silencio algunos segundos, visiblemente confundida, sin saber qué decir.

—Me pareció oír mal. ¿Puede repetirme lo que dijo? —noto que le tiembla la voz—. Usted es vendedor de seguros, ¿verdad?

Ya no soportándolo más, acabo soltando el portafolio, sujetándola de los hombros y perdiendo los estribos.

—Tenemos que hacer algo, Andrea. Si alteramos la historia tal vez podamos impedir que la productora nos cancele, que derriben estas paredes de cartón y nos desechen como si…

Se me corta la voz. Las risas enlatadas son opacadas por una lluvia de silbidos y susurros grabados. Estamos dentro de una pesadilla a veinticuatro cuadros por segundo y encarcelados en una pantalla de plasma. Intento seguir hablando, decir algo, cualquier cosa, pero no lo consigo. Tampoco logro escuchar a Andrea, aunque la veo mover los labios. Claramente nos han dejado sin volumen. Y pronto lo peor: el jazz moderno es reemplazado por un zumbido fuerte, agudo, desagradable, que nos pausa y pixela. A mi alrededor, veo todo fuera de foco. Quiero frotarme los ojos pero no puedo mover un solo músculo. Bruscamente se apagan las luces. Luego, como un arcoíris funesto, siete barras de colores intensos rompen la transmisión.

Jeff Ruiz Rave
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