“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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La estudiante de Eber

sábado 20 de octubre de 2018

Entró al aula, vio a los nuevos estudiantes y se sentó en su escritorio.

—Buenas tardes, jóvenes. Mi nombre es Eber Alba. Seré su profesora de escritura creativa. Quiero que se presenten. Díganme su nombre, apellido, edad y aspiración.

Cada uno hizo lo que pidió. Pronto le llegó el turno a una estudiante de cabello corto, quien se encontraba sentada justo frente a ella. Eber la miró.

—Soy Paula Echeverría y tengo veinte años. Mi aspiración es convertirme en escritora.

Notó que la muchacha que deseaba ser escritora redactaba y borraba afanosamente. La vio con atención.

La mujer sonrió. Recordó que también se presentó de aquella forma hace mucho tiempo.

—Qué bueno. ¿Cuento o novela? —le preguntó.

—Cuento —respondió la chica con una tímida sonrisa.

—Me parece bien. Continuemos —y señaló a otro.

Cuando terminaron, la profesora les ordenó que sacaran una hoja. Realizarían un cuento de tema libre. Sólo tenían media hora.

Los observó desde su asiento. Notó que la muchacha que deseaba ser escritora redactaba y borraba afanosamente. La vio con atención.

Concluyó el tiempo establecido.

—¿Quieres leer lo que has escrito, futura colega? —le inquirió Eber.

Ella asintió con la cabeza.

—Te escuchamos.

Entonces la joven empezó a leer…

Alba se impresionó. Tenía talento, había hecho un estupendo trabajo. Le sonrió cuando terminó.

—Buen relato, ¿cómo dices que te llamas?

—Paula.

—Pues te felicito.

La estudiante le sonrió con agradecimiento. Los otros narraron sus historias, pero ninguna fue tan contundente como la primera.

La clase culminó y los jóvenes se retiraron. Paula se quedó sentada por unos momentos en el pupitre. Se levantó.

—Hasta luego.

—Nos vemos, Paula. Sigue así.

 

Paula sorprendió a Eber varias veces en clases. Tenía mucha creatividad, le gustaba su estilo, algo le decía que llegaría lejos. Cuando acabó la sexta sesión, los estudiantes empezaron a andar hacia la puerta. La profesora decidió hablarle, así que le pidió que se quedara por un momento. Comenzó cuando se hallaron a solas.

—¿Sabes, Paula? Me recuerdas mucho a mí —le dijo desde el escritorio.

La muchacha sonrió.

—¿En serio?

—Sí, yo también deseaba ser escritora a tu edad. Me motivaron muchas cosas. No sé qué te hizo tomar este camino, pero creo que has acertado. Sigue escribiendo y llegarás alto.

Paula le dijo “gracias”, movió sus labios como si quisiera expresarle algo más. Se contuvo. La profesora se percató de ello, mas no preguntó qué deseaba manifestarle.

—Nos vemos el viernes —le dijo la mujer.

Un día, Paula tomó valor y se le acercó mientras recogía sus cosas.

—¿Puedo irme con usted? —le preguntó con su tierna voz.

—Claro que sí, querida —respondió Eber.

Empezaron a conversar mientras caminaban en presencia de la noche.

—¿Qué te incitó a escribir, Paula?

—Supongo que mis problemas. La escritura siempre ha sido un escape para mí —contestó con tristeza.

—Sí, la literatura nos provoca eso… Es una forma de huir de las garras de la realidad… Digamos que la escritura me ha salvado en algunas ocasiones. Eso es lo maravilloso de las artes… Paula, si alguna vez deseas hablar de esos problemas, puedes hacerlo conmigo. Estoy dispuesta a escucharte.

Ella asintió con la cabeza.

 

Leyeron sus cuentos. Eber seguía teniendo predilección por los de la niña de cabello corto. Había hecho un maravilloso trabajo, mas algo terrible escondía ese escrito. Lo advirtió.

Pronto acabarían las sesiones. La profesora les entregó los cuentos corregidos a todos. Miró a Paula y notó que la observaba con faz ensombrecida. Esa niña se parecía tanto a ella… Les ordenó que hicieran una historia tomando como musa una llave y una puerta. Un estudiante la miró con una sonrisa.

—Pero usted también. Queremos saber cómo escribe.

—Ajá. Entonces tenemos media hora.

Cuando terminó el tiempo, los chicos le dijeron que empezara ella.

—Está bien —dijo Eber mientras miraba su hoja—. Había una vez una llave y una puerta… ¡Fin! Ahora ustedes.

Rieron, incluyendo Paula. Leyeron sus cuentos. Eber seguía teniendo predilección por los de la niña de cabello corto. Había hecho un maravilloso trabajo, mas algo terrible escondía ese escrito. Lo advirtió. Paula había relatado la historia de una jovencita, quien buscaba una llave con desesperación para abrir una puerta y escapar de un hombre. Éste la atrapó segundos después. Todo culminó en tragedia…

Paula la esperó mientras recogía sus cosas. La mujer notó que posteriormente comenzó a hurgar en su bolso. Entonces sacó de su cuaderno unas hojas engrapadas.

—Profesora…

—Dime, querida.

—Escribí un cuento. Quisiera saber su opinión. No le tomará mucho tiempo leerlo.

La mujer sonrió y lo guardó.

—Te diré mi opinión cuando acabe el curso. Lo prometo.

Ambas se marcharon juntas. Paula tomó la palabra mientras andaban. Una fresca brisa nocturna alborotó sus cabellos.

—¿Tiene hijos?

—No, niña, ni pareja. Desde pequeña decidí no tener novio. Los hombres son más complicados que leer el Ulises de Joyce. Lo juro, no los quiero en mi vida.

—Ah… Tiene razón. Me pregunto cómo hubiese sido mi vida sin…

La profesora Alba observó el suelo. Reflexionó. Miró el cielo adornado por la luna y las estrellas.

—¿Quieres comer conmigo mañana?

—¿En dónde?

—Hay una cafetería que está muy cerca de aquí…

Paula accedió.

Se encontraron al día siguiente. Caminaron juntas y entraron al establecimiento. Ocuparon una mesa en un solitario rincón.

—Paula, quiero que me lo cuentes todo.

La muchacha sintió un nudo en la garganta y sus ojos se tornaron vidriosos.

—Dime cuál es el secreto que escondes. Yo hace mucho necesité que alguien me oyera, aunque prefería quedarme en silencio porque pensaba que la gente utilizaría esos horribles asuntos en mi contra, como hizo una de mis tías. Encerré mis demonios en una caja que cada día se abre como la de Pandora, y tú, niña, me recuerdas tanto a mí… Todo lo que me digas será nuestro secreto.

Paula le confesó…

 

Antes de la culminación del taller, Eber leyó el cuento en su casa. Cuando terminó de hacerlo quedó pensativa.

En la última sesión entró al salón y vio a Paula como siempre, quien la miraba con esa melancolía con aroma a desesperación. Comentó los cuentos de todos. Los felicitó y les dijo que estaba orgullosa de la nueva generación de posibles escritores. Los muchachos le dieron la mano, le dijeron lo mucho que apreciaron sus clases y se marcharon. La chica esperó en su asiento, deseaba despedirse. Cuando se quedaron solas, se acercó.

—Querida…

—Me encantaron sus clases —le dijo la muchacha con voz queda.

—Me alegra, hija —y se puso de pie—. Por otra parte, deseaba decirte que leí tu cuento. Te diré mi opinión como te prometí.

Paula asintió con la cabeza. Eber notó que sus ojos brillaron con emoción entre tanta oscuridad.

Leía cuando podía la historia que le había regalado. Algo le decía que la vería nuevamente, no sabía por qué. Ocasionalmente imaginaba lo peor.

—Me pareció excelente. Dijiste todo lo que tenías que decir. Manejas bien las metáforas, las representaciones, esas que hablan del padre como la figura siniestra que te atormenta. El final es fantástico, pero no me gustó del todo.

—¿Cree que pudo tener otra vía de escape?

—Sí, Paula… —entonces guardó silencio por un momento para contemplar la ensombrecida mirada de arcilla tan parecida a la suya—. Ve a tu casa, empaca tus cosas y ven a vivir conmigo. Eres mayor de edad, puedes irte de ese hueco infernal. Yo cuidaré de ti. Jamás tendrás que ver a ese terrible hombre.

Paula se sorprendió, luego sus ojos se empaparon de lágrimas.

La mujer notó que ella meneó la cabeza. Se miraron largamente, después se fueron juntas. Se abrazaron al llegar a la entrada de la estación del subterráneo. Paula le susurró “gracias”. La mujer le dijo que si cambiaba de opinión la contactara. La soltó y colocó sus manos sobre las primaverales mejillas. La miró fijamente.

—Hazlo, coño. Te ruego que no tomes el camino de tu personaje. Puedes salvarte, sabes que sí. Mientras tanto, no dejes de escribir. Estaré esperando.

Transcurrieron los días. Eber pensaba en aquella muchachita cada noche estrellada. Leía cuando podía la historia que le había regalado. Algo le decía que la vería nuevamente, no sabía por qué. Ocasionalmente imaginaba lo peor. Eso la destrozaba.

Despertó una mañana por culpa de su teléfono, sonaba insistentemente. Lo tomó de su mesita de noche y escuchó su voz.

—Soy Paula…

La mujer sonrió con alivio.

Ivanna Zambrano Ayala
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