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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

La conciencia desventurada

jueves 25 de octubre de 2018
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Iván despertó sin abrir los ojos, se sentía un tanto cansado. El frío artificial se colaba levemente bajo las sábanas. Desde hace algunas noches dormir solo derivaba en despertar con ese dejo de fatiga en los músculos. La jornada del sueño estuvo colmada de pesadillas. En una huía por altos pastizales perseguido por conejos gigantes. Estiró el cuerpo bajo las sábanas. Sonrió. Pensó: soy un redomado idiota con este trajín de sueños. Abrió los ojos y al mismo tiempo la estancia empezó a llenarse de una luz de amanecer. Se restregó los ojos. El programa simulador hacía su rutina a la perfección. Casi podía sentir la tibieza solar en estas primeras luces. Viró hacia su derecha. En la pared la pantalla del reloj señalaba las nueve. Imaginó a la gente de la Tierra haciendo otro tanto pero ante un verdadero amanecer. Se tocó con cuidadosa curiosidad el rostro. Sus dedos fueron reconociendo de un modo que parecían estar delineándolo, más bien, reconfigurándolo. Pensó con alivio: sí, soy yo.

Ahora el día es de treinta y seis horas y amanece a las nueve, lo que viene a ser casi media mañana en un día de veinticuatro. Ya el tiempo no es escaso, ahora abunda hasta el desperdicio.

Iván llevaba ya dos años en esta solitaria estación, justo en el centro de esa oscura mancha de lava petrificada llamada el mar Moscovie, en el lado oculto de la Luna. Bostezó. Giró con pereza su cuerpo hacia la izquierda quitándose las sábanas. Ya el programa simulador estaba ajustando la temperatura a la sucesión de los minutos diurnos. De una repisa de vidrio, junto a la cama, tomó un viejo libro. Una Biblia antigua. Era el único texto de papel que se trajo de la Tierra. Ya no se editan, son una rareza. Tener uno es poseer un tesoro arqueológico. En estos tiempos leer implicaba otra rutina. Ahora sólo bastaba colocarse los bibliolentes y dar las órdenes verbales para activar un repertorio visual de libros, recostarse en cualquier parte, de pie o sentado, y comenzar a leer a placer. Como todo amanecer desde que estaba en la Luna, jugó a la bibliomancia y abrió su Biblia al azar, entonces comenzó a leer lentamente en voz alta: Cuando llegaron al gentío, vino a él un hombre que se arrodilló delante de él, diciendo: Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático, y padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua. Y lo he traído a tus discípulos, pero no le han podido sanar.

Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo acá.

Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho, y éste quedó sano desde aquella hora. Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?

Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible. Pero este género no sale sino con oración y ayuno.

Levantó los ojos del libro. Se imaginó la desventura de aquel joven, caer en el agua o en el fuego, sin saber siquiera de una u otra, despojado de la idea o el parecer que permite distinguir lo distinto, lo contradictorio. Seguro era uno en el síntoma y al rato otro, ya calmado, curado de la quemadura, con ropas ya secas. Escindido en la enfermedad. Esperando el milagro. Sonríe, cierra el libro pensando que Jesús recomienda ayuno y oración, y él lo que padece en este momento es un hambre atroz. Mira el reloj, ya marca las nueve y veinte del amanecer; repasa cuidadosamente imágenes de cine documental en su memoria. Imágenes cercanas a los tiempos de Jesús. Iván sabía que en aquellas el día tenía una duración distinta, transcurría en veinticuatro horas y sobre todo en la época del texto bíblico cuando practicaban el hambre forzada ante lo inexplicable. En ese tiempo amanecía a las seis o siete horas, de acuerdo a la estación del año. Ahora el día es de treinta y seis horas y amanece a las nueve, lo que viene a ser casi media mañana en un día de veinticuatro. Ya el tiempo no es escaso, ahora abunda hasta el desperdicio. En este nuevo ciclo de la Tierra comer no es tan apremiante, no es ganarle la carrera al reloj. Iván estiró un brazo hacia una repisa donde había dejado el libro, tomó un frasco, le quitó el tapón y extrajo una pequeña píldora. Se la llevó a la boca. Fue disolviéndose en su lengua. Lentamente su sentido del gusto fue llenándose de sabores: mantequilla, pan, mermelada, jamón, huevo, café, todo el conjunto que hacía un desayuno americano. Luego en su estómago fue surgiendo una sensación de agradable llenura. Ahora desayunar, almorzar y cenar era sólo escoger una píldora al antojo. Por eso sobre la repisa de su cama siempre estaba el frasco del desayuno. Sintió un ligero temblor en su pie izquierdo; eso le asaltaba todas las mañanas desde hacía diez años, siempre antes de bajar de la cama. ¡Basta!, se dijo, y dio un salto fuera de la cama. Ya el cansancio había abandonado sus músculos y su ánimo. Estaba completamente despierto. Se levantaría para el aseo y revisar los controles de la consola, pantallas y tableros.

Son las doce y cuarentaicinco de la mañana. El satélite le ha transmitido todo el notidiario terrestre. Nada nuevo sobre la Tierra. La sección de sucesos se mantiene estancada. La misma monotonía desde hace un milenio, mil años cuyos días duran treinta y seis horas. Para Iván han transcurrido cuarenta desde su nacimiento. Revisa la temperatura, afuera hacen 160º centígrados bajo cero. Adentro el termómetro marca 29 grados sobre cero. La estación fue construida y programada para reproducir internamente todo el ambiente templado de su país originario. Afuera la oscuridad es total. Dentro, el simulador crea una atmósfera de ventanas atravesadas por una tibia luz solar mañanera. Iván vive en la estación, comparte ilusoriamente el ritmo lumínico terrestre. Eso mantiene su ciclo circadiano ajustado al planeta. En realidad es de día en la Tierra y de noche en ese lado de la Luna.

Las pantallas despliegan sus haces de imágenes y gráficos. Las computadoras por sí mismas miden y calculan todos los datos que transmiten los treinta satélites que exploran la remota Nube de Oort. La información llega a la estación con un año luz de diferencia. Iván piensa amargamente que siempre las noticias y los conocimientos son un asunto de ayer, es mentira eso de vivir el presente, lo más cercano que existe es el pasado, sólo cuando hemos dejado atrás el presente es que podemos vivirlo. Oort tiene un interior en forma de disco y un exterior esférico. El disco, la Nube de Hills, mantiene su simetría; sin embargo hay ligeras variaciones en la parte esférica. Se ha elevado un tres por ciento su nivel hielo y metano. Iván cavila: seguramente es consecuencia de la combinación en la trayectoria de los cometas Halley 3 y 18. Algo los impulsa con rapidez hacia el interior del sistema solar, cambiando la forma exterior de la nube.

Un año antes de terminar su doctorado en física inició otro en filosofía. Por eso aceptó este puesto de vigilante cósmico. Buscaba la soledad necesaria para meditar y escribir su nueva tesis.

Ya son las catorce horas. Suspende su vigilancia, pero antes se asegura de que las computadoras sigan transmitiendo los datos hacia la Tierra. Está cansado, tiene nuevamente hambre. Sale de la sala hacia un pasillo de paredes ligeramente anaranjadas. Camina hasta una puerta con una pequeña placa de vidrio a la altura del rostro. Coloca su mano sobre la placa, la puerta cruje levemente y se abre. Entra. Es una sala tamaño cuatro por cuatro; el simulador ha creado dos ventanales que dan hacia la ilusión de un lago. Casi se puede sentir una brisa fresca. Hay una butaca central, color púrpura, de textura plastificada. Se sienta, de inmediato se ajusta a su figura. Siente ligeros corrientazos y masajes en sus muslos, comienza a relajarse. A su derecha hay una mesilla, estira su mano, toma un frasco. Allí está la píldora del almuerzo.

Hace cuatro años que concluyó su doctorado en física de partículas cósmicas. Su tesis versó sobre las oscilaciones de la energía oscura en la Nube de Oort, y por eso, hace un par de años, fue elegido para operar la estación observadora Galilei 15 en el lado oculto de la Luna. Los datos que se recogen allí son triangulados con las informaciones de otras dos estaciones ubicadas en las lunas Calisto, de Júpiter, y Tetis, de Saturno. Funcionan sin operador. Iván las controla desde el Galilei 15. Un año antes de terminar su doctorado en física inició otro en filosofía. Por eso aceptó este puesto de vigilante cósmico. Buscaba la soledad necesaria para meditar y escribir su nueva tesis. El ambiente universitario era insostenible con sus distracciones académicas, para esto le era necesario estar lejos de la gente. Quería también observarse en ese meditar, reconocerse, resolver esa oculta dualidad que atravesaba por instantes su conciencia, y sobre todo prestar más atención a ese ligero temblor en su pie izquierdo.

La butaca se sacudió suavemente, estaba programada para despertarlo de la siesta de cinco minutos. Con las píldoras, el proceso digestivo humano se redujo de tres horas a ese mínimo. Era el momento de dedicarse a su tesis. Buscó en un bolsillo de su braga y sacó el bibliolente. Se arrellanó más en la butaca. Solicitó en voz alta La fenomenología del espíritu, de Hegel, capítulo IV, “La verdad de la certeza de sí mismo”, página 107. Con un movimiento de la cabeza comenzó a hojear el texto virtual. Leyó: Esta conciencia desventurada, desdoblada en sí misma, debe ser, por tanto, necesariamente, puesto que esta contradicción de su esencia es para sí una sola conciencia, tener siempre en una conciencia también la otra, por donde se ve expulsada de un modo inmediato de cada una, cuando cree haber llegado al triunfo y a la quietud de la unidad.

Hace tres mil años que las ciencias duras y la filosofía habían hecho las paces académicas. Algunos historiadores cosmofísicos comenzaron a especular que esta falta de antagonismo era debido a los acelerados cambios lunares. Mientras la Luna fue ampliando el diámetro de su órbita, la rotación de la Tierra comenzó a desacelerarse; entonces la pugnacidad humana empezó a decaer. Donde primero se manifestaron los síntomas fue sorpresivamente en el plano religioso. Repentinamente una fiebre de ecumenismo fue aproximando a todas las sectas, y pasaron del respeto mutuo a fusionarse, hasta quedar disueltas en una especie de abulia religiosa, que posteriormente empezó a vaciar todos los recintos de culto. Eso sucedió en un lapso de 250 años, durante el cual la Luna aceleró abruptamente su proceso de distanciamiento de la Tierra y llevó la duración del día terrestre de 28 a 30 horas. El promedio había sido una hora más cada seis mil años. Tomando como medición las antiguas 24 horas de rotación, esto vendría a dar más de 50 mil años de ese tiempo. Sin embargo, después de este pico en la frecuencia la Tierra y la Luna volvieron a su velocidad de separación acostumbrada; muchos creen que eso tuvo que ver con cambios en la Nube de Oort, pero al parecer el mal ya estaba hecho, las contradicciones y los antagonismos humanos comenzaron a extinguirse. De las ideas religiosas se pasó a las literarias, después a las sociales, y ya hoy penetra las científicas y filosóficas. Y no es que el hombre haya dejado de funcionar históricamente, lo sigue haciendo, pero sólo como un amago o mera representación teatral. Desde que se les dejó a las máquinas tomar las decisiones, y ejercer las funciones básicas para cubrir las necesidades fisiológicas humanas, el hombre simula ser hombre.

Iván decidió trabajar a Hegel. Sus colegas se rieron de él. El idealismo era una corriente arcaica. Desde que se había comprobado en la práctica la teoría del campo unificado, hablar en filosofía de algo que implicara la separación de las cuatro fuerzas era vano, pero insistió en estudiar al filósofo que creía que la identidad estaba no en la unidad sino en la contradicción. De repente un dolor comenzó a abrasarle el pie izquierdo. Se quitó los bibliolentes. El dolor comenzó a subir por su pierna; al mismo tiempo el brazo izquierdo empezó a temblar violentamente. El simulador, sincronizado con su ritmo corporal, fue subiendo y bajando la intensidad luminosa y la temperatura. Los temblores se convirtieron en convulsiones. Cayó de la butaca, todo se oscureció. Ya eran las treinta horas cuando despertó. Recordó el versículo: Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático, y padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua.

Mientras se cubría con la sábana y el simulador le acondicionaba la temperatura, pensó en la necesidad de la contradicción, sólo eso podría revertir los efectos apaciguantes de la Luna sobre los seres humanos.

Los primeros síntomas se dieron entre los perros y los gatos; éstos ya no se acosaban unos a otros, reposaban juntos a lo largo del día. Sólo se levantaban para ser alimentados por las máquinas de sus amos. La manifestación del ataque epiléptico fue masiva, planetaria. De la noche a la mañana estas especies desaparecieron. La explicación fue evidente: el distanciamiento lunar, el alargamiento del día. El milenio siguiente otras especies también fueron arrasadas. Son pocas las que aún vagan por la Tierra. De inmediato, al terminar el pico que aceleró el distanciamiento de la Luna, algunos gobernantes decidieron crear las estaciones de las tres lunas. Sin embargo, después fueron relegadas de sus prioridades políticas. Se dedicaron más a las máquinas de la comodidad. Ya es automático enviar a un solitario vigilante a Galilei 15, éste sólo cumple una rutina.

Iván se aseó y se dispuso a dormir. Se había despertado “otro” después de la convulsión. Sin embargo sabía que pronto este que era se replegaría, confundido y solitario de sí mismo, sin saberse, sin reconocerse. Le daría paso al que estaba bajo los efectos del simulador. La transición sería imperceptible. Mientras se cubría con la sábana y el simulador le acondicionaba la temperatura, pensó en la necesidad de la contradicción, sólo eso podría revertir los efectos apaciguantes de la Luna sobre los seres humanos. Sabía que eso debía venir de sí mismo, no de una milagrosa eventualidad estelar de Oort. Ese gesto extraordinario estaba en el otro que se agazapaba allá adentro, en su espíritu. Sin embargo era inútil. Los dos sabían que ya la epidemia había cubierto el planeta. Lo leyó en la sección de sucesos del notidiario; ambos saben que ya hace un año que no cambia la fecha en los teletipos de la pantalla. Mañana, seguro amanecería más tarde.

Jeroh Juan Montilla
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