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Perras y escorpiones

viernes 27 de mayo de 2022
Perras y escorpiones, por Jeroh Juan Montilla
Confieso que a la barbería no sólo asistía por un servicio de corte de cabello; me gustaba también, por lo menos dos veces a la semana, ir a conversar con estos barberos. Fotografía: Klara Kulikova • Unsplash

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2022 en su 26º aniversario

¿Una guerra secreta? Dos palabras, dos situaciones imposibles de conciliar en la realidad. Una guerra por sí misma no puede ser secreta, puede estar cruzada, inundada de secretismo, pero ella en su manifestación no tiene nada de oculto, es guerra por su mismo obsceno exhibicionismo. Definitivamente no hay guerras invisibles, ni mudas, ni sordas, no hay guerra que pueda sustraerse al fisgoneo de los sentidos y mucho menos existe una guerra que no sea entre los hombres. ¿Qué quiso decir el señor Orio con eso?

Me explico: el señor Orio es uno de los barberos de enfrente. Son dos en realidad, pero Orio es quien me afeita. Usted es mi exclusivo cliente, profesor, son sus palabras. El otro barbero es el señor Po. Él nunca me ha afeitado, dice que por nada en el universo va traicionar la exclusividad que tengo con el señor Orio. Ahora, no es exactamente enfrente donde se ubica la barbería, es diagonal al edificio donde está mi apartamento. Son dos pisos y una planta baja, mi apartamento ocupa por completo el último piso, tiene balcón hacia la calle y hacia atrás. Realmente barbería y edificio están esquina contra esquina. Confieso que a la barbería no sólo asistía por un servicio de corte de cabello; me gustaba también, por lo menos dos veces a la semana, ir a conversar con estos barberos, oírles hablar de las historias más disparatadas de sus correrías de inmigrantes, eran historias como en clave, salpicadas de raros nombres de pueblos de los cuales yo jamás había oído. Parecían suceder en territorios que estaban fuera de este mundo, con una geografía increíble y en un tiempo impreciso, nunca daban fechas y ninguno de los términos y nombres aparecía en enciclopedia o diccionario alguno por mí conocido. Pero hasta cierto punto, no sé por qué, estas historias estaban cubiertas de cierto inexplicable manto de credibilidad. Ellos sabían darle verosimilitud y chispa a sus curiosos relatos.

Decía al principio algo sobre la guerra. Todo sucedió entre una tarde y una madrugada. Esa tarde me tocaba mi afeitada mensual, y mientras esperaba mi turno, ya que había un cliente delante en la silla del señor Orio, leía un voluminoso libro de mi biblioteca personal. Soy profesor de historia universal en posgrado, y esa vez estaba preparando una clase magistral sobre las guerras de la realeza anglosajona. Llevé a la barbería ese libro sobre la Guerra de las Dos Rosas, me hastiaba la espera, y ya el montón de viejas y amarillentas revistas de la barbería habían perdido mi interés.

Pasaba una y otra vez su mirada de la cabeza de su cliente al libro abierto sobre mis piernas.

El señor Orio me dedicó esa vez miradas interrogativas, mientras chasqueaba acompasadamente su tijera. Pasaba una y otra vez su mirada de la cabeza de su cliente al libro abierto sobre mis piernas. Yo espiaba con gusto sus movimientos por el rabillo del ojo, su curiosidad me parecía algo cómica. De repente, no aguantando la curiosidad, me preguntó: “¿Qué lee usted, profesor?”.

Levantado los ojos del libro, le respondí:

—Leo sobre la guerra entre la Casa Lancaster y la Casa York, la Guerra de las Dos Rosas.

El señor Orio rio quedamente.

—Ah, sí. La de la rosa roja contra la rosa blanca y viceversa. El mismo cuentico de siempre, la rivalidad familiar, sangre contra sangre, toda guerra en este planeta es de los hombres contra los hombres, una misma especie contra sí misma, algo insólito fuera de la Tierra. En esta que usted investiga no ocurre nada distinto, ambas casas son hijas de la casa Plantagenet, la casa de la retama. Mi madre tenía una enorme retama en el patio. Lo único que combatía con ella eran los cálculos renales de mi padre.

Confieso que me asombró que el señor Orio conociese esa historia. Ante su última frase sólo me quedó fue sonreír. De inmediato añadí:

—Una guerra fratricida de casi 72 años.

No dijo nada, sólo puso su tijera sobre la mesa de utensilios y lentamente comenzó a inspeccionar la cabeza del cliente mientras giraba la silla. Al final dijo: “Listo”. El cliente se levantó, le pagó y se despidió; entonces el señor Orio me hizo una señal con la barbilla, me levanté, dejé el libro sobre un mueble y me senté en su silla de barbero. Del otro lado de la estancia el señor Po, un barbero gordo e italiano, muy silenciosamente se dedicaba a limpiar su instrumental de trabajo. El señor Po parece como de setenta años; su aspecto, a pesar de lo robusto, es casi inmaterial. El señor Orio en cambio es de nacionalidad siriaca, cabello encanecido, pero aspecto más vigoroso; según él mismo ha dicho en una ocasión tiene sesenta años, de esos, cuarenta en el país.

Al sentarme, el señor Orio puso sobre mí su capa de barbero, un trozo de tela negra que cubrió mi cuerpo hasta la cintura, por delante y atrás. De inmediato la perra, llamada Anunciante, gruñó hacia la calle; unos segundos después las otras dos perras hicieron lo mismo; todos le dedicamos una mirada a cada una. Olvidaba decirlo, estos dos barberos traían diariamente consigo a la barbería a tres inmensas perras. Una dálmata de manchas negriazuladas llamada Anunciante, una robusta bulldog de pelambre amarillenta llamada Pesante, y una pastor alemán llamada Virgin. Esos extraños nombres aún no entiendo a qué respondían, nunca lo pregunté. La barbería tiene dos entradas, una hacia la calle tres y la otra hacia la carrera cuatro. Anunciante siempre se echaba en la que da hacia la calle tres, mientras que Pesante lo hace en la otra; Virgin siempre estaba en un rincón, agazapada en su propio silencio. Allí pasaban toda la jornada, por lo menos en la que a mí me tocaba participar mensualmente. Las tres semejaban guardianes míticos que en sus perennes posiciones dibujaban un triángulo donde Orio y Po parecían resguardarse. Al rato, después de otear y husmear hacia un punto impreciso de la calle, Anunciante bajó las orejas; lo inquietante al parecer se había alejado, se echó de regreso a su silenciosa mansedumbre. Otro tanto hizo Pesante en la otra puerta y Virgin al fondo de la barbería.

—Anunciante le hace honor a su nombre —dijo misteriosamente el señor Po.

—Andan por allí, las tres perciben cada vez más cerca el olor de esas alimañas. La constelación parece estar entrando a su tiempo de desafío. Es triste pero ya era tiempo —riposta Orio. Tras esto se desató un silencio tenso.

La tijera del señor Orio reanudó su chasquear sobre mi cabeza y el crujido del cabello comenzó a inundar mis oídos. La atmósfera entonces como por arte de magia perdió la tensión. Orio y Po volvieron a ser los mismos. El señor Orio, reanudando el tema de la Guerra de las Dos Rosas, con un dejo de arrogancia dijo:

—Setenta y dos años es nada, profesor. Hubo y hasta hay guerras más largas, de milenios, hasta de millones de años. ¿Verdad, Po?

La Guerra de las Dos Rosas fue reflejo, profesor. Todo y todos comenzamos y terminamos en un reflejo.

—Umjú —respondió éste—. Esas guerras que cuentan esos libros suyos, profesor, son sólo un remedo ruidoso, una simple escaramuza. Le repito, un remedo, un remedo de otro enfrentamiento que las modela, las trasciende, la guerra verdadera, la que nosotros conocemos. La Guerra de las Dos Rosas fue reflejo, profesor. Todo y todos comenzamos y terminamos en un reflejo.

Orio remató diciendo:

—La verdadera guerra, la única, es la gran guerra secreta, y esa no es de hombre contra hombre, es de una especie contra otra distinta, y esa no sale en ningún libro de historia de este mundo. Ella es de un tiempo donde no existía el tiempo. Fue y aún es entre los venenosos zubenitas y los canis, los grandiosos cazadores.

¿Canis y zubenitas? Nunca había escuchado o leído sobre esos nombres. La curiosidad me llevó a preguntar:

—¿Esas son etnias sirias o de Italia? —el señor, dejando de afeitarme, comenzó a reírse; otro tanto hizo el señor Po.

—Le dije que es una guerra secreta, el mundo no tiene conocimiento de ella, aunque hay que admitir que de vez en cuando padece sus efectos, los cuales hombres comunes y científicos explican erróneamente como catástrofes naturales.

Los barberos volvieron a cruzar de modo cómplice y risueño sus miradas. No los comprendía y no me quedó sino sonreír con ellos, atascado en mi ignorancia, consolándome para mis adentros con la idea de que este par de viejos nuevamente estaban tomándome el pelo con sus extrañas historias.

 

Esa noche avancé bastante en la lectura del libro. Leí y releí sobre la enfermedad mental del rey Enrique VI de Lancaster. Locura y ambición, dos ingredientes que nunca faltan. Definitivamente esta era una guerra, en verdad, nada extraordinaria, una guerra más, el acto histórico más rutinario de los hombres. Sin embargo, tantas veces leyendo en estos libros el mismo proceso de matanzas, bajo las mismas excusas, me llevó esa noche a una sospecha: tal vez Orio y Po tengan razón sobre la conspiración que nos trasciende. Cerré mi libro y, después de realizar unos apuntes, me fui a la cama, pero antes me tomé tres vasos de vino moscatel, y algo mareado caí entre las sábanas; eso me rendiría como un lirón, pensé, pero tuve un dormir agitado. Soñé que estaba en medio de un jardín de apelmazadas plantas de rosas blancas y rojas, yo corría huyendo de unos ladridos y gruñidos invisibles, y en mi carrera sentía cómo las espinas me rasgaban, parecían las cuchillas de unos feroces soldados que me atacaban sin piedad. Por un momento, ya sin aliento, me detuve, y entonces percibí que los ladridos y gruñidos surgían de todos lados, y cada rosa fue transformándose en unas fauces locamente atestadas de colmillos puntiagudos y pétalos como pinzas.

Me desperté sudoroso. Vi instintivamente el reloj, las tres de la madrugada. Por un inexplicable impulso me levanté, crucé la sala y salí al balcón, y por una loca analogía me acordé de la suerte de Enrique VI de Lancaster en la Torre de Londres, asesinado en medio de uno de sus ataques mentales. Sacudí esa imagen respirando el aire fresco de la madrugada; miré con alivio hacia el cielo, la constelación de Orión brillaba con fuerza, parecía huir por el firmamento; sin embargo, la de Escorpio atenazaba con rabia uno de sus talones más luminosos. Me maravilló ver cómo la fanfarronería del cazador podía ser derrotada por un minúsculo aguijón. Luego bajé lentamente mis ojos hacia la esquina de la barbería y casi me caigo por la baranda del susto. Ante las dos puertas de la barbería había dos enormes cosas de un azul luminiscente, cada una semejante a una especie de aparato mecánico de complicada tecnología, con un par de brazos mecánicos terminados en tenazas. Estas cosas llevaban en la parte trasera otro brazo rematado en una especie de punzón al rojo vivo. Se apoyaban en cuatro patas a cada lado. La visión comenzó a marearme. Las tenazas hurgaban en las puertas. Pero de repente se aquietaron. Entonces percibí una quietud y un silencio absoluto en la noche. Aquellas cosas no emitían ningún ruido. Era como si el espacio de la ciudad hubiera sido sacado del cauce ruidoso del tiempo. Comencé a sudar nuevamente. Aquellas cosas azules intensificaron su luminiscencia; sentí que sabían que las observaba, se dieron vuelta y sus tenazas me señalaron. ¿Sería que pronto vendrían por mí? Sería una víctima ajena a esta guerra que no me corresponde, la secreta, la verdadera. Todo comenzó a oscurecerse, me sentí en un negro túnel, al fondo veía dos puntos azules de luz apagándose con lentitud. ¿Acaso esto mismo fue lo último que vio Enrique VI de Lancaster mientras le cortaban la garganta? Entonces todo se volvió negro.

 

¿Cómo puede una guerra ser algo secreto? Un secreto entre bandos, para serlo, necesita por lo mínimo complicidad.

¿Una guerra secreta? Dos palabras imposibles de conciliar en la realidad. Una guerra por sí misma no puede ser secreta. Eso dije al comenzar este relato. La verdad es que la luz del sol dándome en el rostro fue lo que me despertó al día siguiente. Estaba asquerosamente untado de mi propio vómito. Ese día los barberos no abrieron, ni al siguiente ni los posteriores; ya han pasado tres meses. ¿Qué habrá pasado con ellos? Todo esto es tan misterioso. He realizado averiguaciones y la casa donde estaba la barbería no tiene dueño. Nadie sabe dónde vivían los señores Orio y Po junto con sus perras. ¿Sería una alucinación lo que vi esa noche frente a sus puertas? ¿Serían los efectos del moscatel? ¿Y mi sueño con aquellas rosas mordientes, llenas de tenazas y pinzas? ¿Y eso de la guerra secreta entre los canis y los zubenitas? ¿Perros y escorpiones? ¿Cómo puede una guerra ser algo secreto? Un secreto entre bandos, para serlo, necesita por lo mínimo complicidad. Como profesor de historia desde hace tiempo sé que los seres humanos no somos dueños del curso de nuestro destino, si es que pueden llamarse así esas sucesivas reiteraciones que llamamos historia. No somos responsables de nuestras acciones en el pasado ni en el presente, y el futuro sólo es la expectativa de la misma redundancia. Esto puede sonar cómodo o mejor dicho cínico. Pero mi sospecha de una conspiración de orígenes desconocidos se ha fortalecido con mi visión de aquella madrugada y el gruñir de las perras aquella tarde. Algo se está librando bajo el pesado manto de la ignorancia humana. ¿Quiénes en realidad eran Orio y Po? ¿Qué querían confesarme entre líneas, siempre bajo el matiz absurdo y jocoso de sus historias? ¿Eran esos enormes escorpiones azules lo que inquietaba a sus perras…? ¿Eran?

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