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Hablemos, de Octavio Santana Surez

El vuelo del zopilote

• Sábado 10 de noviembre de 2018

Detengo el carro y quedo estupefacto viendo volar los zopilotes. Lo hacen con pasividad pasmosa, controlando todo lo que ven bajo ellos y, de plano, buscan carroña para paliar el hambre. La maleza alrededor del puente es frondosa en el invierno y a lo lejos se ven las casitas de los miserables. Recuerdo cuando lo construyeron, allá por el año 1972. Veíamos las inmensas columnas desde la orilla del barranco embebidos en el puro de mariguana: los colores nítidos, el cielo azul imponente, el hambre atroz que nos acometía en medio de la risa incontrolable en que nos sumergía la droga.

Realmente no debiera uno eliminar a nadie, ni siquiera un animal o candidato a la presidencia sólo porque no te gusta la manera en que habla.

En esos tiempos no eran tan frecuentes los muertos. Bueno, los que aparecían tirados en barrancos o predios baldíos. Esos que ahora son noticia diaria en periódicos o canales de televisión cuyos reporteros gozan al transmitir estos hechos que les dan de comer. Ayer, por ejemplo, aparecieron cinco cadáveres en la finca El Naranjo, de cinco jóvenes secuestrados por la policía. Es increíble que no se pueda confiar en las autoridades y cuando ves que se acercan se te hace un nudo en el estómago. Dicen que estos muchachos estaban jugando fútbol en la calle. A lo mejor alguna vecina llamó porque le molestaban los gritos cuando hacían gol.

Pero lo peor es que además de quitarles la vida los torturaron. Los cadáveres mostraban evidentes señales de tortura y llegaron los del Ministerio Público a hacer la misma pantomima de siempre: cercaron el lugar con cinta amarilla, colocaron conos plásticos con números donde había cascabillos, pasaron una brochita con polvos sobre los cadáveres, en fin, mostraron toda la técnica de investigadores que finalmente los llevará, como siempre, a nada. Por ahí dirán que fue venganza personal, víctimas de alguna pandilla, que se mataron entre ellos, pero la verdad ya se sabe: el Ministerio Público jamás averigua nada.

En 1972 aparecían cadáveres, pero de vez en cuando. Recuerdo la gran bulla que se hizo cuando encontraron dos cuerpos en lo de Bran: llegaron los investigadores del Estado y concluyeron en que eran delincuentes y sus mismos compinches los habían ajusticiado. Desde entonces son excelentes investigadores.

Esa vez volaban los zopilotes como ahora, en círculos, planeando como quisieran hacerlos los pilotos de avioneta cuando los motores fallan. Ahora son un montón y parece que fueran a chocar entre ellos, pero son magníficos acróbatas del aire. Sólo espero que no sean cadáveres humanos los que husmean desde arriba. A lo mejor es algún perro callejero o una jauría de esas a las que algún vecino incómodo da bocado.

Es cierto que a veces dan ganas de matar algún perro. Más aún si te ladra cuando vas por su camino. Pero realmente no debiera uno eliminar a nadie, ni siquiera un animal o candidato a la presidencia sólo porque no te gusta la manera en que habla. Ya sabemos que todos son mentirosos, robarán cuando alcancen el poder, no solucionarán el problema de la violencia y tampoco el del alza de precio de los productos de la canasta básica. Debemos recordar que vivimos en un país del tercer mundo sólo porque no hay un cuarto.

Los cuerpos sin vida tirados por cualquier parte se dan en este país como si fueran los frutos de un árbol ponzoñoso que los deja caer para fertilizar la tierra.

Puede ser que sean cadáveres de humanos porque los bomberos llegan, se bajan del vehículo e inician el descenso hacia el barranco aledaño al puente. De seguro se darán un festín los zopilotes si no llegan a tiempo a los cuerpos. Pero no necesariamente se trata de asesinato. También puede ser sólo el cuerpo de algún suicida de esos que no soportan más la vida, sobre todo cuando oyen al Presidente decir que la economía es boyante, que los guatemaltecos no necesitamos más dinero, o que no estamos acostumbrados a ir al cine ni a comer carne todos los días, en fin, decir tales estupideces que hasta al más cuerdo le dan ganas de no vivir más en este país.

La verdad es que los cuerpos sin vida tirados por cualquier parte, se dan en este país como si fueran los frutos de un árbol ponzoñoso que los deja caer para fertilizar la tierra y darles qué comer a los animales de carroña. Son como seis los bomberos que inician el descenso. Nada comparado con los cuarenta, cincuenta zopilotes que casi se detienen en el aire a lo mejor lamentando que les retiren la comida.

La ministra de Gobernación despidió al director de la Policía y dos agentes están presos por el caso de los cinco cadáveres de El Naranjo. La verdad, les doy tres meses para que anden de nuevo por las calles no buscando quién se las debe sino quién se las paga. No quisiera cruzarme en su camino. Eso si no mandan matar a los agentes para que callen cualquier cosa que comprometa a las fuerzas de seguridad del Gobierno. Vaya espectáculo el de los miserables: zopilotes volando diario en busca de cuerpos de suicidas o asesinados. Aunque a veces son cuerpos de vecinos los que atalayan los zopilotes, pues los derrumbes lanzan las precarias casas hacia los barrancos con hombres, mujeres, niños y chuchos.

Sigo mi rumbo hacia la oficina a paso lento, esquivando a tanto curioso que se deleita con la labor de los bomberos. Yo creo que es entretención gratis la que busca el guatemalteco que ya no puede ir al cine, al zoológico, a un restaurante, de esos paisanos que no necesitan hacerlo porque no están acostumbrados a ello, según la apreciación del Presidente. Sólo así me explico el montón de gente queriendo estar en primera fila para no perderse detalle del rescate y comentar después sobre el cráneo deshecho, las piernas quebradas, las heridas de arma blanca o bala y hacer especulaciones sobre el calibre de los proyectiles.

Al mediodía, almorzando, veré las noticias en la televisión y de seguro el cuerpo o cuerpos encontrados.

Los zopilotes observan desde arriba la llegada de los oficiales del Ministerio Público, el despliegue normal en ellos, la cinta amarilla para que no pase la gente, los conitos con número para indicar el lugar en que encuentran cascabillos, los cuadernos de notas, en fin, todo lo necesario para concluir que fue venganza, alguna pandilla o simplemente el suicidio de un inconforme con la calidad de vida del guatemalteco. O cualquier pendejada por el estilo.

De todas maneras voy a comentar el suceso en la oficina. Sin morbo, por supuesto. Al mediodía, almorzando, veré las noticias en la televisión y de seguro el cuerpo o cuerpos encontrados, escucharé los comentarios del locutor, las posibles causas de la muerte y las consabidas declaraciones de los oficiales del Ministerio Público que, seguramente, iniciarán una eficiente investigación.

Antonio Cerezo Sisniega

Antonio Cerezo Sisniega

Escritor guatemalteco (Ciudad de Guatemala, 1949). Graduado en la Universidad de San Carlos de Guatemala como administrador de empresas en 1979. Es autor de los libros de cuentos Círculo, Mis cuentos dispersos, La realidad ideal, Apuntes y algo más, Cuentos de burócrata y, en poesía, Veintiuno e Instantes. Poemas suyos han sido publicados en el diario La Hora. Ha participado en certámenes literarios de narrativa y poesía y obtenido alrededor de veinte galardones literarios entre cuento y poesía.

Sus textos publicados antes de 2015
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Antonio Cerezo Sisniega

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