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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Sopa quemada

• Martes 13 de noviembre de 2018

La sopa está caliente, Julia. Mi insistencia en que no la hirvieras no ha servido. La lengua me arde, se ha lacerado. Por eso el apetito se me ha ido, pero llegará pronto, no sé, tú no entiendes. Tal vez ni hambre tienes.

Ahora me das la espalda, dejándome hablando solo, como un loco y no lo estoy, lo sabes. Te hablo en serio y crees que sólo le hago al cuento.

No, Julia, no es para ponerte así, me muero de dolor y tú llorando, no es justo. ¿Por qué tengo que aguantarme todo y tú no aguantas nada? No te comprendo, es mi lengua la que se ha quemado, no la tuya.

Sí, ya sé, la próxima la hago yo, eso lo tengo claro. Esa respuesta ni siquiera es tuya. Tampoco es de tu madre, que tanto la repite y de quien tú la has aprendido. Piensa en otra cosa, qué sé yo. Podría ser en algo sencillo o algo complejo, pero piénsalo. Podrías pensar en que nunca volvería a haber próxima porque la sopa se ha deshecho y no tenemos otra, esta sigue muy caliente.

Siento lástima por todas esas letras, más que por nosotros. Están deformes. Las has hervido demasiado y no distingo su tipografía, es imposible.

Mira, mejor olvídalo, no soy alguien para aconsejarte. Ni siquiera puedo concebir cómo ha sido posible esto. Demasiado humo sale ya de la cazuela, parece una locomotora humeante.

Pasa el tiempo y la sopa no se enfría. Mi lengua aún me arde. ¿Qué haremos? tal vez nos moriremos de hambre. Esa sopa era la última que nos quedaba. En la tienda todo está muy caro, los precios han subido y ni para otra nos alcanza.

No se puede vivir así. Tú con tus descuidos, y yo, con mis exigencias. Pero así es, Julia, quizá todo está perdido. Justo porque esa sopa nos iba a permitir vivir durante los siguientes días, mientras compraba otra. Pero así, sin energía, sin esas letras, ¿cómo?

No, no trates de adivinar si tengo un as bajo la manga, no lo tengo. Además, tú nunca aciertas. No debiste consentir que el agua hirviera tanto.

Siento lástima por todas esas letras, más que por nosotros. Están deformes. Las has hervido demasiado y no distingo su tipografía, es imposible. Sin ellas, nunca más podré formar palabras porque no tienen valor alguno.

Por lo tanto, el juego mutuo de comer jugando, y jugar comiendo, se me ha acabado. Qué desgracia. Sin letras que nos nutran, no hay palabras, sin palabras, no hay sentido de imaginación y creación, se acaba el mundo tal como lo vemos.

No insistas. Es inútil creer que lo que vemos habla más que mil palabras. No es así. Sin palabras, lo que vemos, lo que somos, sería la nada, una completa y absoluta nada. Si es que la nada, al menos, pudiera ser algo.

Ahora bien, si las letras se desfiguraron, no puedo imaginar lo que ha pasado con lo otro. No, Julia, no me veas así, escuchaste bien, dije: lo otro. Hablo del resto de los ingredientes. Sólo percibo una cáscara de jitomate, pobre, cómo se carcome. De lo demás, no veo rastro alguno. No logro concebir qué tanto habrá sufrido el ajo. De la cebolla, puedo pensar que habrá soltado lágrimas y ella no está para eso, sino para hacer llorar a otros. Del knorr suiza y de la sal ni hablemos, puede ser que no tuvieron la más mínima señal de un daño, disolviéndose al instante.

No volveré a escribir tu nombre, Julia. Ni las palabras que me importan tanto, tales como no y auxilio; o las que te mostraba para enamorarte, como a una niña a la que duermen con cuentos simplones, corrompidos por Disney. Tampoco formaré palabras para delatar la ineptitud de nuestro presidente, las cuales eran muchas, principalmente las de cobarde, asesino, ladrón y lambeculos.

Nos vamos a morir de hambre, esta vez te lo aseguro. Y lo peor es que, mientras la sopa sigue fría, pensaré en otras palabras.

Qué atrocidad, la lengua se me ha soltado, seguro que es por lo irritada que la tengo. Y la sopa, o lo que queda de la sopa, sigue sin enfriarse.

Tan sólo piénsalo. Verás que lo que digo es cierto. Verás que son infinidad, que son inagotables las palabras que se han ido. Podría haber formado amor o esperanza, las cuales ahora se perdieron entre aquella sopa derretida que ya nunca comeremos.

Todo es una barbaridad. No puede ser, ¿por qué este error lo pagaremos caro? Nos vamos a morir de hambre, esta vez te lo aseguro. Y lo peor es que, mientras la sopa sigue fría, pensaré en otras palabras. Y se irán borrando de mi repertorio frágil, amnésico y desnutrido. Quedaremos mudos y sin entendernos. Sin letras y sin más palabras, tan sólo viéndonos. Sin la conciencia misma de que sólo nos veremos. Qué atroz, qué horrible modo de empezar la muerte, Julia.

Juan Carlos Hernández Díaz

Juan Carlos Hernández Díaz

Escritor mexicano (Ciudad de México, 1990). Es docente adscrito a la Secretaría de Educación Pública y radica en Celaya, Guanajuato.
Juan Carlos Hernández Díaz

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