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Hablemos, de Octavio Santana Surez

De cómo perdí mi corazón

• Sábado 15 de diciembre de 2018

Había una vez una chica.

Su nombre era Rosa, la conocí por accidente.

Lamentablemente la conocí muy tarde, cuando ya había atravesado los mayores horrores de su vida. No hubo mucho que pudiera hacer por ella. Leyó algunos de mis cuentos, se divirtió con ellos, dijo que tenía talento. Salí con ella, nos divertimos, en poco tiempo la llamé novia y ella me llamo novio. En un momento nos desnudamos pero no fue en un entorno sexual, ella quería mostrarme su cuerpo y yo quería mostrarle el mío. Pero eran cuerpos distintos, el mío estaba vacío, limpio; el suyo estaba corrompido, tenía cicatrices en su pecho, en sus piernas y en sus costillas. Mi novia era una guerrera y yo tan sólo un escritor.

Un padre abusivo y una antigua pareja junto con el daño que ella misma se había causado. Esta guerrera había librado demasiadas batallas y yo lo entendí, se merecía estar en paz. Cada día desde nuestro pequeño encuentro me esforcé por darle esa paz pero su naturaleza había cambiado, se había hecha adicta al conflicto. De mi parte no recibió daño alguno pero la violencia perseguía su mente y un día a la luz del sol vi mi cuerpo. Había heridas sangrantes en él, eran dolorosas pero mi cuerpo aún podía soportar ese dolor por su bienestar. Comencé a recibir golpes pero su cuerpo estaba demasiado lastimado como para devolvérselos. Logré cambiar cómo veía al mundo, por fin se encontró con alguien que no estaba capacitado para lastimar pero no pudo dejar atrás su círculo de violencia y se transformó de víctima en agresora.

Sentí cómo movía mis huesos, cómo los rompía para llegar a mi corazón, sentí cómo mi cuerpo trataba de defenderse y sentí un gigantesco dolor.

No entendía en lo que se convertía mientras que yo entendí cada paso que daba pero con gusto acepté ese nuevo estado. Un espantoso día el daño fue demasiado grande, ella me advirtió lo que iba a hacer y yo no la detuve. Encontré su más grande fuente de dolor, dentro de ella su corazón se había helado durante tanto tiempo que había muerto. Ella nunca pensó en mi bienestar, sólo vio que dentro mío había un corazón que aún latía. Era de noche y estábamos en su cuarto. En sus ojos noté que quería que me defendiera, creo que algo en ella seguía con vida y si me defendía entonces el escenario se tornaría en una batalla de la que ella podría coronarse victoriosa con el orgullo que eso trae y no sentir la culpa de un simple acto egoísta.

Sabiendo lo que me deparaba tuve miedo, no de ella, sino de mí mismo. Tuve miedo de mi cobardía, de si en un último momento iba a esquivar su ataque pero sabía lo que Rosa necesitaba para que volviera a la vida. No necesitaba de otra pelea, no necesitaba más cicatrices, necesitaba de un sacrificio. Con ese miedo puse mi espalda contra la pared y cerré los ojos. Su manó tenebrosa y precisa se adentró en mi pecho, sentía cómo se extendía cada vez más, sentí cómo movía mis huesos, cómo los rompía para llegar a mi corazón, sentí cómo mi cuerpo trataba de defenderse y sentí un gigantesco dolor. Después de esto ya no tendría corazón con qué amarla pero ella podría volver a amar. Mi sangre corría por su mano hasta su brazo cuando en un movimiento brusco sacó mi corazón de mi pecho. Sentí un frío propio de un infierno vikingo, un frío propio de alguien muerto. Un último suspiro salió de mi boca y vi cómo mi corazón comenzó a latir en otro pecho.

Ella rompió en llanto pues por fin pudo sentir, por fin vio el mal que había hecho pero yo ya había aceptado las consecuencias. Continuaría mi vida sin un corazón y ella continuaría la suya amando con el corazón que me arrancó. Es extraño, seguro ella está dando el amor que yo tanto quise para mí a otros pero la única forma de curarla de su muerte era dándole todo, incluso mi capacidad de amar. Ya no era ser y pasé a ser ente, pasé de ser una bestia pasional a un artificio mecánico. Mi cuerpo se enfrió a una temperatura absoluta pero a pesar de que sé que en mi pecho sólo hay un ensordecedor eco, de vez en cuando siento un leve latido y me pregunto: ¿un corazón podrá volver a crecer? Ella murió y renació con mi sangre pero me niego a lastimar a alguien más, me niego a perpetrar un círculo de violencia y sacarle el corazón para volver a vivir. Si no puedo amar prefiero morir de hipotermia, aun así, en mí aún habita la esperanza de que mi corazón renazca. Me arrebató mi corazón o se lo di voluntariamente, no lo recuerdo bien. No pienso hacer eso a otros.

Álex Samaniego

Álex Samaniego

Escritor ecuatoriano (Loja, 1994). Estudió Artes Liberales con especialidad en Filosofía y Antropología en la Universidad San Francisco de Quito. Cursa una maestría en Estudios Latinoamericanos con especialidad Estado, Poder e Instituciones en la Universidad Andina Simón Bolívar (UASB).
Álex Samaniego

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