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Hablemos, de Octavio Santana Surez

Bastardos en su tinta

• Sábado 9 de marzo de 2019
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—¿Qué?, ¿quieres que escriba con ese lenguaje ilusorio que no se adapta a la realidad? Siempre buscando formas de, como dices tú, elevar la expresión. Refinar el decoro de las letras. —No exageres, narrador. No tienes por qué llegar a los extremos. —Cuál extremo. El de los narradores impúdicos que llenan el mundo de basura, como a veces musitas. El escritor suelta una sonora carcajada. —Pero si sólo trato de aconsejarte, amigo mío. —Y YO SÓLO TRATO DE NARRAR, PENDEJO, ENE HA ERRE ERRE HA ERRE. NA-RRAR. Y de la forma más realista posible. —Okey, okey… Qué tal si empezamos por los diálogos, ¿los personajes pueden comunicarse sin proferir improperios? —No si quieres hacer que una historia palpite. Que el papel donde está escrita cada línea transpire y se le vean los poros. Los personajes no pueden estar comiendo siempre algodón de azúcar, ellos también cagan. Si quieres hacer algo que valga la pena, tienes que dejar de escribir estupideces. —Por qué soy siempre el de las fallas. Por qué esa prepotencia de evaluarme en cada línea. Quién te crees que eres, narrador, ¿el juez de un certamen literario?, ¿el editor de mi próximo libro? —Eso quisieras, pendejín. Pero, ¡oye!, no me gusta cómo me estás hablando… No sé cuándo entenderás que tú labor es cerrar la bocota y dejarte llevar por mí. Todas tus historias en realidad son mías. Y me opongo a que sigas recibiendo los créditos de mi genio. El escritor lo penetra con una mirada. —Merezco ganar algo, ¿no? son mis dedos los que sudan. —Perdón, ¿qué dijiste? No sé si mi oído estaba realmente tapado. ¿Será un poco de jabón que se me quedó del último baño? ¿Crees que sólo porque tienes esos estúpidos dedos, eres mejor que yo? La historia la narro yo, cabeza de bola, es mi nombre el que debería estar escrito en esos periódicos. El escritor calibra la voz del narrador. Hace una rápida valoración de su existencia en la vida real y comienza a estremecerse. Sus carcajadas se forman más abajo del estómago, hasta producir movimientos en todo su cuerpo. —Y ahora por qué te ríes, pendejo. —Es que… tú no tienes nombre… sólo eres una pequeña vocecilla en mi mente. Algo que habla cuando mis dedos se mueven.

Se ha cansado de un narrador vulgar que no le valora. Y aquí entre nos, parece que hasta se encontró uno nuevo.

En un desolado departamento, un hombre se retuerce a mitad de la noche, frente a su ordenador. Es un fenómeno inexplicable que probablemente alguien verá por una de sus ventanas abiertas. —Juro que algún día te mataré —dice el narrador—. Por este puñado de cruces que te asesino. El silencio es un paréntesis que se ensancha en aquel departamento. El escritor contempla su soledad y su rictus se encoje. —Te fijas, es por eso que no me gusta hablar contigo, siempre con amenazas. Quisiera tener un narrador que valore el trabajo de mis manos. Ahora baja la cabeza, triste. Entrecierra sus ojos. Su mente especula en sus posibilidades. El narrador mira al escritor con algo de lástima, pero sin dejar de sentir esa noción de superioridad. Carraspea un poco y suelta: —Bue, si quieres te lo diré una vez, pero no te acostumbres… Carraspea una segunda vez. —Reconozco que eres hábil con la compu. Valoro esa vaina, ¿pero luego qué es lo que pasa? —¿Qué pasa luego?, reitera el escritor. —Que comienzas a imponerte, amigo. Quieres dominarme. Y todavía no ha nacido nadie que me controle. El escritor deja caer la cabeza sobre el teclado y una tecla se marca incesante. —Perdona, pero tengo que decirte las vainas claras para que me entiendas. En ese instante suena el teléfono. La editora exige el manuscrito para las primeras horas de la mañana. El narrador ve las manos del escritor aproximarse al teclado y comienza a brincar de los nervios. —Qué es lo que haces… no vayas a meter la pata, amigo recuerda que tenemos años trabajando juntos. Oye, no borres eso… Que no lo borres… NOOO…

El escritor ha decidido ignorarle. Ya no le interesa lo que tiene que decir. Se ha cansado de un narrador vulgar que no le valora. Y aquí entre nos, parece que hasta se encontró uno nuevo. Es más educado, pero tiene ciertas cosas parecidas al anterior. Insiste en exponer a los personajes tal y como son, se cree el verdadero autor de la obra y no deja que nadie lo sermonee. Pretende matar al escritor muy pronto, aunque eso es algo que ambos quieren desde el mismo instante en que se conocen.

Axel Blanco Castillo

Axel Blanco Castillo

Escritor venezolano (Caracas, 1973). Profesor egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Ha trabajado en educación media en el área de Ciencias Sociales. Algunos de sus cuentos han sido publicados en portales literarios, así como en la revista impresa Yelmo y Espada. Ganador del Turpial de Oro en el concurso Cuentos de Amor 2015 por la Sociedad Venezolana de Arte Internacional. Es autor de Más de 48 horas secuestrada y otros relatos (CreateSpace Independent Publishing Platform, 2014) y Al borde del caos (El Perro y la Rana).
Axel Blanco Castillo

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