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Neighborhood Monsters

jueves 2 de mayo de 2019
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El Bravo

Cervezas de un viernes por la noche. Conversaciones en una esquina conocida. Un tipo toca un punto intocable y me contengo. No quiero echar a perder este respiro, luego de una dura semana. El aire fresco seca el sudor mientras el líquido agrio y sabroso de la birra me acaricia el esófago. Fumo. Me concentro en la música de un prepotente con carro del año. Un rico que se emborracha todos los viernes con sus panas pobres. La maleta de su carro abierta nos regala los dulces tonos de un Tito Rodríguez enguayabado.

Su apariencia debiera introducirlo en el perfil de los tipos rudos. Pero por la manera en que habla va en el de las nenas.

El imprudente vuelve a golpear mi mundo. Habla de gozarse a la mujer que entra en aquella casa. Vuelve a salir y le silba aunque ella no voltea. Y eso está bien. Las esquinas de mi boca se repliegan, pero no busco sonreír. El otro cree que lo hago y sigue malgastando el castellano. Me contengo. Busco en qué distraer mi vista, pero el otro persiste. Dice que la catira de los chores está para darle un follón de otro mundo. Que el pendejo del esposo no sabe lo que tiene. Que esa no es hembra de un solo macho. Me concentro en una estrella que parece moverse como un ovni, aunque es el efecto de las nubes. Esa idea me ayuda a abstraerme del contexto. De no pensar en la otra idea que pugna por desarrollarse en mis puños. Pero sigue. Esa perversa me gusta. Es de las que hacen los tres platos. Cuando salga otra vez, le pongo los ganchos. Le propongo una noche larga con mi remachadora. Y si no quiere, la rapto. Risas. Carcajadas desentonadas. Sus ojos le brillan como un maldito buitre. Lo miro penetrante y le pregunto si conoce al esposo de la mujer. Me dice que no, pero que le importa un pito. Que alguien le dijo que a veces le gusta tomarse las birras en esta misma esquina, pero que ahora no está, si no, el portu se lo hubiera cantado. Fue en ese instante cuando el portugués regresó del baño y sacó la cabeza por la ventana de la santamaría. Al verme agrandó los ojos y cerró.

Detallo el rostro del hablador mientras pongo mi botella en el piso. Sigue moviendo su bocota aunque ya no le presto atención. Veo su carota: frente amplia, mentón fuerte, nariz de pugilista. Su apariencia debiera introducirlo en el perfil de los tipos rudos. Pero por la manera en que habla va en el de las nenas. Calzo mi manopla de hierro y le suelto en tres puntos vitales. El concreto lo recibe de mala gana. La cantidad de sangre que vierte es por demás escandalosa. La mayoría de los que toman allí saben quién soy. Saben de lo que soy capaz cuando tocan lo mío. Nadie dice nada. Nadie se atreve a ayudar al hablador. Agarro mi botella del piso y comienzo a caminar a la casa de enfrente, junto a la mujer de los chores.

 

Noctámbulos

Noche rara. Negrura densa. Una mezcla de niebla y humo dan un tono gris al aire. Mi compañera y yo sólo dormitamos, porque los sonidos del exterior no ayudan a dormir. De ese punto en adelante somos presa de un sueño intermitente.

 

12:30 am

Se sienta en la cama y voltea. Mira los párpados cerrados de su compañero. Se levanta con camisón hacia la ventana. Es como si siguiera el humo del cannabis que viene de la calle. Mira a través del vidrio. Un porro compartido por dos adolescentes. Su cerebro le pide a gritos dormir. Espera a que se vayan para irse a la cama, pero no lo hacen. Experimenta un mareo extraño. Sonidos que se repliegan en sus oídos, como un preludio de algo. Los chicos explotan en risas. Sobre todo uno, el más trastocado. El otro mueve los ojos siguiendo su mano derecha, que desciende más y más. Dedos que se deslizan e insertan en un arma en la baja espalda. Carcajadas. Histeria. Locura. El cannabis ha quemado sus sesos.

Cuando el otro descarga el arma, ella ve el brillo en sus ojos, mientras escapa. El concreto recibe un pedazo de fiambre. Los vecinos se han echado al piso por lo del cuento de las balas perdidas. Regresa a la cama con los nervios dormidos. Es el doping del humo.

 

El pelirrojo cierra y mira hacia arriba con la certeza de que lo observan. Su pistola da dos tiros al aire.

2:35 am

Él abre sus ojos. El sonido de una carcajada de mujer. Por qué será que la noche es así. No duerme y no le gusta ver dormir a los hombres. Rueda el vidrio de la ventana. La mujer juega a la resistencia con un enorme pelirrojo. Sus carcajadas suenan más a lujuria que otra cosa. Como un juego de dominación en el que ella hace que se resiste. Pero en lugar de eso se arroja. El pelirrojo se le zambulle en el cuello como una criatura. Su camisa se abre y él sigue hacia abajo… Suben al capot de un carro. Dos piernas torneadas que se elevan a la altura de una cabeza roja. El vestido descubre una mínima pieza de encaje que no cumple su función. Cuando el pelirrojo comienza a bombear, los jadeos retumban, los perros aúllan, las ventanas se llenan de ojos. Ambos miran hacia arriba por esa sensación metafísica de ser observados. Entonces él mete la cabeza y vuelve a la cama. Su herramienta está alterada. Mira a su compañera y la aborda dentro de sus sueños. Lame sus picos. Besa la piel cremosa y su lengua se llena de eso que se aplica antes de dormir. Ella hace un impulso involuntario y se abre en flor. Todo es humedad y deseo. La velocidad de bombeo es progresiva. Como los amantes sobre el carro.

Alarido.

La chica que pide ayuda es la misma que estaba con el pelirrojo. Los vecinos se asoman, igual que él y su compañera. Ahora el cuerpo de la mujer yace atado y con mordaza dentro de la cajuela del auto. El pelirrojo cierra y mira hacia arriba con la certeza de que lo observan. Su pistola da dos tiros al aire. Se mete en el lado del conductor y arranca. Todos saben que lo último fue una advertencia. Nadie dirá nada.

 

4:59 am

Se levanta medio dormida, toma el yesquero de una cómoda cercana. Enciende un cigarro y se pone en la ventana. Piensa:

“Los grandes señores del vecindario… los que en apariencia no matan ni una mosca”.

Ella sabe lo que hacen por la noche. Sabe qué urden detrás de sus ventanas tenuemente iluminadas. No hay nada más revelador que un cuarto parcialmente iluminado por una lámpara. Creen que nadie los ve, pero la media luz lo proyecta todo. Las sombras de los onanistas impenitentes. Las parejas de amor libre que se visitan por los departamentos. Los que se empolvan la nariz con charolas de perico. Los que se fugan de su hogar para encontrarse con alguien de sexualidad dudosa. Las que se tocan desde la ventana mirando a los que pasan, mientras su compañero duerme. Pero hay otras cosas que rebasan las fronteras de lo racional. Las barreras del nexo o del tabú. Las que hacen tanto daño que ni siquiera somos capaces de materializar con la imaginación.

 

5:21 am

Él se levanta. Juzga ser más sensible que ella ante los ruidos. Otra vez el enano de enfrente practicando boxeo sobre el rostro de la trigueña de lindos ojos. No entiende qué clase de locura imparte la noche. Le impresiona que esa nena tan alta se deje pegar por un enano. Quizás sea sicológico. Cuando se dejan ganar en la mente, lo demás es un paso. Muchos enanos han dominado el mundo. Por algo debe ser. La agarra por los cabellos, la estrella contra la puerta de la habitación. Ni siquiera apagan la luz. Lo han repetido tantas veces que ya parece una obra de Broadway.

Qué me dirían si les contara que el paraíso de mi matrimonio es un infierno. Eso elucubra la pareja que ella piensa.

Lamentable es como queda ella. Él sale sin una arruga en la chaqueta hacia el bar. Cree ahogar las penas en ron, que bien pudieran ser remordimientos. La trigueña busca consuelo en el espejo. Esclerótica hundida. Hematoma en el labio superior. Hemorragia por desviación de tabique. Lo que toca es salir al médico a esa hora. Como suele hacer. Pero esta vez no lo hace. Revisa en la cuchillera y toma un ejemplar triangular de punta filosa. Se pasea por la casa con la mano enrollada en el mango. Se prepara mentalmente para lo que sabemos. Eso entiende el que ve por la ventana. Ahora también su compañera, que distribuye los cigarros.

 

6:27 am

El sol comienza a lanzar sus chispazos. Todo está claro. Ella quiere clavarle el cuchillo al enano. “Si lo hace va presa”, murmura ella al oído. “Es posible, corazón”, suelta él. La trigueña se asoma por la ventana. Se debate en una lucha interna. Pone el cuchillo transversalmente sobre la reja para que no resbale hacia abajo. Espera la aproximación del pelmazo. Al parecer experimenta furia suficiente para matarlo aunque ya su corazón no quiere. La pareja lo ve doblar la esquina. La trigueña no se percata. Tiene sus lindos ojos verdes en el cielo. Busca respuestas. Posibilidades. Salidas. Mejor salidas. Piensa en los casos de las amigas. Porque no es la única que pasa por esas vainas. Lo que ellas hicieron. Lo que pudieron hacer en su lugar. Qué me dirían si les contara que el paraíso de mi matrimonio es un infierno. Eso elucubra la pareja que ella piensa. Saben algo de lenguaje corporal, de gestualidad. De la observación han salido cientos de libros. Por fin el amanecer la ayuda a tomar una decisión. Y como se trata del sol, recuerda el dicho: “Siempre sale el sol para todos”. Lo perdonará como todas las veces.

La pareja ve cuando la trigueña capta la aproximación del enano. Rápido sale al baño. Aplica un rápido acicalamiento y sube a la cama con beibidol negro. Ya no sangra por la nariz. Ha aprendido a enderezar el tabique con un movimiento de dedos. Tiene una base en la cara para disimular los golpes. Su cabello luce bien aun mojado. Rojo en los labios. Algo de rímel. Sobre el muslo izquierdo resalta un tatuaje escarapelado.

La pareja de la ventana está aterrada. El vecindario es agitación. Histeria. Los transeúntes de la calle abordan al enano y le preguntan si siente algo. Quieren salvarle la vida. Él los mira como si estuvieran locos. Entra al edificio. Sube los diez pisos en el ascensor. Abre el departamento y camina hasta la habitación. La erección es casi inmediata. Pero su cuerpo no le obedece. Todo es oscuridad y caída.

Una mejilla sobre la alfombra. Corrientes de sangre salen por su boca.

La trigueña se sobresalta cuando mira el cuchillo hundido en la parte superior de la cabeza. Ahora sí que recuerda el leve movimiento de su codo al tropezarlo.

Inexpresividad. Deseos de no existencia. Toma un sobretodo y sale con los pies descalzos a la calle. La puerta queda abierta como su propia vida. Sólo piensa en caminar hasta no acordarse de nada. No sabe cuánto le tomará eso.

Policías. Ambulancias. El vecindario está lleno de curiosos. La pareja por fin vuelve a la cama. Se entrelazan en un sueño profundo que los arrastra. Pero antes, cierran la ventana.

Axel Blanco Castillo
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