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Dos relatos de Roberto Berríos

jueves 27 de junio de 2019
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Hay alguien afuera

Me asomé a la ventana y miré la silueta de una mujer de ropas blancas que caminaba por el jardín bajo la furia incontrolable de la lluvia. Era alta. Las ropas empapadas se pegaban a su cuerpo delgado y los negros cabellos caían sobre su rostro. Yo estaba parado frente al cristal de la ventana y recuerdo que, a pesar de mis siete años, no sentí miedo por la persona de extraña apariencia que atravesaba el jardín a paso lento, sino una profunda compasión.

Me volví buscando con la vista a mi abuelo, quien se mecía suavemente en una hamaca colgada en el centro de la sala.

Estaba frente a mí, parada de forma inmóvil, a varios metros de la ventana, y aunque no veía sus ojos estoy seguro de que me estaba mirando.

—Hay alguien afuera —anuncié—. Se está mojando.

—No importa —dijo el abuelo—. Mejor ven para acá. ¡No es bueno asomarse a las ventanas en la noche!

No le hice caso. La verdad yo no le temía a nada mientras mi abuelo estuviera cerca. En el rústico rancho que había construido en su juventud yo había vivido las mejores aventuras de mi infancia y no perdía la oportunidad de pasar la noche ahí.

La lluvia iba arreciando y más personas aparecieron en el jardín. Había un par de niños de ropas oscuras y pies descalzos que andaban con parsimonia por los charcos antes de volver a desaparecer en las sombras. También me pareció ver a un hombre que portaba un sombrero de vaquero, pero fue una visión fugaz, levemente iluminada por un relámpago y luego desvanecida en la oscuridad traicionera.

—Creo que esas personas se perdieron en el bosque, abuelo —dije.

—Mmmmm…

No era difícil perderse en el bosque que rodeaba el rancho. La carretera principal estaba a kilómetro y medio de distancia. Sólo se podía llegar por un camino de tierra, intransitable con una lluvia como esa.

La mujer de ropas blancas volvió a aparecer y se me quedó mirando directamente. Al menos creo que lo hacía. Estaba frente a mí, parada de forma inmóvil, a varios metros de la ventana, y aunque no veía sus ojos estoy seguro de que me estaba mirando. A los pocos segundos también volvieron los niños y se pusieron a su lado. Era un grupo muy extraño que se mojaba en la lluvia sin tiritar por ella, ni reaccionar de ninguna manera.

—Abuelo —dije—. Pobre de esas personas. Deberíamos ayudarles.

El viejo se levantó de la hamaca, caminó hacia mí con los ojos clavados en mi rostro (creo que para no ver hacia afuera) y cerró las cortinas, quitándome la visión de la gente que se mojaba.

—Es hora de dormir —dijo—. Ve a la cama y no olvides tus oraciones.

—¡Abuelo! —protesté—. ¿No vas a ayudar a esas personas?

—Uno no debe abrir las puertas en la noche —me dijo—. ¡No sabes las cosas malvadas que rondan en la oscuridad!

Me dejé llevar de la mano del viejo que me guiaba hacia la cama. Después de mis oraciones me arropó con aquella cobija áspera y gris, me dio un beso en la frente y se puso en pie para marcharse.

—Abuelito —le dije, antes de que apagara la luz—. ¿Crees que esa señora y esos niños se van a resfriar por andar bajo la lluvia?

—No creo que lo hagan —dijo el abuelo—. No podrían hacerlo… ¡No están vivos!

 

Primer beso

Ella acerca su rostro al mío y baja los ojos. Espera. Yo no sé qué hacer realmente, pero movido por la curiosidad acerco mi rostro al de ella. Pocos centímetros separan sus labios rosados de los míos temblorosos. Ella se acerca un poco más.

“Hazlo”, me dice.

“Hazlo”, me digo.

Mi mente se llena con la tormenta de mil dudas simultáneas: ¿la abrazo?, ¿no la abrazo?, ¿tomo su cabello como lo hacen los galanes de telenovela?

Yo me acerco más. Mis labios experimentan el tacto electrificante de la seda de los suyos, o quizás sólo se trata de la ilusión causada por las hormonas del momento. Ella comprende que el miedo me paraliza y finalmente me besa. Su aliento es cálido y el aroma incesante a flores que mana de su cabello negro me hipnotiza.

¿Qué debo hacer? Recuerdo lo que mi tío me ha dicho mil veces: “La primera regla, no chocar las narices”. Ladeo un poco la cabeza para evitar que nuestro apéndice nasal pueda interrumpir el romance del momento. A ella parece gustarle el juego y me muerde el labio inferior y lo hala con suavidad.

La cosa se está poniendo intensa y mi mente se llena con la tormenta de mil dudas simultáneas: ¿la abrazo?, ¿no la abrazo?, ¿tomo su cabello como lo hacen los galanes de telenovela? Estúpidamente, sin saber qué diablos hacer con mis manos, las meto en mis bolsillos. Ella me las toma y las posa sobre su cintura. Luego anuda mi cuello con sus brazos y presiona el beso con fuerza. Siento que no puedo respirar bien, pero la sensación de sus senos sobre mi pecho me convence de no apartarme. Eso, sin embargo, es peligroso, estamos demasiado pegados y no tardará mucho tiempo en que ella roce ciertas partes de mi anatomía, dejándome en evidencia.

De pronto, un “crack”. Demonios, olvidé la segunda regla de mi tío: no chocar los dientes. Ella no parece darle importancia. Introduce su lengua en mi boca y yo siento que el mundo es un lugar bello, que la vida es buena después de todo y que definitivamente Dios existe…

Sin ninguna señal de aviso, sus labios se separan de los míos y se vuelve hacia el grupo de colegialas de secundaria que se ríen con frenesí.

—¡Qué bárbara eres, Arlen! —le dice una de ellas—. ¡No pensé que lo harías!

Arlen me suelta y regresa al círculo de chicas. Yo me quedo paralizado y confuso, en medio del pasillo invadido de risas femeninas. Supongo que es al juego de “verdad o reto” al que le debo la experiencia de mi primer beso.

Roberto Berríos
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