“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Rojo delirio

martes 16 de julio de 2019

Lo que me hizo entrar en razón fue la alarma de un auto que comenzó a sonar junto a mí, llenando la madrugada de sonidos tormentosos. Noté que me encontraba tirado en el asfalto, con un brazo roto, escondido entre las sombras nocturnas, rendido por la pelea de la noche y con un dolor que se extendía cada vez más por mi cuerpo.

Pero aun así te veía. Desde ahí abajo, podía distinguir tu sombra reflejada en la cortina. Y seguía tumbado, muerto por dentro como nunca antes.

La alarma continuó sus quejidos. Miré hacia el auto y pude divisar un gato pardo de ojos rojos, que me miraba fijamente. “Maldito bicho, fuiste tú el que saltó sobre el capó y despertó al vecindario”, le grité. El animal caminó hacia mí y, con arrogancia enfermiza, se orinó en mi pierna. Apenas le pude lanzar una patada, pues el dolor del brazo vibraba por todo mi cuerpo. Y me quejé, me quejé mucho, sin recordar que todavía seguía postrado en el piso húmedo, justo frente a tu ventana, tal como caí al saltar de tu balcón, con los pantalones a medio subir y bañado en orine de gato.

Entonces el dolor regresa y me muerdo la lengua hasta que sangra, mi boca se pone tan roja como la tuya.

Vi tu sombra moverse, desconcertada por el cuarto. Todavía discutían. Por lo visto tu papá logró escuchar mis quejidos y trataba de mirar por el balcón, mientras tú se lo impedías postrándote ante él como una muralla que me protegía.

¡Amor mío, tú allí discutiendo y yo aquí tirado!

Al principio de la noche pensé que sería uno de esos momentos especiales, por fin tú y yo, la casa sola y nuestras manos inquietas. Pero no ocurrió así, hoy sólo fue una de esas noches que terminan sin alcanzar lo que uno espera.

Y te veo entre las sombras, tu boca roja me seduce hasta cuando está apretada, tus manos cruzan el aire como si buscaran mi piel. Entonces el dolor regresa y me muerdo la lengua hasta que sangra, mi boca se pone tan roja como la tuya.

¿Cómo te diré, amor, que no puedo besarte porque me destrocé la lengua? Tú me dirás al saberlo “¡Pequeño oso tonto!” y me besarás con ternura para después golpearme en la nuca.

Trato de moverme, de soportar todo para, por lo menos, subirme el pantalón, o arrastrarme hasta mi casa llena de penumbras, justo al lado de la tuya. Por la esquina viene un grupo de mujeres calladas, que me miran con desconcierto. Yo, siempre educado, las saludo con la mano buena, pero todo es en vano, porque termino abofeteado y pateado.

Y tú sollozas.

Te escucho gemir como lo hacías hace unos momentos en mis brazos y yo aquí sin poder consolarte.

Me logro levantar y miro hacia el balcón. “Elena, Elena”, te llamo en voz baja para que tu papá no escuche. El balcón se abre y apareces, arrugada por las lágrimas, temblando por el frío, con esa boca roja de delirio.

—Vete de aquí, maldito loco. Deja de acosarme. Mi papá ya llamó a la policía, vete antes que te mate.

Entonces la alarma vuelve a soltar un quejido. “Maldito gato, otra vez tú”, le grito a la calle vacía. Tú te escondes detrás de las cortinas; aun así puedo divisar el beso que de tu boca roja sale para mí. La alarma del carro sigue gritando, pero ya no la escucho: su lástima se ahoga dentro del mar de luces rojas y titilantes que ahora me envuelven como lo hizo tu boca hace rato.

Stefany Da Costa Gómez Nadal
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