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Dos textos de Lorena Sanmillán

jueves 5 de septiembre de 2019
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La promesa

Recuerdo perfecto la noche del viernes 22 de abril de 2016. Un coche se estacionó en mi acera norte, sobre la calle Washington. De él bajó una mujer que le abrió la puerta a otra que llevaba puesto un vestido en línea A, negro. La mujer del vestido tenía los ojos cerrados. La otra la tomó de la mano y la condujo hasta mi puerta principal, la del Aula Magna, y después la trajo hacia mi balcón encima de la puerta en la Planta Alta Sur. Yo las veía, a pesar de la oscuridad, sin entender qué estaba sucediendo. Caminaban despacio, cuidando sus pasos. Sabía que estaban hablando de mí. Ella le contaba mi historia con lujo de detalles a la mujer que detenía el mundo dentro de sus párpados. Le pidió tocar mis puertas, paredes, columnas y molduras, le concedió conocerme en lenguaje Braille, mientras seguía hablando de mí. Se acercaron un poco más a mi balcón, y comenzó a hablarme en voz alta. ¿Nos conocemos?, le pregunté. Y ella, con la felicidad en la mirada, volteó a verme y dijo, para que yo la escuchara: Soy yo, mira, aquí está, la traje a verte. Sonreí iluminándome en todos mis intersticios. La recordé perfecto. Hacía 27 años, ella había reparado la herrería de mi balcón, acariciándome más que lijándome e, hincada ante mí, me prometió traer el amor de su vida a conocerme y regalarme con ella. Hoy cumplía su promesa. Y fue más allá: de su bolso sacó un moño, lo puso en mi aldaba y me regaló con ella. Algunos dicen que soy de la ciudad, patrimonio de la humanidad; yo sé que mi dueña es una mujer morena.

 

Palacio de correos

De niña, nunca entendí por qué si mi padre se pasaba la mayor parte del tiempo en ese palacio, nunca nos llevaba y éramos tan pobres que el tejabán donde vivíamos tenía rendijas para ver pasar las horas de toda la historia de la humanidad. Si mi padre tenía un palacio, ¿por qué no vivíamos ahí? Iba al palacio, decía, y al pronunciarlo le cambiaba el semblante. Un día, por fin, nos llevó a conocerlo. Yo me vestí para la ocasión con la ropa reservada para la iglesia los domingos. En casa nadie le hacíamos caso, lo ignorábamos, nos incordiaba su presencia, pero cuando llegamos al Palacio Federal, donde ese día descubrí que estaba ubicada la oficina de correos donde trabajaba, la gente lo saludó con muchísimo gusto y les encantó conocer a sus hijos. Algunas personas le pedían soluciones, datos, explicaciones y él, sin perder la calma, explicaba, solucionaba y daba órdenes. La gente lo obedecía inmediatamente y hasta le hablaban con cariño. Don Polito, le nombraban, a mí nunca se me hubiera ocurrido que su nombre —Apolinar— pudiera tener diminutivo. Así que ése era su palacio, donde él se sentía y era rey godín. Al terminar su turno, nos llevó a la parte alta, donde había un mirador y podía verse toda la ciudad. En la planta baja, orgulloso y conocedor, nos mostró las alfardas prehispánicas y fue la primera vez que escuché la palabra Art Decó. Me fascinó. Siempre que paso por el palacio, pienso en él. Siempre que veo sus cenizas, en un rincón de la casa, pienso en el palacio. El mensaje es muy claro: el palacio se convertirá en mausoleo urbano en su próximo cumpleaños. Merece descansar, polvo de vida, en el sitio donde fue tan feliz.

Lorena Sanmillán
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