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Como gotas de agua…

jueves 12 de septiembre de 2019
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Roy siempre me había dado dolores de cabeza, desde su nacimiento hasta la fecha. Jamás fue tan silencioso ni ordenado como Alfonso. Constantemente podía sacarme de quicio, a los tres años (cuando empezó a hablar) y a los trece, ahora, siempre con las preguntas de un niño bullicioso e inquieto que conversaba hasta por los codos: “Mami, ¿por qué usted se separó de mi papá?; mami, ¿por qué usted no sólo se quedó con Al y conmigo, por qué se juntó con Raúl?; mami, yo quiero inventar una máquina del tiempo para ver cuando usted se casó y cuando usted se divorció; mami, ¿por qué usted deja que Raúl nos pegue con la coyunda? Mami, ¿por qué Raúl nos tomó esa foto en el baño que está en el álbum viejo? ¿Por qué se tiene que bañar conmigo si ya soy grande?…”. Las preguntas fueron cambiando con el tiempo, pero en el fondo me provocaban lo mismo. Sólo oírlo buscar respuestas que yo no tenía, ni planeaba darle, me causaba irritación: no podía comprender por qué la vida, Dios, el destino, ¡quien fuera!, me dieron a un hijo como Roy.

¿Qué más iba a hacer? ¿Regalarlo? ¿Quién más lo iba a querer? ¿Qué iba a decir mi tía?

Aunque no le dediqué mucho tiempo porque debía trabajar para darle de comer a él y a Alfonso, muy en el fondo yo no recordaba haberlo criado mal: para el momento, Roy ya era un chiquillo de trece años; moreno, un poco gordito, achinado y ñato (rasgos característicos de mi familia), mis hermanas lo chineaban en exceso, le leían y eso lo fascinaba; era bastante inquieto y le encantaba inventar juegos que casi me destrozaron la casa que mucho me costó construirles. Más chiquillo, tenía la costumbre de esconderse en el cielo raso de la casa. Las niñeras pasaban horas buscándolo, hasta que un día casi se cayó porque una lámina se quebró y apenas le dio tiempo de agarrarse de las tablas y la pared. Por supuesto, cuando yo llegaba del trabajo —ocho horas vendiendo zapatos, cansada de atender, cobrar y tratar con gente molesta— la conversación era monótona:

—Buenas noches… —decir mientras abría la puerta.

—Buenas noches, doña Sarai… —decía la muchacha que estuviera a cargo de mis hijos—, le aviso que ya no voy a venir más a cuidarle los chiquillos. Roy me tuvo horas buscándolo, no aparecía, yo como loca y casi llamo a la policía…

—¿Dónde estaba metido?

—En el techo…

—¿Y usted no se dio cuenta; cómo supo que estaba en el techo? —pregunté, sólo para saber por qué la mujer me decía que se iba, como otras tantas.

—Pase, vea el pasillo… —la mujer me dirigió con su mano hacia el interior de mi casa—. Roy se vino por ahí, mire el hueco que quedó: estuvo arriba, en calzoncillos, todo el tiempo, y yo buscándolo por toda la casa; yo así no puedo trabajarle, doña Sarai, renuncio…

—Tranquila, más bien, muchas gracias… Y disculpe… —mientras cerraba la puerta y veía por la ventana irse a la muchacha, no dejaba de pensar en lo mucho que odiaba tener que empezar a buscar a otra que pudiera ayudarme a sobrellevar un poco mi calvario… ¿Qué más iba a hacer? ¿Regalarlo? ¿Quién más lo iba a querer? ¿Qué iba a decir mi tía?

Tener que pagarle a montones de muchachas, a mis hermanas, y ver que nadie supiera qué hacer con Roy, ni siquiera yo. Únicamente supe molerlo a palo para corregirlo porque no aprendí otra forma de hacerlo; sin embargo, pegándole quizás me castigaba a mí misma: yo nunca quise ser madre; lo fui porque no era bien visto que una mujer que había quedado embarazada y había sido obligada a casarse, luego de divorciada, dejara a los hijos botados y se largara para donde quisiera. ¿Para dónde me iba a ir? No podía, no tenía el corazón, o era tonta, no sé. De mi primer matrimonio sólo me quedaron Alfonso y Roy (me vine a mi pueblo con una mano delante y la otra detrás); al chiquillo mayor no me costaba tanto manejarlo: era callado, sumiso, me respetaba, o quizás me tenía miedo, le gustaban sus videojuegos, las bicicletas, jugar con amigos tolerables; pero en cambio Roy tenía cada salida y yo ya no hallaba dónde meterlo. Hasta que Raúl se estableció en mi vida —o lo metí yo, no me acuerdo— y creo que en ese tiempo me dio una paz momentánea.

Con mi primer embarazo de Raúl, mi tercero ya en cuenta, hubo una serie de cambios implementados por él. Se encargaba de disciplinar a los chiquillos, desde lograr que se bañaran bien, y arreglaran sus cuartos, hasta que hicieran con él pequeños arreglos en la casa, y no me parecía tan malo, la verdad, no eran hijos suyos, no eran su responsabilidad; no obstante, en ese tiempo lo único que yo quería era desconectarme del mundo, de mi vida en general: cuentas por pagar, una casa que levanté prácticamente sola, con ayuda mínima de mis tíos —desventajas de haberme quedado huérfana a los doce años—, con los estudios a medias (dos hijos, una en camino, otra que llegó tiempo después). Le di libertad a Raúl de criar a mis hijos porque me pareció lo más cómodo en esa época.

Nació mi primera niña y me vino una especie de tranquilidad que me duró prácticamente el trayecto del hospital a la casa: nada más llegar y ver a Roy preguntarme: “¿Por qué mejor no se quedó solo con nosotros dos?” y que la reacción de Raúl fuera golpear al chiquillo en la boca. Ahí empezaron mis dudas. ¿Podría realmente hacerme cargo de una familia así? Me acuerdo de los pleitos entre mis hijos y Raúl, entre mis hermanos y Raúl. El nacimiento de mi segunda hija. Las broncas en las que me metió Roy con mi tía cuando acusaba a Raúl de golpearlo, de romperle la piel con fajas, coyundas. Mis rupturas y reconciliaciones con Raúl. Después de un tiempo, decidí desentenderme un poco y volverme un poco más dura, por lo menos siento que lo fui con Alfonso y Roy. Ahora que lo pienso, probablemente fue un grave error. Ya no estoy tan segura.

Cada vez que le pegaba a Roy, veía en él esa mirada entre lágrimas que me profería su desprecio y nunca dejé de asociarla con la forma en la que alguna vez miré a mi hermano mayor Antonio, que me maltrató sin razón hasta que tuve la edad para defenderme. ¿Acaso los ojos de Roy me traían de nuevo el pasado; era por esa mirada llena de rencor y preguntas sin respuesta que yo no sabía cómo quererlo? Es difícil saber eso con certeza, pero en ese aspecto somos como dos gotas de agua.

Una vez Raúl llegó temprano a la casa y se encontró a Roy jugando desnudo con un “amigo” de la escuela.

Roy no siempre fue una molestia para mí. En varias ocasiones me enterneció al menos un poco. A los seis años lo atropelló un carro mientras cruzaba la calle solo, venía de regreso de la escuela y no entendió cómo debía pasar de lado y un pickup se lo levantó. Pensé que moriría porque en la ambulancia iba diciendo que tenía mucho sueño y que quería descansar; yo le golpeaba suavemente (como podía) las mejillas para que no se durmiera y llegara consciente a que lo atendieran y por una vez sentí que me equivocaba en mi forma de tratarlo. Recé y le pedí a Dios que no se lo llevara. Roy despertó llorando en el hospital de niños con una fractura en su fémur derecho. Más trabajo para mí. Pero la recuperación del chiquillo fue todo un éxito. Aunque pasé los peores tres meses de mi vida, teniendo que hacerme cargo de él y de dos niñas pequeñas, de nuevo sin ayuda. Mi ex pagaba su pensión religiosamente; a Raúl se lo tragó la tierra en ese tiempo. Me había sido infiel. Después de un tiempo me pidió perdón y volvimos. Quizás en esa época lo amaba y no sabía estar sola. Yo no sé. Ya no me acuerdo.

Es cierto que noté que Roy era diferente con el paso de los años, o debo decir que no era especialmente tan varonil como se hubiera esperado (yo qué voy a saber); algunas de las muchachas que lo cuidaron lo pillaron usando mis zapatos en algún momento, o incluso dijeron haberlo visto probarse mi maquillaje y mis vestidos; recuerdo que a los siete años me preguntó qué era un homosexual. Corté la conversación: le prohibí repetir esa palabra y no pude dejar de sentirme frustrada de alguna manera, más que todo porque la gente lo veía y pronto se pondría a especular, a criticarlo (desventajas de vivir en un pueblito con mente retrógrada).

Me daba miedo que a Roy lo maltrataran en la escuela; incluso no me gustaba que trajera compañeros a la casa cuando yo no estaba. No sabía qué hacía Roy con ellos. Una vez Raúl llegó temprano a la casa y se encontró a Roy jugando desnudo con un “amigo” de la escuela. Según él, les preguntó qué estaban haciendo y ambos chiquillos se vistieron rápidamente. No sé bien lo que ocurrió. Nunca conversé esto con Roy, ni antes ni ahora. El compañero no volvió a ir a la casa. Pero Roy se iba a estudiar a la casa de él. No me gustaba en lo absoluto.

Cuando cumplió once años, decidí que su papá debía hacerse cargo y ahorrarme el estrés de criarlo, de que no fuera a la escuela, de que trajera chiquillos indeseables a la casa, de que se peleara con compañeros, de que la gente hablara por la forma en la que caminaba o hablaba; en cierto modo, quería que mi ex marido se comiera el muerto, se involucrara al menos y viera que no era fácil lidiar con un niño que pasaba cuestionando todo lo que yo le decía, mi relación con Raúl, que él lo corrigiera y lo golpeara; mi ex no dejó de criticarme nunca y alegarme por los maltratos que recibían “sus hijos”, pero nunca me ayudó. ¿De qué le servía hacerse con el título de padre para luego no ejercer, como todos? Era muy fácil hablar. Yo estaba harta, sólo quería que se llevara a Roy, no verlo y que ambos me dejaran en paz una temporada. El chiquillo por su parte no dejaba de llamar a Alfonso para que lo fuera a ver y estuviera con él unos días, siempre que pudiera. Según mi hijo mayor, yo era la mala de la película para Roy por abandonarlo ahí con su papá. Tal vez, no sé.

No me duró mucho la alegría de no tener a Roy; después de pasar su cumpleaños número doce con su papá y no tener ni una celebración parecida a las que yo le hacía, ni tener a su hermano mayor con él, me dio un poco de pena. Además, Alfonso no me dirigía la palabra. Era como tener en casa a un muerto. Le había quitado a su hermanito, con quien jugaba Nintendo, con quien jugaba básquet en el patio y a quien intentaba enseñarle a andar en bicicleta, sin ningún avance real, sobra decir. En el fondo era mi culpa por mi egoísmo. Cedí. No quería que otro hijo acabara odiándome por buscar mi comodidad. Decidí que Roy terminaría el año lectivo y su escuela primaria en la capital, en casa de mi ex. Sin consultarlo con él, aunque ya sabía que mis hijos ya se habían puesto de acuerdo entre ellos, luego de la graduación, me traje a Roy de nuevo. Lo matriculé en el colegio al que yo asistí y en el que me gradué de secundaria. Verlo jugar con sus hermanas, con Alfonso, con la perrita que les compré, de alguna manera me hizo feliz, me tuvo tranquila por un tiempo.

Raúl se quedó sin trabajo. Cuidaba de los chiquillos y hacía las tareas del hogar, lo cual me aligeraba un poco el trabajo. Pero pasaba en un pleito constante con Roy porque él molestaba a mis hijas, al menos esa era la cantaleta de Raúl cada vez que yo llegaba del trabajo: ese carajillo impertinente sólo molesta a las niñas. Yo decidí que Raúl no tocaría nunca más a Roy, tiempo antes de mandarlo con mi ex a vivir el año que estuvo con él…

—Yo lo pienso corregir; no se meta…

—Usted dice que no me meta, pero bien que lo deja destruirles las muñecas y la ropa a las niñas…

—Es una etapa… Ya se le pasará…

—Claro, como se le han pasado todas las etapas…

—Le recuerdo que usted le rompió la piel de las piernas a Roy en más de una ocasión y yo no dije nada; ¿acaso eso sirvió para algo?, hasta que él llorando me enseñó las heridas y me dijo que ya no quería vivir más aquí conmigo porque usted sólo lo maltrata…

—Usted fue la que me dejó a sus hijos a mi cargo… Maldita la falta que me hacía tener que encargarme de carajillos ajenos y malcriados.

—Pues ya no se meta más con él, no tiene por qué. Él no le va a hacer más caso por más que usted le pegue. Déjelo en paz, así tal vez se calma… Y no lo vuelva a maltratar nunca porque si me doy cuenta de que usted le hizo algo a él o a Alfonso, ahí sí vamos a tener serios problemas. Y duérmase. No quiero que me toque hoy. Estoy cansada…

Me llamaron de la delegación policial al trabajo; me tocó pasar por ahí y ver a Roy con mis hermanos Margarita y Rafa…

Mis pleitos con Raúl ya eran cosa de todas las noches. Él por su parte había dejado de golpear a Roy, ni se metía con él en lo absoluto, o por lo menos eso parecía y para mí era suficiente. Si algo pasaba en la casa, ni Alfonso ni yo sabíamos, mucho menos las chiquillas. Roy no me lo decía, nunca me lo iba a decir, pero me di cuenta de que llegaba temprano del colegio; probablemente se escapaba. En su primer informe de calificaciones trajo un montón de materias en rojo, la conducta y una cantidad exorbitante de escapes y ausencias injustificadas. Le pegué, lógicamente; llegamos a un acuerdo, sin duda: él cambiaría y recuperaría todas las materias y sería el mejor estudiante que pudiera; pero algo no estaba bien…

Hasta hoy me vine a dar cuenta: me llamaron de la delegación policial al trabajo; me tocó pasar por ahí y ver a Roy con mis hermanos Margarita y Rafa… escuchar las palabras de los policías, que me leyeran la declaración de Roy… ver pasar por mi mente un montón de situaciones en las cuales probablemente me equivoqué, yo no sé, yo no me acuerdo, yo nunca quise ser madre… el menor alega que el hombre llamado Raúl López García, con el que usted cohabita, lo acosa y abusa sexualmente de él… morirme del colerón, de la chicha, darle una cachetada a Roy con la que le cambié el color moreno a un rojo encendido, frente a los policías; tener que escuchar a la trabajadora social intentando calmarme, tener que admitir que había vivido lo mismo que mi propio hijo; volcar mi frustración en un llanto inútil y que un mundo de recuerdos se me viniera encima… las preguntas incómodas e insoportables de Roy, muchas de ellas me molestaban porque tenían algún sentido ahora.

La gente de afuera te ve y te juzga. Te preguntan si nunca viste nada raro, si nunca te pasó por la mente que algo así pudiera ocurrir en tu propia casa, con tu hijo, con tu pareja. ¿Qué espera la gente que uno responda? ¿Qué querían que yo dijera? ¿Cómo querían que estuviera en mi casa controlando todo, si tenía cuatro hijos que mantener y encima de ello lo debía hacer sola porque ningún hombre en mi vida había servido para nada? Y ahora, tras de todo, tener que llevarme al carajillo de la delegación de nuevo a mi casa porque no se lo pude encasquetar a Margarita: la trabajadora social me oyó cuando le grité que le regalaba a Roy, que era de ella, que se lo quedara, que no quería saber más nada de él. Me regañó, como era de esperarse. Llegué a la casa esa noche y le dije al chiquillo que se pusiera un pijama y se viniera a acostar conmigo. Ver su cara dormida con lágrimas secas me hizo pensar toda la noche. ¿Podía ese mocoso estarme mintiendo para sacar a Raúl de mi vida? ¿Sería capaz un carajillo de semejante mentira? No lo sé…

Escuché que sonó el teléfono como a las once de la noche, contesté y era Raúl. Yo nunca quise un hijo como Roy… ¿qué le hizo usted a Roy?… no le estoy hablando de que le haya pegado… nada, él no me ha dicho nada… Dígame, ¿qué le hizo a mi chiquito, hijueputa? ¡Usted bien sabe de qué le estoy hablando!… pero por primera vez, entendí que él era tan mío que hasta en los sufrimientos nos parecíamos y por eso lo odiaba…

Ronald Hernández Campos
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