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Siete cruces

domingo 29 de septiembre de 2019
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“Siete cruces”, decía. “Son siete, son siete, son siete”…

Aquella era la voz de una niña que resonaba del otro lado de la línea telefónica y que se filtraba al aire con un ruido remoto de fondo, algo parecido al viento de invierno danzando sobre las ramas de un árbol. Cada cierto número de noches llamaba a la estación, a diferentes horas, e invariablemente repetía con su voz inocente y agónica: “Siete cruces, siete cruces”.

El fenómeno se volvió una locura tan impresionante que el dueño de la radio me felicitó por mi argucia para atrapar audiencia y me dio un generoso aumento de sueldo. El problema, por supuesto, radicaba en que no se trataba de un engaño. Al menos, no de mi parte.

Debo decirlo: trabajar en la radio, especialmente en aquel pésimo horario, no es tan glamoroso como podría parecer.

Mi nombre seguramente ya lo has escuchado en alguna de esas locas páginas paranormales. Por aquel entonces yo era locutor en un programa nocturno de Radio Libre, una emisora de poca monta y escaso público que transmitía las veinticuatro horas del día para el área urbana de la ciudad.

Debo decirlo: trabajar en la radio, especialmente en aquel pésimo horario, no es tan glamoroso como podría parecer. La mayor parte del tiempo sonaba música romántica para arrullar a los insomnes y poner buen ambiente en las sesiones amatorias de alguna que otra pareja. Realmente hablaba muy poco, sacaba algunas cuantas llamadas al aire, generalmente de taxistas trasnochados que piden algún tema musical, y luego dormitaba frente a la computadora, agobiado por el intenso frío del aire acondicionado y por la soledad. Mi programa nunca tuvo demasiada audiencia, lo acepto, pero era un relleno más o menos decente en la programación radial en aquel horario pantanoso en el que muy pocos escuchaban.

Sin embargo, desde aquella primera noche todo había cambiado.

Lo recuerdo con exactitud. Era un martes de inicios de febrero y en la pantalla de la computadora se veía que la canción de Franco de Vita estaba a punto de concluir. Pensé en colocar algún efecto de sonido al terminar o una puntada de identificación de la emisora.

Era la una de la mañana y sentía la boca seca, así que decidí que hablaría al aire, aunque sólo fuera para dar la hora y saludar a una audiencia hipotética que quizás me escuchaba pero que esa madrugada se abstenía de llamar a la estación.

La canción terminó, dejé caer una balada de Enrique Iglesias y encendí el micro:

—Acabas de escuchar la canción “Sólo me importas tú” en los 91.5 de Radio Libre…

Fue en ese momento que la luz parpadeante en el aparato telefónico me indicó que tenía una llamada pendiente. ¿La sacaría al aire? No había razón para no hacerlo.

—Tenemos una llamada en espera —dije—. Hola, buenas noches, ¿cómo estás?

Entonces la oí. La voz de la niña llegó a mis oídos a través de los auriculares y un escalofrío helado recorrió mi espalda.

La mayoría de la gente decía haber sentido una extraña inquietud y un profundo temor a estar con las luces apagadas luego de escuchar a la niña.

Nunca he sido particularmente supersticioso y como buen ateo opinaba que la creencia en la vida después de la muerte es un cuento de hadas para adultos, pero ni esa convicción logró impedir que mi ritmo cardíaco se acelerara en presencia de aquella voz de inocencia siniestra.

La llamada duró pocos segundos antes de cortarse y luego de ello me quedé en silencio tratando de reordenar mis ideas.

—Joder —dije al aire, con mi falso acento español—. ¡Menudo susto me habéis dado, tíos!

De inmediato, la audiencia volvió a la vida. En menos de una hora recibí más de cuarenta llamadas de personas enloquecidas. La mayoría de la gente decía haber sentido una extraña inquietud y un profundo temor a estar con las luces apagadas luego de escuchar a la niña. Otros, más escépticos, me preguntaban de qué se trataba todo aquel asunto y yo respondía lo único que podía suponer: que algún loco había decidido gastarme una broma a esas horas.

A la noche siguiente, el fenómeno se volvió a repetir a eso de las dos y treinta. Saqué una llamada al aire y se escuchó la voz de la nena con un fondo lúgubre de viento invernal:

“Siete cruces, son siete cruces”…

Sorprendentemente recibí más de cien llamadas en el lapso de un par de horas y otras cuarenta antes del amanecer. El jueves y el viernes la nena fantasmal se abstuvo de llamar, pero el lunes marcó el teléfono a las doce con veinte y repitió su frase de las siete cruces. Gracias a eso pasé el resto de la noche lidiando con entusiastas de lo paranormal que deseaban narrar sus propias historias de ultratumba y los chistosos que trataban de inventar sus propias frases fantasmales con poco éxito. Alguien, incluso, debió de haber sacado a su hija de la cama para hacerle repetir las palabras de la nena, pero la falsificación era evidente: podía sonar igual, pero no causaba la misma sensación.

Para la noche del martes ya era una especie de celebridad. Mis amigos y compañeros de trabajo me felicitaron por el éxito y las redes sociales se inundaron de gente invitando a escuchar el fenómeno en vivo esa misma noche. Todos parecían entusiasmados por el asunto excepto yo.

—Cuando descubran que toda esta mierda no es más que una broma la gente pensará que yo les tomé el pelo —le dije a mi jefe.

El hombrecillo me miró a la cara con una sonrisa cínica.

—Deja de buscarle cinco pies al gato, hombre —dijo—. ¡Disfruta tus quince minutos de fama mientras te duren!

Yo asentí con escaso entusiasmo.

El miércoles, la radio parecía ser la única estación en toda la ciudad. La página de Internet estaba a punto de colapsar por todos los internautas que deseaban escuchar el programa desde otras ciudades, incluso desde otros países en otros continentes. Había decidido no darme por vencido y seguir con mi programa romántico, pero el jefe había sido inflexible y había transformado el formato de la programación e incluso el nombre del espacio. Ahora resultaba que mi programa se llamaba “Dimensión paralela” o ya no recuerdo qué mierda. ¡Adiós para siempre Franco de Vita, Enrique Iglesias y otros cursis trovadores! ¡Adiós para siempre noches aburridas de audiencias silenciosas!

Por fin había salido alguien a confirmar que la llamada era la broma de alguna adolescente con falta de disciplina.

Me senté frente a la computadora y me asaltó otra duda. ¿Y si no pasaba nada? Había miles de personas sintonizando la estación en ese momento. Incluso mi jefe estaba al otro lado del receptor, desvelándose, no por escuchar voces fantasmales, sino para monitorear mi nivel de entusiasmo en la voz. Había demasiadas expectativas para esa noche. ¿Qué iba a pasar si mi humilde programa no era bendecido por la llamada de alguna entidad de otro plano?

Debo adelantarme para decir que sucedió lo que yo esperaba. La nena no llamó esa noche. No obstante, no se dio el apocalipsis que temía en mi carrera. Al contrario, la gente volvió muy entretenido el espacio con sus anécdotas más o menos tenebrosas. Un tipo me mandó al Facebook el archivo MP3 en que había grabado la voz de la chica y lo soné al aire, no sin antes advertir que no se trataba de una llamada en vivo. Eso no pareció importarle a la gente. El regocijo fue tal que tuve que poner el dichoso audio un par de veces más. Finalmente, a las tres de la mañana (tras la tercera repetición del audio) recibí una llamada que cambiaría todo y echaría más leña sobre el fuego.

—Hola, buenas noches, estás al aire —dije con mi boca pegada al micro.

—Buenas noches —contestó la voz de una mujer madura—. Mi nombre es Raquel Góngora y estoy segura de que la voz que se escucha en ese audio es la de mi hija.

Debo reconocer que en ese momento pensé que todo se había ido al demonio. Por fin había salido alguien a confirmar que la llamada era la broma de alguna adolescente con falta de disciplina.

—¿Entonces su hija es la que llama a la radio para bromear con nosotros?

—Se equivoca —dijo la mujer—. No es una broma. Es la voz de mi hija pero… ¡Mi hija murió hace tres años!

Nuevamente me quedé sin hablar frente al micrófono, pero después de unos pocos segundos la mujer siguió hablando entre sollozos.

—Mi hija fue raptada hace tres años. Tenía la edad de nueve. ¡Su cadáver nunca fue encontrado, ni su asesino fue llevado a la justicia!

—Entonces, ¿cómo sabe que está muerta? —inquirí.

—Bueno, pues… yo…                                  

—Le repito señora, ¿si no han encontrado su cadáver cómo sabe que su hija está muerta?

—Su asesino nos mandó su corazón a casa —explicó llorando—. ¡Lo dejó en el buzón!

Nunca más volví a hablar con Raquel Góngora, pero esa única conversación fue suficiente para marcar mi vida. Los internautas desocupados descubrieron que efectivamente la niña Margareth López Góngora, hija de Raquel, había sido raptada y asesinada en una ciudad del sur, pero el caso nunca había sido resuelto. Las redes sociales estallaron y las llamadas a la estación no me permitían ni un respiro para reflexionar. Antes de terminar mi turno un último trasnochado cerró la noche con broche de oro.

—Yo sé dónde están las siete cruces —dijo.

—¿Dónde? —pregunté.

—Te mandaré la dirección al Facebook.

Listo. Ahí estaba.

A veinte kilómetros fuera de la ciudad. Un páramo vacío en el que el satélite de Google había captado unas pequeñas estructuras ocultas por el bosque: eran tumbas.

Mi jefe se volvió loco. Embriagado por el éxito repentino decidió mover sus fichas. Esa noche transmitiríamos el programa desde la unidad móvil. Iríamos al dichoso cementerio de las siete cruces y trataríamos de contactar con Margareth para la delicia de la audiencia.

Yo no protesté. Hoy me arrepiento de no haberlo hecho.

Antes de que el sol se ocultara, la camioneta de la estación abandonó el área urbana y para cuando la hora del programa había llegado, todos los equipos ya se habían instalado en el pequeño terreno.

Déjame tratar de describirlo. Era un claro del bosque a unos doscientos metros de la carretera principal. Un cedro de ramas viejas es agitado por el viento invernal produciendo el mismo sonido escalofriante que se escuchaba de fondo a las llamadas fantasmales. Sobre el suelo se yerguen siete cruces de cemento, sin adorno ni nombres, casi tragadas por el césped verdoso.

El programa empezó y el operario de los equipos me hizo señal de que hablara.

—Bienvenidos al programa. Esta noche estamos transmitiendo desde el cementerio de las siete cruces. No sabemos lo que pasará aquí, ni siquiera sabemos lo que estamos haciendo o si es el lugar correcto en el que tenemos que buscar, pero te pido que nos acompañes en esta aventura nocturna.

El operario de los equipos levanta la cabeza de la consola y me hace señal de que tenemos muchas llamadas en espera.

—Tenemos unas personas llamando —digo—. Buenas noches, estás oyendo Radio Libre, ¿cómo estás hoy?

Aquella voz inconfundible y tenebrosa vuelve a resonar helándome los huesos.

“Son siete cruces. Siete…”.

Tratando de dominar el miedo, me aferro al micrófono portátil en una mano y a mis auriculares con la otra.

En pánico, di un salto tratando de zafarme de aquel agarre,

—Margareth —le digo, tratando de no sonar nervioso—. ¿Dónde estás? ¿Qué quieres de nosotros?

—Cruces… son siete… son siete…

—¿Qué es lo que quieres, Margareth?

La voz se quedó una eternidad agónica en total silencio. De pronto resurgió con un gemido escalofriante:

—Ya no más cruces… ¡No más!

En ese momento lo sentí: unos dedos firmes y lánguidos se aferraron a mi tobillo con fuerza, produciendo una sensación glacial que invadió todo mi cuerpo. Aterrado, bajé la vista y vi aquella mano (o, mejor dicho, los huesos de una mano) asidos a mi pie, mientras el resto de la extremidad se sumergía en la tierra negra. En pánico, di un salto tratando de zafarme de aquel agarre, pero sólo logré sacar a la superficie el resto del cadáver. Era un esqueleto sucio, vestido con ropas infantiles podridas.

Por un segundo vi ese cráneo putrefacto del que brotaban algunos cabellos, vi esa quijada abierta de forma grotesca y esos ojos vacíos, y comprendí que nunca más volvería a dormir con la luz apagada.

Todo se me fue haciendo oscuro y sentí que me desmayaba…

***

Los cadáveres de siete chicas, incluyendo el de Margareth López, fueron devueltos a sus familiares tres días después por la policía.

Yo, por mi parte, renuncié a la radio a pesar de la fama, y de las jugosas ofertas de mi jefe, y nunca más volví a responder el teléfono después de la puesta del sol.

Roberto Berríos
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