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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

La chica de los tacones

jueves 6 de febrero de 2020
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Caía un chaparrón del demonio en toda la mitad norte de la ciudad. El ruido de los coches era espantoso y la contaminación hacía que uno no pudiese ni tan siquiera respirar tranquilo. Las calles estaban colapsadas. La gente esperaba a cruzar la calle a un par de metros del paso para evitar que un coche a toda velocidad conducido por un capullo empapase sus trajes azules y negros recién salidos de las tintorerías. Entre ellos estaba Rob. Rob no tenía un traje recién salido de la tintorería. No. Pero tenía unos pantalones vaqueros Levi’s de segunda mano que según él estaban “de puta madre”.

El frío era cortante así que era inevitable no llevar las manos dentro de los bolsillos.

Rob bajaba con decisión hacía el metro cuando resbaló y fue a parar al suelo nada más pisar el primer escalón. No pudo utilizar las manos por lo que estuvo a punto de romperse la crisma o algo peor. Su cara se puso roja como un tomate maduro pero nadie miraba. La vergüenza era una tontería. Al vecino del quinto le importaba una mierda que tus calzones estuviesen rotos, mientras no subieses a su apartamento a robarle un par de los suyos. Simplemente la demás gente pasaba y pasaba como si ahí no hubiese ocurrido nada. Rob se levantó y bajó el resto de las escaleras. Unas veinte o veinticinco. Tal vez cuarenta. Pasaba su tarjeta por el control cuando notó cómo una mano golpeaba su espalda. Se giró y vio a una joven. Tenía un pelo castaño bien de largo y calzaba unos tacones negros y afilados. Había un buen bulto en la parte delantera de su cuerpo. Era alucinante. No debía tener más de diecinueve.

Una ligera sonrisa apareció en la boca de la chica de los tacones y dejó al descubierto unos dientes blancos como la nieve.

—Disculpa, dijo ella —Rob no contestó. Se limitó a observarla con cara de panadero como si no hubiese tratado nunca antes con una mujer. En cierto modo, así era—. He visto cómo te caías —añadió—. Sólo venía a ver si estabas bien.

—Claro —respondió.

—¿A dónde ibas tan despistado?

—Ha sido un resbalón. No iba a ninguna parte.

—¿No?

—No.

—¿Y qué haces en la estación de metro, pues? —una ligera sonrisa apareció en la boca de la chica de los tacones y dejó al descubierto unos dientes blancos como la nieve que cae en lo alto de una montaña libre de la actividad humana.

—No sabía que fuera un delito no ir a ninguna parte —dijo Rob.

—Oh, por supuesto. Yo también iba a ninguna parte.

—Creo que no dices la verdad. La gente como tú siempre anda haciendo cosas. O eso, o debes estar loca. ¿Has estado en un alguna institución mental?

—¿Por qué lo dices?

—Ya sabes. Esos tacones.

—¿Te gustan mis tacones?

—Sí.

—Tengo más en mi apartamento.

—Qué bien.

—Escucha, sí. ¿Por qué no vamos a mi apartamento? Pareces interesante y me gustaría presumir de mis tacones. Debo tener unos setenta u ochenta pares.

—¿Y colores?

—También hay colores.

—¿Y bebida?

—También hay bebida.

—Está bien, vamos.

Ambos salieron del subterráneo. Esta vez Rob no se resbaló. No tenía ni la más remota idea de lo que estaba haciendo pero suponía que las cosas no tenían por qué hacerse con una idea que las sustentase. Rob se limitó a seguirla calle arriba. Caminaron tres manzanas en línea recta y giraron dos veces a la derecha. Otra manzana más y luego a la izquierda. Paró de llover pero el frío seguía apretando.

En aquella aparente pulcritud, en la que ni una sola ceniza, ni una sola mancha de vino, ni una sola marca de zapatos, había una buena cantidad de plumas.

—Es aquí.

Rob conocía el lugar. Una urbe plagada de balcones y viejas viviendas en medio de la bulliciosa ciudad. La llave pareció trabarse pero consiguieron entrar al fin, y menos mal. No había ascensor, por lo que no quedaba otro remedio que ir por las escaleras. El día estaba siendo una escalera continua, pensó Rob, pero no sabía muy bien si subía o bajaba.

Tercera planta. Un olor a mierda muy desagradable y desproporcionado para la limpieza de aquel paraje.

—Puedes sentarte en el sofá. ¿Quieres una cerveza?

—¿Acaso no quieres tú una?

Rob se percató de que, en aquella aparente pulcritud, en la que ni una sola ceniza, ni una sola mancha de vino, ni una sola marca de zapatos, había una buena cantidad de plumas. Plumas blancas y grises. De todos los tamaños. Unas más viejas que otras, suponía, pero estaban por todo el suelo. Por la alfombra y debajo del sofá. Como si hubiesen sido puestas ahí por alguna razón.

La chica de los tacones salió de la cocina con dos botellines en ambas manos y el abridor encajado en la boca.

—Aquí tienes.

—Gracias.

—Bueno…

—¿Puedo preguntarte algo?

—Por supuesto.

—¿Qué carajo son todas estas plumas? Estoy empezando a sentirme enfermo. ¿Es que has estado apaleando almohadas, o qué?

—Oh, ja ja ja.

Rob dio un trago largo a la cerveza. Cristal. Claro. Esa nena tenía dinero, seguro. Sólo la gente con dinero bebe cerveza embotellada.

—¿Quieres ver mis tacones?

—¿Qué tal otra cerveza?

—No veo por qué no.

Bebieron dos cervezas más cada uno y fueron a la habitación donde se suponía estaban todos los tacones. Aquella casa era muy curiosa. Todo lleno de plumas. Todo el puto pasillo lleno de plumas, pero era mejor no insistir. Hoy era el gran día de dejarse llevar.

—Esos dos armarios están llenos de tacones.

Abrió las puertas correderas y, en efecto, ahí dentro debía haber unos cuarenta pares. Los colores eran variados, eso no se podía negar. La muchacha comenzó a probarse un par tras otro. Así durante un buen rato. Rob esperaba y observaba desde el umbral de la puerta con un cierto sudor de pelotas.

—Mira. Esto ha estado bien. Tus tacones son preciosos, pero tengo que marcharme.

—Claro. No voy a retenerte, pero quiero enseñarte una última cosa, si no te importa, si no tienes ningún compromiso.

—Cero —respondió Rob—, pero ¿te importaría a ti darme otra cerveza?

Le dio otra cerveza y el calor empezaba a notarse. Se sentía en cierto modo a gusto. Todo esto era mejor que estar en la calle vagando muriéndose uno de frío sin probar trago.

Rob la acompañó a otra habitación al fondo de lo que debía ser el final del casón.

—Sí, esta tiene cerradura —dijo la de los tacones.

Abrió la puerta que parecía acolchada y fue espectacular. Las cuatro paredes estaban cubiertas por cuatro estanterías repletas de jaulas. En cada jaula había un pato.

—Mierda —dijo Rob—, ¿y esto qué carajo es?

—Patos.

—Sí, ya lo veo, joder.

Tomó a uno por el cuello sin ninguna delicadeza y lo apoyó en el suelo. Comenzó a pisotearlo con la punta de sus tacones.

Hubo un momento de silencio y ella le agarró por los pelos y la nuca y le dio un gran beso. La lengua hasta la garganta. Rob se puso como una morcilla reseca y siguió al lio. Como siempre, sin pensar mucho. Ella paró y le miró.

—Me he cambiado de tacones. Mira.

Rob miró.

—Son sólo para ocasiones especiales —puntualizó.

—Así que por esto lo de las plumas. ¿Eres una especie de animalista, verdad?

—No exactamente.

En ese mismo instante, la chica de pelo castaño entró donde los patos y abrió una jaula. Tomó a uno por el cuello sin ninguna delicadeza y lo apoyó en el suelo. Comenzó a pisotearlo con la punta de sus tacones. A lo bestia, sin parar ni un segundo durante sesenta segundos. Había plumas y sangre por todos lados.

—Cojones —dijo Rob—, estás chiflada.

—¿Quieres ver más?

Rob arqueó los hombros y ella cogió tres patos más y los reventó a taconazos. Agarró uno más y se lo llevó al salón.

—¿Otra cerveza?

—Eso no se pregunta. ¿Puedo fumar?

—Sí.

—Estupendo.

Se sentó en el sofá mientras el pato andaba por ahí dando tumbos. Había presenciado aquella masacre y no sería la primera vez, por eso mostraba nerviosismo. Era como esperar a la silla eléctrica.

La cerveza llegó. Y otra vez a taconazos y a patadas con el pato y con los muebles y con todo. La televisión cayó al suelo y luego cayó encima del pato. Cuestión aparte.

—¿Qué haces con todos los patos muertos?

—Pues qué voy a hacer. Los desplumo y hago pastel de pato, estofado de pato, pato en su salsa, sopa de pato, pato en escabeche, incluso helado de pato. ¿Quieres probar el helado de pato?

—Preferiría no hacerlo.

—Tú te lo pierdes.

—Oye, mira, llevas toda la mañana matando patos a taconazos y no sé ni cómo te llamas.

—¡Ay!, vaya. Qué modales los míos. Clara. Mi nombre es Clara.

—Encantado, Clara.

Santiago Siracusa Santamaría
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