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Dos relatos breves de Santiago Siracusa Santamaría

jueves 21 de mayo de 2020
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Hora de irse

En lo más profundo de mi alma encuentro hoy una oscura consideración. La cordura pide a gritos que la libere.

—¡Debo irme, y no podrás impedírmelo! —exclama con arrogancia esa susodicha—. ¿Es que acaso no puedes ver que allá afuera, los peldaños que antes sustentaban el fino y untuoso amor están siendo derribados por… ya sabes?

¿Y que se supone que debo hacer yo? Me pregunto a mí mismo. O quizás esté preguntándoselo a esa voz. ¿Es real esa habla que osa atormentarme?

Lo que en otro tiempo fue la comodidad de mi cama, hoy se ha visto alterado por el mismísimo abismo, el juicio final que me acecha como si de un hilo de tela de araña pendiese mi vida.

—Nos acecha, a todos —puntualiza sin permiso esa entrometida.

Una fría gota de sudor cae por mi frente en contraste con el calor de mi cuerpo y va a parar a mi labio. Esta salda, de eso no hay duda.

—Tampoco hay tiempo.

¿Tiempo para qué?, le contesto ya totalmente fuera de juicio e incorporándome sobre mi cabecera. Tomo una cerilla y hago la luz. En ese momento se me pasa por la cabeza que Dios, en un momento determinado, hace miles de años, también había hecho la luz. También se me pasa por la cabeza de manera casi simultánea que ese Ser ecuánime al que nunca había dedicado unas oraciones, podía ayudarme si es que existía.

—Nadie puede ayudarte ya —dice lacónicamente la voz.

No me quedará mucho tiempo, pues, me digo haciendo caso omiso esta vez a lo que habita dentro de mi cabeza.

—Un último deseo —anuncia de manera contundente y definitiva.

Haz lo que debas hacer, pero cuando decidas hacerlo, hazlo mirándome a los ojos. En ese instante la segunda cerilla que había encendido se ahogó violentamente. La oscuridad del universo reinaba ahora en mi habitáculo. De pronto, alguien llamó a mi puerta. Pase, le dije a quien quiera que fuese el que golpeaba.

Las tinieblas se disiparon. Es difícil describir con palabras lo que vi. El color negro de esa figura brillaba como si de blanco se tratase. Se acercó rápidamente y, levitando, puso su demacrada cara frente a la mía. Su tez estaba pálida, como la nieve en invierno.

En ese instante me di cuenta, se trataba de La Muerte, pero ahora ya era demasiado tarde. La locura se había apoderado de mí. La cordura, emancipada, vagaba en busca de otra estancia.

¡Al fin!, grité con euforia. Pues al fin era libre tras tantos años de condena, setenta y ocho para ser exactos. Al fin podría atormentar y hechizar a otras almas encadenadas en la tierra, como habían hecho conmigo años atrás. Los fantasmas, antes enemigos, pasaban de manera inefable a ser ahora mis más fieles compañeros. Porque, desde que tengo conciencia, sé que los monstruos existen, y conviven con nosotros. Hay que ser incrédulo para pensar en lo contrario; no hay más que leer un periódico. Muertes, y más muertes.

 

La puerta oscura

Desde que era tan sólo un niño mis padres me lo dieron todo. La ropa más nueva; los juguetes más modernos; la comida más rica; el amor más tierno… Eso sí, no tenía muchos amigos, y solía pasar mucho tiempo solo en casa.

No era un problema, pues mi sueño era ser un gran pintor —a pesar de la negativa de mis padres, que querían que fuese un hombre de traje y corbata— y no necesitaba amigos para lograrlo.

Del mismo modo en que mis padres me consentían todo, había una puerta de la casa en la que tenía prohibida la entrada bajo la premisa de que cosas horribles pasarían si cruzaba ese umbral. Era una puerta de madera hermosa que, según mi madre, estaba acorazada con un panel de chapa en su interior que la hacía más resistente. Parecía antigua, y llena de historia. Mi curiosidad por ver lo que había al otro lado era inmensa.

Vi una oportunidad de matar mi capricho por ver qué se escondía tras ese paso y la abrí cuando mis padres no se encontraban en casa.

Estaba todo muy oscuro. Al principio sólo logré avistar una mesa en la que descansaban un papel, una cerilla y una vela. Prendí fuego a la vela y me dispuse a leer atentamente los escritos que había en esa nota. “Si has llegado hasta aquí, a tiempo estás de volver. Solamente una cosa debes saber, las cosas no son como parecen”. Hice caso omiso y, candelabro en mano, avancé. De fondo, un ruido mezcla de lluvia y truenos inundaba el ambiente.

Fue horrible. En un largo pasillo se encontraban, como si de estatuas se tratara, una señora mayor en una silla de ruedas; un joven de mi edad con tierra por todo el cuerpo; un anciano demacrado con la soledad dibujada en su rostro; incluso pude ver una pareja —debía ser un matrimonio— fusionados en un solo brazo para ambos. Una sensación de miedo y horror me invadió por competo. No soporté la presión, y de inmediato di media vuelta y salí huyendo de ahí.

Me sentí afortunado de vivir donde vivía. En la más absoluta de las comodidades. No tenía nada por lo que preocuparme. Nada de personas cosidas a otras, ni de abuelas en sillas de ruedas. Era mejor la tarta de chocolate y la ropa cara.

Un año después, alguien llamó a la puerta de casa. La abrí. Era un hombre alto y delgado. Vestía una chilaba totalmente negra y apenas se le veían facciones de lo que parecía ser una cara blanca, demacrada y delgada.

Llegó para decirme que tenía que llevarse a mis padres ya. Le pregunté que a dónde, y me respondió: “Detrás de la puerta, a la oscuridad”. Le dije que eso no podía hacerlo, y me dijo que sí, que todos estuvimos alguna vez tras esa puerta y tuvimos una oportunidad de salvarnos. Todos vimos cosas horribles, pero la mayoría decidimos apartar la mirada hacia otro lado, cuando lo que había que hacer era ir hasta el final del pasillo, donde otra puerta reposaba esperando a que sólo los valientes la cruzaran.

“La gente que viste aquel día es gente como tú, que dio la vuelta y volvió al mundo ordinario, a la mediocridad, en fin, a la urbe de los horarios y la monotonía. Tus padres y tú elegisteis ese camino y, por ello, tu sueño de ser pintor jamás se cumplirá, serás un ruin abogado condenado a vagar por el mundo hasta que llegue el día en el que yo mismo llamaré a tu puerta, y otros niños te verán tras ese umbral, petrificado, ahorcado con tu propia corbata”.

Santiago Siracusa Santamaría
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