Lecturas de poesa en apoyo a afectados por el volcn en La Palma

Saltar al contenido

Élida

sábado 15 de febrero de 2020
¡Compártelo en tus redes!

El parque C., protegido por vigilantes municipales que aplican leyes sobre contravenciones o de urbanismo a infractores pillados y sorprendidos con el sonido que emiten sus silbatos metálicos, es uno de los pocos en la capital con una extensión de mil metros cuadrados; más o menos arborizado, espacios para practicar diferentes deportes, chalets de alimentación, áreas de juego para infantes y decenas de mesas y bancas de cemento para picnic alrededor del mismo.

Escuchar mi nombre en sus labios me desconcertó.

Una tarde me hallaba matando el tiempo hasta mi siguiente reunión, recostado en uno de los pocos asientos disponibles, observando a los paseantes con sus parejas o familias y a los transeúntes en el lado de la calle, mientras un hombre vestido a overol naranja, el mismo que usan los que realizan trabajo comunitario conmutado para evitar la prisión, me pedía que levantara uno de mis zapatos que pisaba basura que debía recoger.

Obedecí y no me molesté en verle a la cara, y no se piense que por arrogancia, sino para no incomodarle con mi falsa comprensión de su situación. Pero a pesar que el sujeto se había apropiado de lo solicitado, seguía cerca de mí, lo que consideré un reto a mi persona y me le planté en pie y que no creyera que, por su situación irregular ante la sociedad, sería suficiente para llenarme de temor.

—¿Desea algo más el señor? —dije en tono serio.

El hombre mostraba un rostro completamente barbado y su complexión denotaba la figura de un parroquiano obsesionado por brindar a cada instante por sus alegrías y tristezas.

—Arturo, ¿qué pasó? ¿no me reconoces?

Escuchar mi nombre en sus labios me desconcertó y no lograba explicarme de qué manera se pudiera enterar de quién era el que le oía, pero él siguió y luego reconocí al infortunado.

—¡Soy yo, Israel, Israel Jiménez! Fuimos compañeros en la secundaria Metropolitana Saúl Flores.

Explicar que en cuestión de nanosegundos pasaron cestadas de recuerdos de esa época en mi memoria, parecerá una sobrada exageración, pero así fue.

Israel Jiménez era un tipazo de vestir y maneras delicadas, muy apreciadas por nuestras compañeras, debido a que a la hora de jugar pelota, por ejemplo, se despojaba de su camisa de uniforme impecablemente blanca y muy bien planchada y se quedaba en camiseta, cuando el resto lo hacíamos con la misma de vestir, sudándola hasta empaparla, mientras él se ataba un pañuelo al cuello que evitara que el sudor corriera por su columna y terminara en sopa al final de la colita; usaba toallitas húmedas para limpiarse el rostro y en cambio nosotros estregábamos como viejos bueyes el rostro en las mangas de camisa. ¡Y qué decir de ir al sanitario! Él con su papel higiénico perfumado y sus compañeros con diarios y sus secciones de comics para espantar el mal rato sentado. En fin, cuidaba mucho de su apariencia y no toleraba que en clase o jugando alguien se le acercara demasiado y con eso ensuciar sus limpísimas prendas de vestir.

—¡Hombre, qué sorpresa! —dije.

Seguro que el tiempo que me tomó pensar lo anterior lo notó Israel porque inmediatamente se lanzó con otra pregunta:

—¿Tan cambiado estoy?

Me apenó un poco la pregunta, por su situación, aunque nunca fuimos amigos, siempre le admiré en silencio su pulcritud en el vestir, aunque lo externaba con un desdén que compartía con los demás.

—Israel, estás diferente, y es natural, hace quince años que dejamos la escuela y eso, amigo, es mucho tiempo.

Él tomó asiento en la banca y lo imité.

—Es cierto —dijo—, son muchos años, ¡y vaya la forma en que me han tratado! —y mostró con sus manos su vestuario—, ¿no vas a preguntarme cómo cambié tanto?

—Francamente —respondí—, no me siento con derecho para hacerlo.

—Cierto —se sonrió—, pero me servirá para desahogar esta rabieta que me cargo de hace varios días.

—En ese caso, comencemos con tu nueva ocupación, recogedor de basura del municipio y retrasar el ingreso a prisión…

No concluí la idea debido a que se levantó. Advertí que se hubiera molestado.

¿Qué dios o mortal en su sano juicio habría olvidado a Élida?

—No quise incomodarte —dije en forma de disculpa.

—No te preocupes, Arturo —dijo riendo—, es que la causa de esto se halla también en la secundaria.

—No te entiendo —agregué.

—Escúchame con atención —me pidió—, ¿te acuerdas de Élida?

¿Qué dios o mortal en su sano juicio habría olvidado a Élida? Élida era una chica hermosa, despampanante, tez morena clara, altura conforme a su edad y masa corporal, caderas pronunciadas, senos deliciosamente delineados, labios pequeños y carnosos, ojos de hierba viva bajo unas cejas arqueadas de cuarto menguante, cabellera negra abundante, todo eso unido a una personalidad chispeante, su buen humor y su genuino interés por sus vecinos la hacían una compañera imprescindible, sin obviar su agudeza mental y una inteligencia natural para el álgebra, la tabla periódica memorizada en sus pesos y combinaciones atómicas, la fluidez para el francés como si se tratase de su lengua materna y lectora voraz de los textos literarios asignados para presentar informes a los maestros, y todo lo dominaba sin mostrar ni un solo rasgo de prepotencia, la que como sus más fieles enamorados hubiéramos dispensado si de humillarnos se tratara por nuestra falta de vocación al estudio, pero muy al contrario, nunca opacó al resto de la clase con sus dones que sin protestar compartía humildemente con todos sus allegados y lejanos.

Casi el 90% de la población masculina estudiantil de la Metropolitana, excepto Israel, mayores y menores, incluido el que esto relata, le habíamos declarado nuestra pasión a ella, pero nadie había tenido suerte en conseguir sus afectos y solamente obteníamos, a cambio de humillarnos y desangrarnos ante sus graciosos ojos, una gentil sonrisa y una palmada en las manos, mientras nos rechazaba de una manera angelical. Durante ese tiempo permaneció soltera y nos sirvió como símbolo del amor ideal para cada uno de nosotros hasta que dejamos de estudiar y se nos olvidó que ya habíamos conocido la competencia de Venus en nuestra escuela.

Lancé un suspiro y respondí:

—Aún la recuerdo.

—No lo tomes a mal —dijo—, pero nunca aceptó a ninguno de ustedes porque estaba enamorada de mí.

—Con el paso de los meses una amiga confesora suya la delató y esa fue nuestra cura, ya que la mayoría estábamos como burros de atar por ella —complementé.

—Lo sentí mucho por ustedes —y se le notaba la sinceridad en sus palabras—, en serio, como dice el dicho: “Dios da carne al que sólo puede mamar”. Ella un buen día se me declaró y quizás no tuve la misma gentileza que ella prodigaba a sus enamorados, ya que la rechacé de la manera más cavernaria que te puedas imaginar.

—Espero que no haya sufrido lo mismo que yo.

—Lo ignoro —dijo mientras se sentaba—, pero rechazar una mujer es un lujo aparte, ¿no crees?

—Ya estás recobrando tu espíritu, Israel, ahora vas a presumirle a alguien que está invicto en ese tipo de experiencias.

Medio sonrió y dejó entrever una histórica tristeza pegada a su rostro.

—No lo hago para presumir, Arturo, es para evidenciarte lo estúpido que he sido.

Un auto rechinó sus llantas fuertemente y recordé revisar mi reloj, unos minutos más y debía salir a mi siguiente reunión y se lo hice saber a Israel.

—¿Cuándo volverás por aquí? —preguntó.

—No estoy seguro, dependo de cómo se cruzan mis reuniones con el tiempo y decirte una fecha es algo aventurado, pero ya nos pusimos muy de anticuario, mejor termina de aclararme cómo Élida se relaciona contigo. Ignoraba que se te hubiera declarado, pero creo que eso ya lo superó, porque me enteré de que se casó y no fue contigo ni conmigo, ¿y?

—Cierto, ahora voy con el aderezo a esta historia —dijo frotándose las manos—, hace año y medio tomé este lugar para cortejar chicas y con todas me hicieron ficha los policías municipales por violar contravenciones de urbanidad, hasta que con una pasé del cortejo a la seducción y, bueno, somos adultos y me ahorro contigo los detalles en que fui sorprendido en desnudez con ella por los agentes del orden, entre los que se encontraba Élida.

—¿Nuestra Élida? —pregunté riéndome.

—La misma, Arturo. No sabía que trabajara en esto, ¿te imaginas la humillación, Arturo?

Ella siguió mostrando la misma frialdad del Ártico al sol y aunque el uniforme no le favorecía, se notaba sin esfuerzo que poseía una belleza que se acentuaba en ella como el tiempo a los buenos vinos.

—Pues francamente no, pero si hago un esfuerzo, estoy seguro de que logro algo —expresé siempre riéndome.

—Nos detuvieron en bartolinas y enfrentamos juicio con todo y mis antecedentes de llamadas de atención, y para evitar cárcel, nos signaron a vestir de esta manera y limpiar el parque durante cinco días a la semana y recién comienzo.

—¿No se podía pagar y saltarse esto? —interrogué sorprendido.

—No acepta ese arreglo el delito que cometimos. Y por tres años debemos quitar basura del parque.

—¿Y ella? —consulté.

Me señaló con su dedo, a una distancia de cincuenta metros, una mujer vistiendo un traje similar, inclinada sobre un pequeño jardín, mientras se aproximaba lentamente sonando su silbato, Élida, dirigiéndose a Israel:

—¡No puedes perder el tiempo, debes continuar con tu trabajo! —su voz se escuchó fuerte, firme y dispuesta a hacerse sentir, y creo que Israel se apropió de la gravedad de la expresión de su cuidadora—, ¡o es que quieres ir a prisión, degenerado! —quien presenciara esto sin conocer el pasado de la fuente de la voz, no extrañaría en nada la situación, pero conocedor de parte de su historia, me parecía alguien irreconocible la que estaba frente a mí. Apenas si pude despedirme de él, mientras continuaba con su labor; luego ella se volvió a mí sin cambiar la dureza de sus facciones en las que se advertía una práctica cotidiana de carácter fuerte, exigido por la naturaleza de su trabajo.

—Hola, Arturo.

—¡Hola, Élida! — respondí emocionado. Sin embargo, ella siguió mostrando la misma frialdad del Ártico al sol y aunque el uniforme no le favorecía, se notaba sin esfuerzo que poseía una belleza que se acentuaba en ella como el tiempo a los buenos vinos.

—Hablar con convictos es delito, Arturo.

De inmediato no supe que decirle, además no era coherente ponerse a pelear con la autoridad, ya que la macana, la pistola y las esposas, la cercaban para cualquier trato familiar que quisiera rescatar en honor a los años de la secundaria.

—No lo sabía, pero no volverá a ocurrir —y me levanté dispuesto a caminar.

—¿Aún sigues declarándotele a las mujeres?

Su pregunta me pareció la oportunidad para familiarizar un poco. Y me volví sonriente a verla:

—Ya no, me casé.

Ella, para mi sorpresa, continuaba hierática.

—Me da gusto oír eso —dijo con sarcasmo—, tenías una manera aniñada para hacer declaraciones de amor, que daba tanta risa…

Me dolió mucho su opinión y se me antojaba decirle que se estaba comportando como un témpano de hielo en un circo de malos payasos, pero vi a Israel en sus faenas y me contuve las ganas de gritárselo, total, confiaba no visitar el parque mientras estos personajes se encontraran purgando su pena y la otra como la celadora que no da ni agua a sus vigilados.

—Que tengas buen día, Élida.

Ella ni respondió, “maldito amor que te tuve”, pensé. Me marché en dirección de la compañera de pena de Israel y al pasar junto a ella, concluí en agradecimientos al cielo por no conocerla, ya que en lugar del infortunado compañero, sería yo el que estaría vestido de overol naranja con los ojos de buitre de Élida encima de mi espalda.

Luis Alfredo Castellanos
Últimas entradas de Luis Alfredo Castellanos (ver todo)