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Atrapen al fantasma

martes 3 de marzo de 2020
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“Héroes y degenerados”, de Axel Blanco Castillo
Este relato pertenece al libro de cuentos Héroes y degenerados (2019), del venezolano Axel Blanco Castillo. Disponible en Amazon
“Es tarde, ya me voy, mi negrita me espera,
hasta mañana, porque cuando salí dijo:
Negro no tardes, en la ciudad…”.

Ismael Rivera

Tenían muchas horas sin comer. Amanda sancochaba conchas de plátano que había guardado en el congelador y las puso en platos de plástico y les salpicó sal. Se sentaron y cerraron los ojos para imaginarse que comían filetes guisados con arroz, tajadas, jugo de cualquier cosa y pan. El pan de ajo que Amanda hacía tan bien impregnado de margarina. Néstor abrió los ojos y recorrió con la vista a su familia: Rebeca de seis, Napoleón de ocho, Gustavo de trece y su compañera de treinta y cuatro años. Recordó aquella vida que había sepultado cuando salió de la cárcel hacía ocho años. Un pastor de El Rodeo logró civilizarlo y por eso salió antes. Juró no volver a robar. No usar armas. Menos matar. Pero ante el hambre de los suyos, ese pasado parecía impulsarlo otra vez al lado incorrecto de la vida. Y los juramentos comenzaron a perder peso ante esa crueldad de verlos sufrir. Se levantó de la mesa, tomó su chaqueta y salió. “Néstor, ¿adónde vas?”, dijo Amanda. La ráfaga de viento movió las cortinas de la sala al cerrarse la puerta.

 

2

Salió de su rancho en La Piedrita y descendió por los interminables escalones de concreto hasta salir a la calle de abajo en Los Flores de Catia. Recorrió una larga acera hasta doblar en la primera esquina que comunica con Gato Negro. Sobre el puente miró hacia ambos lados, asegurándose de que la calle estuviera libre de curiosos. Tomó impulso y cayó al Guaire. Descendió con cuidado paso a paso hasta las riberas cercanas a la corriente. No pudo evitar que sus zapatos se hundieran en el lodo. Sus ojos buscaron un fierro oxidado que sobresaliera. Aquí está, se dijo, y comenzó a halar con fuerza hasta desprenderlo y confirmar que la bolsa seguía allí. Desamarró el alambre que la unía al metal y quitó la escoria que la envolvía. Una Pardini plateada GT9, semiautomática, completamente seca y en buenas condiciones. Alguna vez se la quitó a un detective que logró darle alcance después de un robo de bancos. Se le lanzó encima y el arma se le cayó. Fue tipo película. Se arrastraban en el piso forcejeando para alcanzar el arma. La suerte estuvo de su lado otra vez. Sí, un arma solicitada, pero tiene varios años perdida. Cacerina de diecisiete cartuchos, mecanismo simple de disparo. Néstor balanceó el peso y apuntó en la distancia sólo para probar. Creyó haber olvidado esa vieja sensación de que todo lo podía hacer. La ocultó en su baja espalda, bajo la camisa y prensada con el cinturón. Saltó a la vía. Sus pasos parecían seguir una línea punteada hasta el supermercado de chinos. Recobró su tumbao desafiante y la mirada asesina. Entró sin hacer la cola de los tontos. Atiborró dos bolsas con comida y salió mostrando la Pardini. “Mi pago es una bala, chino de mierda”. El asiático con cara de imbécil levantó las manos. “En China como que se le acabaron los Bruce Lee”, fue lo último que dijo al salir.

 

Sus lágrimas actuaban como si se hubieran independizado de sus ojos. No lo hagas, Néstor por favor, no cometas ese error que te vi en la mirada…

3

Dos niños con hambre sobre un colchón herido de tripas salidas. Una mujer turbada por la última expresión que vio en el rostro de su marido. Unos tiros que se escuchan afuera, en la calle, y ella ruega por que no sea su esposo el que los da… o el que los recibe. Sí, conoce bien su pasado, y el juramento que un día le hizo. Desea que lo cumpla, aunque ella está llena de dudas, inseguridad por lo que pase. Era un hombre de pocas pulgas para el crimen. Lo atraparon robando bancos. Todo el mundo lo quería muerto. Sus propios vecinos se lamentaron que se salvara de los dieciocho tiros. Quién se salva de tantas balas. Sólo la escoria más fuerte de la tierra. Amanda lo conoció cuando trajinaba la mototaxi de un pana fugitivo, con un carnecito que hacen ellos mismos para organizarse y pintarse más como un trabajador promedio. Se la ganó con una labia llena de versos de salsa. Soy tu poeta malandro, le decía. Cuando salía del liceo la subía al bloque siete de Propatria, donde vivía con su madre. La doña le tenía afecto y le predicaba la palabra de Dios. Pensaba que a veces los hombres cambian con el amor. Una mañana vieron la noticia del robo en el periódico. Su nombre inconfundible:

“Néstor Ramos, alias el fantasma, cabecilla de los fantasmagóricos, mató a tres rehenes en asalto de banco en La California. Tras recibir dieciocho tiros, Ramos fue trasladado al Hospital General de Guatire. El resto de la banda murió en la refriega. La fuente policial asegura que el fantasma será trasladado a la penitenciaría de El Rodeo si logra salvarse de ésta”.

Dentro de la Biblia sacó el artículo amarillento, forrado con papel contac. Si se lo hubiera mostrado quizá no hubiera salido de casa. La mala espina le quemaba las sienes por lo que pudiera pasar. Sus lágrimas actuaban como si se hubieran independizado de sus ojos. No lo hagas, Néstor por favor, no cometas ese error que te vi en la mirada…

 

4

Cinco kilos de todo, pide el fantasma en la carnicería. La bolsa de carne es grande. “Son treinta mil soberanos, paisita, ¿efectivo o débito?”. La gente desaparece cuando surge la pistola. El cañón en la frente del marchante hace que la sonrisa se le borre. “Te voy a pagar con balas, gordo pajúo”. Los segundos corren: cinco diez quince veinte… El marchante se ve en pause, como si hiciera falta darle cuerda como esos juguetes. “MUÉVETE BOLA DE MIERDA”. Lo golpea en la frente con el mango, cae de nalgas detrás del mostrador. Luego camina a gatas, se sostiene para levantarse y tomar rápido la bolsa con la carne. Se la entrega al fantasma. Avanza lento por el peso. Le cuesta más de lo que pensaba. Sitúa una carretilla amarrada con candado a una reja. “¿Quién es el dueño?”, suelta en voz alta. “Es ese de allá, el que toma la birra en el abasto”, dice alguien. Se le acerca por detrás y le habla al oído. El hombre comienza a sudar, pero de inmediato abre el candado y le entrega la carreta. La carga se hace más tolerable en dos ruedas. Ve una frutería y entra. Levanta la Pardini y dice: “ESTO ES UN ATRACO”. La doña de la caja, adaptada a una circunstancia no sé cuántas veces repetida, toma el efectivo y lo lanza molesta sobre el mostrador. “No quiero esa vaina”, suelta el fantasma. Ella hace una arruga de incomprensión en la frente. “¿Y entonces qué carajo quiere?”. Él piensa en el juramento, justo en esa parte de no tocar dinero ajeno más nunca en la vida. “Sólo mete varios kilos de fruta en una bolsa grande”. “No hay tan grandes”. “Es tu maldito problema”.

 

No sabe si es el destino que lo trae allí. El portugués huele un ambiente raro, entra rápido, busca su Beretta reglamentada y se sienta en la caja.

5

Los niños duermen. Amanda no recuerda dónde leyó que, tras horas de hambre, el cuerpo es proclive al sueño. El estómago no procesa alimentos y tampoco envía nutrientes al cerebro. Desaparece primero la grasa excedentaria, luego la básica y por último la que mantiene el mínimo de las funciones. Consigue un sobre de sopa instantáneo, extraviado en la cocina. Dos huesos de pollo congelados que no supo por qué no tiró. La mitad de una cebolla, el cuarenta por ciento de una papa, un diente de ajo y, por supuesto, agua. Toda el agua que pueda para cocer dentro de una olla. Los niños se levantan instintivamente por la ansiedad que genera un espacio vacío dentro ese abdomen que aprietan con sus manos y que, por cierto, tienen tiempo que no llenan. Los platos están servidos. Rebeca, Napoleón y Gustavo se miran las caras decepcionados, pero eso es lo que toca. Amanda practica con ellos ejercicios de autosugestión. “Es una tremenda sopa, nos va alimentar mucho, ya verán, ay qué sabrosa está, ya me estoy llenando, sí estoy llena…”. Aunque ella corrobora desilusionada que los ingredientes se han disuelto y no hay nada sólido. Es sólo agua caliente con sabor. Luego corren a sus camas tras la salvación del sueño.

 

6

La charcutería parece una cabina VIP. La panorámica transmite por cable el juego España-Portugal. Gritan eufóricos tras cada pase de balón, chute, saques de esquina o flatulencias de los jugadores. Despachan a los clientes por turno. Agarran sus birras escondidas y se las empinan. Sólo el hijo del dueño toma Blue Label sentado frente a la caja. “GOL, COÑO, GOOOOL”. “No, marico, el balón cayó detrás de la red”. “Bueno, casi te meto el gol por ese culo”. “A DESPACHO, A DESPACHO, COÑO”, interrumpe el portugués. Abre y cierra la caja, chatea con la novia por su Samsung, se sirve tragos, va al baño a cada tanto. Afuera un indigente le pide plata y se la niega. “Es para comer, portu”. “No me interesa, sale de aquí, bicho”. El hombre no se mueve y lo empuja del local. Néstor lo ve todo. No sabe si es el destino que lo trae allí. El portugués huele un ambiente raro, entra rápido, busca su Beretta reglamentada y se sienta en la caja. Mira a un tipo que entra con carretilla. “Dame cinco kilos de cada cosa y mételo en bolsas plásticas”. “PIDA SU NÚMERO, AMIGO”, grita el portu desde la caja. Néstor detalla el arma a un lado de la caja. Saca la suya y dispara directo a ella. Todo se cae. La Beretta, la registradora, el cuaderno de ventas y el trago de whisky. Las mujeres de la cola gritan, los hombres se esfuman. “MANOS ARRIBA, NOJODA, ESTO ES UN ASALTO. PA’ FUERA PORTUGUÉS”. Le dio un cachazo en la cabeza y se arrodilló. La sangre descendía a chorros por su cuello. El portu lo escrutaba, estudiando su rostro o buscando quizás una caída para salir del embrollo. “Sólo tengo que apretar este gatillo y bum, desapareces”. Lo hace lamer la acera con la lengua y se ríe. Entierra la punta de su zapato en un ojo, el chorro rojo sale de una cuenca. Los empleados que habían salido corriendo, desde la acera de enfrente, le gritan que lo deje. El pordiosero ve desde la distancia y piensa que todo se paga en esta vida. Con otro cachazo noquea al Portu, entra al local y saca una pierna de res que monta en la carretilla.

 

7

Amanda recibe una llamada de Néstor. “Mami, en media hora estoy allá, ¿estás bien, los niños están bien?”. “Sí, papi, estamos bien, ¿dónde estás? ¿Qué estás haciendo?”. “Nada, mami, buscando el pan”. “Pero… ¿con qué plata, quién te prestó?, cuidado con una vaina, papi…”. “Tranquila, mami, tú tranquilita… te llamo para que me abras, voy pesado”.

La jefatura de Gato Negro recibe denuncias de varios negocios asaltados en Los Flores. Un tal fantasma ha vuelto a sus andadas. Pero tienen que descartar que el delincuente pertenezca a paramilitares o algún colectivo del oeste. No pueden meterse en líos con el poder. El comisario marca el teléfono de la gente clave pero no logra comunicarse. Es mejor esperar, piensa. Da la orden para que ninguna patrulla salga hasta nuevo aviso.

 

La justicia, como siempre, es ciega. La policía nunca atiende el llamado de la comunidad y deben tomar ciertas decisiones drásticas.

8

El olor nutre la cola de la panadería El Placer. Uno por persona pero no importa. Alcanzará para todos, dicen algunos. El fantasma se planta frente a la caja y apunta. “YO QUIERO DIEZ PANES Y SEIS LITROS DE JUGO, NOJODA”. Entonces se escuchan gritos afuera. Como a dos cuadras. Es un grupo de gente que viene creciendo de varias calles atrás. Armados con palos, machetes y herramientas de ferretería, buscan al fantasma. La gente de la cola comprende rápido. Ven las intenciones del atracador que pretende salir con la bolsa de pan, los jugos y la carreta de comida. Sus ojos sueltan un leve destello de temor. El arma en su mano se ve menos intimidante. La primera acción es bloquearle la salida. El fantasma da dos tiros al aire y retroceden, busca cómo salir con la carga. Observa que llega un grupo más grande y se coloca frente a la entrada del local. Piden su cabeza a gritos. Como esas películas donde las turbas quemaban a los monstruos. El corazón del fantasma se acelera y aprieta el gatillo sin economizar balas hasta que simplemente ya no salen. Lo agarran y le quitan la pistola. Pudo haber mandado algunos al otro mundo, pero esa es otra parte del juramento que se iba a llevar hasta la tumba.

El tumulto lo encabezan comerciantes y vecinos, hartos ya de los azotes de barrio. La justicia, como siempre, es ciega. La policía nunca atiende el llamado de la comunidad y deben tomar ciertas decisiones drásticas. Lo que le pasará al fantasma será un mensaje bien claro al crimen.

 

9

El timbre suena y Amanda abre. Rebeca, Napoleón y Gustavito, más atrás. Todos piensan que es papá, pero es la vecina del departamento de al lado que trae al dueño de la panadería El Placer. Le hace entrega de una carretilla atestada con comida: “Lo siento mucho, señora, la gente estaba como loca, y la policía no llegó a tiempo. Su esposo, puede encontrarlo en el Distribuidor La Araña”. Amanda deja a los niños con la vecina y suelta una carrera. A cien metros del lugar levanta su cabeza y sus zancadas van descendiendo hasta convertirse en sólo pasos. La esperanza de encontrarlo todavía con vida deja de tener sentido al verlo colgado del puente, con las manos cortadas.

Axel Blanco Castillo
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