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Camino Nuevo

martes 17 de marzo de 2020
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Camino Nuevo, por José Luis Ramírez de León

Nota del editor

Como parte de una brigada de abogados con el proyecto Casa Solidaria, del Proyecto Matria, el abogado puertorriqueño José Luis Ramírez de León enfrentó en persona el drama de los sobrevivientes del huracán María, que asoló la isla en septiembre de 2017. Primera de una serie, la historia que hoy publicamos es la crónica de uno de los miles de casos de familias que lo perdieron todo y que sólo recibieron indiferencia y tratos inhumanos del gobierno federal estadounidense.

A todas las voces anónimas sobrevivientes de María, cuyas historias también merecen ser contadas.

Recuerdo que era un sábado, a mediodía, a mediados de septiembre. Estaba en el Tívoli, a la entrada de mi barrio Camino Nuevo, en Yabucoa, tomándome una cervecita. En eso me llega un mensaje a mi celular. Era mi hermano Miguel. “Juan Antonio, parece que viene otra tormenta. Mira”. Entonces añadió un enlace del Primera Hora donde el Centro Nacional de Huracanes pronosticaba un huracán, y que venía en esta dirección. Ya habíamos pasado Irma, y recién nos había llegado la luz, después de haber estado como una semana sin ella. Irma fue mala, pero simplemente nos rozó, y como siempre, sólo nos tocaron los vientos de tormenta tropical; lo más duro de ese huracán apenas nos dio.

Me tomé la cerveza y me fui a mi casa. He vivido toda mi vida en Camino Nuevo. Mi hermano y yo vivíamos con Mamá en el sector El Tamarindo de Camino Nuevo, más arriba de las parcelas, en lo alto de un cerro que domina la vista de toda la costa de Yabucoa. Ese terreno nos lo cedieron mis abuelos, cuando papá se marchó y Mamá se quedó con nosotros. Primero era una casita de madera, pero con mi trabajo de bibliotecario en la Universidad de Puerto Rico, obtuve un préstamo de retiro y construimos una casa de concreto y varilla, sencilla pero sólida, con un amplio balcón en la parte trasera, para sentarnos a contemplar lo majestuoso del mar Caribe. Mis abuelos ya hacía mucho habían muerto, y mis tíos se fueron a la Florida uno, los otros dos a Connecticut, y allá hicieron sus vidas. El año pasado murió uno de ellos, pero no pudimos ir a su entierro allá; no teníamos quien cuidara a Mamá.

El parte pronosticaba que el disturbio se convertiría en un poderoso huracán justo antes de entrar al Caribe. Yo traté de calmarme.

Cuando llegué a mi casa, mi hermano Miguel andaba nervioso.

—Tengo un mal presentimiento —me dijo. Su mirada estaba muy nerviosa, y se fijaba en el cuarto donde estaba Mamá, mirando desde la cama a la televisión, donde transmitían la novela de la tarde. Me senté a mirar el enlace. El mapa que se mostraba en la pantalla del teléfono tiraba una línea curva, con entrada precisamente a estos lares. El parte pronosticaba que el disturbio se convertiría en un poderoso huracán justo antes de entrar al Caribe. Yo traté de calmarme. Lo de Irma me dejó mala impresión, y estar sin luz ni agua por una semana fue toda una odisea. Al menos nos pudimos resolver.

—No te alteres —le dije con aire de tranquilidad—. Lo importante es que tengamos lo necesario para sobrellevar la tormenta.

Mamá, diabética desde que yo tenga memoria, ya llevaba unos años encamada, desde que le dio un derrame y la dejó sin habla y sin poder caminar. Miguel era el que se encargaba de ella. Yo siempre salía hasta Río Piedras a trabajar en la universidad y llegaba por las tardecitas, luego de atravesar el tapón cotidiano del expreso. Pero hace tres años me jubilé, y ya desde entonces ayudaba a mi hermano a cuidar de Mamá.

Al otro día, el disturbio en el Atlántico era ya María, y venía para acá. Así que comenzamos a prepararnos —de nuevo— para afrontar el huracán. Nosotros teníamos unos tablones con los cuales pasamos Irma, y no nos pasó nada. Lo único que necesitábamos era algo de comida, y tener lo necesario para cuidar a Mamá. Entre mi hermano y yo comenzamos a martillar los tablones sobre algunas de las ventanas. El ruido de las sierras y un olor a aserrín sustituyó el aroma del salitre en el ambiente. Un aire de nerviosismo se apoderó del barrio completo.

Yo bajé al pueblo para hacer la compra. Ya para entonces, el supermercado estaba repleto de gente ansiosa y las colas en las cajas registradoras eran largas. Pero aun así pude adquirir lo que consideré que era necesario: productos enlatados, agua, baterías, velas. También compré un paquete extra de pañales desechables para Mamá, así como suplementos alimenticios y una ración extra de insulina, y para el lunes estábamos preparados. O al menos, eso pensábamos.

El monstruo comenzó a asomar su feo rostro, ya rayando la medianoche de ese miércoles. La luz no tardó en irse. Miguel y yo nos fuimos a la sala, y nos alumbrábamos con unos “flashlights” que habíamos comprado para Irma. No podíamos dormir. El viento rugía ensordecedor en el alto de nuestro cerro, y se metía el agua entre las rendijas de las ventanas. A Mamá la movimos del cuarto, y la pusimos en la sala. No podía hablar, pero en su mirada le vimos el terror que causaba el ruido del temporal afuera.

Ya a las cinco de la mañana lo que había afuera era algo que nunca había visto, ni siquiera con el Hugo o el Georges veinte años antes. Me asomé por la puerta, y la primera luz del día me mostró que los vientos habían arrancado de raíz no uno, sino dos árboles frondosos que estaban frente a la casa. La lluvia era tan copiosa que no podía ver la casa de la vecina que estaba un poco más abajo. El temporal rugía como una poderosa bestia salvaje, y estremecía la casa. El viento era intenso, y las ráfagas, aún peores. Fue entonces que escuché un ruido, como un marrón grande dando a la casa. Traté de abrir la puerta, pero se había atascado. La empujé y la abrí. Vi entonces que el vendaval estaba levantando el techo de la marquesina, y había grietas en el balcón.

—Miguel, tenemos que irnos —le dije—. Vamos a llevarnos a Mamá a la casa de la vecina.

Miguel no lo pensó dos veces. Sacó la silla de ruedas, y entre los dos pusimos a Mamá. A las seis y media de la mañana sentimos que ya el huracán no estaba soplando. Supe que era el ojo del temporal sobre nosotros, y Miguel y yo aprovechamos para salir y llevar a Mamá a la casa de la vecina. Ella nos abrió tan pronto llamamos; entramos, y de inmediato la acomodamos en un cuarto. Dejé a Miguel con ella y regresé a la casa para asegurar los muebles.

Cuando llegué, el agua había inundado toda la casa. Era horrible. Traté de sacarla con una escoba, pero ahí fue que comenzó el huracán a soplar de nuevo, en virazón, y con mucha más violencia. El techo sonaba más y más duro con cada ráfaga que azotaba. Entonces vi con espanto cómo se levantó completo, se dobló, y la lluvia y el viento entraban por toda la casa, desde el baño y el cuarto trasero. El viento abrió los closets y sacó todo lo que había adentro. Me refugié en una esquina de la sala, a esperar lo peor. De eso fueron como cinco horas más. Para mí, fue una eternidad. Fue tanto el ruido, que me desconecté; ni siquiera recuerdo cuándo, o cómo desperté.

—¡Juan Antonio! —me llamó gritando mi hermano. Me miraba con ojos aterrados—. ¿Estás bien? —me preguntó.

Me levanté de un sobresalto.

—Sí, estoy bien. ¿Qué hora es? ¿Todavía está malo afuera?

Miguel y yo nos volteamos a mirar la costa. Aquello era un cuadro de total devastación.

—Mano, son más de las tres de la tarde. Ya escampó un poco.

Cuando miramos la casa, nos quedamos aturdidos. La casa entera estaba inundada, y toda la parte de atrás de la casa, los cuartos, el baño, todo, estaba destruido.

Lo que quedaba era la ruina de una casa.

Mi hermano y yo salimos a ver los alrededores de la casa. Todavía estaba lloviendo un poco, y soplaba el viento, pero nada como por la mañana. Supe que era más de mediodía por el hambre. Cuando salimos, lo que vimos nos horrorizó. El techo se había levantado, partido y hecho trizas como si fuera porcelana que hubiera caído al piso. Sólo pedazos de concreto y varilla era lo que se veía. La mitad de la casa estaba a la intemperie. Únicamente la sala, el comedor y la cocina estaban cubiertos.

Miguel y yo nos volteamos a mirar la costa. Aquello era un cuadro de total devastación. Todo estaba completamente desolado. Las colinas y laderas estaban completamente despojadas de vegetación; sólo los troncos de los árboles más resistentes estaban de pie. Abajo en la costa, el mar había invadido los terrenos bajos; las pocas palmas que estaban en pie estaban totalmente desnudas. Me quedé un rato absorto; se me aguaron los ojos.

Una mano encima de mi hombro me hizo entrar en sí.

—Juan Antonio, ¿estás bien? Vamos, hay que despejar.

Fuimos a la marquesina. Al menos mi guagua, que estaba sobre la marquesina descubierta, estaba intacta. El pequeño Toyota de mi hermano no corrió igual suerte. Pedazos de concreto habían caído sobre el bonete y habían roto el cristal delantero. Así que sacamos los vehículos de la marquesina y los colocamos frente a la casa.

El temporal fue una pesadilla. Pero lo que pasó después fue inmensamente peor.

De Tamarindo no podíamos bajar. Mi hermano se fue a atender a Mamá, que estaba en un cuarto en la casa de la vecina, que había sobrevivido intacta los potentes vientos del huracán. Yo me fui con unos vecinos a limpiar los destrozos.

Comenzamos por despejar el camino. Nos tomó hasta la noche removiendo todo tipo de escombros: árboles y ramas de árboles, postes de alumbrado y del tendido eléctrico, techos y maderas; era una infinidad de despojos. Un vecino de Tamarindo trajo una sierra de gasolina; otro trajo un par de machetes, con los cuales él y yo nos pusimos a picar las ramas y pedazos de madera que bloqueaban el camino. Unos vecinos de las parcelas también subieron para ayudarnos. La densa oscuridad de la noche nos obligó a suspender los trabajos. Fue entonces que comenzamos a escuchar las plantas eléctricas, que ahogaban el sonido de los coquíes. Pronto el olor del humo de las plantas eléctricas inundó el aire. Todavía ese olor me provoca pesadillas.

Al otro día, mi hermano y yo comenzamos a despejar la casa. Excepto por la cama de posiciones de Mamá, todo lo demás se había perdido. Mi hermano y yo sacamos algunas piezas de ropa, la cama y par de sillas del comedor, y las acomodamos en el pequeño cuarto donde la vecina había acomodado a Mamá. La vecina fue demasiado generosa al traernos unos colchones para que no durmiéramos en el piso. Ella tenía una pequeña planta de emergencia, con la cual podía mantener encendida la nevera, y cargar nuestros teléfonos. De la casa nuestra pude traer un pequeño radio transistor de baterías. Escuchando una de las pocas estaciones AM que funcionaban, nos enteramos de que la isla entera estaba destrozada.

La próxima odisea fue conseguir gasolina para la guagua. Tan pronto el camino quedó despejado, bajé a la carretera. Toda Yabucoa estaba en el piso. No había gasolina en ninguna de las gasolineras. A los dos días fue que abrieron como dos, y tuve que hacer una fila de como tres horas para entrar. Tuve suerte: pude llenar el tanque. Tan pronto salí, cerraron la gasolinera porque se había agotado el combustible.

Por la radio me enteré de que la Fema había llegado a Humacao. Así que tomé fotografías a toda mi casa para documentar la destrucción y hacer la reclamación. Fui hasta Humacao. Primero acudí a una farmacia que tenía una planta de emergencia, y luego de hacer una fila como de una hora, pude imprimir las fotos, las organicé cuidadosamente, y me fui al centro de Fema, donde hice la fila para hacer la reclamación. La que me atendió me dijo que tenía que hacer la solicitud por Internet.

—Señora, no entiendo. ¿Tengo que llenar la solicitud por Internet? Mire, apenas mi celular tiene señal. Mi casa quedó destruida, y donde nos quedamos no hay luz. ¿Y qué hago con estas fotos?

—Entonces tiene que esperar a que venga el resto del staff. Ellos vienen la semana que viene.

Tengo a mi madre encamada y enferma. Por favor, haga algo por nosotros —le supliqué.

Así que tuve que esperar una semana completa para volver a Humacao. Con la escasez de gasolina, casi no podía salir. De lo poco que saqué de mi casa, pudimos comer. Menos mal que vino un camión del municipio y nos trajo agua embotellada, y algunas latas de comida. Pero no fue mucho.

Al cabo de la semana, regresé al centro de servicios de la Fema. Otra señora me atendió.

—Vengo a hacer la reclamación. Mi casa en Camino Nuevo de Yabucoa quedó destruida. ¿Dónde puedo llenar la solicitud?

—El caballero que está en esa mesa está llenando las solicitudes. Haga la fila allá.

Luego de esperar tres horas por mi turno, el oficial de la Fema me atendió. Era un latino; por el acento, me sonaba como mexicano. Me tomó la información, llenó la solicitud, fotocopió las fotos, y me dijo que un inspector de la Fema vendría a verificar los daños.

— ¿Y cuándo sería eso?

—Tiene que esperar.

Se me aguaron los ojos.

—Mire, no podemos esperar mucho. Mi casa quedó destruida. Apenas ha visto las fotos. Estamos de refugiados en casa de una vecina en Camino Nuevo. Tengo a mi madre encamada y enferma. Por favor, haga algo por nosotros —le supliqué, mientras le mostraba las fotos. Entonces el funcionario prestó atención.

El mexicano abrió los ojos.

—¿Y es esa su casa? ¿Y así quedó? —me miró con aire de total incredulidad.

—Sí, señor. Así nos la dejó el huracán. Por favor, haga algo por nosotros.

—Voy a hacer una anotación en el sistema para que le adelanten la ayuda de emergencia. ¿Tiene cuenta de banco? Anótelo aquí. Anote aquí también su dirección postal para avisarle cualquier cosa. La Fema le contestará en unos días.

Unos días fue que pasaron como dos semanas para que me notificaran que me estaban dando una ayuda de emergencia de quinientos dólares.

Pero Mamá ya no pudo aguantar. El calor en la casa de la vecina era insoportable. Se nos puso mala el día antes de que me avisaran de que tenía el dinero disponible, y Miguel y yo corrimos con ella a Humacao para el hospital.

Cuando llegamos, el hospital estaba a oscuras. Entramos a sala de emergencias, pero la enfermera de turno nos interrumpió el paso.

—Caballero, no puede pasar.

— ¿Cómo que no podemos pasar? ¿Y qué hacemos con Mamá? ¡Mire que ella está mala! ¡Necesita ayuda!

—Le entiendo, pero la planta de emergencia lleva como una hora dañada, y no nos han dicho cuándo estará lista. Se nos han muerto dos pacientes ya. Nos dijeron que no podemos aceptar pacientes. Vaya al hospital Hima en Caguas; allá estamos enviando a todos los pacientes, en lo que se resuelve el problema acá.

Con suma dificultad, volvimos a montar a Mamá en la guagua. Ella se quejaba de dolor incesantemente. Mi hermano Miguel no se despegaba de ella. Una angustia profunda se apoderó de nosotros.

Arranqué como un bólido a Caguas. Aun con el tráfico pesado, llegamos en menos de veinte minutos al hospital. De veras, no sé cómo lo hice; como que un tizón encendido se me pegó y puse el pie sobre el acelerador. En menos de lo que pensaba, ya estaba entrando al hospital.

Coloqué la guagua en el área de las ambulancias. Mi hermano brincó como un resorte y vino con dos enfermeros y una silla de ruedas. Montamos a Mamá y vi cómo se la llevaban al interior del área de emergencia.

No tuvimos que esperar mucho. Los enfermeros la atendieron rápido. Por sus miradas, supe que la situación de Mamá era muy seria. Estaba deshidratada, no estaba orinando, y su mirada estaba desorientada.

—Mamá es diabética —les dije.

— ¿Cuándo fue la última vez que le pusieron insulina?

— Esta mañana. Traje el potecito de insulina. Aquí lo tengo —les mostré el medicamento.

— ¿Estaba refrigerada la insulina?

—Mire, en la casa de la vecina la planta funciona de cuatro a cinco horas, porque casi no hay gasolina. Al menos enfría algo la nevera.

—Caballero, la insulina está dañada. Vamos a ver qué podemos hacer.

Miguel me había enviado un mensaje de texto. No quería leerlo, porque la zozobra me traicionaba; yo ya me anticipaba una fatídica nota.

De inmediato se llevaron a Mamá, todavía en la silla de ruedas. Mi hermano se fue detrás de ella y los enfermeros.

—Juan Antonio, no te preocupes. Cualquier cosa, te aviso.

Tras de ellos, las puertas de la sala de emergencia se cerraron. Esa imagen de Mamá siendo llevada en la silla al interior de la sala todavía no se me borra de mi mente.

Yo me regresé a Camino Nuevo. El paisaje de repente lucía lúgubre, y mi viaje hasta el barrio me pareció largo. En el cuarto, ver la cama vacía de Mamá me llenó de angustia. Casi no me dio apetito. Me costó trabajo dormir.

Al otro día, con los primeros rayos del sol, sonó el timbre del celular. Miguel me había enviado un mensaje de texto. No quería leerlo, porque la zozobra me traicionaba; yo ya me anticipaba una fatídica nota. No quería mirar, de veras, pero allí estaba el mensaje en la pantalla. “Mamá se murió”, me escribió. “Me dijeron que fue fallo renal”. Sentí que se me cayó el mundo.

Acudí al hospital. El camino me pareció eterno. Cuando llegué, mi hermano estaba derrumbado en una de las sillas del área de espera de la sala de emergencia. Me miró con ojos llorosos.

—Hace como dos horas y pico que falleció. Ni siquiera llegó a ver la luz del día. Y no fui el único.

Señalando hacia una esquina, me apuntó hacia una familia. Un hombre lloraba y rabiaba amargamente, mientras que lo que me pareció era su esposa estaba a su lado, consolándolo. Me compungió sobremanera la escena.

Entonces mi hermano me habló.

—Esa familia acaba de perder a una niña. Oí que tenía leucemia, pero el medicamento que se necesitaba no estaba disponible. Lo mandaron a buscar de urgencia, pero los federales detuvieron el paquete porque les pareció y que sospechoso. El papá tuvo que ir corriendo al aeropuerto, a rogar para que le dieran el medicamento. Oí que se alteró cuando el oficial de aduanas, que se jactaba de que era hijo de un juez federal, decía que así no se lo podía pedir. Que tenía que suplicarle. Supuestamente el papá se tiró al piso a rogarle. No sé cómo terminó la cosa, pero tal parece que con el revolú, el supervisor intervino, y fue entonces que le dieron el paquete. Pero llegó tarde; te digo que no lleva ni media hora acá. La nena murió casi al mismo tiempo que Mamá. Esto es una tragedia.

El entierro de Mamá fue una comedia de horrores. Primero, nos dijeron en el hospital que el protocolo establecía que había que conducir una autopsia. Así que se llevaron el cadáver a Ciencias Forenses. Pasaron los días, y no nos avisaban.

Como a los diez días de estar esperando, por la mañana temprano llamé allá, y la señorita que contestó, de mala gana nos dijo que había muchos cadáveres.

—Tiene que venir acá a reclamar su cadáver, señor —me dijo, antes de colgar el teléfono.

Así que me fui hasta Río Piedras, a Ciencias Forenses. Allí me enteré de que todavía no habían conducido la autopsia, de que tenían muchos cadáveres en turno para ser examinados. Aquello me pareció inaceptable. Les exigí que me entregaran el cadáver. Entonces me hicieron firmar un montón de formularios y de formas de consentimiento y relevo. Fue entonces que me dijeron que ya podía llevarme el cadáver.

Ya mi hermano se había comunicado con una funeraria en Yabucoa, y había hecho los arreglos. Llamé a la funeraria. En una hora vino una guagua de la funeraria a llevarse el cadáver. Al menos fueron muy eficientes. Yo seguí el vehículo hasta Yabucoa. Mientras introducían el cadáver por la puerta trasera, me fui a la oficina a llenar los documentos para el entierro. De repente, el embalsamador se apareció en la oficina.

— ¿Es usted Juan Antonio Torres?

A la semana de haber enterrado a Mamá, llegó a Tamarindo un americano de la Fema que apenas hablaba español.

—Sí, ¿por qué? ¿Qué pasó?

—Mire, no podemos preparar el cadáver como debe ser. El cuerpo está en estado de descomposición. En la morgue parece que la tenían en un tráiler sin refrigeración. Hay que enterrarla rápido. Lo lamento mucho. Nosotros haremos las gestiones con el cementerio municipal para que mañana la entierren.

La velamos esa misma noche. Apenas pudimos avisar a los primos en Florida y en Connecticut. Al otro día, la enterramos. Sólo la vecina, un primo que vive en el pueblo, y par de amistades de las parcelas estuvieron con nosotros. Mi hermano no se despegaba del ataúd, que estaba cerrado. En cambio, yo, sentía un dolor de rabia. Tener que enterrar a nuestra madre de esta forma. Miré a mi hermano al lado del ataúd. Entonces lloré amargamente.

A la semana de haber enterrado a Mamá, llegó a Tamarindo un americano de la Fema que apenas hablaba español. Acudió a lo que fue nuestra casa, entró, tomó algunas fotos, hizo algunas preguntas en un español que yo casi no entendía, verificó los alrededores, tomó algunas notas, y terminó. También tomó fotos al Toyota de Miguel. Le mostré las fotografías que había tomado, pero me dijo que no las necesitaba. Finalmente, me dijo que tenía que esperar, que la Fema me iba a contestar en unos días.

La carta de la Fema demoró un mes en llegar. Cuando llegó, abrí el sobre con gran anticipación. Lo que leí, me desmoralizó. Necesitaban evidencia adicional, me escribieron. Solicitaban evidencia de que ocupábamos la casa para el temporal, así como el título de propiedad de la casa. Increíble. Mi casa destruida, y ahora es que vienen con estos requisitos, pensé yo. De los muebles, el Toyota y la solicitud para alquilar no dijeron nada. Me la pusieron difícil estos, me dije yo.

Así que, al otro día, tuve que ir a Acueductos en Humacao para buscar una copia de una factura del mes anterior al huracán, porque la oficina de Energía Eléctrica estaba cerrada. Al menos con la factura —que por fortuna estaba a mi nombre— podía demostrar que vivía en la casa para el momento del desastre. Para el título de propiedad, fue lo más difícil. Fui al Crim, y luego de estar todo el día allí, me dieron una certificación. Ahí fue que me di cuenta de que el terreno todavía aparecía a nombre de mis abuelos. Me expidieron la certificación.

Llamé a la Fema para decirles que tenía los documentos y preguntar cómo se los sometería y a dónde. A pesar de que supuestamente había una línea en español, me atendió una dama que no sabía hablarlo. Tuve que esperar a que le trajeran un traductor para que también estuviera en la misma llamada telefónica, a pesar de que yo podía hablar algo de inglés. Luego de una conversación tan complicada como difícil, finalmente me dijeron que sometiera los documentos, junto con una carta explicativa, y que podía dejarlos en el centro de servicios de Fema más cercano.

Con la paciencia de Job, regresé al centro Fema de Humacao a la mañana siguiente, donde sometí la certificación, las fotos, la factura y los certificados de nacimiento de mi mamá, el mío y el de mi hermano, así como una carta explicativa que hice a mano, en español, para probar que somos los herederos. También me aseguré de que en la reclamación quedara incluida la solicitud de ayuda para el reemplazo de los muebles, así como los daños del Toyota de Miguel. Cuando me tomaron los documentos, me dio algo de ansiedad. Ojalá me indiquen cuánto me van a dar para reconstruir la casa, me dije.

Con la ansiedad de la espera, todos los días iba al buzón del barrio, donde recibo la correspondencia, para verificar si había llegado la carta. Después de dos semanas, me cansé de la tensión que me causaba ir al buzón. Todavía la Fema se demoró un mes más para enviar la carta con su contestación. Cuando abrí la carta, sentí que me cayó un balde de agua fría. Me escribieron para decirme que daban como 2.500 dólares para el reemplazo de los muebles que había dentro de la casa. También concedieron como ochocientos dólares para irnos a vivir alquilado por dos meses. Pero para reparar la casa nos denegaron la ayuda. Me dijeron que no tenía título de propiedad, y que los daños no eran tan sustanciales. ¿Y cuál es el propósito de darnos ochocientos dólares para vivir alquilados por par de meses, si no tenemos casa? ¿Qué rayos es lo que están pensando estos americanos? También me negaron la ayuda para reparar el Toyota. Increíble, decía que los daños del vehículo no impiden que se pueda utilizar. ¿Y el cristal roto? ¿Cómo se puede conducir un carro así? De veras, yo no lo podía creer. No tuve el corazón para decirle a mi hermano. Él estaba visitando a unas amistades en las parcelas.

Nuevamente me armé de paciencia, y regresé una vez más al centro de asistencia de la Fema en Humacao a reclamar. Allá me dijeron que tenía que apelar la decisión. Me comentaron que tenía que hacer una carta, que tenía que hacer una declaración jurada. Me indicaron que, con la carta, tenía que someter también un estimado de un contratista. Así que tuve que buscar todo eso. Fue una odisea reunir de nuevo documentos. Localizar a un contratista certificado fue una empresa poco menos que imposible. Todos estaban ocupados; solicitarles una visita era como pautar una cita con endocrinólogos. Pero al menos, me acreditaron como 3.300 dólares a mi cuenta de banco. Eso sí se lo dije a mi hermano. Con la emoción, ni siquiera preguntó por lo de su carro. No me atreví a decirle.

Con los ochocientos dólares, buscamos una casa en las parcelas para mudarnos. Todo lo que encontramos fue un apartamento detrás de una casa, con un cuarto, una cocina pequeña, un baño más pequeño, y su salita. Estaba sencillamente amueblada. Al menos nos lo alquilaron por doscientos dólares mensuales para resolver. En la casa de la vecina estuvimos como cinco meses y medio. Cuando nos mudamos, ella se puso muy triste. Al menos le servía de consuelo que íbamos a estar cerca. Nos dijo que se había enterado de que como diez familias que ella conocía en las parcelas se habían marchado a Florida y a Nueva York porque ya estaban hartos de estar tanto tiempo sin luz.

Todo eso me contó don Juan Antonio Torres cuando le entrevisté en la capilla de las parcelas de Camino Nuevo.

El día que nos mudamos, finalmente llegó la luz a Camino Nuevo. Eran como las tres de la tarde. La algarabía que se formó en el barrio fue algo que ni en Año Viejo. La gente salió a la calle a celebrar, todos se abrazaban, y lloraban de la alegría. Parecía que hubiese sucedido un milagro.

—Pero hoy, yo me siento cansado. Mi hermano y yo llevamos como dos meses viviendo en el apartamento. Cuando fui a la mueblería del pueblo, el estimado de lo que necesitaba para equipar la casa no bajaba de 5.000 dólares. Después de tanto buscar, finalmente conseguí un contratista de Ponce que muy amablemente accedió a venir a evaluar la casa. Nos dijo que reconstruir mi casa cuesta más de 40.000 dólares. No puede ser, me dije. Yo no tengo ese dinero. Yo ya he dado demasiadas vueltas. Para el título de propiedad, un abogado en Yabucoa nos ofreció a mi hermano y a mí tramitar una declaratoria de herederos y un expediente de dominio, pero nos dijo que todo eso sale en 2.500 dólares como mínimo. Para mí, eso es demasiado tiempo y dinero. No cuento con un seguro privado y no puedo conseguir dinero prestado. Fema sigue diciendo que no. No sé qué más hacer, licenciado.

Camino Nuevo, por José Luis Ramírez de León

Todo eso me contó don Juan Antonio Torres cuando le entrevisté en la capilla de las parcelas de Camino Nuevo, a donde habíamos acudido un grupo de abogados voluntarios para tramitar apelaciones ante la Fema. Primero me mostró todos los documentos, impecablemente organizados en un cartapacio. Le preparé una declaración jurada, así como una carta de apelación en el idioma inglés. Con paciencia, le expliqué que la declaración jurada era para explicar el interés propietario de él y su hermano sobre la casa, pero que, por experiencia, le dije que la Fema lo que espera son documentos acreditativos de propiedad antes del desastre; le mencioné que la agencia estaba rechazando sistemáticamente las declaraciones hechas con posterioridad al huracán. Tuve que explicarle que la Fema solamente aceptaba evidencia de título de propiedad previo a la fecha del desastre. Pero para don Juan, ya eso no importaba. Al menos, eso fue lo que hizo entender. En sus ojos le noté el cansancio. Una leve sonrisa se asomó a su rostro.

Cuando terminé de preparar los documentos y la declaración jurada, me los firmó sin chistar. Entonces fue que me contó esta historia. A mí me rompió el corazón. Pero lo que me impresionó fueron las fotos que había tomado el hombre. Me las mostró con solemnidad y me permitió documentarlas. Las fotografié y se las devolví. Don Juan las recogió, las colocó cuidadosamente en el cartapacio. Luego de darme las gracias, se marchó con el cartapacio en la mano, los documentos que le había colocado en un sobre predirigido, y la ilusión de una nueva expectativa, de algo distinto que pudiera ser positivo, o más bien, eso quise pensar yo. A mí se me aguaron los ojos. Ayer había leído en un titular de un periódico que la Fema estaba rechazando un gran porciento de las apelaciones, precisamente por problemas de titularidad. No sé si don Juan lo había leído. Su mirada era serena, de persistencia. Para él, era otro día.

Me levanté y me asomé por la ventana. En lo alto del cerro de Camino Nuevo, ondeaba la monoestrellada, solitaria y oronda. A su alrededor, la loma mostraba color de esperanza.

José Luis Ramírez de León
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