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La piedra y el mágico

martes 14 de abril de 2020

Peinó a los muñecos a manera de despedida o caricia piadosa. Se fumó todos los dedos de la mano. Pasó la noche en vela, no sabía qué hacer. En esa noche aciaga, en esa encrucijada que la vida le ponía, Renzo recordó su pasado. Renzo vivía junto a su madre y su hermana en una casona de arquitectura colonial. La casa fue una de las más hermosas del pueblo de Valle Hondo, hasta que su padre, un día decidió marcharse para siempre agobiado por los problemas económicos, dejando solamente una fotografía de cuando era muy joven. Renzo guardó esa foto como un tesoro y, en las noches más desoladas, la utilizaba para marcar las páginas de sus libros. La economía familiar se vio mermada tanto por la condición especial de su hermana, como también por el desapego y excesiva “bondad” de la madre. En la casa venida a menos hacían falta muchas cosas: ventiladores, mesas, muebles, ropa y hasta alimentos. Todo eso gracias a las obras caritativas de la madre de Renzo. La orden de las hermanitas descalzas, el hogar de los abuelos desamparados, la iglesia del divino socorro y el albergue de perros de la calle salieron beneficiados.

Desde chico, Renzo tenía grabada la imagen materna con la piedra en la mano. Era una piedra lisa, de río.

Desde el abandono del padre, su madre era el sostén de la casa. Se retiraba muy temprano a trabajar largas jornadas en una factoría local, y regresaba cuando Renzo y su hermana yacían dormidos. Ante las ausencias prolongadas de la madre, Renzo alimentaba a su hermana todos los días, lo hacía puntualmente y con gran esmero. Mientras lo hacía, le contaba historias increíbles inventadas por él mismo, todas con un final feliz. Luego, hacían algo que convirtieron en un ritual, un juego que los unió y hermanó mucho más. Sacaban a los muñecos de sus cajas, los ponían en fila india, los peinaban uno por uno durante un rato, y más tarde, antes de meterlos nuevamente en las cajas, los despedían con una caricia piadosa. Estas tareas de alimentar a su hermana y jugar con ella hacían que Renzo se sintiera útil, lo diferenciaban de los objetos de su cuarto.

Renzo pasaba largas horas encerrado en su cuarto leyendo, devoraba cada página con hambre exploradora. Era todo un autodidacta ya que nunca asistió a la escuela. Además de eso tenía un rompecabezas gigante del Big Ben de Londres, que armaba y desarmaba para pasar el tiempo.

Desde chico, Renzo tenía grabada la imagen materna con la piedra en la mano. Era una piedra lisa, de río. La utilizaba para ablandar los alimentos y la heredó, según ella, de su madre, y así sucesivamente de generación en generación.

Sin embargo, Renzo notaba un ritual o uso ceremonioso de la piedra. Su madre murmuraba algo al momento de utilizarla, una frase inentendible, o al parecer en otro idioma. También la utilizaba para rezar en los días que no acudía a la factoría. Puntualmente, a las tres de la tarde, empuñaba la piedra con la mano derecha, hasta que sentía cada gota de sudor pasar por su codo hasta el suelo.

El día en el cual Renzo conoció al mágico, todo cambió. El mágico era un viejo charlatán, barbudo, de aspecto descuidado. Leía la mano por unos pocos centavos, era un vagabundo que no sabía dónde dormiría cada noche, pero por su habilidad y buena dicción, inspiraba confianza. Salió muy temprano de su casa sin que lo notaran los vecinos chismosos. Caminó hacia un parque en la avenida principal, avistó una banca donde un hombre canoso alimentaba a las palomas, pidió permiso y se sentó.

—Buen día, Renzo.

—¿Cómo sabe mi nombre? ¿Es acaso adivino?

—¡Ja, ja, ja!, lo sé todo, soy el mágico. Eres muy inocente, tal vez eso te protege. Sabes, en el mundo hay mucha maldad. Yo tengo poder, puedo hacer que ese infeliz que cruza la calle sea arrollado.

Decidió desde ese día encerrarse para siempre en su mundo, en su cuarto, en el laberinto de sus libros, en sus entrañas, en sus huesos.

—¿Lo haría? ¿Se atrevería?

—Podría, pero no, no lo haré. Te daba un ejemplo.

—¿Qué más sabe de mí? Claro, si quiere decirme.

—Mira, en tu casa hay una piedra que es guardada y cuidada con gran recelo, oculta un gran poder, es una brujería muy fuerte, es algo maligno. Deberías deshacerte de ella. También sé que cuando lees un libro, marcas las páginas con la fotografía de tu padre cuando era joven, muy joven.

—¿Podría decirme el paradero de él, de mi padre?

La conversación fue interrumpida porque justo en ese momento, un hombre resultó arrollado, y Renzo al voltear y volver la cabeza ya no encontró al mágico.

Renzo pasó muchos días pensando en aquella conversación con el mágico, con el asunto de la piedra que incluso antes del encuentro con ese charlatán lo mantenía obsesionado. Un día, la piedra estaba ahí, frente a él, como un peso en los hombros, como un monolito del pasado. Rígida, fría, oscura, pero viva, tanto como él. Aunque siempre había sido alguien flojo de carácter, alguien dubitativo a la hora de tomar decisiones, ese día se arriesgó. Tomó la piedra con la mano derecha, la misma con que alimentó a su pequeña hermana durante años, la apretó hasta sentir cada gota de sudor pasar por su codo hasta el suelo, y la arrojó con toda su rabia a través de la ventana. Sintió en ese instante que se quitó un yunque que llevaba a cuestas desde el momento de su nacimiento. Renzo, al lanzar la piedra, no se percató de que su hermana jugaba en el jardín con los muñecos. Recibió el impacto que la dejó durmiendo eternamente.

Renzo no asistió al entierro, no fue capaz. Decidió desde ese día encerrarse para siempre en su mundo, en su cuarto, en el laberinto de sus libros, en sus entrañas, en sus huesos. Su madre se encargó de todo, de los trámites legales, de despistar a los vecinos chismosos y de que ese accidente lamentable quedara, así, olvidado.

A Renzo se le dificultaba el sueño. En las noches posteriores a la muerte de su hermana, escuchaba ruidos en el cuarto contiguo. Él podía jurar que esos ruidos, aunque nunca lo comprobó, se producían por las innumerables vueltas que daba el rosario de su hermana colgado en la pared. Incluso un día, le pareció ver a su madre ocultando con una brocha y pintura las marcas en forma de círculos alrededor del rosario. Entonces, tomaba los muñecos de su hermana y los abrazaba hasta quedarse dormido.

Pasaron años y más años de enclaustramiento, de vivir como un ermitaño autodidacta, leyendo los mismos libros una y otra vez, de armar el mismo rompecabezas tantas veces como piezas tenía el Big Ben gigante, de salir una vez al día a la puerta del cuarto a recibir un plato diario de comida que su madre le dejaba en el piso, en fin, de estar fijo como la piedra inútil que tanto odiaba.

A medida que se acercaba a la puerta, sintió algo similar a un nuevo nacimiento, vio el camino hacia la luz que siempre le fue esquiva.

Llegó el momento, una pausa inesperada. Fue en uno de esos días monótonos, ya no escuchó más ruidos en la casa. No sintió a su madre ir y venir de la factoría, ni sus rezos a las tres de la tarde. Renzo vivió trances de mucha ansiedad, de hambre no sólo física sino también espiritual; recordaba a su hermana inocente, con la mirada lánguida, y se calmaba repitiendo el juego “a manera de ritual” que tanto la unió a ella. Por otra parte, los vecinos chismosos, agradecidos con la madre de Renzo por tantas dádivas y limosnas, siguieron llevando un plato diario de comida hasta la puerta del cuarto del hijo ermitaño.

En el amanecer de aquella noche en la cual Renzo se fumó todos los dedos de la mano, realmente no sabía qué hacer, si salir del laberinto de sus libros, de su cuarto, de sus entrañas, de sus huesos, donde siempre se había escondido, o encarar la realidad, ese perro acezante que se paraba enfrente. Tenía que salir. Por segunda vez en su vida se enfrentaba a una toma de decisión que podía ser trascendental, y eso era mucho para alguien como él. Tomó la foto de su padre, abrió la puerta del cuarto, hizo un camino entre las telarañas, entró al cuarto contiguo, el de su hermana, se dirigió hasta el rosario y lo tomó con la mano derecha. Observó la pared y la palpó suavemente haciendo círculos con su dedo índice. Luego se paseó por la cocina, la sala, el patio. No encontró rastros o pistas de su madre y, para su alivio, tampoco de la trágica piedra. A medida que se acercaba a la puerta, sintió algo similar a un nuevo nacimiento, vio el camino hacia la luz que siempre le fue esquiva. Al escuchar que alguien llamaba a la puerta precipitó el paso, la abrió de un jalonazo y, para su sorpresa, no había nadie. Entonces, con la foto de su padre en la mano, inició una caminata hasta el parque. Fue una caminata triste, digna de un derrotado; las personas al verlo lo evadían y, en el mejor de los casos, le ofrecían algunas monedas. Pero a Renzo eso no le importaba, todo su cuerpo era impulsado por la fuerza del recuerdo de la conversación con el mágico. Quería volverlo a ver y preguntarle nuevamente por su padre, saber su paradero. Finalmente llegó al parque, avistó una banca donde un hombre canoso alimentaba a las palomas, un hombre que a medida que él se acercaba iba desapareciendo, un hombre que a medida que él se acercaba iba apareciendo entre sus manos, en la foto.

Ricardo Jesús Mejías Hernández
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