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La dama de las manos heladas por las noches del invierno
—Colección de comentarios impertinentes—

jueves 30 de abril de 2020

Previa

Las islas aburridas sospechan, más allá de aquella costa, que el beso de la espuma quizás es un regalo en sus prisiones. Habitan el callado, terrible cautiverio de los mares y sienten soledades que nunca imaginó ningún pedrero. No puede ser que el alba no quiera saludarlas a su paso, no puede ser que el brillo primero no las toque con su magia.

Vosotros, que sois islas, perdéis la travesía que os ofrecen los mares que habitaron las olas que llegaron de lo lejos, las olas que llegaron de tierras apartadas en lugares que nunca sospechasteis, que no están en los libros de consulta. Dejad de buscar ya las zonas donde nacen esas olas: su origen es misterio que no se ha revelado todavía.

Y ahora, porque estamos a punto de iniciar esta lectura, sentid ese salitre que viene con la espuma en cada brisa, gozad de cada verso y hablad con cada brisa lo curioso, si existe lo curioso, si vive en vuestra rara fantasía. No ignoro que sabréis hallar lo que hay de lírico en el aire, no ignoro que os es dado tener ese disfrute repentino.

 

La dama de las manos heladas por las noches del invierno nos habla de veredas ocultas en las nieblas del paisaje.

I

La dama de las manos heladas por las noches del invierno nos ve tras los cristales, y sé que su mirada nos confunde, queriendo que se pierda por bosques olvidados, solitarios, que viven en nosotros, que explotan cada parte de nosotros: su aliento nos alcanza, nos roza, nos promete su vacío; su voz, ligera y dulce, nos lleva a una deriva de amarguras.

La dama de las manos heladas por las noches del invierno se esconde en la lechuza, se esconde en los anfibios del camino, y, hallando noches bellas de lluvia en los comienzos del otoño, nos habla de los sueños que existen más allá de las vivencias. Sus ojos son hermosos y miran con la calma de los lagos que suelen deleitarse, que juegan repitiendo los crepúsculos.

La dama de las manos heladas por las noches del invierno nos habla de veredas ocultas en las nieblas del paisaje, del viaje que, algún día, tendremos que emprender a alguna parte, quién sabe en qué regiones, quién sabe en qué lugares escondidos. El miedo es nuestro cuño: nosotros lo inventamos solamente, lo hacemos algo cierto, mostrándonos más débiles y endebles.

 

II

La gente que se sabe inteligente no toma la palabra, pero muchos espíritus locuaces se confiesan: el bar es un lugar donde es posible dejar que fluya raudo ese discurso que suele el bebedor en hora mala. Beber tiene su punto de catarsis y hay mucha porquería en el espíritu. También existe mucho aburrimiento.

Buscar en la lectura algún consuelo parece lo prudente en estos casos, teniendo buenos libros, como es lógico. Y el caso es que el discurso de los sabios alienta a los que somos pretenciosos y hacemos versos raros, prosas tristes. Hablar es desahogarse, y el que escucha, lo mismo que el que lee algún relato, se embriaga con lo bueno y con lo malo.

De todos modos, se hace aconsejable, merced a que los libros son diversos, tener las referencias adecuadas. Y todo lo demás lo hace el paisaje: queremos aislamiento y lo buscamos en una habitación paradisíaca: en ella somos náufragos que viven al margen de la vida que discurre, debajo, más allá de la ventana.

 

III

Hablar del cementerio, decir en versos tristes extrañas reflexiones, contarle la verdad a los que viven de aquellos que no están, pero estuvieron, y ver, con sensaciones melancólicas, las flores en las lápidas, los mármoles eternos, el gusto por el mármol duradero, por esas vetas grises en lo blanco…

Mirarse entre cipreses buscando la respuesta de todos los misterios. Sentir que la condena de la vida termina en un tropiezo desdichado que sabe contemplar al abatido, queriendo ser sensato, queriendo los alivios que no obtendrá del viento ni el paisaje, por más que son amigos en la lucha…

Venir a confesarse del duelo más humano: saberse limitado. Contar las horas tristes que discurren, los días que se pasan y no vuelven, los meses que se escapan a su antojo. Y luego hacer sonetos, contar las inquietudes al aire que nos lee y a ese polvo que suele contemplar las horas muertas.

Esta es la solución de los mortales.

 

IV

Los tiempos del pasado nos hablan de nostalgias que quedan a lo lejos. Y todos fuimos niños en los días de aquella infancia llena de belleza, la misma que añoramos con recuerdos. Los tiempos del pasado murieron lentamente, y hay algo que persiste de esos tiempos. Si no, ya no seríamos los mismos.

Y sabe cada piedra que fuimos esos chicos que vieron esas playas: las calas aún recuerdan nuestros nombres, los saben y los repiten a la espuma que no nos pudo ver en esas épocas. Y fue corriendo el aire y el aire llevó el tiempo. No somos niños ya cuando miramos las olas que nos llegan de lo lejos.

Y, al ver el horizonte, sus aguas, sus espumas, entonces entendemos: la muerte nos derrota cada día, nos hiere cada día en la batalla que libra la conciencia con la angustia. Sabiendo, sin embargo, que todo está perdido, nos queda la conciencia del presente, y así todo es más fácil para todo.

 

V

La gente de los tiempos del Barroco sabía que el final estaba claro: no hay nadie que resista a su destino. ¿Debemos ofrecerles un tributo, tal vez, por ese dardo tan amargo? Quizás esas verdades son incómodas…

La gente de los tiempos del Barroco nos deja su legado incontestable. Amemos la maestría de su verso.

 

Las nubes perezosas se van buscando reinos en los reinos que muestran un castillo con sus torres en siglos que no saben de castillos.

VI

El mundo del adulto no quiere conocerse en el pasado, por eso los poetas y sus versos parecen mentirosos a la gente. Yo os digo que el poeta jamás fue un mentiroso ni en su prosa ni en versos que apuntara en su cuaderno, con letra de escolar, como los niños.

Sus bellas descripciones nos hablan de lugares donde el cuélebre se mezcla con bandadas de estorninos que saben dónde vive el unicornio. Las nubes perezosas se van buscando reinos en los reinos que muestran un castillo con sus torres en siglos que no saben de castillos.

De niño siempre es fácil hablar con cada sombra en el pasillo, saber de cada sombra en el pasillo, mentir con cada sombra del pasillo. Pensad que, con la infancia, los juegos son frecuentes, que la vida nos manda, nos ordena que juguemos, que es parte del deber del crecimiento.

Y hablamos con las sombras, jugamos con las sombras y mentimos, fingimos como suele el novelista, creamos ese mundo alternativo… De niño siempre es fácil hablar con cada sombra en el pasillo, saber de cada sombra en el pasillo, mentir con cada sombra del pasillo.

 

VII

Fue extraño conocerla, saber de su existencia, hallarla en el paraje. Tenía la belleza de los ángeles, el rostro de los mármoles de antaño, la magia del artista en su cintura. Tenía la belleza que no tienen las diosas. Y un algo en su mirada blanquecina volvía a recordarme su destino.

Quien ama la escultura se fija en esas cosas. Pero ella era una joya. Y digo todavía que vivía, que había en su mirar y en ese gesto, la voz de algún aliento deshojado. Allí la conocieron mis ojos al mirarla: tenía la belleza de otro tiempo, sabiéndose ante el tiempo siempre joven.

Pero era ya muy tarde: enero tiene prisa y el sol ha de acostarse. Muy pronto será noche y se hace tiempo de andar ese camino, por la cuesta, llegando hasta la villa, tras la curva. Entonces hice un alto, pensando en el destino. Hallar esa hermosura melancólica tenía como un poso de milagro.

La dama de las manos heladas por las noches del invierno.

José Ramón Muñiz Álvarez
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