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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Angostura

martes 2 de junio de 2020
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El Orinocómetro
El Orinocómetro, como llamó Humboldt a la Gran Piedra en medio del río con que la gente de Angostura “inspeccionaba” sus bajadas y subidas. Fotografía: El Pregonero

Me arrinconan pocas cosas, mucho tiempo atrás lo hacía el miedo, cuando era una adolescente y tenía un ejército de afectos pendientes de mí. Hoy esta cuarentena me deja en la incertidumbre.

Este es un recuerdo que se va y regresa. De la vez cuando sentí que mi vida corría peligro y nadie, ni mis padres, podrían salvarme, creía yo. Siempre lo hicieron, de lo humano y lo divino, del infierno. Aunque no parecía, entonces un susto me refrenaba, una persuasión del fin del mundo, y nada parecía posible como no fuera una tumba en el fondo, en la inmensidad, de un río.

Hoy, a ratos, creo lo mismo. Por esta tierra de desgracia nuestra, por esa pandemia que agobia a un planeta entero. Por tantos motivos.

 

Yo estuve allí porque me empeñé. Mis padres no querían, pero no tenían el valor de negarme un viaje a nuestra tierra, a la casona, a mis abuelos.

Ciudad Bolívar queda donde el Orinoco se estrecha. En la angostura del río.

Viajé allá en agosto de 1976, cumpliría dieciséis años en septiembre. Se esperaba desde mayo hasta noviembre la época de lluvias, es decir, con ello el paso del torrente por la ciudad, la inundación, un diluvio universal, grande y atronador en el que se podían perder vidas y bienes.

Al bajar las aguas era otra la fisonomía del lugar, de los seres, del aire, de las cosas.

Enriquecida la tierra pero empobrecida la gente que se atrevió a vivir cerca de esa agua decisiva, unas veces feria y vida, otras veces monstruo y muerte.

Dicen por allá que la crecida de 1892 fue la mayor en 126 años de registros pues tapó por completo la Piedra del Medio (19,14 metros sobre el nivel del mar), le siguieron la de 1943 y esta de 1976.

Yo estuve allí porque me empeñé. Mis padres no querían, pero no tenían el valor de negarme un viaje a nuestra tierra, a la casona, a mis abuelos. Al río soberbio, surrealista, de ciencia y de ficción. A donde Julio Verne mandó a Juana de Kemor, la muchacha que disfrazada de hombre viaja en una expedición para encontrar al coronel Kemor, su padre, desaparecido en esa selva.

Frente al actual paseo, mi casa, la casa de dos niveles grandes de mis abuelos maternos, de mi madre, estaba no lejos. Ellos la llamaban Tontería, por su vecindad con el río, querían dejarla en no mucho e irse a su hato de La Florida, con sus caballos y vacas.

Ese año la pintaban toda de ocre, los dos niveles con siete cuartos y otros tantos baños. Se cambiaron las tejas rojas de sus techos y los aleros, se le reconstruyó el gran ojo de buey en una de las paredes y se colocaron persianas finas de madera en las ventanas, “donde la resolana”.

Encontré unos petroglifos enterrados en una esquina del jardín sevillano interior y me sentí afortunada.

Mi abuela y mi madre mantenían un invernadero de flores intensas e imposibles: azahares, nardos y malabares, caléndulas, eglantinas y adelfas, magnolias, azucenas, bergamotas… Un nogal, un almendro, un limonero, un durazno, un sicomoro y un mango gigante daban una sombra fresca y secreta. Allí nos sentábamos a tomar café fragante de cardamomo y torta de manzana dulce.

Se vivía arriba especialmente en temporada de aguaceros.

Ojalá algún día el viaje fuera en ferrocarril, pensaba yo con frecuencia, ir de Caracas a Ciudad Bolívar por este camino de hierro era un sueño con el que soñaba de verdad cada año al regresar bañada en lágrimas después de los dos meses de vacaciones, agosto y septiembre. Mi cumpleaños lo celebraba en Ciudad Bolívar.

Los que llegábamos de Caracas nunca sabíamos con certeza cuándo ni cómo venía una crecida, pero cuando llegaba había que rezarle a Nuestra Señora de las Nieves, como decía burlón mi padre, o salir en carrera feroz escaleras arriba alcanzados casi por esa presencia perseguidora, que arrastraba todo lo que encontraba a su paso y dejaba barro, estragos y matorrales por todas partes.

Ya olvidé el día de agosto cuando inundó la ciudad. De verdad. No fue cuento de la abuela para asustarnos antes de dormir. Ocurrió y es el sueño o la pesadilla más recurrente.

A mi casa llegó como un trueno, como un cordonazo, un lagarto oscurísimo. La casa resistió a grito de maderas pero a mí me parecía que en poco seríamos una nuez en medio del agua. Vació a golpes casi conversados la planta baja, donde se hallaba temporalmente un museo de cosas acumuladas mientras pintábamos arriba.

Las guacamayas, las garzas, los loros reales y las cacatúas de la tía Pepita escandalizaban en los techos por aquel espectáculo soberbio, un espanto de agosto. Mirábamos desde la terraza cómo tanta de nuestra historia familiar —hasta los fantasmas— se perdía para siempre en los remolinos interminables.

Por decir sólo un poco. La biblioteca de varias generaciones de Lezamas, estantes, escalerillas, globos terráqueos, retratos de gente que nos miraba sombría, cuadros de Jesús Soto y de Alejandro Otero que mi mamá siempre empacaba para llevarlos con nosotros y terminaban quedándose, un biombo de sándalo, las sillas inglesas y las camas inmensas y escaparates de mis abuelos, de todos, cortinas, sábanas, un moisés donde dormimos mecidos los bebés de todos los tiempos, el reloj de péndulo de la sala…

Los petroglifos del jardín interior que desenterré horas antes. Un cañón, balas redondas y duras como rocas, banderas y un fusil que decían había pertenecido a Tomás de Heres, nuestro antepasado.

Unas insignias militares usadas por Piar el último día de su vida, cuando también Bolívar comenzó a irse de este mundo permitiendo un juicio amañado por “conspiración y traición a la patria”, ¡nada menos!, contra el mejor, el más inteligente, guapo y generoso general de la guerra de independencia de Venezuela.
Aún se observa el hueco que hizo una de las balas en una de las paredes de la iglesia, sitio de su fusilamiento. Esa noche el hijo de María Conchita perdió la Guayana sentimental. Indiferente al dolor de los guayaneses los obligó a desfilar ante el cadáver de Manuel Carlos.

El agua llenó la planta baja hasta la mitad y se fue cuando quiso, para todos una eternidad.

Y hasta un Cristo moreno y viajero que llegó a caballo desde Upata en medio del incendio que ese pueblo manso protagonizó porque no quería quedarse sin su crucificado.

El bestiario de la casa. Los pájaros en sus jaulas gigantes, los perros, los gatos, la pareja de morrocoyes que se les ocurrió salir al sol, las iguanas subidas a las matas que se distrajeron, las ranas y los sapos, los caimanes recién nacidos, los rabipelados bebés que andaban montados sobre su madre, las tortolitas que tenían ese patio como su casa, los patos, los camaleones tornasolados.

Todo eso y más arrastró el río. Sólo las cosechas de sapoara y mango fueron un regalo en medio de tanta desolación.

El agua llenó la planta baja hasta la mitad y se fue cuando quiso, para todos una eternidad. Mucho tiempo después, la mancha marrón en la pared que pintaron y repintaron mil veces recordaba esa devastación.

Los viejitos de mi familia decían, cuando algo no aparecía, “se fue con el río”, y que esa era la segunda vez que subía tanto en más de cien años según el Orinocómetro, como llamó Humboldt a la Gran Piedra en medio del río con que la gente de Angostura “inspeccionaba” sus bajadas y subidas.

Ya no sé si ocurrió realmente así. Pero es como lo recuerdo.

Marijosé Pérez-Lezama
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