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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Dos relatos de Reneé González Martínez

martes 30 de junio de 2020
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Heriberto

Como el resto de las noches, era una noche de luces, de diversión, de música y de derroche porque nadie duerme en la ciudad del deseo, porque allí siempre es de día.

Heriberto se asomó por la ventana y se dejó deslumbrar por la feria de gente, de brillo y de sonidos. Disfrutaba del panorama de los hoteles, de los casinos, de los antros. La vista aérea le hacía sentirse omnipotente. Estaba por encima de muchos. A muchos podía mirar desde arriba. Dejó de contemplar la vida nocturna y se plantó frente al espejo de la habitación alfombrada e impoluta. Vestía casual, impecable. Calvin Klein. Cabello engominado hacia atrás, perfumado. Sonrió complacido y arrogante. Se acomodó el cuello de la camisa. No cualquiera podía alojarse allí y menos de donde él venía. Heriberto Morales, a secas. Sin segundo nombre y mucho menos segundo apellido.

 

Ya no tenía que salir a la calle a toparse con gente de cualquier camada. Nunca imaginó cómo le cambiaría la vida.

—Heriberto. Este es Tiburcio, tu papá. Vino pa que te fueras con él. Pa estar guindando es mejor caer. Pa estar pasando hambre, mejor que te vayas con él —el mozuelo acababa de llegar de la calle con la mercancía a medio vender: una caja a medio llenar con chupetas, caramelos y otras chucherías—. En la bolsa tienes tu ropita, mijo —se le quebraba la voz a la mujer de belleza remota y juventud acabada, recóndita y lejanamente guapa, muy joven para Tiburcio, quien le doblaba la edad.

Las paredes de bahareque olían a leña y a sudor.

—Llévatelo, Tiburcio, que se le van a aguarapar los ojos.

Tiburcio, impecable y refinado, no hizo el menor gesto para congeniar con el hijo. Lo tomó de las manos, agarró la bolsa y casi lo remolcó hasta la puerta. El niño solamente tuvo chance de voltear y alcanzó a mirar la resignación de la mujer que atendía una olla montada sobre la estufa encendida.

 

Good evening, Mr. Morales. May I help you?

Heriberto transpiraba seguridad y confianza. Sonrió negando con la cabeza y se aventuró a la selva del juego. Cual majestad fue invadido por saludos, sonrisas y adulaciones, como el resto de los jugadores. Aceptó un trago de whisky. El sonido del hielo golpeando las paredes del vaso le activaron las papilas gustativas. Pavlov no se había equivocado. Los colores, las máquinas, el humo y el juego se juntaban para activar la salivación. Era su hora.

Volteó.

Allí estaba el hombre de mediana edad, de lentes, de bigotes, cruzado de brazos, mirándolo.

 

No volvió a ver a su madre pero le hubiera gustado saber si ella lo extrañaba. Tal vez él no le importaba a ella como no le importaba al señor que decía ser su padre. En la casa donde había llegado, tenía cuarto y baño para él solito, una cama decente y un televisor con control remoto. Ya no tenía que salir a la calle a toparse con gente de cualquier camada. Nunca imaginó cómo le cambiaría la vida. Nunca imaginó tener que renunciar a su madre o, mejor dicho, que su madre renunciara a él.

 

Heriberto ganaba, perdía, a veces ganaba más de lo que perdía. Podía ser ese su día. El día que aún no había llegado o que llegaba a medias. Sudaba mientras las esferas recorrían los blancos y los negros de la ruleta, empuñando el vaso y apurando el trago. El azar forjaba el destino y el destino le habría de recompensar. El mecanismo de las esferas rodando en la ruleta le hormigueaba el estómago, le enervaba la piel, le aceleraba el corazón.

Volteó.

Allí estaba la mujer de mediana edad, de cabellos blancos sin ser vieja, vestida con una batica de casa, arropándolo con la mirada.

 

—O te aprietas los pantalones o te regresas a pasar hambre, muchacho del demonio. No se vale reprobar. Tú ves. Compras, pagas, te vendes, te las juegas. No seas pendejo. El pendejo se murió, murió cuando dejaste la miseria.

 

En un segundo se tiene al mundo en el hueco de la mano. En un segundo se puede deber más de lo que se tiene. Rojo 21. Sí. Rojo 21. Pinche 4. Pinche 4 negro. Maldito 4 negro. Pero aún con qué apostar.

Miró hacia el frente.

Allí estaba el señor de bigotes cruzado de brazos negando con la cabeza en señal de desaprobación. Heriberto empuñó su diestra y apuró el trago.

 

—¿Qué se hace con tu madre? Está más de allá que de acá. Está más muerta que viva. Yo no puedo traérmela. Me ocasionaría un problema.

Heriberto no dijo nada. Se había acostumbrado a no decir nada.

 

El que no arriesga no gana. Se lanzó con el doble de la apuesta. La vida es una ruleta. En el aparente y aburrido centro nada pasa, mientras te alejas del centro, la esfera cambia de posiciones en instantes y puedes ganar en un momento o puedes perderlo todo.

Miró a su lado. Allí estaba ella, desentonando de nuevo. La bata de casa de siempre. La cartera ajada bajo el brazo. Los cabellos desarreglados. La mirada de pobre, de tristeza y de resignación. ¿Por qué estaba allí? Ella desencajaba. Era ella quien lo empujó a abandonarla. Fue ella quien lo había abandonado.

 

Rojo. Rojo 17.

Ya el humo era parte del recinto. El alcohol y otro olor que no le importó discernir le resultaron familiares. Risas. Aplausos. Adrenalina. Los aplausos eran para los ganadores y él quería recibir aplausos. Había aprendido a disfrutar atenciones, las que no tuvo ni de niño ni de muchacho. Pero ya no era muchacho.

 

—Tu madre ha muerto.

Recibió la noticia sin abrazos sin afectos. ¿Para qué los afectos? Si ya había muerto. Heriberto vio en Tiburcio un halo de tristeza. Para qué llorarle si Tiburcio no la había amado. Tal vez ni la había querido. Se levantó de la mesa y cerró la puerta. Ojalá Tiburcio también muriera.

 

Rojo 21. ¡Maldita sea! ¡Había ganado! Pero ¿por qué maldecía? La maldita suerte por fin le tocaba. Gritó. Brincó. Whisky. Champán. Pensó en su jefe. Podía cagarse en la oficina de su jefe. Pensó en su padre.

 

—Tengo cáncer, Heriberto. Hay que operarme de urgencia. ¿Me llevarás tú, hijo?

¿Hijo? Nunca le había llamado “hijo”. Él había concluido sus estudios y debía viajar para aplicar por una visa a Estados Unidos. No había que perder las oportunidades. No quería ser perdedor. No quería ser pendejo.

 

No supo cómo llegó a la habitación. Sonrió frente al espejo. Sacó de un bolsillo un fino polvo blanco que inhaló torpemente y apuró un vaso de whisky. Se plantó frente a la cama. Las luces, la música y el ruido de las maquinitas aún le daban vuelta en la cabeza. También lo hicieron el alcohol y la droga. Creyó estar en posición horizontal. Estaba casi seguro de hallarse boca arriba. En el vértigo rápido y circular, cual ruleta, aparecían alternándose su madre, con los cabellos desarreglados y blancos, con la batica y con la mirada de pobre y de resignación y Tiburcio, el que dijeron que era su padre, de bigotes, impecable al vestir, inmutable, sin un viso de afecto. Recordó las palabras de Tiburcio y, en efecto, el pendejo había muerto, justo cuando más lejos de la pobreza estaba, justo cuando más cerca de la miseria estaba.

 

La carga

Comenzó a perderse en el laberinto de su memoria cuando las gotas de lluvia morían en un furioso impacto contra el cristal de la ventana. Esos chasquidos húmedos y pegajosos producidos por las rebeldes gotas le robaban la realidad y le abolían la voluntad, haciéndola cautiva en una zona de inconsciencia. Era el cálido aliento del hombre y los brazos rodeándole el cinto lo que la traía de vuelta a la conciencia para luego ahogarse en ríos de afecto y de pasión que desembocaban en un mar de promesas de eterna fidelidad. Tiempo después, las proezas amatorias y amorosas quedarían enterradas en el olvido de ella y en el recuerdo de él.

La falta de profesión, la ausencia de hijos y la carencia de intenciones hicieron de la casa un claustro y, tras la rutinaria despedida, terminaba sintiéndose distante y abandonada en una desolada inmensidad que la confinaba al limbo.

Sospechó que algo iba mal cuando se le volteó el horario y empezó a hallarse despierta de noche y dormitada de día, pero nada dijo, nada hizo. No supo cuando se le hizo costumbre escaparse de la cama para detenerse frente a la ventana del cuarto hasta que el amanecer la abrigara o fuera rescatada por los brazos de él. Pasaría tiempo para que él tomara conciencia del asomo del caos y, desde entonces, lamentaría haber dejado pasar por alto un montón de detalles.

A paso lento vio cómo se transformaba su esposa, cómo se perdía, cómo se desvanecía.

Fue él quien se sorprendió cuando tuvo que tomarla de las manos para bajar las escalinatas de la casa, cuando hubo que asistirla para que entrara en el auto y luego, en el momento en que tuvo que guiarla en los pasillos de la clínica como si fuera su madre, en lugar de su esposa.

El paseo que el especialista hiciera sobre las causas, los síntomas y las consecuencias de la enfermedad le permitió atar cabos. Hubiera preferido estar lejano y perdido como ella. Sintió pesar porque él habría de cargar el yugo de los acontecimientos por venir de forma consciente. Sintió alivio porque ella seguiría ausente a su condición degenerativa. Le alivió pensar que estaría a su lado para cuidarla hasta que tocara despedirla y darle sepultura.

Notó cómo su esposa, dentro de la parquedad y de la rudeza del olvido, pareció aceptar la compañía de una mujer que llegó para atenderla. Vio cómo ella se sintió cómoda cuando fue incluida una cama para aquella mujer y cuando él tuvo que mudarse al otro cuarto.

La abolición de la voluntad de su esposa y la disposición de ayuda de la otra mujer se sentaron a la misma mesa. La ausencia de una y la presencia de la otra contrariaron su existencia. Mientras que el olor de su esposa se perdía en el olvido, la transpiración perfumada de la otra empezaba a cautivarle. El roce de una nueva piel empezó a resquebrajar las promesas de la eterna fidelidad. Ya cuando no pudo controlar algunas miradas escrutadoras, supo que no había sino una única salida. Fue en el cuarto contiguo, a la medianoche cuando se suponía que todos dormían, que se vieron en la obligación de ahogar los chasquidos de las lenguas, los gemidos y los jadeos. Fue a oscuras y en silencio para evitar ser descubiertos por alguien que no podría descubrirlos aunque quisiera.

El remordimiento tuvo y tendría corta vida. Durante las mañanas, el reproche hacía evadir las miradas y ya de noche se hallaba sepultado en un consciente olvido. A la medianoche, desnudo y tendido en la cama, esperaba a oscuras el rumor de la puerta que se abría, el olor de la hembra que entraba y el cuerpo húmedo y tembloroso que se le tendía encima. Desaprendieron y reaprendieron del furtivo acto, se hurgaron cada parte del cuerpo y se sepultaron en el mismo pozo de reproches, ella con un dolor en alma y él con un dolor en el pecho.

A paso lento vio cómo se transformaba su esposa, cómo se perdía, cómo se desvanecía. Se entristeció cuando algunas canas se asomaron tímidamente, cuando las marcas del tiempo se dibujaron indelebles en los surcos de su frente, debajo de los ojos y encima de la comisura de los labios. Los años le llegaron de prisa, le cayeron encima mientras que él aún seguía robusto y enérgico. El prometido amor se fue convirtiendo en lástima y en compasión.

Era afortunado en medio del infortunio. Vivía bajo el mismo techo con sus dos mujeres. Una cuidando de la otra. La otra, dejándose de cuidar, dócil, sumisa. Tal vez, en medio de aquel océano de olvido, su esposa aceptaba la furtiva relación. Un asomo de tranquilidad le brindó un renovado ánimo. Un pinchazo en el pecho le golpeó.

Cuando repicaron las campanas, prolongada y tristemente, navegó la pena en el recinto. El eco de un repique se juntó con otro nuevo y después con otro y enlutó el aire y aguijoneó las penas de los poquísimos dolientes. Hubo que pagar a cuatro hombres para sacar la caja de la iglesia. No hubo en el pueblo un funeral tan solo como ese ni tampoco hubo un entierro tan desolado. Al regreso se sentaron frente a la mesa de la cocina, como terminarían haciéndolo durante mucho tiempo. La mujer que hubiera preferido estar inconsciente vertió agua en un vaso, se tomó dos píldoras y sorbió el agua con solemne lentitud y resignación; luego, vertió agua en otro vaso y le hizo tomar dos píldoras a la otra mujer, la mujer desprovista de recuerdos y de intenciones, quien tomó el agua con un magistral conformismo que no correspondía al luto reciente sino a un luto añejado e involuntario. Ésta fue asistida por aquélla en dirección a la recámara. Cuando atravesaron el corredor se detuvieron delante de una mesita dispuesta frente a un espejo oval, sobre la cual reposaba la única foto de la única boda de la casa, una evidencia de un momento de regocijo que una de ellas envidió y que la otra no encontró en la caja de sus memorias. Tras un asomo de agarrar el retrato, la mujer del luto añejado exhaló un suspiro y retrocedió en el intento. Nada significaba aquel retrato. Ambas caminaron inanimadas, una delante de la otra; la de adelante, sumisa y ausente; la de atrás, acarreando una viudez inventada y una carga que no le pertenecía.

Reneé González Martínez
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