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Te dije que no te fueras

jueves 25 de marzo de 2021
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Fue el aroma de las flores, fueron las flores lo que lo trajeron de vuelta. Cuántas ganas de estar de nuevo en la casa que no era suya pero que sentía como propia. El rumor de la lluvia cayendo sobre el tejado, la humedad impregnada en las hojas de los árboles del patio transformada en diminutas gotas cayendo por gravedad, el apego a lo pasado, su historia escrita en las paredes y contada por los enseres deteriorados, todo escarbó en sus sentimientos y trajo de vuelta los últimos acontecimientos.

“No te vayas; si nos toca comer una vez al día, comemos una sola vez pero juntos”, le suplicó Micaela.

“Allá te espero”, respondió Facundo, “te juro que llegaremos juntos a viejos”.

Se habían despedido frente al espejo del pasillo, asiéndola por la cintura, llenándola de promesas incumplidas. Inspiró aparatosamente al recordar su juramento quebrantado. Ahora, bajo el umbral de la recámara, sabía que nada había cambiado, su cama y la pila de ropa doblada se hallaban de igual forma a un año de su partida.

Decidió arriesgarse por la ruta del Diablo, por la ruta del Pacífico, a pesar de las elevadas temperaturas en el desierto de Sonora.

En aquella cama le había pedido que le diera un año para cambiarle la vida.

“Mañana voy a verme con el Diablo”.

No quiso verse con La Bestia porque setenta y dos almas que habían trepado a la locomotora habían sido secuestradas por el cartel durante la travesía en una parada de rigor, cercenando el sueño de los emigrantes; entonces, decidió arriesgarse por la ruta del Diablo, por la ruta del Pacífico, a pesar de las elevadas temperaturas en el desierto de Sonora, partiendo desde la ciudad de México rumbo a Mexicali para luego negociar el cruce de la frontera con algún coyote.

 

El mosaico de pétalos naranjas y amarillos que nacía en la puerta principal delineaba un camino a la recámara y a la salita que se asomaba al patio, y terminaba por amontonarse en la cocina con una fragancia penetrante.

Antes de irse, había abierto el refrigerador y había sentido pesar de haber encontrado únicamente hielo y agua. Le había remordido la conciencia que ella hubiera dejado su pueblo para acompañarlo a la capital en busca de las oportunidades que nadie les prometió. Cuando trepó al vagón pidió a sus santos y a sus difuntos que lo acompañaran en la travesía, y lo escucharon.

Las pisadas lo hicieron mirar hacia atrás. Era Micaela que llegaba de su trabajo, a la hora de siempre. Qué gusto verla de nuevo, pero qué triste reconocer que fuera un alma en pena. La vio abrir el refrigerador para servirse agua en un vaso, al fin de cuentas, era lo único que podía servirse. La vio beber con un aletargado desgano; luego, depositó sobre la mesa una pila de tortillas y dos panes que traía en su bolsa; también puso dos ramos de flores olorosas y azafranadas. Lució más apesadumbrada en el momento que roció sal a las tortillas.

Fue por el Valle de la Muerte, una región árida y rocosa, cuando sintió un dolor de cabeza a reventar, tanto que estuvo a punto de perder el conocimiento. Fue el sol de mediodía que le quemó la piel y le calentó la sangre. El vagón sobre el cual estaba sentado hervía como el caldero del diablo. El resto de los fugitivos también se cocinaban en la reverberación. Buscó su botella de agua, ya vacía, y apenas pudo humedecerse los labios; se acordó del hambre que había en todas las casas donde había vivido, recordó lo mucho que le dolió dejar sola a su mujer; dos horas más tarde, ella llegaría a la casita rentada trayendo las tortillas del día, abriría el refrigerador y encontraría hielo y agua. Pidió a Dios la bendición para salir con bien de ese trance.

Comió tristemente las tortillas saladas, con su muerto a sus espaldas, cargando el peso del hambre.

Micaela se levantó, pasó la diestra por su cabeza, como si con ello pudiera alisar la madeja desordenada de cabellos, se plantó frente al altar donde terminaba el camino azafranado. Miró su altar: un platito de sal, un vaso de agua, un plato vacío, una veladora, una fotografía en un portarretratos y las flores olorosas. Sobre el plato vacío puso los panes que debieron haber sido pan especial para la ocasión, pero el dinero sólo alcanzó para las flores. Encendió la veladora y la acercó al portarretratos. La luz de la veladora iluminó la foto de Facundo, pero Facundo ya había llegado, estaba apostado a sus espaldas, las flores de cempasúchil lo habían guiado de regreso en el día de muertos. Ella acomodó los manojitos nuevos en el mismo florero donde estaban las flores tristes.

“Me pediste que te diera un año para cambiarme la vida y de qué manera me la cambiaste. Te dije que no te fueras, que si era de comer una sola vez al día, lo haríamos juntos como hoy”.

Comió tristemente las tortillas saladas, con su muerto a sus espaldas, cargando el peso del hambre, de la esperanza no alcanzada, de la promesa incumplida, del recuerdo perpetuo, compartiendo con él la miseria de todos los días, antes en vida y ahora desde la muerte.

Reneé González Martínez
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