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Tantos sábados por venir

domingo 28 de febrero de 2021
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El corazón de pajarito asustado se le aceleró cuando escuchó el manojo de llaves hundiéndose en la cerradura, y se desbordó en palpitaciones cuando la puerta dejó escapar un quejumbroso chillido. Se apresuraron a entrar las voces y las risas, el olor del licor, del cigarro y del sudor. Se enrolló como un camarón, en posición fetal, abrazando su almohada y cerrando sus ojitos. Oyó los chasquidos de las lenguas y alguno que otro susurro, y rogó que aquella escena recreada por gemidos se prolongara hasta el amanecer. Sabía que tan pronto su madre quedara rendida, sería acosada por el olfato y el tacto del agresor. La respiración etílica la lanzaría a un pozo sin aire y las manos calientes y trémulas la hundirían en una fosa de repugnancia y de asco. Allá, en lo más profundo de la miseria, las súplicas y el llanto no la librarían del toqueteo de sus senos incipientes, ni de las manos que husmearían sus oquedades, tampoco la liberarían de los brazos que la forzarían a obedecer. La única vez que intentó zafarse, él le recordó quién era, le dijo con firmeza que su madre no creería semejantes inventos; entonces, sepultó la confianza, la esperanza y la fe, sin haber tenido tiempo para tomar conciencia de que así se les había llamado y sin saber que podían ser confundidas entre sí; no se le vio comer con el apetito de antes, tampoco volvió a sonreír como lo hiciera; dejó de inventarse el mundo con sus juegos y ya no mostró alguna expresión de afecto. Cada sábado rogaba menos, cerraba los ojos y aunque se despedazara de dolor, se hacía la idea de que no era a ella a quien estaban hurgando. Los sábados se volvieron tan dolorosos que cada viernes rogaba morir.

“¿De quién estás preñada?”, preguntó la madre por tercera vez.

Su mirada hundida en el piso y su desgano corporal gritaron que la dejaran tranquila, pero la madre no escuchó. Los jamaqueos y los insultos no la sacaron de la tristeza ni de la sumisión. Tardó en responder con voz medrosa y poco audible: “De papá”.

Él negó los cargos con tanta convicción que no dudó un instante de su condición de inocente, culpó a su hija de no saber de quién estaba embarazada, y aderezó su intervención de forma reflexiva: “No la agobiemos. No supo lo que hizo”. Luego, señaló categóricamente: “Por su bien, hay que detener el embarazo”.

Un movimiento voluntario de la hija la hizo caer en cuenta de que no estaba del todo ajena.

Caminó como los borregos cuando van al matadero. Se dejó llevar dócil y sumisa. Nada dijo. No dejó de mirar el suelo cuando entró a la sala y tampoco cuando salió, más vacía y más hueca que antes; apenas si se le vio un rictus de dolor.

Los ocho sábados que siguieron fueron de duelo y de sosiego. Al día siguiente al noveno sábado, la madre la encontró sentada a horcajadas en el inodoro, enjuagándose los incipientes senos y el pubis con el agua que atrapaba del chorro del grifo abierto del lavamanos. No se le oyó palabra, tampoco se atinó a saber qué cosa miraba; su cordura pareció haberse quedado en un pasado remoto. El inexorable tiempo hizo transcurrir lentamente el indolente sábado. Cuando se hizo evidente un nuevo embarazo, la madre sintió una pizca, sólo una pizca de pesar, no supo discernir si le dolió más el abuso de su hija o su engaño como hembra.

“No nos agobiemos. No sé qué pasó. Con más razón, hay que detener el embarazo”, sentenció el padre, “como familia que somos, vamos a darnos otra oportunidad”.

“Con la condición de que nos vayamos lejos y empecemos de nuevo”, dijo la madre.

Era viernes cuando la llevaron por segunda vez. El médico asomó la posibilidad de que la niña quedara estéril, pero eso no importó. Vieron cómo pasaba distante y ausente, acostada en la fría camilla, con la bata y el gorro quirúrgico. La madre se le acercó y le dio un beso en la mejilla. Un movimiento voluntario de la hija la hizo caer en cuenta de que no estaba del todo ajena. Después de que la cargaron de la camilla a la tabla de la cirugía, le pasaron un pedazo de algodón con poco alcohol en uno de los brazos y le hundieron una jeringa fría. Comenzó a sumergirse en un sueño al poco tiempo de sentir una corriente líquida helada entre sus venas. Le abrieron las piernas e hicieron descansar sus pies sobre unos soportes. Otra vez, ultrajada; otra vez, expuesta su intimidad. Le metieron algo por la entrepierna y su corazón se le arrugó de tristeza y de humillación. Bajaron chorros de un llanto silencioso; dentro de sí, alguien clamaba en silencio para que no lo alcanzara el metal puntiagudo, para que no lo despedazaran; se escondía para que no lo mutilaran, pero igual lo cercenaron. Había corrido con mejor suerte porque la desgracia le había llegado de un sopetón, mientras que a ella la habían despedazado muchas veces. En medio del sopor recordó con dolor los sábados pasados, y sintió angustia por los venideros.

Cuando el médico dejó de usar la sonda estaba seguro de haber matado a quien no había podido nacer. Hizo un leve movimiento y divisó un charco rojo en la tabla y en el piso. Poco tiempo bastó para batir las puertas del pasillo y salir con la ropa quirúrgica más roja que azul claro; tras quitarse el gorro con los guantes pintados de carmesí, dejó ver el miedo a través de la palidez de su rostro y la escena se volvió negra cuando aquel hombre, que una vez juró salvar vidas, dijo que luego de haber practicado el aborto, había hecho lo humanamente posible para mantener con vida a la paciente, pero el proceso hemorrágico le había ganado la batalla; lo que el médico no sabía era que la experiencia mesiánica del sangrado acababa de liberar a la niña del suplicio de los indolentes sábados.

Reneé González Martínez
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