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Tres relatos de Carlos Canales

martes 22 de septiembre de 2020
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Antes de que saliera el sol

Estaban agazapados y escondidos entre los árboles frondosos, resguardados detrás de las empalizadas, ojos abiertos, fijos, concentrados en el horizonte, respirando tranquilos y seguros, alerta a la ocasión propicia, al momento que esperaban hacía tiempo. Lo vieron salir por la puerta, arreglándose el traje claro, alisándose los cabellos, mirando el cielo despejado, satisfecho y feliz. Prendió un cigarrillo Marlboro y se dirigió a su auto. La manada dispar, la jauría alborotada se le abalanzó… Las primeras heridas lo doblegaron y lo acomodaron en la tierra. Los cuchillos entraban y salían, por Romanos, por Apocalipsis, por Hechos, por Revelaciones, por San Mateo; y siguieron ahondando y sacando los gruesos y largos cuchillos resplandecientes, recitando pasajes y versículos de la Biblia. Lo destazaron; y la sangre roja oscura se escurrió por las grietas de la tierra árida. No quedaba ropa, ni carne, sólo huesos. Lo ovillaron, lo recogieron con una pala y lo tiraron como basura por el despeñadero y se marcharon en calma, con el silencio que los había traído en la madrugada, antes de que saliera el sol.

 

Chivirico

Después que lo sentenciaron a cien años de prisión, Chivirico salió a los treinta años con una libertad condicional. Cuando la gente lo vio en la casa de su hermana menor, recordó el crimen, se persignó, rezó y oró también. Las conjeturas y los vaticinios lidiaban en todos los lugares cerrados y abiertos de Buenafortuna. Chivirico era el tema del día. Teresa, su hermana, lo recibió y lo atendió como a un rey que ha vuelto de una batalla triunfal. Los hermanos se amanecieron conversando del tiempo pasado y del futuro incierto. La primera semana Chivirico permaneció en la casa. El Domingo de Ramos, Chivirico, vestido como Francisco de Asís, acudió a la misa, y anduvo todas las calles del barrio. Todos los domingos Chivirico lucía una vestimenta reveladora, y la gente seguía murmurando, calumniando y condenando. En el próximo Domingo de Ramos, Chivirico se colocó en la cara una máscara de Cristo y vestía toda la indumentaria. Los católicos se incomodaron y los evangélicos lo acusaron de endemoniado. El Domingo de Resurrección, los hombres tenían la máscara de Cristo y recorrieron las calles siguiéndole los pasos a Chivirico, que caminaba como si cargara la cruz. El 22 de marzo, Chivirico se encontraba en el balcón, con una máscara y un vestuario que impresionó a las familias, provocando discordias acaloradas. Chivirico construyó numerosas máscaras de San Martín de Porres, se las ofreció a los hombres, pero ellos… Cansado de esperar, Chivirico agarró los antifaces y se tiró a la calle. Buenafortuna se consternó. Comiendo en la mesa del patio, Chivirico le contó el incidente a Teresa y ella sentenció: “Así es la gente”.

 

Toussaint

Argumentaban que poseía facultades psíquicas y podía penetrar en los misterios del universo. Aseguraban que consultarlo no era una pérdida de dinero ni de tiempo. En su cuarto, ubicado en la calle Sol del Viejo San Juan, Toussaint barajeaba y rebuscaba en el mundo arcano. Descubría el destino de la gente y le aliviaba las incertidumbres de la existencia.

Yo estaba en una situación límite y no hallaba la salida. Entonces, yendo en contra de las creencias religiosas que me inculcaron en la iglesia y en el colegio jesuita, lo visité una mañana de un sábado infernal. Toussaint me informó que mi conflicto era provocado por vaticinios inminentes que ocurrían en su país. Toussaint se concentró en el centro de mi frente y me dijo que mi tercer ojo le reveló que regresara a Haití a luchar en contra del gobierno de “Baby Dog” Cruvalier. Toussaint se unió a las fuerzas insurrectas, combatiendo a los “Totos macondos”. Celebró, como todo el pueblo, el día que “Baby Dog” abandonó Haití.

Cuando Toussaint regresó al cuarto del Viejo San Juan, agradeció que yo me hubiera encargado de todos sus clientes y alabó el desarrollo de mis capacidades espirituales.

Carlos Canales
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