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Aurora/Aurore

sábado 24 de octubre de 2020
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“Un personaje es meramente el ruido que hace su nombre, y todos los sonidos y ritmos que lo preceden”.
William Gass.

“Reservé pasajes para Argentina en diciembre, Aurora; fijate que tu pasaporte argentino no haya expirado, es el único que tenés para viajar”. Javier, el dictador benévolo de la familia, sobreprotector esposo y padre, le advirtió gentilmente al teléfono. Sentada en la silla blanca de plástico “inside-outside” en la cocina de su arruinado bungalow de posguerra, Aurora tomó aire, y antes de ir a buscar a los chicos a la escuela del barrio, revolvió en los cajones de su mesa de luz. Entre sus aros, hebillas y anticonceptivos, divisó una silueta dorada grabada sobre plástico azul marino. Javier tenía razón, la fecha de expiración decía “19 de marzo de 2002”.

Edmonton no tenía consulado argentino —“Somos tan poquitos acá”. Prendió su ordenador, rezando para que nadie telefoneara. La musiquita del módem la angustiaba más de lo normal. La caída de los copos de nieve no obedecía al ritmo de los datos que pasaban electrónicamente. Mal presagio. Miró el sitio de internet del consulado más cercano: North York, un suburbio de Toronto anexado en 1998 a la metrópolis. Lo único que conocía Aurora de Toronto era el aeropuerto. Para Navidad. Repleto de familias argentinas como las de ella (pronunciado essssshhhhhhha).

En la escuela de los chicos siempre se armaban corrillos de madres, y Aurora era una entusiasta partícipe. “Pueden creer que tengo que volar a Toronto desde Edmonton sólo para renovar un pasaporte que no me sirve para nada?”, les comentó a sus amigas Debby y Bennet.

Aurora, ama de casa y consorte de un profesor de física, y su amiga Bennet, casada con un académico inglés, heredero de una docena de inmuebles londinenses, descendieron ya relajadas del taxi.

“¡Pero ni te hagas problema, yo te acompaño!”, le respondió Bennet entusiasmada.

Para la hora de la cena, ante la sorpresa de Javier, Aurora ya había organizado el viaje de índole inmigratoria a Toronto con celeridad inusual. ¡Cómo lo frustraba a Javier que Aurora dejara acumular las boletas de la tarjeta de crédito por meses sobre la mesa del teléfono! “¡¿Y para qué quiere ir Bennet con vos a Toronto?!”. Aurora, con un dejo de envidia y anticipación traicionera en su voz, le contestó: “Porque está repodrida del marido y el hijo”. Bennet era la palidez más fantasmal en persona. Se había casado ya mayor con un professor universitario de estudios religiosos y habían tenido un niño irascible e insomne como ella. Bennet aparentaba una calma que sólo traicionaba cuando comunicaba a su esposo el estado del tiempo, o cuando él venía del mercado cargado de verduras orgánicas y nada de pancetta, su comida preferida. Frank era vegetariano, y como argentinos carnívoros, la compadecíamos sinceramente.

Aurora, con esa costumbre tan suya de delegar, dejó que Javier hiciera la reserva del avión y que Bennet hiciera la del hotel. Con la tarjeta de crédito al máximo, Aurora, ama de casa y consorte de un profesor de física, y su amiga Bennet, casada con un académico inglés, heredero de una docena de inmuebles londinenses, descendieron ya relajadas del taxi, enfilando hacia la puerta giratoria del Royal York Hotel. La suite del séptimo piso era un apartamento de dos ambientes, estrictamente combinados en tonos de rojo, amarillo patito y verde musgo, todo como si fuese salido de la película Pride and Prejudice. Pobre Javier, pensó Aurora, teniendo con su único sueldo que aguantar semejante gasto para renovar este estúpido pasaporte, sabiendo que faltaban tantas cosas para arreglar en la casa. Maldito gobierno, que hace gastar fortunas a sus ciudadanos, por un pedazo de papel infame que no sirve ni para limpiarse… pero en eso pensaría más tarde, ahora tenían tanta hambre que, sin abrir las valijas, las amigas bajaron al Library Bar del hotel, una institución de la ciudad, todo paneles de madera de roble que huele a barniz añejo, con un menú que se mantiene desde, por lo menos, 1972. Bennet y Aurora no se cruzaban palabras, simplemente contemplaban el entelado escocés de los tapizados mientras se dejaban atender por el mozo de casaca blanca, que les acercó el menú.

“Podría pedir el sandwich BLT, por favor?”, dijo Benett, en su voz más dulzona y aflautada, con toda la cortesía que el ambiente necesitaba. Si tenía una virtud, era que siempre estaba a la altura de las circunstancias dentro de su rango emocional. Una ceja arqueada aquí, una sonrisa de Gioconda allá, y no más, ya que se veía que la gestualidad propia y ajena la dejaban agotada. Aurora observó perspicaz: “Creí que eras vegetariana”. “Sólo cuando está Frank delante… ¡no sabes las ganas que tenía de comer pancetta!”. De repente, toda esa languidez desapareció del semblante de Bennet, degustando el crocante manjar, mientras Aurora disfrutaba sin culpas de su chicken club, sintiéndose por dentro un viejo hombre de negocios canadiense típico, pelado, delgado pero con panza de cerveza, de esos que llevan camisas celeste pálido que explotan en el cuarto botón.

De vuelta en la habitación, Aurora, con el entusiasmo de sus jóvenes treinta y cinco años, miraba las rutas del tren rápido urbano que la llevaría a la oficina de pasaporte. Aurora había crecido en un pueblo de la Pampa argentina de quince mil personas, cualquier ciudad más grande que La Plata la acobardaba tremendamente, pero no esa vez. Esa vez, viajando sin su marido e hijos, disfrutando del lujo de un cuarto de hotel de cinco estrellas, Aurora se creyó invencible. Un nuevo día, tal como su nombre presagiaba.

Tomó el subterráneo en Bloor, y descendió casi en la Puerta del Consulado, pequeño paso para la humanidad, pero un gran paso para ella, infantilizada primero por sus padres y luego por su marido, casi hasta desaparecer. De vuelta pasó por el HMV y pensándose Charlotte Gainsbourg en esa escena donde ella se encuentra con Johnny Depp mientras escuchan Creep de Radiohead, escuchó todo el CD de los Grandes Éxitos de The Clash, que no había podido escuchar antes, ya que estaba muy ocupada inmigrando. Sin Johnny Depp a la vista, Aurora compró el compacto de Strummer y compañía para que su hijo de nueve años pudiera tocar London Calling, así ella, de paso, cantaba. Es que lo quería guitarrista de rock, aunque su esposo se inclinaba a que el niño se decantara por las ciencias duras.

Caminando el acerado pavimento, observando las caras petrificadas del frío de los hombres altos, pelados y blancos de traje que transitaban el centro, entró en el negocio de Miu Miu —el Prada pobretón— y decidió allí mismo que se merecía unas regias botas de media caña en marrón chocolate. Ya era Carrie Bradshaw, she had arrived.

Los días transcurren sin grandes sobresaltos, salvo la falta crónica de dinero y la necesidad constante de Aurora de ir de shopping.

Llegada al hotel, con su misión más que cumplida, se preguntó por qué había aceptado venir con Bennet. O mejor dicho, por qué había decidido venir. La suite a oscuras dejaba ver la silueta fosforescente de Bennet rodeada de medicamentos, botellas y botellas de pastillas, cuyas etiquetas Aurora nunca llegaría a descifrar. Bajaron juntas a cenar, hicieron planes para el día siguiente ir a visitar la AGO y el ROM. Ninguna mencionó a sus hijos ni esposos. Bennet comió más pancetta en sandwiches, y se acostaron temprano. Aurora sólo recuerda las platitudes que Bennet hablaba durante la cena, tipo “¡qué rico el pollo! ¿Tendrán brownies de postre?”. Ya para ese entonces el personal del Library Bar la atendía como si fuera la misma Margaret Atwood. Al día siguiente, más pancetta, esta vez con panqueques, y Aurora, dispuesta a salir a ver los museos, apurando su café. “Espero que no te moleste que no vaya, me voy a quedar en el hotel”, replicó Bennet. Aurora sonrió, mientras pensaba: “¡Mis amigas argentinas jamás me hubieran dejado plantada de esa manera! Cuando le cuente a Javier se va a querer morir, mejor dicho, me voy a querer morir, porque sé que me va a decir: ‘Te dije que esa mina era lo más raro de Edmonton, vos siempre tenés ese imán para atraer gente extraña’”.

Aurora caminó y caminó, vio fascinada por primera vez a los Riopelle en la colección permanente de la Art Gallery of Ontario, admiró la exhibición de Käthe Kollwitz y las miniaturas góticas alemanas de arte religioso. “¡Qué preciosismo!”, le parecía escuchar a su madre con esas expresiones tan vacuas de siempre. Y decidió que ya había visto bastante arte. Enfiló hacia el Gift Shop y compró el catálogo de Käthe Kollwitz. Esas escenas de maternidad en crisis, todas en sepia o blanco y negro, la hacían temer por el futuro de sus hijos. ¿Los vería crecer? Era ya de noche, y al día siguiente debían partir.

Se despertaron a eso de las 7, descorriendo el voile del cortinado, y Bennet sugirió: “¿Por qué no ordenamos room service?”. Aurora temblaba pensando en el costo, pero accedió. A esta altura, lo único que pensaba era que Bennet era una reverenda hija de puta. Comieron alegremente los croissants con mermelada de naranja y, antes de bajar al lobby, Bennet exclamó con su voz más tierna: “Good bye, hotel!”, como despidiéndose de un amante.

Los días transcurren sin grandes sobresaltos, salvo la falta crónica de dinero y la necesidad constante de Aurora de ir de shopping y leer obsesivamente sobre Kiki de Montparnasse y Peggy Guggenheim, buscando modelos de femineidad que le permitan la esperanza de que hay algo más allá que el bungalow de posguerra en una ciudad canadiense perdida en las praderas. Se siente desagradecida, y a su vez extraña la libertad que Toronto le insinuó, esa sensación de habitar los años setenta en la piel de una escritora que escribe en el bar del Royal York Hotel, con su falda midi y su suéter de nylon, sus cabellos revueltos, sin cigarrillo, eso sí, siempre detestó fumar. Más importante, sin pasado, ni presente. El vacío la ha acompañado desde siempre. La sigue en sus viajes de Edmonton a Toronto. Como su nombre.

 

***

 

Mis dedos tocan impacientemente la pantalla pringosa del asiento 38 C, resbalando sobre la grasa ajena. Frustrada al no poder presionar la categoría de película deseada, me contento con el ícono de la flor de lis. Será una película francesa o no será nada. Aurore, una mujer perimenopáusica, es una MILF francesa, de esas que causan mucha envidia, que de repente se encuentran solas, con sus chicos ya crecidos, abandonadas por sus maridos que han sido cesanteados de su trabajo de camarero en un restaurant tipo bodegón. Es el año 2017 y Aurore luce ropas de los años del principio de milenio, dorada época de anestesia consumista. Aurora lleva ropa entallada de géneros nobles, por eso de “bon chic bon genre”, y tonos en azul acerado, verde botella y negro, y tetas sin corpiño, porque es francesa, ¿verdad? Su aura es de terciopelo. Como yo, un día encuentra que esas ropas le entran un poco ajustadas y bastante inadecuadas para su nueva estación en la vida, cuando esas mismas tetas cobran vida propia, los brazos se llenan en todos los lugares equivocados, de tejido inoportuno, y el vientre desinflado obstruye la vista hacia abajo, obstaculizando simples tareas como abrocharse la hebilla del zapato de charol. En resumen, “falda y sobrefalda”, como decía mi abuela cuando entre risas mudas y desdentadas se refería a la hija obesa de su vecina Luisa, mientras fumaba acodada en el dintel de la puerta de la cocina. Como yo, Aurore, la de la película, se aferra a su cabello largo y sueña con lucir una casaca negra con suficiente escote como para mantener a todos los cincuentones que sufren un estado de permanente déficit emocional impresionados con ella por cinco minutos más. Aurore, como Aurora en español, significa amanecer, la promesa de un nuevo día. Otro más, esta vez promediando la segunda década del milenio.

Ya con cincuenta y dos años, no recuerdo ni qué tenía puesto el día de mi gran aventura urbana con Bennet. Estoy volando de regreso a Edmonton, después de haber acompañado a mi hija a buscar departamento en Toronto, ya que mi esposo considera necesario que vaya a encauzar el proceso. Así es que llegamos mi hija, cuyo nombre empieza con B (por suerte allí se terminan las coincidencias. No voy a traicionarla escribiendo su nombre completo), a la ciudad donde cursará su posgrado. Sólo el tiempo transcurre, el espacio y sus huecos se mantienen en equilibrio inestable. Me lo dijo mi esposo que es físico porque, como dice él, “soy un doctor de los de en serio”.

Aurore está en problemas serios, no tiene trabajo, tampoco yo, una estudiante madura de historia del arte recién graduada con una maestría.

El calor sofocante de Toronto en julio es un aliciente para arrancar temprano en nuestra búsqueda. Armadas de mapas en nuestros teléfonos móviles, navegamos el laberinto del subterráneo de Toronto de punta a punta de la ciudad, sudando sobre nuestros vestiditos de telas descartables de H&M, presumiendo de tobillos hinchados, haciendo escala en el ROM. En Bloor, Miu Miu ha desaparecido, para dar paso a negocios de ropa escandinava donde veo un abrigo magenta, eso sí, muy minimalista, a un precio maximalista. Pero decido no entrar. Debemos concentrarnos en nuestro objetivo. B me ve tan inquieta que sugiere ir directamente por sí misma a la próxima cita para ver un apartamento, mientras me deposita en el museo. No aguanta mis ansiedades y no aguanto su indecisión. Una vez dentro del ROM, una inscripción en la cúpula, escrita en letras Arts and Crafts en dorado a la hoja, me recuerda quién manda: “That all Men may know His Work”, “Que todos los hombres conozcan Su obra”. El Duque de Connaught, entonces gobernador general de Canadá, inauguró el nuevo edificio al público a las 3 de la tarde del 19 de marzo de 1914, una de las fechas y “eventos notables” en la historia no sólo de Toronto sino de Canadá como colonia inglesa eminentemente WASP. Perdón el repentino tono pseudoerudito, es que ahora soy historiadora de arte, después de haber criado a mis niños sumida en depresiones espasmódicas y deseos inviables, lo que significa que entiendo un poco más de qué va la escenografía de la vida. El museo funciona como un plan maestro de alguien que sabe dónde cada ser viviente debe ubicarse. A pesar de mis estudios no puedo descifrar cuál es mi lugar en este universo anglocolonial que es la AGO. Porque de la fachada victoriana, epítome del “White Man’s Burden” al que se refería Kipling, el museo se transforma en un cubículo moderno, construido por otro hombre, esta vez, no-blanco, Michael Lee-Chin, honrando de alguna manera la nueva realidad canadiense que pomposamente airea la diversidad cultural cuando le conviene al establishment político, todavía intensamente blanco. Pasando los hallazgos de tumbas egipcias, y un Anubis azul cobalto del cual me enamoro perdidamente, se sube hacia el mismo origen de la vida. La luz, filtrada por las paredes de vidrio, expone los esqueletos jurásicos como si estuvieran emergiendo de la última era glacial; sus siluetas oscuras insisten en hundirse en el espacio negativo. Se enredan los unos contra los otros, luchando contra los andamios de acero de las nuevas construcciones que rodean el edificio del ROM. Es que estamos en el Antropoceno y se nota demasiado. Uniendo esos huesos, etiquetas en italiano, francés, farsi y japonés ofrecen una oportunidad única para que los niños que visitan la colección sean testigos de un momento clave de erudición paterna que logra separar los fierros de los restos óseos. Esos padres depositan delicadamente trozos de información en el cerebro de sus niños, como si fueran entomólogos clavando una mariposa, adhiriéndola firme pero delicadamente a una plancha con un alfiler, clasificando la existencia de los pequeños en una ansiosa taxonomía para los tiempos que corren.

Buscar el departamento indicado para una chica de veintiún años en Toronto es, en este caso, casi como volar. Algunas veces las turbulencias arruinan los mejores esfuerzos por permanecer serenas; otras, simplemente nos dejamos llevar por el viento a favor, viento en popa, mientras flotamos en nubes esponjosas de cappuccinos y croissants servidos por baristas millennials que viven en apartamentos apenas habitables con rentas exorbitantes, hacinados. El Duque de Connaught estaría muy orgulloso de esta reproducción de escenas de Dickens en el siglo veintiuno en las colonias.

Aurore está en problemas serios, no tiene trabajo, tampoco yo, una estudiante madura de historia del arte recién graduada con una maestría. A diferencia mía no tiene hijas, tampoco un hombre, pero tiene un kimono rojo floreado que me produce una envidia incontrolable. Nota a mí misma: vi uno igual en una boutique en Kensington Market, tendría que haberlo comprado en lugar de la burrata que compartimos con mi hija en el cuartito polvoriento pero con aires académicos del Massey College. Mañana sin falta me compro uno en Whyte Avenue.

De repente Nina Simone resuena en el salón de la casita de Aurore y ella comienza a bailar maniáticamente al son de la voz profunda de Nina, I’ve Got No, I Got Life. Aurore baila mucho mejor que las gringas, así que mi identificación es completa, sólo que hace mucho que no bailo, ni siquiera cuando lavo los platos. El avión amenaza con despedirme del asiento. En lugar de rezar como es mi costumbre, comienzo a cantar a todo pulmón, con los auriculares bien calzados. Canto por encima de la turbulencia, Got my hair, got my head / Got my brains, got my ears / Got my eyes, got my nose / Got my mouth, I got my smile / I got my tongue, got my chin / Got my neck, got my boobies / Got my heart, got my soul / Got my back, I got my sex.

Casi hago señas a las azafatas que caminan por el estrecho corredor, mientras continúo bailando y cantando, eso sí, sentada, traspasando mi miedo de volar, de envejecer, de nunca sentirme lo suficientemente adecuada, al diablo con todo eso. Bienvenida, libertad en tiempos turbulentos, bienvenida, nueva Aurora.

Luciana Erregue
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