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Dos relatos de Marco Antonio Valencia Calle

jueves 5 de noviembre de 2020
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Bestiario

De un blanco tierno y un peluche suave fue mi primer osito de la infancia; le llamé Soso y fue la primera palabra que dije después de pa-pá. Dormí y jugué con él casi hasta los cinco años, cuando mi abuela me hizo un cocodrilo de tela relleno de espuma que me acompañó como hasta los quince y que bauticé con el nombre de Coco. Era verde, medía como medio metro de largo y tenía pintadas unas lágrimas negras, aunque su gesto parecía de felicidad. Recuerdo que, por las noches, cuando mi mamá apagaba la luz, yo le preguntaba a Coco por qué lloraba y respondía con unos cuentos larguísimos; eran tan largos que cuando terminaba yo ya estaba dormida. Hace poco mi madre me dijo que de niña yo me autocontaba cuentos para dormir y que alguna vez me preguntó por ellos. La respuesta fue que era un secreto que tenía con la abuela.

Para una Navidad mi papito me compró una cadena de plata con un dije en forma de delfín. Ese día mi mamita se puso furiosa, pues decía que sólo a un hombre tarado se le ocurría regalarle a su hija una figura así, en vez de una medallita del Niño Jesús de Praga. Pero a mí me gustó mi delfín y lo tengo desde entonces como uno de mis bienes más preciados y valiosos, tanto por lo que significa como por la persona que me lo regaló.

Mi primo Yiyo guarda detrás de la puerta de su armario su caballito de madera de la infancia. Tiene la cabeza de trapo y la crin de hilos de lana. Además, tiene una foto en donde estoy montada sobre Bubú, mi burrito de palo, con la cabeza hecha en cuero, ganándole una carrera el día de su primera comunión. Hace poco Yiyo me confesó que me odió por años a causa de lo que pasó ese día: primero porque los burros no les ganan carreras a los caballos; segundo porque era la primera vez que le ganaba una niña, y tercero porque su papá lo regañó por haber perdido. Ahora que lo pienso, el día más triste y fatídico de mi infancia fue cuando mamá tiró a la basura a mi Bubú, diciendo que ya no lo usaba, que estaba viejo y estorbaba.

En mis cuadernos de niña priman las carátulas de “unicornios rosados invisibles” que hacía comprar por gusto, por moda, de manera inconsciente. Ahora de adulta vengo a descubrir, con asombro, que son el símbolo de una religión paródica o burlesca, porque en la realidad los unicornios no existen, nadie los ha visto, aunque se puede creer en ellos como se cree en un dios. Y si son invisibles, ¿cómo sabemos que son rosados? Por demás, la idea es fingir que se cree en esta religión, a la que se le pueden inventar ritos y ceremonias.

Las praderas de mi corazón están llenas de recuerdos que no voy a dejar de alimentar, porque son míos y hacen parte de mi bestiario personal.

 

Magara

Que la niña habla con las cucharas y no puede dormir por el parloteo de las materas fue lo que me dijeron por teléfono. Entonces dejé la panadería en manos de la cajera y me vine de inmediato. Soy psicólogo titulado, pero vender molletes es más rentable.

La niña es mi sobrina, tiene seis años y le decimos Pipas. Con horror confieso que a veces me cuesta trabajo recordar su verdadero nombre. Pipas me adora y dice que soy su tío favorito, aunque en realidad soy su único tío.

—¿Qué pasa, Pipas? Tus papás se van a morir del susto con las cosas raras que dices.

—Ya te cuento, tío. Primero saquemos este mosquito de aquí; es de los chismosos que vuelan parando oreja para ir por el mundo contando lo que uno no dice.

—¿Estás hablando con los animales?

—A ver, tío, no te hagas el pendejo que para eso fuiste a la universidad y has vivido como treinta años ya. Tú sabes que las cosas, los animales, los árboles y las nubes, en fin, todo tiene vida y tiene espíritu.

—¿Quién te dijo esas cosas?

—Los niños y las niñas deberíamos hacer como las feministas, los indígenas y las negritudes: reclamar nuestro derecho a que nos crean lo que decimos, porque ustedes los grandes siempre nos ignoran.

—¡Oye! ¿Quién te ha metido en la cabeza esas cosas?

—Tranquilo, tío, no tienes la culpa de no saber. Te explico: si te dejas fluir, si permites que tu conciencia escuche, te vas a dar cuenta de que la camisa, los pantaloncillos y los zapatos que más te adoran, te saludan como un imán cada mañana. Y aunque todos te critiquen, tú prefieres ponerte tu ropita vieja antes que la nueva. Sabes que hay una vajilla por estrenar; sin embargo, prefieres tomar café en tu vaso desportillado, porque él llama a tu espíritu y te da confianza.

—En psicología eso se llama animismo.

—Por las mañanas tengo que esperar a que mis papás salgan de casa y me dejen sola para hablar con las cosas. Cuando lo hago en su presencia se estresan y me tratan de loca. Te cuento que converso con las moscas, las arañas, las babosas, las cucarachas y las hormigas de la casa. Mis papás desconocen que este es el hogar de más de veinte seres vivos visibles. Ellos sólo hablan con el Cristo, pero ignoran que con el florero y el sanitario también se puede dialogar.

—Bueno, si hay niños que hablan con amigos imaginarios, creo que tienes derecho a conversar con los bichos de la casa.

—¿Sabes por qué hablo con ellos? Porque los adultos no escuchan. Si me escucharas entenderías que en todas partes hay almas, espíritus y presencias que nos dicen cosas todo el tiempo, que hablan con nosotros y por nosotros. ¡No escuchas, no sabes escuchar!

En esas me llamó la cajera de la panadería y tuve que atender. Ya luego, Pipas no quiso hablar conmigo.

Marco Antonio Valencia Calle
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