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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

La palabra de Cieza

jueves 26 de noviembre de 2020
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La organización está firme aún porque Cieza, que es la organización, no ha sido capturado. Todos nosotros dependemos de él, yo el primero.

Cieza puede equivocarse, es verdad, pero eso no lo hace menos inconmovible, menos infalible, menos incontestable. Lo primero que los jóvenes tienen que interiorizar es precisamente esa idea madre: sólo uno puede dirigir. El rumbo puede corregirse, pero un barco con varios capitanes al frente hace innecesaria una tormenta.

Acaso esto sea fácil de comprender tratándose de una simple cuestión de raciocinio, pero toma tiempo digerir esta realidad cuando se convierte en parte de la vida cotidiana, cuando uno debe renunciar a pensar por cuenta propia y sumergirse en la palabra de Cieza.

La palabra “implacable” me es familiar y es familiar a Cieza. Nuestros enemigos de clase no la desconocen.

Los jóvenes son maleables, su corazón puede soplarse como un vidrio para darle la forma requerida por Cieza. La mayoría de los muchachos adquieren pronto el perfil deseado, el verbo del Partido, el temperamento del revolucionario.

No faltan, desde luego, los sensibles, los individualistas, los incapaces de aceptar la horizontalidad. Ellos son enemigos de Cieza y enemigos de la Causa. El fuego de su rebeldía no es un fuego sagrado, sino un fuego espurio. Si están a tiempo de retirarse de la organización, lo hacen, y la Causa habrá sido para ellos una cicatriz que acaso puedan exhibir con orgullo. Pero cuando cruzan cierto límite ya sólo les queda anularse o recibir un disparo en la nuca. Siempre es mejor un disparo en la nuca como profilaxis.

Mi lugar y posición en la organización me hace ajeno a la piedad. En este caso piedad equivale a una jugada sin sentido. No se es piadoso o inmisericorde en este juego, sino eficaz o ineficaz. La historia y las masas jamás entenderían el sacrificio de una revolución por el pellejo de un individuo o lo que es peor, por su llanto.

La palabra “implacable” me es familiar y es familiar a Cieza. Nuestros enemigos de clase no la desconocen. Ellos tienen sueños feroces, sueños desollados en los que sucumbimos todos nosotros en medio de atroces gritos.

Pero de común andan desvelados por la acción de Cieza, por los mil ojos y manos de Cieza. Todas manos armadas, manos que buscan propicios cuellos. “Tiemblen, opresores”, le he escuchado decir muchas veces al Timonel, cuando nuestra revolución avanza y con ella corre la sangre de los enemigos.

Somos humanos, esta es también otra verdad. Y acaso el frío o el deseo, que nos acechan como dos fieras, lo sepan mejor que nadie. Pero hay que domesticar a estas fieras. El frío nos tiempla, nos convierte en animales grises, rencorosos, pero fuertes y serenos.

Cuando el deseo asalta es distinto; nos convertimos en bestias suaves, expuestas al ridículo. Recuerdo una carta de Cieza tras una derrota importante por causa de algunas expansiones lamentables: “¿De qué nos sirvió armar a nuestra gente de la filosofía más acerada, del concepto más profesional de la insurrección, si Ellos iban a vencernos gracias a nuestras debilidades, vamos a llamarlas, porcinas?”.

Cieza siempre escribe “Ellos”, con mayúscula, por respeto al enemigo, aunque sea a ratos contradictorio y desprecie a este enemigo por vil, abyecto y decadente. Quizá Cieza respete la superioridad militar. Es un tema pendiente de conversación.

Pero volvamos al deseo. A menudo se piensa que éste es un fruto salvaje de la soledad. No es así. A veces brota al anochecer tras una pesada discusión teórica, en plena asamblea, cuando los duros pechos de las camaradas levantan extraños oleajes en un aire denso y humano.

Esos pechos calientes, esas piernas de cangrejo, esos cuerpos sobre el jergón, en medio de la noche acribillada de preguntas y respuestas sobre el amor y la revolución, son astros en torno a los cuales giramos inevitablemente.

Las camaradas disfrutan como nosotros y se cierran luego, como pesados libros. Nunca se discute el tema del amor por orden de Cieza. No hay tiempo para el amor, por disposición de Cieza.

Pero en todo caso el amor y el clima no necesiten de Cieza. No deja de llover fuera de las tiendas o en lo más profundo de los pechos porque él lo mande. Pero es bueno que Cieza aparezca como el dador supremo, como el dispensador.

Ahora está lloviendo y truena; nos sabemos cercados, vigilados. No sabemos por cuánto tiempo la tormenta será nuestra aliada. Magda está junto a mí con su fusil, debiera estar en otro lugar guardando la disciplina del combate. No es que haya confusión y cada cual haga lo suyo sin concierto; quienes resistimos en este lugar somos la flor y nata de la revolución y cada uno seguirá hasta el final.

No hay comunicación con Cieza, pero la palabra de Cieza está aquí. Yo soy su albacea.

Pero Magda ha preferido venir a mi lado, mirarme con ojos, no de camarada, sino de gacela, de pequeña gacela. Y es ahora, cuando suenan los obuses y el maldito ruido de helicópteros que pronto empezarán a “raquetear”, cuando me la imagino menos combatiente que nunca. Me la imagino con una pañoleta, con una blusa de seda y una sonrisa imposible de imaginar en este momento.

Y entonces compramos maní y entramos al zoológico delante de dos policías que nos miran sin interés. Todo un sábado en Lima como un par de colegiales y en la noche el suave remanso de unas sábanas alquiladas y la sensación de una noche eterna, una noche sin clases sociales y sin historia. Una noche con Magda y la furia de su vientre, el candor celeste de su mirada.

El enemigo se repliega, para volver fortalecido. Reunión con los mandos que quedan. No hay comunicación con Cieza, pero la palabra de Cieza está aquí. Yo soy su albacea.

Pasamos la noche y con la claridad llegó el fuego de la reacción, el cielo está cerrado por los helicópteros. Nadie se rinde. Quedamos unos pocos heridos, Magda y yo.

El tiempo se acaba. El fuego de metralla ha alcanzado a Magda. Agoniza en mis brazos en medio del bosque, oímos las voces que se acercan. Magda, en cambio, se va, se aleja. La vida se le refugia en los ojos, en la mirada intermitente. Sé que espera de mí una palabra que llevará consigo o a otra vida o a la nada. Sólo una palabra.

En el último segundo le confieso que Cieza no existe, que Cieza soy yo.

Carlos Orellana
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