“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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¿De quiénes son?
Del libro Faustine Azul y otros cuentos, del escritor puertorriqueño Carlos Canales

jueves 4 de febrero de 2021
Carlos Canales
Carlos Canales (Río Piedras, 1955) publicó en 2019 Faustine Azul y otros cuentos, del que forma parte el relato “¿De quiénes son?”.

A la memoria de mi padre

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Si se callaran. Cállense. No digan nada más. Esas voces. Están ahí, están allá y en todas partes. Entran y salen. Repican como los tambores. Mortifican como los títeres. Comentan y especulan. Pero ¿de qué están hablando? ¿Qué lengua hablan? Un idioma que no comprendo. ¿Cómo llegaron? ¿Quién las dejó entrar? He dicho sin decir, pero antes, cuando podía, que no quería ruido ni alboroto. Tienen la mala costumbre de actuar sin preguntar, a su manera. Hemos tenido garatas feas por tomar decisiones que no les corresponden. Tal vez preguntaron y no los escuché. Y como no respondí, las dejaron pasar. ¿No lo podían prever? Debieron insistir. ¡Lárguense!

Las enfermeras actúan y hablan como si uno no las entendiera. Si piensan diré: “¡Ay, qué dolor!”, están bien jodíos.

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Lejos de aquí. Alejadas de mí. Donde las entiendan. Hay lugares interesantes. En las montañas. En los ríos. En el espacio. Donde les dé la gana. Cuando estoy en silencio absoluto me despiertan con sus comentarios. Necesito paz y tranquilidad. ¡Váyanse! Quiero descansar. Prepararme. Escuchar el silencio. Divagar. Pasear con la imaginación.

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No lo quiero aceptar. Quién sabe. Somos como somos y no se puede evitar. Es una verdad innegable. No tengo armonía. La perdí. Es un hecho. Lo único cierto en mi cuerpo. Me estoy desmembrando, pero sigo unido. Estoy inmóvil. Tengo la voluntad, pero no la energía. Casi ninguna. Quisiera caminar por la casa. Ver una buena película de acción. Una de Humphrey Bogart o de James Cagney, pero las fuerzas salieron corriendo. Para nunca más volver. Cuesta aceptarlo. Es así. Me traicionaron, como los médicos también. Cuando agotaron mis fondos del seguro social, ¡pa tu casa! Entiendo, no soy pendejo.

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Las enfermeras actúan y hablan como si uno no las entendiera. Si piensan diré: “¡Ay, qué dolor!”, están bien jodíos. Despedirme de ellos. Pero sí podría darles unos consejos que no van a aceptar y que no van a seguir. No vengan más. No pierdan el tiempo. Quiero estar solo. Como cuando caminaba la finca grande de papá, observaba los árboles y pensaba en cómo sería la vida si un día decidiera irme en un barco y conocer el mundo. Visitando ciudades, como París y Buenos Aires, sin rendirle cuentas a nadie. A mis anchas.

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Ellos esperan el momento… Sí, por eso permanecen aquí, como estatuas. Pendientes. Como los buitres. Como los ladrones. Como los periodistas. La noticia correrá por el barrio y harán una pregunta. La interrogante de todos los tiempos. Cuando se enteren será una sorpresa. Aunque esperada, impresiona. No es para menos. Si pudiera abrir los ojos o hablarles. Pero no puedo. Esos tiempos pasaron. Es cuando te das cuenta de que ya te estás yendo. Están en el olvido. Donde nadie los puede rescatar. Y seguirán ahí hasta que pierda la memoria, con el olvido final.

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No queda nada. Nadita de nada. Caí de golpe. De repente. Pasa el tiempo. Faltan segundos para despedir el año. Lo sabemos cuándo pasa. No cuando nos está sucediendo. Pierdo fuerza. Es un hecho consumado. Sólo sigue intacto el pensamiento. Está más vivo que antes. De aquellos tiempos que viví y no volverán. Nadie ha vuelto. Nadie volverá. El que recuerda y condena. Puedo apenas escucharlos. Son recuerdos lejanos, casi despintados. Pero regresan, como fantasmas. Siento un murmullo. Sólo me queda esperar. Estoy esperando desde que soy niño. Parece que ya llegará lo que tenía que llegar. Dicen el que espera desespera, y mientras espero, pienso. Es lo único cierto.

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“Faustine Azul y otros cuentos”, de Carlos Canales
Faustine Azul y otros cuentos, de Carlos Canales Disponible en Amazon

No puedo quejarme de la vida. De qué sirve y para qué sirve. El tiempo pasó. Pasé hambre. No quiero recordar aquellos días. Han intentado regresar, pero los he ignorado y han desistido de sus intenciones. Cometí errores. Esos son más persistentes. Más inteligentes. Saben cuándo y cómo. Voy batallando con ellos. Pero cuesta apartarlos. Ahí vamos luchando para que el caballo no me tire de la silla. Viví en el extranjero. A esos tiempos los convoqué. Allá fui gente. Fueron los mejores años de mi vida. Los invoco con una nostalgia y conversamos como viejos amigos que se reúnen en un velorio. Recordamos momentos olvidados. Cuando vienen a mí, siento que estoy sano y no postrado en una cama. Trabajé en una base militar. Construí una casa. Me casé con una mujer con quien no me debí casar, y por suerte no tuvimos hijos. Perdí la casa cuando nos divorciamos. Volví a este país. Quise ayudar a mi padre en la finca, pero el viejo no se dejaba ayudar y hacía negocios de los que salía malparado y no se le podía criticar. Y cuando cambió el caballo le dije: “¡Basta!” Y arranqué pa Nueva York.

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No quiero. No lo quiero y fui claro. Ni velorio, ni rosarios. ¡Qué pérdida de tiempo! Para qué el respeto si ya estás muerto.

En Nueva York, conseguí trabajo en un laundry. Trabajaba overtime todos los días. Y ganaba un dineral. Cuando lo depositaba en el banco, el teller me preguntaba: “Are you the boss over there?” Volví a casarme. Pero Charo se aburrió de la ciudad. Regresé y fue el peor error de mi vida. ¡Vine a comer mierda! ¡A comer mierda! Me arrepiento una y otra vez. Yendo de aquí para allá para terminar en una cama, inmóvil. A merced de la caridad de los demás. Por Dios, no quería esta agonía lenta. Es terrible. No es justo. Lo que queremos no lo alcanzamos y si lo logramos, dura poco, no lo disfrutamos. Cuando comprendes se acabó el tiempo. Quería otro final para mí. Pero nosotros no escogemos. Un día eres feliz y al otro día te diagnostican una enfermedad y empieza el conteo regresivo. Quería el golpe fulminante. Sin dolor. No quiero pensar ni recordar. Ni que la gente me atienda. No puedo remediarlo. Tiene que haber una razón para empezar y otra para terminar. La suerte está echada. Echada está. No hay duda.

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No quiero. No lo quiero y fui claro. Ni velorio, ni rosarios. ¡Qué pérdida de tiempo! Para qué el respeto si ya estás muerto. Tanta preocupación por el alma del difunto. ¿Será que quieren que uno interceda por ellos en el más allá? El sacerdote trató de convencerme con toda su labia y con toda su experiencia en gente como yo y le aclaré que tenía mis creencias y no las cambiaría en el último momento. No creo en el infierno. Es una leyenda. Así le dije y él se sorprendió, pero no se molestó. Pensó que yo desvariaba. Pero no lo estaba. Ahora ya no sé. No sé nada de nada.

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Yo ya arreglaré mis asuntos en el otro mundo. Quiero simplificar las cosas. Hacerlo sencillo para todos. Hijo, quiero la cremación. A la hoguera conmigo y lancen mis cenizas al viento. Adonde quieran. Adonde más les guste. Ayer quisieron meterme una manguera en la boca. Pero a quién se le ocurre. Cómo luché. Como gato patas arriba. Los derroté con la ayuda de mi hijo que dijo que si yo no la quería no me podían obligar, pero perdí las pocas fuerzas que me quedaban. Pal carajo las mangueras. Para qué vivir convertido en un guiñapo. Repito: la suerte está echada. Para qué prolongar el fin. Sería inútil. Una pérdida de tiempo.

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El reloj de arena se está vaciando. Lo sé. Ya no quedan esperanzas. Hacía siglos que las había perdido. La primera noche que volví de Nueva York. Cuando decidí no terminar la casa también. Para qué construí en este terreno. Los problemas empezaron cuando tuve que dividirlo con mi hermana. Cuando mi esposa enloqueció la primera vez, perdí las ilusiones y las esperanzas. ¡Pasado no jodas! No me voy a arrepentir. Ni tus películas me van a doblegar tampoco. La espera es terrible. Por momentos duermo y sueño. Pero cuando despierto no sé dónde estoy. A veces mi alma se desprende de mi cuerpo y la he percibido con mis ojos cerrados observándome desde el techo.

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Esas voces. Esas voces. Esas voces. ¡Malditas sean! No se callan. Están más cerca. Traspasaron la puerta y las paredes. No las detiene nadie. Van y vienen. Entran y salen. Hacen lo que quieren y cómo lo quieren. ¿Quién les dio esa vida y ese poder? Me están rodeando. Las tengo en los oídos. Pero no entiendo. No descifro el mensaje. Anoche, una presencia blanca se sentó a mi lado. ¿Para qué vino? ¿Qué quiere de mí? ¿Cuál es su propósito? ¡Qué hable de una vez y se resuelve el misterio!

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Ayer podía hablar con todos. ¿Fue ayer?

Esas voces impertinentes impiden que me concentre en mis asuntos y ate todos los cabos sueltos. Pero esas voces insisten, como los niños majaderos. Alzan el volumen y no respetan. ¡Qué mucho habla la gente! Parece que no tienen otra cosa que hacer. Darle a la lengua, como si fueren loros. Criticando al prójimo. No los soporto. ¡Cállense!

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La familia se reúne en los velorios y en los entierros. Llegan los familiares cercanos y lejanos a los que le perdimos el rastro. Como si no hubiera pasado el tiempo. Los que desaparecieron de la noche a la mañana, ni escribieron, ni llamaron. Los que creíamos muertos. Los que habíamos olvidado. ¡Qué barbaridad! La vida no se puede comprender: es como es. No tiene ley. Cada día cambia. Uno cree que lo ha visto todo, pero no es así. La vida es una sorpresa que cabalga con la muerte. ¿Quién será esa presencia? ¿Será un maestro invisible del cosmos? Los maestros invisibles revelan sabiduría, no preparan para la transición. Yo no voy a romper el hielo. ¡Qué hable o actúe!

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Ya no sé nada. Es tarde para aprender o para saber. Sólo espero. ¡Qué llegue rápido y pase ya! Ayer vino mi nietecita y fue cariñosa conmigo. Besitos y abrazos. Ayer podía hablar con todos. ¿Fue ayer? No lo puedo precisar. Ni abrir los ojos ni caminar. Nos tardamos nueve meses en nacer, pero nos vamos en segundos. No es justo. No cuadra la matemática ni la lógica lo puede explicar.

Voy cuesta abajo como Gardel, el mejor cantante de tangos. No ha nacido uno que lo supere. Murió en plena fama. Quién puede entenderlo. No puedo lamentarme. No hay razón para hacerlo. Ni para filosofar tampoco. Llegué a los ochenta. No es cáscara de coco. Parece poco pero no lo es. Es más tiempo del que imaginaba.

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No hay nada escrito. Y si lo hay, lo mejor es no saberlo. Teniendo en cuenta todas las que batallé en esta vida que se aleja como el viento. Pasaron volando, sin darme cuenta. La vida es breve. Brevísima. ¡Qué mucho ha llovido! Vi a muchos caer en el abismo. Irse en contra de su voluntad. Negándose. Aferrándose a lo imposible. Los acompañé hasta el último momento.

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Espero no encontrármelos allá, si es que voy a donde están. Fue un infierno vivir con ellos en este mundo. La vida es un misterio inexplicable. En este cuarto hay como cuatro o cinco personas. Los que están cerca de mí no los escucho y deben estar hablando. Debe ser la familia. No hay despedida. Boleto de ida sin regreso. No volveré. Y si vuelvo, no sabré… No recordaré mi vida anterior. Adelanten el vuelo. Ya estamos todos en la sala de espera. ¡Qué están esperando para anunciar el abordaje! Dense prisa.

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Se acerca el momento. ¿Cómo será? Espero que sea rápido y no sufra más mi cuerpo.

No quiero que sufran. No hay nada que hacer. Ni se puede remediar ni negociar tampoco. Es una sentencia sin derecho de apelación. Acepten mi partida como la acepté yo. Como tendrán que aceptar la de ustedes. El tiempo es el enemigo, no la vida. El tiempo nos envidia y nos destruye sin piedad, como se derrumban a los edificios viejos. Sólo él quiere permanecer y seguir reinando en este mundo. Es así. Transitamos por la vida, creyendo que estamos en el camino correcto, pero el rumbo está oculto. Y un día, sin caminar y sin metas, lo descubrimos y nos apuramos por lograr lo que queremos alcanzar. Y una voz te dice: “Te queda poco”. Pero ese poco no se puede calcular, nos desespera y queremos realizarlo a la ligera. No es tiempo de lamentarse. Ni de recriminaciones. Ni de permitir que las culpas nos invadan. Esas voces molestan e incomodan. ¡Váyanse! Esas voces de la sala son irrespetuosas. ¡Lárguense a sus casas!

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¿Quiénes acaban de llegar? Ah, no. Hijos, no les permitan entrar. No quiero escucharlos. No hay nada que decir ni lamentar. Y cuando lo queremos decir, no tenemos voz. ¡Gracias, hijos por no dejarlos pasar! Están cumpliendo con mis instrucciones. Ya no hablan. Están murmurando bajito.

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Se acerca el momento. ¿Cómo será? Espero que sea rápido y no sufra más mi cuerpo. Se sufre en la vida, seas rico o seas pobre. Que mi pensamiento se muera conmigo. No sería justo que siguiera pensando. Sería un karma. Espero desaparecer. Dejar de ser. Ese será el descanso eterno.

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Quisiera contarles cómo es… A…

Carlos Canales
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