“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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El paseo

sábado 6 de febrero de 2021

Cuando se activó el despertador aún era muy temprano. Salió de la cama con letargo, pero no debía perder el autobús con dirección hasta Valencia que pasaba por Cagua a las siete y media de la mañana. Así que, luego de un par de vueltas, estuvo todo listo y, tras una llamada telefónica, salió con prisa. Consiguió quien le diera la cola hasta la parada más cercana y allí repasó todo el recorrido en su mente, la dirección a la que se dirigía, las recomendaciones de su hermana y sus propias experiencias.

Al cabo de diez minutos, llegó el autobús que esperaba y lo abordó sin titubeos, contando uno a uno los billetes para pagar el pasaje. Permaneció de pie porque no había puesto. Transcurridos quince minutos, ya se encontraba en La Encrucijada, donde se detuvo el bus para recoger pasajeros nuevamente. Él era un hombre muy particular, era muy delgado, vestía con una camisa negra, llevaba un bolso tipo koala negro, una agenda de cuero negro y una barba muy poblada.

Cuando el autobús se detuvo a recoger más pasajeros se indignó, pues ya había mucha gente de pie y, a decir verdad, él no estaba para soportar a tantas personas mal olientes a su alrededor. Sin embargo una muchacha llamó su atención; era delgada, de baja estatura, vestía una camisa verde con negro y un jean con zapatos deportivos negros, un poco desgastados, de tez blanca, cabello largo y una sonrisa radiante que transmitía serenidad. El viaje continuó ya en la autopista. Ella miraba a su alrededor detallando a cada pasajero y ya había notado a dos muchachos muy sospechosos; sin embargo, mantenía la calma confiada en que debía mostrar seguridad y tranquilidad.

Los dos sospechosos, el que iba sentado y el que estaba de pie, sacarían sus armas y lo despojarían de sus preciados objetos.

Mientras ella disfrutaba del paisaje y de sus pensamientos, Benincasa, el delgado caballero de negro, iba mostrando más y más ansiedad. Él miraba a su alrededor, la miraba a ella y se inquietaba constantemente al observar al joven que tenía sentado justo al frente. Benincasa sudaba y palidecía cada vez que el chico de la camisa marrón se movía; tenía en su cabeza la idea persistente de que ese individuo iba a sacar un arma de un momento a otro e iba a robarlo.

Benincasa evitaba montarse en autobús, pues siempre iba al trabajo en su carro o lo buscaba el chofer de la compañía, pero esta vez ninguna de las opciones anteriores había estado a su disposición, así que le pareció que un poco de aventura no le haría daño. Tenía efectivo suficiente, sabía qué ruta tomar, era un señor muy influyente, ¿qué podía pasarle?

A medida que continuaba su trayecto, Benincasa sentía latir su corazón cada vez más rápido. Las manos comenzaron a sudarle y las palabras se disparaban en su cerebro y llegaban a su boca, donde se hacían pedazos y se diluían en una espesa saliva del terror. Así que pensó que debía advertirle a alguien de lo que estaba por ocurrir, cuando de pronto se dio cuenta de que el muchacho que estaba de pie a dos pasos de él, en el pasillo, cargaba la camisa por fuera y seguramente allí cargaba también un arma.

En su interior, ya había visto cómo sucederían las cosas: los dos sospechosos, el que iba sentado y el que estaba de pie, sacarían sus armas y lo despojarían de sus preciados objetos; quizá matarían a la chica que iba risueña y probablemente terminarían matándolo a él también.

Como no podía hablar, comenzó a hacerle señas con los ojos a la chica que iba a su lado, y ella, sin comprender, le preguntaba: “¿Qué?”, pero cuando Benincasa quiso responderle sintió la lengua paralizada. Ella, que había notado la presencia de los dos jóvenes con aspecto sospechoso, comprendió lo que gritaban sus ojos, y aunque estaba alerta, mantenía la firme convicción de que todo estaría bien.

Benincasa en cambio se sentía cada vez más envuelto en sus propios miedos, porque estaba convencido de su imposibilidad de defenderse. Sintió un terrible dolor en el estómago y comenzó a sudar frío mientras continuaba contemplando su situación. Entonces notó que los dos muchachos lo miraban a él, cuando de pronto sintió algo filoso presionar su pierna derecha. Su respiración se aceleró aún más y pudo sentir el dolor y la sangre brotando de un pequeño agujero en su piel. Se había clavado un alambre que salía de uno de los asientos.

Fue entonces cuando Benincasa comprendió que aquel paseo tan fácil había sido un error.

Volvió a mirar a la muchacha que iba de pie a su lado, pero esta vez con un terror que se escuchaba en medio del silencio. Los dos sospechosos lo miraban con cuidado, detallando cada objeto que llevaba, cuando de pronto uno de ellos solicitó la parada. El autobús se detuvo, al igual que el corazón de Benincasa, hasta que uno de ellos descendió y Benincasa volvió a respirar y nuevamente le hizo señas a la joven que iba a su lado, advirtiéndole que continuara alerta, pues aún estaba el otro joven de pie, representando una amenaza latente.

Ese individuo “sospechoso”, que se encontraba de pie, le preguntaba a una señora acerca de cómo llegar a una dirección que tenía anotada en un papel. Fue entonces cuando Benincasa se convenció de que lo secuestraría y lo llevaría hasta allí, así que las palabras comenzaron a salir disparadas por sus ojos, directo hacia la señorita de la camisa verde y negro que estaba a su lado.

Ella se inquietó, pero sabía que debía mantener la calma. Fue entonces cuando Benincasa comprendió que aquel paseo tan fácil había sido un error. Ahora que ninguna palabra le obedecía y se negaban a salir por su boca, no podría pedir ayuda y se quedaría perdido en esa ciudad, secuestrado por ese sospechoso. Entonces solicitó la parada y se bajó atormentado, pero antes logró escupirle tres palabras a la muchacha que iba a su lado:

—Disculpa mi paranoia.

Cuando Benincasa tocó la acera con el pie, se paralizó por completo y quedó en medio de la calle convertido en una estatuilla de piedra tan peculiar que, cuando el joven sospechoso descendió por las escaleras del autobús, lo tomó entre las manos y se lo guardó en el bolsillo para obsequiárselo a su sobrina, a quien iba a visitar por primera vez a Valencia.

Beatriz Peñaloza
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