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Siete relatos de Manual de crucificciones, de Daniel Bernal Suárez

jueves 11 de febrero de 2021
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Daniel Bernal Suárez
Daniel Bernal Suárez (Santa Cruz de Tenerife, 1984).
“Manual de crucificciones”, de Daniel Bernal Suárez
Manual de crucificciones, de Daniel Bernal Suárez (Ediciones Idea, 2019). Disponible en la web de la editorial

Manual de crucificciones
Daniel Bernal Suárez
Microcuentos
Ediciones Idea
Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias (España), 2019
ISBN: 978-84-17764-38-8
172 páginas

Somniófago

Me acostumbré a comer sueños por prescripción facultativa. Ahora que me he repuesto de una anemia pertinaz, he sucumbido a la adicción y no sé cómo detenerme. No solo devoro mis realizaciones oníricas en desayuno, almuerzo y cena, sino que me agrada picar entre horas. Apuro las migas sin pudor, así sean de ensoñaciones angustiosas. Al principio me ayudaba a calmar mi apego a la realidad, pero creé una tolerancia excesiva a la receta y cada vez necesito mayor cantidad para no perder la cordura. Si nada lo impide, mi paladar, habituado a tan dulces sabores, terminará por reblandecerse al punto de que un trozo de pan, un encargo de la oficina o un desperfecto doméstico alteren mi equilibrio y caiga presa del pánico y el horror. Todo a mi alrededor me parece viscoso e irreal. Últimamente noto mi estómago transformado en medusa o nube. Acudo al médico ahíto de sueño. Me siento frente a él y lo veo flotar en el aire como un globo infantil. No desperdicio la oportunidad. Extraigo de mi bolsillo tenedor y cuchillo y me lo como. Esta carne con bata blanca sabe muy bien.

 

Hechos cotidianos

De repente, aquel hombre extrajo su ojo derecho de la cuenca, lo golpeó ligeramente contra la copa vacía, como si fuera un huevo, y separó las dos mitades resultantes para verter la yema en el interior de la copa. Ella lo miraba con éxtasis. Él aproximó la bebida azul a su acompañante que, tras ingerirla, se convirtió en un pequeño conejo lanudo que se marchó dando saltos vigorosos entre las piernas de los asistentes a la fiesta. El hombre sin ojo sonrió y, al girarse, quedó frente a mí. Su ojo vacío me atraía con la fuerza de un torbellino y miré a través de la oquedad: allí estaba mi madre tejiendo un tapiz hermosísimo. En su cara se intuía la desidia con que lo hilaba, sabedora del vano trabajo que tendría que deshacer por la noche. Yo odiaba a sus pretendientes que insistían con vehemencia en pedir su mano ante la ausencia del esposo. Desesperado, atravesé la Hélade para encontrar a mi padre, pero la voluntad de los dioses le hacía pagar una afrenta desmedida. Entonces, sobre la elipse sin ojo se deslizó la cortina del párpado. Volví a la fiesta. El hombre se acercó a mí y se despidió. Y me dejé llevar, desde ese momento, por la música que se contoneaba en el aire como una serpiente. Nos engullía y nosotros, sin saberlo, dejándonos acariciar por su saliva, ingresábamos así al centro imposible del laberinto.

 

Solo sueños

No te preocupes por esas pesadillas, hermano. No creas en lo que cuenta madre sobre el carácter premonitorio de los sueños. Te aseguro que jamás podría hacerte mal. Ni siquiera te guardo rencor porque Dios prefiriese tu ofrenda de cordero a mis humildes vegetales. Ven, Abel, vamos al campo. Quiero contarte una cosa en secreto.

 

Elmira y sus muertes

Elmira ha muerto por tercer día consecutivo. Su muerte fue menos dramática y tuvo algo de festejo y alegría. La primera muerte fue seguida de hipidos y llantos de familiares, vecinos y amigos. La segunda estuvo envuelta de asombro, gestos inesperados y ademanes de incredulidad. La de esta mañana vino precedida por la calma cotidiana de la rutina. Casi no terminaba de morir Elmira. Todos colaboraron para que la mujer pudiera marcharse y así podernos retirar a nuestras faenas diarias. Julio le tapaba la boca y la nariz con una almohada, Andrea le golpeaba ligeramente la cabeza con una olla, doña Santulia le arrojaba un cazo de agua hirviendo. La vieja resistía como si no se percatara de la zozobra alrededor. Elmira murió por tercer día consecutivo. Todos tememos su regreso.

 

Posivirilidad

En aquellas tierras se dictaminó que los hombres deberían elegir entre tener manos o conservar su miembro viril intacto. Una cosa o la otra, nunca ambas. Algunos adeptos a la masturbación emigraron a países vecinos. El resto de los ciudadanos eligió con celeridad su opción: conservar su miembro. Con el tiempo, dada la ausencia de las manos, zajadas con miniguillotinas fabricadas para tal fin, los hombres, para consolar su tristeza, se dieron a una práctica que se hizo habitual: exhibir su miembro como si de un apéndice nasal se tratara, dejándolo desnudo al aire libre y a la contemplación de las miradas ociosas. Como toda costumbre nueva, originó un revuelo inicial pero terminó convirtiéndose en una forma más de estar en el mundo. Los saludos se efectuaban con el sexo y su movimiento, como con la cola de los perros, servía para identificar el estado anímico del sujeto en cuestión. La posesión de manos, en cambio, se imputaba como acontecimiento indecoroso. Los chicos debían cortárselas al llegar a la mayoría de edad, pero hasta alcanzar esa fecha las ocultaban, avergonzados, detrás de guantes que fingían ser muñones, o con mangas alargadas de camisas. Cualquier estrategia era bien vista con tal de no mostrar las manos en público. Hubo muchachos encarcelados por violar la decencia, incluso algunos sediciosos tramaban en secreto actos vandálicos consistentes en tapar su pene con ropa y enseñar sus diez dedos a ojos de transeúntes alarmados. Un nuevo edicto sentenció a pena capital esas insumisiones. Desde hace algunos meses, nuevas interpretaciones de la ley se abren paso entre los legisladores. Se impone, se requiere, se hace innegablemente necesaria la igualdad de trato entre ambos sexos. Las mujeres, mucho más precavidas, aún siguen dilucidando si conservar sus pechos o sus manos.

 

Milena

Milena es un árbol. Un árbol que resiste la inclemencia, un árbol que florece a destiempo y que soporta las miradas lúbricas de los paseantes, el tacto impúdico hacia sus flores. Milena es un árbol que no se queja: desconoce la depresión o el aullido. No padece insomnio ni enferma. Milena es agradecida: al regar sus raíces, levanta un brazo y saluda con un acento a rama de canela o de incienso. Milena es un árbol que enamora, es un árbol que envejece apenas, es un árbol solitario a pesar de las reuniones infantiles que suceden a su sombra. Por eso nos anegó la tristeza cuando el gobierno decidió derribarla. No le dijimos nada, quisimos protegerla hasta el último minuto. Se fue sin derramar una lágrima, feliz y entusiasmada como había sido siempre. Milena es un árbol enraizado a la memoria. ¿Quién podrá ahora arrancar su imagen de mí?

 

Donald Barthelme se emborracha a palabras

que sorbe de una botella gris. Cientos de vocablos yacen esparcidos en la habitación de su hotel. Desmedrados sustantivos, adverbios ahogados, adjetivos exhaustos después de la orgía. Todos saben que Donald Barthelme está perdido, irremediablemente. Cada célula de su organismo fagocita sílabas ardientes que estallan. Ay, pobre Donald Barthelme, sube a la azotea y contempla el horizonte. Mira el sol brillar en la amanecida. Un perro ladrará y su ladrido será lenguaje y tu vista será oído y tus piernas enraizarán hechas un predicado. Podrida literatura te compone, te sustancia. Una escombrera de imaginación será tu tumba.

Daniel Bernal Suárez
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