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Pero…

jueves 18 de marzo de 2021
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Y como si fuera poco, el mal tiempo. Una lluvia que le empapaba el desánimo, más que la vestimenta. El hombre caminaba ajeno al tráfico, a las bocinas, al desespero de la multitud por subir a los autobuses. Quería sofocar el iceberg que le quemaba las entrañas, bebiendo, como ya era su costumbre. Palpó los bolsillos… ¡Nada! Las últimas monedas se las había dado, unos minutos antes, a una niña que gritaba, en silencio, su miseria. Se preguntó si no era mayor la suya. Además de la tragedia sufrida, lo habían despedido del trabajo, sin el menor rasgo de piedad. ¡Que destilara su pena en otro sitio! Los amigos de siempre, cansados de ver su abatimiento y sin saber qué más decirle, terminaron por darle espacio para el duelo. Víctima de la incomprensión, el hombre sentía que el mundo no era más que un globo lleno de injusticias. Continuó su camino, sin brújula, esquivando las veredas que lo llevaban a su casa, al antro de la soledad.

Vio un alero y decidió refugiarse en él. Lamentó el exilio de la rutina diaria, de aquel caos citadino que cruzó tantas tardes para llegar al hogar, donde no siempre imperaba el sosiego. Qué baladíes le parecían ahora las riñas domésticas y los escandalosos juegos de los hijos, que no le permitían dormir. Sin embargo, era feliz. ¿Acaso no merecía serlo? La vida no era un malvavisco. Lo había aprendido en la niñez, entre las hostilidades del orfanato, donde tuvo que sobrevivir a los desafueros del más fuerte. Aferrado al lugar común, Si la vida te da limones, aprende a hacer limonada, una vez fuera de aquel sitio se integró, de buena fe, a la sociedad.

Un señor, con maletín en mano, se detuvo a su lado:

—Casi no llueve —comentó.

¿No se da cuenta de cómo se hunden las sociedades en la inmoralidad y la corrupción? Próximo está el momento de ponerles coto.

El hombre lo ignoró, fastidiado por la interrupción del curso de sus pensamientos. Observó que era un predicador; lo menos que deseaba era una perorata sobre la Palabra.

—¡Qué bueno, en poco, deja de llover! —insistió—. ¿Le importaría dedicarme unos minutos?

Si algo hay que reconocerle a los predicadores —se dijo—, es la insistencia frente a la poca receptividad de la gente.

No se molestó en contestar. Con desdén patricio, tomó el folleto que el señor le entregaba. No tenía qué perder.

—¿Sabe usted que estamos en las vísperas del final de los tiempos? Es hora de refugiarnos en la Biblia. Jehová espera por usted, y por todos aquellos que busquen el conocimiento, para ofrendarle las bondades de la vida eterna. En el Paraíso, usted conocerá la felicidad verdadera. No habrá sufrimientos ni carencias. Disfrutará de armonía y paz infinitas…

—¡Sí, seguro!

—¿Lo duda? Si usted lee este folleto, hallará textos e ilustraciones sobre lo que les espera a quienes sigan fielmente la Palabra. De otra forma, sería imposible.

—¿El fin de los tiempos, dice usted?

—Así es. ¿No se da cuenta de cómo se hunden las sociedades en la inmoralidad y la corrupción? Próximo está el momento de ponerles coto, de vencer a Satanás, el provocador de todas las cosas malas que vapulean el mundo. Si lo duda, lea las Sagradas Escrituras y comprobará que las Profecías, allí narradas, se han venido cumpliendo una a una.

¡Bah!, pensó el hombre, el fin podía ser muchas cosas y de distintas maneras, no sólo con la muerte. Cansado del parloteo, se despidió con la promesa de ir tras la sabiduría bíblica, aunque ambos vislumbraran que la promesa escaparía, de inmediato, al olvido. El hombre, sin otra cosa que lo motivara, se sumergió en divagaciones sobre lo que había escuchado. Qué extraño era el Dios del que le había hablado ese señor. Un padre que envió a su hijo a la cruz para redimir los pecados. ¿La humanidad había aprendido algo? Era más pecadora que nunca. Un Dios que casi estaba listo para vencer al Diablo, responsable de la anarquía terrenal. ¿Cuánto más debía esperar? El Dios que ofrecía el Edén a quien encontrara el camino de la salvación espiritual. “Esperando quedará porque, como marcha el mundo…”, pensó, con sarcasmo.

La perversión alcanzaba niveles insospechados. Avanzaban la ciencia y la tecnología, al paso de la maldad. ¿Había diferencia entre los misiles, cada vez más sofisticados, y las fosas de los leones, durante el Imperio Romano? Sin duda alguna. Los misiles eran de mayor letalidad. Destruían ciudades enteras. La espiritualidad se marchitaba, bajo capas de hipocresía. La gente acudía a los templos a orar y regresaba a casa, para caer de nuevo en los mismos errores. Las televisoras pregonaban el caos planetario, muestra de la demora ancestral sobre el triunfo del bien sobre el mal.

¿Existía Dios o, en todo caso, hacia dónde dirigía la mirada frente al sufrimiento humano? Habría que preguntarle a un padre somalí, con el hijo moribundo en brazos, casi vuelto osamenta, rodeado por las moscas de la pobreza; a una madre del Medio Oriente, con el fruto de sus entrañas mutilado por una guerra que no buscó o, más cerca, a él mismo, ahora que poseía los argumentos suficientes que lo llevaban a renegar de todo. ¿Blasfemias? No lo consideraba así. Se decía que el Todopoderoso creó al hombre, a su imagen y semejanza, para que usara los atributos de la razón y los sentimientos en el buen curso del libre albedrío. Bruto le había salido. No dejaba de cavar el foso de la autodestrucción.

La venganza no le devolvería a su familia. Se hundió en la marea del sinsentido.

Hubo un tiempo en que creyó en Él, después de dejar atrás aquel orfanato ajeno a la compasión. Allí, la Divinidad no pasaba de ser un cuento. Sin embargo, la fe comenzó a iluminarlo bajo la luz de un nuevo sol cuando aquella joven, bonita y amorosa, se casó con él, sin importarle su pasado. Luego, con la llegada de los hijos, la fe escaló nuevas dimensiones. Se sentía bendecido. Cada noche elevaba sus alabanzas al Creador. Pero el mazo de la desgracia destruyó, de un solo golpe, sus convicciones. Qué tonto había sido en depositar su confianza en un Dios que, evidentemente, no existía. Al menos, para él.

La fatalidad cercenó toda posibilidad de tener fe, mucho menos en los seres humanos. La justicia se inclinaba a favor de los poderosos. Lo confirmó en la audiencia, cuando el juez falló a favor de los argumentos del séquito de abogados. El empresario no era responsable del descuido de la mujer al cruzar la calle con sus dos hijos. Se ignoraron las declaraciones de los testigos y las pruebas de las imágenes que mostraban el vehículo a gran velocidad. Pesó más el prestigio económico. Quedaba claro que, para el tribunal, el empresario no había salido esa mañana con la intención de cometer un delito. El hombre salió de la sala invadido por el odio y la venganza. No poseía los medios para alcanzar este objetivo. Además, la venganza no le devolvería a su familia. Se hundió en la marea del sinsentido.

El predicador había disertado sobre el fin de los tiempos. El hombre pudo haberle dicho que no malgastara el suyo con alguien que, respirando, estaba muerto. Pudo hablarle sobre el tormento que le aquejaba para demostrarle que la vida era el infierno mismo. Más allá sólo le esperaba la nada, como esa que le causaba tanto dolor y desesperación. Sintió envidia de aquel predicador asido a un credo que le era suficiente para cruzar las horas adversas, con la ilusión de estar inscrito en un Plan Divino. A él le quedaban pocas fuerzas; era hora de tomar la decisión final. En tanto buscaba la fórmula, se dijo: No me interesa encontrar la Luz, la paz espiritual, el Paraíso o ninguna de esas sandeces. ¡Quiero acabar con esta vida! Pero…, si acaso ese Señor existe y, como dicen, todo lo sabe, todo lo oye y todo lo ve, que contemple la nada que ahoga mi interior y acuda a su clemencia infinita para comprenderme y me otorgue el perdón por lo que estoy a punto de cometer.

Olga Cortez Barbera
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