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Relato fallido

domingo 4 de abril de 2021
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I

—¡Tengan piedad! —clamé—. ¡Por el amor de Dios, mátennos en la hoguera o en la horca, pero no nos envíen a ese espantoso lugar!

—Adriano y Selene, súbditos de Su Santidad, el Rey —repuso el Arzobispo, con voz terminante—, por habérseles hallado culpables de cometer los abominables pecados de herejía y fornicación, este tribunal descarga sobre ustedes, en nombre del Altísimo, la pena capital: ¡entrar en el laberinto!

Enseguida, se oyeron los tañidos de las campanas de la catedral, arriba en las torres, como ocurría cada vez que la justicia eclesiástica dictaba un veredicto extraordinario, inapelable, fatal. Apenas tuve tiempo de seguir viendo los rostros arrugados y duros del episcopado togado de blanco y púrpura que estaba frente a mí, sentado tras largas mesas de madera, pues dos guardias reales me condujeron de inmediato hacia la calle. Asido de los brazos con una firmeza opresiva, ingresé trastabillando en la nave central de la iglesia. El alboroto del gentío que acababa de asistir al juicio desde sus bancas rebosaba las paredes de piedra y perforaba mis oídos con improperios como “¡promiscuo!”, “¡blasfemo!” o “¡escoria humana!”. Inexplicablemente, logré oír los sollozos desfallecientes de Selene, quien venía detrás de mí, sujeta también por dos canallas reales. Mis ojos ardieron en lágrimas, pero eran lágrimas de honor: aunque atroz, el laberinto era un destino digno para dos personas que están dispuestas a morir por amor.

El Creacionismo Pragmático (que es la doctrina estatal) afirma que la divinidad es incognoscible.

Mientras avanzaba hacia las puertas del templo, las caras de la muchedumbre me parecían monótonas, indiferenciadas. Intentando prever mi suerte inmediata, pensé en algunos mitos sobre el laberinto. Pocas personas lo habían visto. Se decía que estaba al oeste de nuestra ciudad, en los confines del reino, y que sus muros eran altos y hermosos, pues estaban hechos únicamente de hojas de fresno, rosas y alhelíes. También se rumoreaba que su interior albergaba fieras que despedazaban a los hombres por diversión, ya que su alimento era el licor de estrellas. Había quien afirmaba que aquella misteriosa estructura tenía el poder de enloquecer a las personas o de hacerlas morir de tristeza. Incluso llegué a oír, una vez, que allí cada desdichado se transformaba en una flor, o en una hoja, o en una ramita del laberinto, de manera que éste no era más que una acumulación arquitectónica de infelices en estado vegetal. Existían muchas otras figuraciones de semejante índole en torno al enigmático dédalo, unas más ominosas que otras, pero todas ellas coincidían en un punto: quien entraba ahí, jamás volvía a salir.

A partir de esa certeza, el peor castigo del país se ha reservado siempre para los criminales más peligrosos, los que atentan contra el Poeta. Durante siglos, se nos ha inculcado desde los presbiterios que todos nosotros no somos más que personajes de un Libro, un Libro maravilloso que un Ser omnipotente escribe para que podamos existir y hacer su voluntad. Tal credo es la base de nuestra fe, desde Su Majestad, el Rey, hasta el plebeyo más abyecto. Así, pues, vivimos en un mundo que se encuentra en continua escritura, en incesante creación, y profesamos, por lo tanto, el Creacionismo. Es la única y verdadera religión que conocemos, aunque no todos la practicamos del mismo modo.

El Creacionismo Pragmático (que es la doctrina estatal) afirma que la divinidad es incognoscible, y que las ideas del Ser Supremo como Poeta y del mundo como Libro sólo son metáforas que buscan explicar el universo. Pero hay, asimismo, una secta clandestina (como todas las sectas) que cuenta con muchos adeptos y cuyos fieles son perseguidos con odio por los pragmáticos: el Creacionismo Apocalíptico. Sus enseñanzas postulan que tanto el Poeta como su Libro existen literalmente, y que nuestro deber es acelerar la destrucción de la Tierra, hacer que el Creador reduzca su obra a cenizas y nos haga renacer en un Relato nuevo, acabado y perfecto, de perpetua bienaventuranza. Ambas creencias mantienen una eterna guerra en la que no han faltado libelos mordaces disfrazados de opúsculos teológicos, duelos de espadas en los mercados, muertes por envenenamiento. Lo terrible, lo dulcemente terrible, es que Selene era una pragmática convencida, mientras que yo era un radical y ferviente apocalíptico.

Es curioso, pero conocí a mi amada en la misma catedral donde meses después yo rogaría (en vano) que nos perdonasen. Recuerdo que era un domingo radiante y me encontraba sentado entre las últimas bancas, más interesado en los grandes vitrales que decoraban el santuario que en el sermón del sacerdote. De pronto, alguien se sentó suavemente a mi lado. Era una dama ataviada con un largo vestido azul pastel de seda y con el rostro cubierto por un corto velo blanco de encaje. Por su postura, sus delicadas maneras, por el aroma de azafrán que la acompañaba, supe al instante que se trataba de una mujer de la nobleza. En cuanto a mí, apenas era el hijo de un modesto comerciante de telas, de modo que me sentí nervioso. Entonces ella se descubrió el semblante con sus níveas manos, mostrando su perfil de principio redondeado y corto, nariz fina, labios estrechos y mentón sensual. Mantuvo la vista al frente, pero volteó a verme tras unos segundos. Me quedé atónito ante la belleza de sus sinceros ojos claros.

—¿Nos conocemos, señorita? —logré preguntar, improvisando.

Ella enrojeció y desvió la mirada. Comenzó a murmurar palabras ininteligibles, como si estuviera haciendo una plegaria en algún idioma desconocido. Sin detenerme a pensarlo, saqué un panfleto del interior de mi camisa, tomé a la chica del brazo con cuidado y se lo entregué. “El fin del mundo se acerca”, le murmuré al oído, “el Poeta te ama”. Me levanté y abandoné el lugar a toda prisa.

Fue así como empezamos a sentarnos juntos en las misas dominicales. Las primeras semanas, discutíamos sobre temas religiosos, pero después las conversaciones se fueron por otros derroteros, y con el paso del tiempo (que el Poeta me perdone), las cuestiones de fe terminaron por deslizarse de mis pensamientos, desplazadas por la idea incandescente de poseer a Selene.

Abajo, en la tierra, subsistía el laberinto, con sus paredes de hojas verdes, y en cuyo pasillo de ingreso Selene y yo seguíamos de pie, tomados de la mano.

Llegó un momento en que los domingos nos resultaron insuficientes. Comenzamos a vernos más seguido, a veces en los linderos de bosques no muy lejanos, a veces en algún monasterio abandonado del interior del país, pues no era apropiado que un hombre de mi condición pretendiera en público a una mujer noble. Pronto los encuentros se fueron haciendo más y más frecuentes, más y más intensos, hasta que decidimos burlarnos del Creacionismo y de sus estúpidas disputas internas: sólo queríamos entregarnos al otro. Cierta noche, mi mejor amigo nos dejó entrar a hurtadillas en su aposento de huéspedes y allí, cuales bestias sedientas, ardiendo de pasión y temblor, Selene y yo nos besamos como si fuera el primer beso de nuestras vidas. La luz mortecina de una vela acariciaba ambos cuerpos semidesnudos cuando siete guardias reales irrumpieron en el recinto y nos arrestaron. Después supe que mi supuesto amigo era quien nos había delatado.

Nada vuelve al tiempo tan fugitivo como la proximidad de la muerte; para cuando terminé de rememorar mi breve romance con Selene, ya habíamos completado el trayecto que iba de la catedral al laberinto. La temida construcción lucía tal y como decían los rumores: de altos muros hechos de hojas de fresno, con flores desperdigadas en su superficie. El sol debía de estar hundiéndose en el horizonte, pues varios resplandores rojizos aleteaban con fragilidad en el cielo lánguido que precede a la noche. Por fin, tres guardias nos liberaron de los grilletes y se alejaron cabalgando con celeridad sobre la tierra ancha y yerma. Abracé a mi doncella, la tomé de la mano y así, juntos, dimos los primeros pasos hacia nuestro final.

 

II

Caía la noche. En el firmamento aparecían los primeros astros de colores: una lucecita rosada, que, según decían, era un planeta poblado de rosas y ángeles; dos estrellitas fugaces de estela azul resplandeciente; tres pálidos luceros, vistosos y formando un triángulo perfecto, hogar de dioses paganos, olvidados y muertos. Pero abajo, en la tierra, subsistía el laberinto, con sus paredes de hojas verdes, y en cuyo pasillo de ingreso Selene y yo seguíamos de pie, tomados de la mano, atravesando una especie de dicha aterrada.

—¿Te fijaste en cómo se cerró la entrada apenas la cruzamos? —me preguntó mi amada, mirando de reojo el follaje que teníamos a nuestras espaldas—. Es como si esta cosa tuviera vida propia.

—Mejor así —le respondí, sin mirarla—; ya no hay vuelta atrás.

Cautelosos, cruzamos el corredor, al cabo del cual había una bifurcación. Separarnos no era una alternativa.

—¿Derecha o izquierda? —pregunté.

—Es lo mismo —respondió Selene—. Decide tú.

Giramos hacia la derecha. Seguimos caminando con tanto sigilo como antes. A medida que nos adentrábamos por el pasaje, veíamos destellar débilmente una que otra flor plateada en la superficie de los muros. Sólo se oían nuestros pasos en la hierba menuda, de la que subía un aroma de tierra mojada. Así, dimos con otro pasillo que nos llevó a izquierda primero, a derecha después, luego otra vez a la izquierda. La oscuridad crecía y una brisa tenue invadía el laberinto. Mi doncella se juntó más a mí. Anduvimos de ese modo unos minutos, hasta que un hallazgo nos sorprendió al doblar un recodo.

—¿Será una trampa? —preguntó Selene, dando un paso atrás.

Frente a nosotros, hasta donde alcanzaba la vista, se extendía un apacible desierto. Duna tras duna, la arena tenía un aspecto de nieve azulada. Pensé con alegría que habíamos logrado escapar del funesto dédalo. Mi amada me soltó, eufórica, y se internó corriendo en aquellos médanos solitarios.

—¡Espérate! —le grité.

—¡Espérate tú! —exclamó riéndose, sin dejar de correr.

La seguí, dando carcajadas. Pronto su cofia de condenada se elevó con el viento desértico y se perdió de mi vista. Aún rememoro el contorno del cuerpo de Selene, su largo cabello oscuro, sus movimientos joviales pretendiendo encarnar la libertad. En breves instantes, la alcancé y caí como gravitando encima de ella, sobre la arena. Mi amada se giró y me miró a los ojos. Sostuve su mirada vivaz, esa mirada como de llamas de fuego ardiendo en el corazón de dos aguamarinas, acerqué mi rostro todavía más al suyo y entonces nuestras bocas se encontraron; las lenguas danzaron tibiamente, en silencio, como envueltas en miel. De súbito, un puñado de arena me estalló en la cabeza. Selene se zafó de mí y echó a correr de nuevo.

—¡Eso te pasa por confiado! —me gritó, alejándose.

Noté que el aire se había cargado de luciérnagas. Las criaturas se mantenían suspendidas por encima de nuestras cabezas, emitiendo un delicado resplandor. Producían un rumor casi inaudible. Me alegré de saber que Selene y yo no éramos los únicos entes vivos en aquel paraje.

—¡Ven acá! —grité, sintiéndome contento.

Aunque la atmósfera nocturna era fría, mis prendas se me antojaron superfluas, de manera que me desprendí de la camisa, las botas y el pantalón. Mi doncella, tal vez motivada por lo que me veía hacer, se deshizo de su chaleco, y pude ver su camisa traslúcida cubriéndola desde los hombros hasta los tobillos. Selene parecía ser el objeto del deseo de las sombras y de las luces esmeraldas de las luciérnagas, el campo de batalla entre un velo oscuro y múltiples destellos vivos, y esto le daba un aspecto irreal, como si estuviera hecha de la misma sustancia que los sueños. Me percaté luego de que las paredes del laberinto volvían a aparecer allá adelante, esbozadas por llamas de fuego violeta. Comencé a desesperarme; mi amada seguía alejándose. Emprendí otra vez la carrera, hasta que finalmente alcancé a Selene. Mantuvimos nuestras respiraciones cautivas un momento. Después, rocé su frente con mis labios, luego sus mejillas, y poco a poco deslicé mis manos por su cuello y sus hombros; la camisa resbaló por los brazos, el abdomen, los muslos, y cayó susurrante en el suelo. Ella dio un suspiro de resignación, pero no me importó; estaba hechizado con la calidez de su piel.

Formulé una breve oración de gracias al Poeta y, como el pecador a quien expulsan del paraíso (cualquier paraíso), ingresé en la galería.

—Parece que no hemos salido del laberinto todavía —musitó.

Alcé la vista. Nos encontrábamos frente a otro muro, esclarecido puntualmente por las llamas violetas de una hilera de antorchas que adían arriba, en candelabros. Nos bastó mirarnos para comprender que no tendríamos paz hasta salir de aquella edificación inhumana que empezábamos a aborrecer. Varios pasos a mi derecha, se hallaba la entrada a un corredor.

—Nos están torturando, Selene —dije, separándome de ella.

—¡Esta angustia es insoportable! —exclamó—. ¡Incendiemos este lugar y quedémonos para siempre en el desierto!

—No es mala idea.

De inmediato, tomé una de las antorchas y la arrojé contra la pared. Fugazmente, experimenté un chispazo interior de excitación desquiciada y fui incapaz de sofocar una risotada. Sin embargo, la tea dio contra su objetivo y cayó al suelo sin inmutarse, sin producir el menor cambio a su alrededor; las hojas de fresno, en la penumbra, ni siquiera emitieron un leve ruido; el fuego violeta de corazón pálido siguió encendido sobre el polvo. Preso de un ataque de desesperación, procuré patear las llamas: mis pies desnudos atravesaron el fuego sintiendo un calor agradable y palpitante, pero sin recibir el menor daño. Repetí la operación y obtuve idéntico resultado. Miré a mi compañera.

—Vámonos, ¿sí? —dijo ella.

Recogí la tea y caminé con Selene hasta la boca del pasillo. Ella se apoderó también de una antorcha y siguió su camino sin mirar atrás. Por mi parte, eché una última ojeada a las dunas, aquellas dunas azuladas que daban la impresión de estar bajo el mar, contenidas en una cúpula oscura poblada de pececillos multicolores, protegidas por una franja verde de lágrimas astrales. Formulé una breve oración de gracias al Poeta y, como el pecador a quien expulsan del paraíso (cualquier paraíso), ingresé en la galería.

Anduve acompañado del ámbito de violeta pálida que emanaba de mi antorcha, mientras Selene marchaba algo más adelante con el suyo propio. Así se reanudó la caminata vertiginosa de antes: atravesábamos un corredor y girábamos a la derecha, después a la izquierda; llegábamos a una disyuntiva y era forzoso escoger, pero en realidad no escogíamos porque ambos lados nos daban lo mismo: izquierda, derecha, otra vez izquierda… Ignoro por cuánto tiempo estuvimos en ese plan, me pareció que fueron horas. Lo cierto es que al girar en uno de tantos recovecos, Selene desapareció de mi campo de visión y, segundos después, oí un delicioso chapuzón. Corrí en dirección al sonido y en breve salí del pasaje. Entonces vi su superficie como un espejo trémulo de azabache transparente, entre la hierba: era una laguna.

—¡Está riquísima! —exclamó mi doncella, saliendo del agua hasta descubrirse los senos—. ¡Ven a bañarte conmigo!

Ella no había terminado de hablar, cuando ya yo estaba despidiendo mi antorcha por los aires y arrojándome al agua. Penetré de cabeza la faz acuosa y me sumergí cuanto pude, experimentando una ligera efervescencia en todo mi cuerpo. Ciertos resplandores celestes, plateados, áureos y rosas, caían y se dispersaban a mi alrededor como partículas de polvo flotante. Comprobé con ello que me encontraba inmerso en un entorno diáfano, pese a que aquellos colores se perdían en las tinieblas de las profundidades. Volví a la superficie.

—La felicito, señorita —le dije a Selene, una vez que pude volver a respirar—. Gracias a usted, hemos encontrado esta maravilla.

—Ha sido pura suerte —replicó. Y añadió—: ¿Qué hacemos ahora?

Diría que su cuerpo lucía precioso, con su piel tersa y pálida, y su larga cabellera ondulando detrás, si no fuese por la andadura frenética que lo animaba.

Nadé hasta ella y nos atamos en un solo sentir, en un fugaz y único padecer; mis manos lentas resbalaron por sus nalgas esponjosas, sedosas y cálidas; me sentí entrar en Selene con una gloria y una exaltación y una vitalidad exquisitas. Entonces giramos y nos sumergimos por completo sin dejar de ser uno solo. Las burbujas ascendían alrededor nuestro y entre nosotros, juguetonas y graciosas, y estallaban arriba, en muertes musicales, mientras mi mano se extraviaba en el cabello flotante de Selene, y la otra mano sujetaba su muslo y las manos de ella presionaban mi espalda. Gemimos sordamente, ondulantes, y nuestras voces se desvanecían al salir de las bocas, y vi cómo Selene respiraba agua sin ahogarse, y yo hacía lo mismo sin dejar de poseerla, y no nos importó si estábamos muertos o vivos o si nos habíamos transformado en criaturas anfibias; volvimos a girar como dos peces o dos caracoles o dos olas concéntricas; fuimos una llama doble ardiendo entre las aguas, fuimos una sola frase escrita por la misma mano y en el mismo papel, fuimos dos versos de un mismo poema; fuimos un desconcierto de la existencia, un milagro, una ficción… Otro de los tantos borradores gemelos descartados por el Poeta.

A la mañana siguiente, despertamos enlazados sobre la hierba, junto a la orilla de la laguna, con la luz del día avivándonos. Confesión: yo conocía múltiples teorías acerca del laberinto, pero ninguna de ellas me había preparado para toparme, simple y llanamente, con la felicidad.

 

III

Algo más tarde, mientras entretenía a Selene dándole nombres a las nubes, sufrí de pronto un horrible vacío en el estómago. Mi mujer me miró con expresión de pánico. Nos incorporamos de inmediato.

—¿Qué pasó? —le pregunté.

—¡No sé! —exclamó, poniéndose de pie—. ¡Vámonos!

—¡Espérame!

Me levanté. Selene se encaminaba al primer pasillo que encontró cerca. Diría que su cuerpo lucía precioso, con su piel tersa y pálida, y su larga cabellera ondulando detrás, si no fuese por la andadura frenética que lo animaba. Ingresamos a la galería. Yo iba siguiendo a mi amada sin mucho entusiasmo, pues juzgaba inútil buscar una salida. Así anduvimos durante quince o veinte corredores (en los laberintos, ahora lo sé, el tiempo se mide en cantidad de pasajes recorridos). El cielo comenzó a despejarse; las nubes parecían alejarse a toda prisa del sol que lo iluminaba todo con una fuerza cada vez mayor. Las hojas de fresno en las paredes comenzaron a marchitarse.

—¡Por Dios, acéptalo! —grité—. ¡No pierdas más tiempo buscando una solución que no existe!

—¿Y entonces qué hacemos? —replicó Selene, volviéndose hacia mí.

—Disfrutemos juntos el tiempo que nos queda —y agregué, caminando hacia ella con cautela—: mi amor, este lugar, este reino, este mundo, no tienen ningún sentido; es el Poeta quien podrá salvarnos, destruyendo este Relato mediocre y escribiendo uno nuevo, donde no habrá espacio para el miedo, y reinarán la fraternidad y la perfección eternas.

Ella se echó a reír.

—Tu fanatismo sectario es ridículo —repuso con calma—. Me voy, Adriano. Adiós.

—¡No seas necia!

Mas Selene había echado a correr con tal presteza, que apenas pude seguirla a la zaga durante tres o cuatro pasillos. Y no la vi más. Así de simple. La llamé a gritos varias veces, transité cientos de galerías sin obtener el menor rastro suyo. Murieron el viento y la brisa, las nubes se desintegraron, un sol potentísimo se ubicó en el centro del cielo como una pupila salvaje. ¡Selene, Selene, Selene! ¡Cuánto te extrañé entonces! ¡Cuánto me dolió que te arrancaran de mí! Sé que fue el Poeta, el maldito Poeta quien te borró de nuestra historia; te hizo desaparecer por puro gusto, por mero placer morboso.

Ignoro, amada mía, si la última vez que estuviste conmigo fue ayer o hace mil años; he marchado tantas veces por los mismos corredores, o los infinitos corredores de este laberinto infinito, que ya no estoy seguro de nada… ¿Qué país era aquel en donde tú y yo vivíamos? ¿Acaso un reino medieval, a pesar de nuestros nombres grecolatinos? ¿Y qué sabe un vendedor de telas sobre culturas antiguas? En fin, todo esto es muy confuso… Tal vez, Selene, jamás te conocí, jamás naciste, y sólo te di vida en mi imaginación para no perder la razón.

Hace mucho que circulo por entre los mismos muros de piedra arenosa, sobre los cuales no hay noche, y en cuyas galerías, de suelo duro y seco, el único ser vivo soy yo, recitando este cuento una y otra vez, porque esta es mi plegaria; este es mi clamor para que el Poeta finalmente deje la tortura de seguir escribiéndome, concibiéndome, tal vez soñándome despierto; es la súplica para que mi Autor me permita deshacerme mientras hablo…

No sé qué está sucediendo… Sí, me permita deshacerme…

Desvanecerme… En débiles vocablos…

Ahora, empiezo a comprender…

Soy sombra de una sombra…

Soy verbo fugaz…

Soy sonidos…

Soy…

So…

S…

..

.

Isaac Morales Vargas
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