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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

El hombre gris

martes 27 de abril de 2021
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Año cero. Para ser más exacto: el día en que las esporas virales se extendieron como una fuerza mediática y enemiga. Y nos metieron directamente, sin anestesia, mientras estábamos sentados en la butaca, el miedo, la ignorancia y la incertidumbre acumulados desde abriles anteriores. Nos sacudieron como si fuéramos muñecos iletrados y, encerrados en nuestro infinito desconocimiento de partículas infinitesimales, vulgares ciudadanos de limitados conocimientos de historia y epidemiología. También fue el día en que nos los vendieron aquí, allí e, igualmente, más allá de nuestras fronteras, como si hubiera un modo más eufemístico de decirnos “Quédate en casa, esto es una guerra”.

Me apalanqué en el sillón cansado de peregrinar por los cuartos, cocina, baño y balcón con mi miedo.

Tonterías, hombre. Esto es como el miedo celuloide, cuando sales del cuarto oscuro, fuera es pura ilusión. No es la primera vez. Así que apague la tele. Así lo hice y de pronto me he visto mirando por la ventana norte las tres piscinas del club vecinal con sus pálidos azules sin agua y, sin embargo, el césped lucía verde. No muy lejos, el humo contaminante de las papeleras salía bailando de las chimeneas mientras el viento acercaba su olor nauseabundo. La náusea me envió al baño. Abrí la ventanilla que da al este. El reloj de la empresa de suministro de hierro industrial de la esquina marcaba las 7:50 horas en un silencio abismal, ocupado tímidamente por los pájaros. Los dos restaurantes de comida rápida estaban cerrados a cal y canto. Necesidades fisiológicas satisfechas, crucé el pasillo y giré mi vista al sur. Las torres de las catedrales refulgían sus cruces centenarias y el salmo rebrotaba en los altavoces en las horas punta anunciando las ahogadas plegarias. Sonaban monódica y puntualmente como un despertador, convocando a los fieles a rezar y a los infieles dormidos a tener fe. Bajé la mirada; delante del súper de utensilios domésticos y escolar, dos grandes perros peludos rociaban el platanero; un tercero, pequinés, salpicaba a la moto abandonada. El dueño los arrastró y giró a la derecha en dirección a la calle que daba al parque y se perdió en la alargada sombra entre el súper Iberasia y la guardería.

Dos días después del anuncio empecé a fijarme en detalles que antes pasaba por alto. Por ejemplo, coches con sus motores parados o que aceleraban ruidosamente encima de los pasos de cebra. A pesar de que algunos pasaban en rojo, la mayoría esperaban los peatones ausentes y el semáforo abrirse. Mientras tanto, miraba las nubes pasar veloces; noté una pareja de palomas posada en la poyata haciéndose arrumacos. Luego volví la mirada al oeste; en la puerta blindada veía colgada mi protección, como un “Dios bendiga este lar” frente a las amenazas (invisibles). En mi trinchera casera, sin embargo, me apalanqué en el sillón cansado de peregrinar por los cuartos, cocina, baño y balcón con mi miedo; miedo celular.

Desde una ventana veía en la estación de las bicicletas las mismas de las veinticuatro horas del primer día. De repente un adolescente pasa violando las restricciones montado en su patinete eléctrico; competía con un ciclista quién primero se rompería la crisma en la estrecha ciclovía; un señor vestía de negro uniforme de oficina, llevaba una barra de pan bajo el brazo y un paraguas en la mano; los trabajadores de la limpieza municipal desinfectaban la parada del autobús mientras otros con mascarillas, distantes dos metros uno del otro, esperaban el bus del turno de las tres. Me pasé a la ventana contraria, una señora con guantes de fregar tiraba botellas en el contenedor; un yupi dio un estornudo en el codo, después se limpió la nariz con un pañuelo de papel, hizo una pelota y la lanzó a la papelera. No era buen baloncestista ni recogepelotas. Me fui a la cocina, algo ahí olía mal; puse el extractor pero no eliminó el tufo graso vecinal.

El final de semana me sorprendió con afección del ánimo. Me senté a hacer Un viaje a la India, como una broma infinita del instinto animal en las palabras de Gonçalo Tavares,

Porque, por lo demás, es bien sabido
que mientras se tiene miedo o valor suficiente…
Además, si un rostro tiene dos caras
—una bella y otra asustada—,
los enemigos tan sólo ven el miedo
y los amantes, la belleza.

Era la lectura más contradictoria y confusa que podía leer en aquel momento sobre el miedo y la soledad. En fin, era lo que me salvaba moral, intelectual y estéticamente.

Los días se hacían largos. Y, pronto, se imponía el silencio entre las cuatro paredes del apartamento. La calma establecida por decreto incomodaba. En algún momento me dije a mí mismo No tengo miedo, por decir algo. Obvio, estaba solo. La profundidad era desconocida. Cuando el reloj marcaba las 19:59 horas, apagaba las luces y salía al balcón a escuchar airados aplausos a los sanitarios durante sesenta segundos, quizá el mismo tiempo que tomaban en votar a los que hacían recortes sociales, sin escocerse la conciencia. Luego, algunos, entonaban canciones de ánimo a los abuelos solitarios, o batían cacerolas contra el monarca y contra el gobierno, o cantaban feliz cumpleaños a los niños, y hasta alguno con vocación mística tocaba el tambor, a veces el saxofón o la guitarra, soñando tal vez con ahuyentar al endemoniado virus de la histeria mental.

También escuché estornudas reprimendas por la música, las panelas, las palmas, los gritos, los tambores, los pitos… La misma mezcla de evacuaciones, ruindades y vértigos. Pero, en fin, la catarsis no llegaba, ni por el silencio ni por la algazara; al contrario, ambos bandos se ahogaban golpeados por la esfera rodeados de esporas verdes virales.

Una noche crucé la puerta de la cocina y Microondas susurró: ¿Qué haces caminando a las tres de la mañana?

Cada vez que abría una página de periódico me desesperaba mirar los gráficos. Me entraba sueño. Insubordinación del estado de vigilia. Hice un pequeño esfuerzo para mantenerme despierto. Miré por la ventana una bandada de miles de estorninos que ilustraban las curvas de los bailarines gráficos. No me acordé de los aplausos. La noche me tumbó; cansado, me fui a la cama sin cenar.

Como todas las noches, abrí el libro, y en la tercera página ya brincaba en mis manos. Apagaba la luz y me costaba enlazar muchas historias hasta que me dormí. Pero tres horas después me despertaba sudando. No sé si por las incesantes meadas y arrastres de sillas de los de arriba o los maullidos de los gatos de la vecina de abajo, o como personaje viral, me sentía incómodo con los movimientos oculares no sincronizados y quería circular con rapidez lejos de los resortes mentales. No sé con qué o con quién soñaba, la verdad. Sé que, despierto, me levantaba, me ponía los calcetines y empezaba a caminar con los ojos encendidos como un felino buscando una presa.

Una noche crucé la puerta de la cocina y Microondas susurró: ¿Qué haces caminando a las tres de la mañana? Tapé sus cuatro ojos con un paño de secar platos para que dejara de marcar las horas. Nevera daba breves suspiros. Mil pasos después me derrumbé rendido en el sofá, sin saber a quién me enfrentaba ni el porqué del insomnio. La luz del alba entraba por centenares de rendijas de la persiana, iluminando mi marchito traje gris. Mientras me desperezaba en el silencio indómito, afuera los pájaros, indiferentes, celebraban un nuevo día.

Las sirenas de las ambulancias llenaban la atmósfera con el chorro penetrante de su sonora pesadilla. En las fábricas, un largo timbrazo iniciaba la reconversión ambivalente de las actividades esenciales. Me quité la manta de encima y apreté el dramático botón de la tele. Las imágenes de los hospitales mostraban el rumor de la convocatoria de los jubilados, pero el olvido de cambio de turno y la falta del EPI imprescindible amenazaban a diestra y a siniestra a sanitarios, a enfermos tirados en camillas en los pasillos, a asintomáticos en las colas de los supermercados, de las panaderías, o sentados en sus habitaciones, muertos se acumulaban en las puertas de los cementerios, etc. Todo muy virtual. Hábitos que, en menoscabo de la energía cotidiana, pasaron a ser comunes y dolían oír, oler, mirar, pensar. Demasiado cotidianos; demasiado dolorosos. Una atmósfera onírica, de pesadilla, que llenaba nuestros días y vidas; una plaga que sólo habíamos visto en el campo, en las alcantarillas o en las venas.

Cambié de canal. La lívida luz estroboscópica encendida antes dio lugar a una improvisada entrevista: un señor barbudo con la bandera de fondo, con un crespón, criticaba con astucia los análisis de los datos científicos. Más que festejarlos los remontaban a aguijones pasados. En otros medios explotaban una serie de coincidencias lamentables y otras desafortunadas. En otro canal vislumbré un ligero brote de animación en el aire pesado de mi encierro, cuando un experto dijo que al octavo día el virus se nos hacía la vista corta…, bla bla bla. Mientras tanto, yo sólo pensaba en cómo salir de casa. Quizás de un modo egoísta, pero también la razón por la cual me pregunté qué día era: ¿sábado?, ¿jueves? No lo sabía. Era el día después de pasar el umbral de la fecundación del contagio. Me salvé —clamé con titubeos—, me voy al súper a reponer la despensa. Mi grito rebotó en el techo y el eco me relajó como si escuchase una tonada bachiana. Lo cierto fue que The Sound of Silence, de Simon & Garfunkel, se tragó mi silencio como el virus las defensas bajas.

Decidí bajar a la calle. Parpadeé, y más cuando pensé como si fuera un feto situado boca abajo asomándose al mundo y apreté el pulsador del ascensor. Había bajado ya no sé cuántas veces las escaleras los últimos días. Tal vez el mismo número de veces que me lavaba las manos durante el día. A propósito, aprendí con un experto, en un video viral de veinte segundos, a lavarme las manos con agua y jabón: muy original, y lo mejor, cuando miré el video deduje lo gorrino que era antes. O cuando otro enseñaba cómo quitarse los guantes y me sentí el más inepto de los humanos. Llegó el ascensor. Lo miré desconfiado. Su luz no era blanca como antes, titilaba amarillenta. No desconfié de ella sino de él, después de todos estos días podía haber algún desperfecto por la falta de uso. Mejor bajo las escaleras, pensé. Me ajusté el carrito de la compra al hombro. Bajé ciento cincuenta y dos peldaños. Llegué al patio de luces con la lengua en la quijada, las gotas de baba en el jersey y el dolor incrustado en la rodilla derecha. Cogí el pomo de la puerta con mi guante de plástico azul cobalto, la abrí, el cierzo sopló suave; pisé el primer peldaño y pensé: Voy a poder ver el verde de las hojas de los árboles de cerca, no el de las mustias lechugas y acelgas. Pero cuando levanté la cabeza, técnicamente he visto unos seres con máscaras antigás, muchos como Coringa o del teatro noh japonés, unos pierrots y colombinas, la mayoría con mascarillas quirúrgicas o con lo que fuera, pero mascarada, al fin y al cabo. Vendrán del hospital o el silencio les asusta, musité. Sin embargo, como había estado de cuarentena, les hice reverencia, les sonreí y casi les aplaudí. No supieron cómo reaccionar o no quisieron, pues me escudriñaron por todos los ángulos de mi arqueado cuerpo. Me miré avergonzado, no llevaba disfraz alguno. Sólo un punto de vista distinto y demolido. Al final, mi único deseo era recibir un poco de vitamina D al aire libre, pensé, más que reponer la despensa.

Intenté justificarme por todos los medios, el susto y el disgusto. Pero ellos siguieron dando pasos como en un desfile de alegorías carnavalescas en un país desconocido. Yo repté de regreso. En lugar de buscar el sol como un lagarto, hui escaleras arriba. Antes escuché unos acordes de piano del Himno a la Alegría, del primero derecho. Un aprendiz, sin duda. A la vez me fijé en la nota de unos jóvenes pegada en el tablón de anuncios: Somos del quinto izquierda. Si necesitan ayuda para comprar en el súper, farmacia o cuidar de niños, avísanos al teléfono: 696 69 66 99. Tardé más de una hora en regresar a mi encierro.

Sólo cuando perdemos algo intangible es que accedemos a cambiar la perspectiva de ese bien más preciado.

Lejos de los jadeos y con la llave metida en la cerradura, me preguntaba ingenuamente: ¿habrán amainado las constelaciones de chistes de laboratorio, los videos víricos de mayonesa y los aforismos de cartón piedra? Qué iluso, mi ingenuidad es tan clásica como inevitable. Encendí el móvil y, mientras la pregunta chocaba en mis resortes cerebrales, recibí sesenta mensajes en fracción de segundos. Al contrario de lo que pensaba, el fulgor de los bulos se incrementaba al de la euforia inicial. Lo silencié y encendí mis orejas interactivas con la televisión. Las pericias psicológicas y las recomendaciones de algunos expertos me infantilizaban incluso más. Decidí dejar de mirar la televisión y, mientras contaba los pasos que daba del salón a la cocina, de la cocina al cuarto, escuché: Noveno día del estado de alarma sanitario. Me paré delante del aparato. Esperaba alguna noticia alentadora o que aclarase lo que estábamos viviendo. Pero lo que anunciaron era intrascendente, así que me fijé en los avisos al pie de la pantalla, el número de contagiados y muertos. Me sobresalté.

Salí a la ventana, había un desfile de señores cargando bolsas dobladas bajo el brazo. Algunos las llevaban llenas, si no de aire, de papel, seguro; otros arrastraban carritos como si fueran de papel. Perdí la paciencia, la solidaridad, los modales y, como recluso enfadadizo, les grité tras las rejas del balcón: “Oigan, señores, regresen a sus casas. Yo también necesito azúcar, levadura y analgésico”. Uno levantó su calva solana, no llevaba mascarilla y, como perro rabioso, me enseñó el medio del mundo; otro joven con barbas y con mascarilla FFP2, menos discreto, mostró el de la mano siniestra y otros déficits solidarios de urbanita. A estas alturas, la unidad dejó de ser el principio orgánico de la naturaleza humana. Intenté ser razonable. En fin, sólo cuando perdemos algo intangible es que accedemos a cambiar la perspectiva de ese bien más preciado.

Qué se creían esos inhumanos, reflexioné, yo también había abierto las puertas de los armarios, de la despensa, y no tenía ni María integral, ni Coca original, ni Chocolate puro. Sólo lentejas, garbanzos, arroz y pasta; latas de sardinas y otros bichos muertos en conserva. Estaba harto de todo. De pronto sonó un violín. Una armonía progresiva casi roquera basada en el Canon de Pachelbel. Se sorprendieron, incluso, don Pepito y don José. Música de fondo en la hora de aplausos enflaquecidos y convertido en el arma de doble filo. Cortaba como el silencio que luego volvió a adueñarse de mi planeta casa. Ese territorio confinado, inexplorado, desconocido, fruto del abandono y con esa cicatriz latente donde, como muchos, ya no me sentía parte del colectivo. Pronto la sensación de angustia me empezó a carcomer por dentro; por fuera ya era visible al tocarme los pelos revueltos y la barba larga. Me invadió la pesadumbre. Asustado, comencé a guardar en el baúl muchos abrazos y besos como si fueran datos, por si acaso. Si acaso ¿qué?

Estábamos en el trigésimo tercer día o en el sexagésimo, qué más da. Eran muchos días de confinamiento. Y el virus viajaba como clase media de vacaciones. Ya no había casi lugar virgen en el planeta para diseminar sus cepas y esporas ancestrales. En la distancia televisiva un estadístico explicó las proyecciones de la cercanía del aplanamiento de la curva. Pero la curva exponencial del gráfico me cogió de los pelos. El miedo se adueñaba de mí a pesar de la música en los balcones y ventanas y todas las opciones y ofertas de entretenimiento gratuito y de los mensajes optimistas e impregnados de tópica tendencia de que venían de China.

Las noticias me provocaron estertores intestinales y me empujaron al baño; arrastré el papel higiénico de su cueva. Me salió una tira de doble hoja, hice tres cortes sencillos en silencio, los doblé en cuatro, me los pasé de largo como antes. Repasé el gesto y me levanté. Espejo me silbó; no lo miré, le lancé una toalla sobre su rectangular cabeza. Báscula se movió en el suelo pidiéndome que la montara. Qué se ha creído esta, gruñí. No tenía ganas de meneos ni de hamaqueos indeseados. La empujé con delicadeza senil y la devolví a su rincón. Me echó parpadeos azulinos: Se escapa el hombre de gris. No me conmoví.

En la cocina, miré a Nevera. Reaccionó con uno de sus sonidos lastimeros. La abracé. Sabía que era un pedido de socorro: que introdujese mis brazos en su frío respirar, para que pudiera oxigenarse con aire natural por la caída de la contaminación. No la entendí, pero interpreté que ella igualmente resentía la falta de toques, de caricias, caramba. Resistí desconcertado. Había que mantener la distancia, no por el contagio sino por la sobrecarga del agio de la ansiedad.

De pronto pregunté en voz alta ¿Qué día es hoy?

Mientras, tragaba mis dos dientes de ajo diarios con infusión antivírica hecha con agua destilada. (Bueno, he de decir, en descargo de mi conciencia, por si me pasa algo, que tomaba todos los brebajes naturales que leía en Internet) Miré el calendario, como no lo había señalado con un círculo, y me perdí en los números y días. ¿Era lunes doce? ¿Era miércoles veintiséis? ¿Pero, y el mes?

Es martes trece de mayo; más de dos meses de confinamiento; no hables con Microondas pensando que es Nevera, dijo Lavadora con sus requiebros alocados sin par, en medio de la cocina. Intentaba dar unos pasos de tai chi, aunque me pareció más que un baile acelerado, un lavado laudable, salvaje.

Eran extraños aquellos giros lavaderos acercándose a mi cuerpo rendido, cabizbajo, sentado en la mesa royendo una pata de pollo.

Al día siguiente, abrí el armario y me di cuenta de que era la última dosis de chocolate.

La voz giratoria de Microondas no tenía una temperatura estentórea al responderme, sino que sudaba por los bordes después del corto pitido, goteando un pegajoso líquido marrón.

Volví mi mirada a Nevera; su blancura había perdido unos grados de color. Tal vez eso me animó.

Buenos días, eléctrica linda, ¿aún tienes cerveza?

Progresas adecuadamente, lunático mío; después de tantas semanas, veo que aún tienes reservas.

Te quiero. Tú siempre llevas dentro ese no sé qué que estimula y excita.

No calculaste los minutos del calentamiento global, me respondió Microondas, celosa en su contradicción. No le hice caso y destapé la botella trigueña con ansia y me la tragué entera.

Al día siguiente, abrí el armario y me di cuenta de que era la última dosis de chocolate. Sólo me restaba apelar a Nevera para que me salvara de la sed y del placer de sublimar mis instintos básicos.

¿Puedo abrirte sin que me eches tus vapores refrigerantes? Sabes, mis termostatos andan algo desmemoriados, descontrolados, dije después de haber bebido tres tristes tostadas.

No te preocupes, ábreme, soy toda tuya. Ya deberías saber, ¿no?

Mientras, el desahogo llegaba con la última cerveza. Como si estuviera compitiendo con un santo bebedor invisible, di un trago de trescientostreintaytrés mililitros, el trago más largo jamás dado. En seguida encendí el tocadiscos; canté y bailé Entre dos tierras como un héroe del silencio,

Qué fácil es
Abrir tanto la boca para opinar
Y si te piensas echar atrás
Tienes muchas huellas que borrar,

hasta caer exhausto en el sillón.

A media tarde aún tenía resaca y el corazón acelerado. ¿Cuántos días llevaba encerrado? Había perdido la cuenta.

Me fui a la cocina y calenté las sobras de ayer o de anteayer, con un mejunje enlatado. Mientras las metía en la boca con avidez, abría el móvil y escribía un texto a mis estrictos trece contactos y al grupo familiar y del trabajo de una red social:

Y si después de la tormenta sólo se van los síntomas, ¿seguiremos cantando con nuestra ambición: Resistiré…?

Y, ¿qué haremos cuando empiece a sonar el incesante ruido de sirenas de las ambulancias, otra vez?

Y cuando vuelva el griterío callejero, ¿cómo dormiremos?, ¿con pastillas o con espirituosos?

Y, aislados, ¿descubriremos lo que hay más allá de lo que conocemos de nosotros mismos?

Y al enemigo que llevamos dentro, cuando surjan los insultos, ¿quién lo domará?

No hubo respuestas. Quizá lo habían puesto en silencio o he soñado que estaban de vacaciones. No esperé los minutos de cortesía que daba la aplicación, los eliminé para todos y para mí. Mañana volveré al trabajo. Bueno, si es que habrá trabajo o jubilación anticipada.

Gilmar Simões
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