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La Cota

sábado 8 de mayo de 2021
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Entonces entré aquí a rezar, a pedirle a Dios por nosotros.
Juan Rulfo.

—¿Y usted qué va a hacer allá? Ese lugar ni nombre tiene. Es un simple número, la distancia que se encuentra sobre el nivel del mar. Allí no existen las metáforas ni las ironías que suelen tener los motes de los barrios o las urbanizaciones de las ciudades. No sentimos la necesidad de ofrecerle homenaje a ninguno de los políticos de turno, ni a próceres, santos o vírgenes. Pensaron que no había nada que agradecer, o quizás sencillamente no se pusieron de acuerdo. Yo estaba muy pequeño para opinar. Lo comenzaron a llamar La Cota, por un número marcado en una piedra.

—Perdone que lo atormente, pero allí lo que hay es violencia. Vivir en aquel lugar es tener el miedo en los huesos, temiendo que los perforen. El traqueteo de las armas crea un fondo que los vecinos dicen que necesitan para poder dormir. Le tienen más miedo al silencio que sobreviene después, cuando las balas hacen su trabajo. En ocasiones, a las detonaciones las acompaña un grito, pero después nada. Hasta los ventiladores que intentan ahuyentar el calor se enmudecen. Usted no me creerá, pero ese silencio aterra, sobre todo cuando en la casa no se están completos y enseguida se piensa en los hijos o el marido. Y la gente temblando, sin saber si averiguar o quedarse quietico esperando la noticia que esa madrugada se ganó el premio gordo. Balas, gritos, silencio, luego murmullos y finalmente un llanto escalofriante que para uno es alivio, porque sabe que la pelona no visitó nuestra casa.

Hace un silencio como recordando, pero no deja que lo venza la nostalgia. Se da cuenta de que todavía la cervecería está sola, el ambiente lo pone la música de salsa vieja. Se escucha a Héctor Lavoe con la orquesta de Willie Colón cantando “Calle Luna, Calle Sol”.

—Tráiganos dos frías, por favor —dirigiéndose al mesonero que se acercaba al lugar mientras acompaña sus palabras con los dos dedos de la mano en forma de V.

—Pensar que mi padre llegó cargado de ilusiones. Cuando uno vive arrimado cualquier pedazo de tierra donde poner unos cartones y un techo de zinc para albergar a la mujer y los niños puede ser la esperanza. Hace cuarenta años llegamos con las maletas desvencijadas y la ropa desteñida. Era de noche, a la mañana ya se había montado el rancho. Decidimos tomar ese terreno que pensamos era baldío, del que nunca supimos quién era el dueño. Todos con críos, barrigones del hambre, pensando que una vez con casa echaríamos para adelante. No es lo mismo pedir trabajo cuando se puede poner una dirección en la planilla de solicitud. Pero vea usted que es gracioso, las calles tampoco tenían nombres. Pero es que ni calles había. Ahora los tiempos son otros, este sitio es bien conocido, sobre todo por quienes buscan drogas y la policía que prefiere no arriesgarse y dejarnos solos con nuestros miedos.

El hombre hizo una pausa para tomar el último sorbo de cerveza. Enseguida comentó:

—La primera me la tomo rápido, la segunda un poco más despacio. Veo que usted todavía no va por la mitad. Con su permiso voy a pedir otra.

Vuelve a buscar al mesonero.

—Por favor, tráigame la marroncita y esté pendiente cuando el señor termine la suya —señalando el vaso casi sin probar. Espera que el mesonero se marche y reinicia la conversación—. ¿De verdad que todavía se anima? Yo que usted lo pienso. Tomaría la maleta y me regreso donde estaba. Entiendo que la necesidad tiene cara de perro y vivir en la capital es más seguro para conseguir alimento o trabajo. Pero de verdad, búsquese otro sitio. No es que haya muchos, pero por lo menos haga el intento, antes de meterse en estos lados. Dicen que Luvina es triste, pero seguro que allá no vivirá con el miedo que mete este barrio. Me acuerdo acompañando a mi padre a buscar trabajo. “¿Usted qué sabe hacer?” era la pregunta infaltable. “Lo que me ponga, porque lo que me sobra es voluntad”, decía. Cualquier cosa que le quite la cara de preocupación a mi madre y que le diera el dinero del día para comer. Sabe, yo pensaba que la lástima era buena para conseguir trabajo, pero qué va, la gente lo que quiere es que se le resuelva su problema, no el de uno. Pero Papá no podía hacer otra cosa. Dicen que la ignorancia es atrevida y al recordarlo de eso puedo dar fe.

Se calló para escuchar los sonidos de Roberto Roena y su Apollo Sound cantando “El lamento de Concepción”, que en ese momento dejaba sonar la laptop que se encontraba encima de la barra, y de la que nadie se ocupaba.

—Recuerdo que llegamos hinchados y flacos por hambre. En ninguno de nosotros podría verse el rostro de la maldad. Jamás imaginamos que de nuestras semillas se engendraría a Lucifer. De mis amiguitos de juego nacería su corte infernal. En aquellos tiempos, un charco era un juguete, o cualquier chatarra que se consiguiera en la calle. Éramos la inocencia vestida de bondad. Teníamos una ilusión, estudiar, conseguir un trabajo para salir adelante. Así lo hicimos. En la pared de la casa está mi foto mostrando con orgullo el título de licenciado. Otros no tuvieron tanta suerte. Ahora veo a sus hijos con el desprecio en sus caras. Parece que los seres humanos sufren la metamorfosis en el alma.

—No sé cómo será en otras partes, pero vivir en La Cota es hacer del miedo el acompañante fiel. Pero ese miedo es el que salva. Si usted quiere estar así, llegó al lugar indicado. Los ranchos cambiaron de fisonomía. Los cartones dieron paso a los ladrillos, algunos hasta se frisaron. Las calles se asfaltaron, hoy están llenas de huecos, porque usted sabe que ya el gobierno no viene por acá. Éramos gente humilde, albañiles, plomeros, mecánicos, obreros. Las mujeres ocupadas de la cocina y que la casa se viera limpia, aunque no pudiera ocultar sus carencias. En algún momento, no me pregunte cuándo, dejó de ser motivo de orgullo el “pobre pero honrado”. Más importante fue que te respetaran y el respeto se comenzó a ganar con muertos y mujeres desvirgadas, por las buenas o por las malas. Que te tengan miedo y no por los carajazos que te puedan meter, sino porque te pueden dejar como un colador.

La cervecería comienza a llenarse. Ninguno tiene menos de treinta años. Llegan bulliciosos, al rato no sólo es la música de Tito Rojas, quien canta “Nadie es eterno”, lo que obliga a subir el volumen de la voz.

—Termine su cerveza, que ya voy para la tercera y no me gusta tomar mucha ventaja —dice mientras presenta el vaso al frente del compañero—. Crecimos y nacieron nuestros hijos. En algún momento alguna pistola se puso en las manos de alguien y ese se hizo poderoso. Con las armas llegaron los zapatos de marca, las cadenas, los relojes, carros, motos, drogas y mujeres. Dicen que los niños aprenden por imitación. Estos aprendieron rapidito. Le cuento que es como vivir de una peste, pero quien se enferma es el alma. Esos muchachos no le tienen miedo al infierno porque allí viven y creen que la cosa no es tan mala. Se burlan de todo menos de una Smith and Wesson en manos de una banda rival. Y tú los ves con la mirada de odio, como si uno fuera el culpable de sus desgracias.

—Contésteme una pregunta: ¿ese odio se lo sembraron o nacieron con él? Yo nunca lo sentí, es un sentimiento nuevo con el que procuro tapar la tristeza, pero ésta es enorme. Así que me trago esta rabia, y es la pena la que vence. Qué vaina sentirse así. Pero no quiero distraerlo con mis sentimientos que a usted poco le pueden importar. Lo que quiero es prevenirlo. ¿En algún momento La Cota brindó alguna ilusión? Seguro. Cada vez que un ladrillo se ponía en lugar de un cartón o de una pared de lata, cuando el cemento cubrió el piso de tierra, o se montaba una platabanda. Mi padre llegó igual que usted. Un niño, otro en camino y la seguridad de una nueva vida. Su obsesión: trabajar para que nosotros tuviéramos una vida decente. Que la droga no nos tocara cerca, que estudiáramos y nos hiciéramos hombres de bien. Ese fue el camino que seguí. Pero con mis hijos la historia cambió. Ya sabe usted que muchacho no hace caso. Unirse a Lucifer y su banda infernal, para después enfrentarlo. Ja, ni que fuera Cristo y su poder para expulsar los demonios que se meten en los cuerpos.

Vuelve a quedar en silencio. Su mirada se pierde entre la gente que beben, conversan y ríen distraídamente. Oscar De León canta “Mata Siguaraya”. Abandona la conversación por unos segundos. Se ve que los recuerdos le duelen como una puntada en el alma.

—Por favor, acompáñeme con una última cerveza. Y no se preocupe que las pago yo. No es que me sobre el dinero, pero ratos como estos se agradecen. Quizás usted tenga referencia de la maldad, pero espero que nunca la viva como yo la viví. Sabía que mi hijo andaba en malos pasos y en algún momento se hizo amigo del mismísimo demonio. La ambición lo devoró. Creerá que estoy loco, porque hablo como un fanático religioso. No, amigo, cuando comienzas a vivir con la maldad, los demonios se hacen terrenales. Rey sólo puede haber uno, así que el trono de Lucifer no puede ser desafiado. Es una regla fundamental si quieres vivir en La Cota.

—Muchas veces lo pienso y lamento no haber huido cuando este lugar era todavía el purgatorio. Pero ¿para dónde íbamos a ir? Allí estábamos, yo, mi mujer, mis dos hijos. Quizás el orgullo del fundador, decir a la gente que este barrio es mi vida, aquí me hice hombre, lo hicimos, le vimos consolidarse, las calles asfaltadas, las cloacas y el servicio eléctrico. Prometí que ningún grupo de malvivientes me iba a sacar de mi barrio. Ahora que lo pienso bien, no sé si fue cobardía o cansancio. Sencillamente dejar que el destino hiciera su trabajo, porque ya con la vida asentada en este sitio, ¿qué iba a hacer?

Hace una pausa en su conversación. Ahora es Ismael Rivera quien canta “Las tumbas”. La filosofía triste de los barrios que la gente baila sin pensar en sus letras, reflexiona en silencio.

—Creo que le gusta la cerveza caliente. O toma despacio cuando la mente se ocupa. Bueno, bébasela con calma, saboréela, que algunas cosas de la vida hay que disfrutarlas despacito. Yo sí me la tomo rapidito, ya que no puedo huir, por lo menos busco evadirme con cualquier bebida que tenga a mano. Lo digo para que tome la advertencia, porque nada peor que quedar preso, aunque estés libre. Dicen que pagamos algún pecado, y el mío fue haberme quedado cuando pude escaparme.

—¿Usted cree que hay esperanzas? ¿Usted cree que, porque el gobierno se puso los pantalones y llegó al barrio como si esto fuera territorio enemigo que había que conquistar, llenó de plomo las casas, asesinó a mansalva utilizando la vieja fórmula de disparar primero y averiguar después, entraron a las viviendas buscando armas, destrozando los corotos de los que eran y de los que no, esto va a cambiar? Ja ja ja y disculpe que me ría. Al final se fueron y esto siguió igualito. A los días mataron a Lucifer, pero si algo aprendí en esta vida es que no hay espacios vacíos, y créame, los demonios se multiplican y ahorita otra alma perdida ocupa su lugar en este infierno.

La conversación la interrumpe La Sonora Ponceña con “Fuego en el 23” rasgando el aire con el sonido de sus trompetas.

—Pero le debo la historia de cuando la maldad te toca la puerta de tu casa y se la voy a contar, por si acaso tiene todavía alguna idea de mudarse. Desafiar a Lucifer como lo hiciera mi hijo es tener voluntad, como dicen por allí. Todavía no sé si enamoró a una de sus mujeres, si quiso formar otra banda rival, no entregó la parte del botín, o sencillamente dijo que era un pendejo y alguien fue con el chisme. Lo único que supe fue de la bolsa negra con su cabeza en la puerta de mi casa. Por eso es que le digo: que yo sí sé lo que es la maldad y ella está instalada en La Cota.

Calla, espera unos segundos y comienza a mirar al centro de la cervecería. Consigue lo que busca y llama al mesonero:

—¡Amigo! Tráigame la cuenta porque ya me tengo que ir, y creo que el señor no va a tomar más.

Abandonó la cervecería dejando a los lejos el coro de “Sobre una tumba humilde”, la voz de Cheo Feliciano y un hombre que saboreaba lentamente una cerveza con la mirada perdida.

Yván Serra Díaz
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