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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Libro de Flavio

jueves 20 de mayo de 2021
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Henoc anduvo con Dios y desapareció porque Dios se lo llevó.
Génesis 5, 24.

…y los ecos de unos pasos enérgicos perturbaron el silencio. Poco después, vi nacer el suave resplandor de amarillo rojizo en las paredes y el suelo de piedra, fragmentado por la trama sombría de la reja. Dado que yo estaba de rodillas, me levanté lentamente. Entonces se apersonó en el pasillo, antorcha en mano, el guardia de la prisión.

—Acércate —ordenó. Me pareció que su voz se agigantaba en el recorrido hasta mis oídos.

—¿Para qué? —repliqué.

—Te he traído un mensaje —repuso—. Acércate.

“¿Un mensaje?”, medité, receloso, “¿Qué mensaje? ¿Quién me lo ha enviado? ¿No será, más bien, un vil y vulgar cebo? Sí, seguro es eso; pretenden incriminarme por intento de fuga para que me conmuten la pena y terminen por arrojarme a los leones, como si yo pudiera ser un mártir creacionista cualquiera…”. Estando en esas cavilaciones, noté que el hombre sostenía varias hojas de pergamino en una mano.

—El Poeta te ama —susurró, bosquejando una sonrisa, y me ofreció las hojas.

Atisbé la frase inicial de la primera hoja: “Esta es la historia de Enoc…”; no me atreví a continuar.

Contuve la respiración.

—Léalos antes de juzgar —dijo, todavía murmurando—. Sólo los verdaderos creyentes tenemos escritos tan sagrados…

En parte por cortesía, y en parte por interés, caminé hasta los barrotes y recibí los pergaminos. Me acerqué cuanto pude al fuego. Atisbé la frase inicial de la primera hoja: “Esta es la historia de Enoc…”; no me atreví a continuar.

—Tiene hasta el amanecer para nutrir su espíritu, hermano —musitó el custodio, incrustando la tea en el respectivo pedestal.

—¿Cómo te llamas?

—Mi nombre es Lucio.

—Oraré por ti, Lucio. El Poeta te guarde.

—Que así sea —dijo, alejándose por el corredor.

Con manos temblorosas, ávido de ganar sabiduría, reinicié la lectura del siguiente texto:

Esta es la historia de Enoc, varón santo. He aquí el testimonio de un hombre piadoso que no conoció la muerte, porque el Poeta le llevó vivo al Paraíso.

Abisaí, padre de Enoc, tenía cien años cuando conoció de cerca a Lilith, quien tenía noventa años. Viendo que no podían engendrar, ambos rogaron mucho al Poeta para que los bendijese con un hijo. Gracias a que los dos eran justos en su obrar y limpios de corazón, el Todopoderoso oyó las súplicas, y Lilith quedó encinta de Abisaí en su vejez. Cuando el niño nació, le nombraron Enoc, que quiere decir “milagro”…

Así terminaba el manuscrito. Yo había esperado seguir leyendo con normalidad en el siguiente pergamino, pero éste contenía una parte de la biografía de Enoc muy posterior a la anterior. Pronto me di cuenta de que tendría que examinar las escrituras una por una, reordenarlas de manera que consiguiese una continuidad lógica, y conformarme con releer entera una narración fragmentaria. Si no me equivoqué en mi cometido y si mi memoria es certera, el relato continuaba de este modo:

Al cumplir los ocho años, Enoc tuvo la edad idónea para comprender nuestra fe creacionista. Entonces Abisaí le enseñó que el único Dios verdadero es el Poeta, y que el mundo es un poema que Él escribe por amor a sus criaturas buenas.

—¿Y por qué el Hacedor crea también a los malos, papá? —preguntó el niño—. ¿Por qué les dedica versos también a ellos?

—Porque quiere probar a todos los hombres, hijo mío. En la consumación de los tiempos, echará su Palabra al fuego, y compondrá una poesía nueva, la del Paraíso, en donde sólo morarán los santos.

Enoc lloró…


…y peregrinó durante trescientas lunas. Un mediodía ardiente, el Poeta le habló desde el cielo y le dijo: “Enoc, Enoc, eres grato a mi corazón. Intérnate ahora en el desierto. Allí vivirás para mí, alejado de las tentaciones del mal”. “Soy tu siervo”, respondió el bendito, y se puso en marcha…


“…porque te ha llegado la hora de partir. Ven a mí”. “No puedo”, dijo Enoc, “No puedo, porque tú estás en los cielos y yo estoy en la tierra”. El Poeta repitió: “Ven a mí”. Y el obediente amado, encontrándose en el borde del precipicio, alzó un pie en el aire con la intención de inmolarse, pero el Misericordioso obró un asombroso prodigio.

Debajo del pie que Enoc tenía suspendido, apareció una barra transparente que le sirvió de apoyo. Emocionado, el bienaventurado adelantó el otro pie y, al instante, otra barra se materializó, idéntica a la primera y cubriéndola parcialmente. Tras pisar la nueva aparición, dio tres pasos más, y tres veces el Santísimo reprodujo la maravilla. Y así, mientras el siervo progresaba en su ascenso, la mano de Dios iba formando la Escalera al Cielo, alrededor de la cual flotaban querubines. Enoc veía íntegra la extensión del país…


…el justo Enoc es el único humano que vive con el Supremo. Dejó su ejemplo a los fieles para que le imiten y sean parte de la obra del Poeta, quien escribe y escribirá por los siglos de los siglos. Que así sea.

Sintiendo el calor de las llamas cercanas, me di la vuelta antes de recostarme de la puerta y dejarme resbalar hasta el piso. Yo estaba alelado, como si me hubieran desencajado el cerebro. ¿Con qué finalidad el Creador había hecho que aquellos misteriosos manuscritos llegaran a mis manos? Interrumpiendo mi intento de razonar, Lucio regresó de improviso, espantado.

—¡Malas noticias, hermano! —exclamó, jadeando—. ¡El emperador acaba de conmutar tu sentencia!

Muy pocos guardias hacen que los condenados se fortalezcan en nuestro credo.

—¿Pero por qué? —reaccioné, volviéndome de nuevo—. ¿Qué pasó?

—Tú sabes cómo es el César: dice una cosa en la mañana y en la tarde dice otra muy distinta…

—¡Imposible! —estallé—. ¡Soy ciudadano de este imperio y merezco un final rápido por decapitación!

—Recuerda que eres un predicador muy influyente entre la gente —señaló, tras un corto silencio—. Para alguien de tu condición, suele haber una pena especial…

—¿Qué pena es esa? ¡Dímela ya, por favor!

—Lo siento mucho —susurró, con la mirada baja—. Dentro de dos días, serás arrojado al vacío desde un risco.

Suspiré dolorosa y pedregosamente.

—Agradezco la ayuda, hermano Lucio —dije, por fin, al tiempo que alargaba un brazo con los pergaminos—. Muy pocos guardias hacen que los condenados se fortalezcan en nuestro credo.

—En un sueño, el Poeta me ordenó hacerlo contigo —murmuró, cogiendo los escritos y escondiéndolos con cuidado entre el uniforme.

—El Señor te guarde, amigo.

—Y a ti, Flavio…

 

“…¡el Omnisciente me salvará de la aniquilación, me dará el don de la Eternidad en cuerpo y alma! ¡Sí, por eso me puso ante los ojos algunos pasajes del Libro de Enoc! ¡Sería demasiado casual que le haya construido a su siervo una escalinata hasta la gloria divina, precisamente, desde un despeñadero! ¡Dentro de unas horas, cuando se ejecute mi sentencia, en vez de caer a las profundidades del abismo, subiré por peldaños celestes hasta ver el rostro del Altísimo! ¡Esa será mi recompensa por haber tenido una vida devota y dedicada a la expansión del Creacionismo! ¡Ese será mi galardón por haber soportado tantas persecuciones, tantos dolores y angustias! ¡Gracias, Señor! ¿Quién hubiera imaginado que encontraría en esta cárcel una revelación tan importante sobre mi destino?”.

Con semejantes palabras llenaba el poco tiempo que me quedaba de existencia terrenal. Caminaba en círculos por toda la celda, excitado, hablando en voz alta conmigo mismo.

Es curioso, pero a pesar de las escasas semanas que había pasado allí, llegué a pensar en el presidio como si fuera mi propio hogar; acaso mi inminente partida me hizo sentir una nostalgia anticipada incluso por las cosas que solía detestar. Palpé distraídamente la superficie de las paredes y me pregunté cuántos mártires creacionistas habrían conocido aquel lugar. De súbito, un trozo de pared se vino abajo.

“¡Paf!”, fue el sonido que produjo al impactar contra el suelo. Alarmado, me senté en el piso con las piernas cruzadas, por si el vigilante de turno acudía. Esperé un poco y volví a palpar el muro. Hallé un orificio del tamaño de un puño. Me percaté, a pesar de la penumbra, de que el tapón que se había desprendido era una suerte de argamasa, pegajosa y de aroma penetrante. Introduje, pues, mi mano en el agujero, y detecté migajas de algún alimento (probablemente, pan), cuatro o cinco puntas de flechas y tres pedazos de papiro. Oculté estos últimos entre mi ropa y dejé lo demás donde estaba. Tapé el escondite lo más rápido que pude y me acosté, fingiendo que dormía. Unos segundos después, el guardia regresó a pasar revista de las celdas.

Al cabo de veinte minutos, más o menos, encontrándome solo otra vez, me acerqué cuanto era posible a la lumbre del pasillo, saqué los papiros y los desplegué ante mí. A continuación, leí (y releí, innumerables veces) lo que sigue:

…acerca del Libro de Enoc. Se sabe que las fuentes escritas más antiguas eran transcripciones de narraciones orales, aunque se desconoce quiénes fueron los amanuenses que las llevaron al papiro. Lo cierto es que, durante las primeras centurias de la fe, subsistían varias versiones textuales distintas, contradictorias en muchos aspectos, excepto en uno: la historia termina cuando el santo varón está a punto de arrojarse por un precipicio y nuestro Hacedor obra un milagro.

Ahora bien, ¿de qué milagro hablamos? Hemos contabilizado setenta y tres prodigios diferentes, según las diversas variantes manuscritas que circulan de mano en mano en la actualidad, de modo que este problema está lejos de solucionarse. Ni siquiera las numerosas referencias que se han conservado de los libros gnósticos desaparecidos durante la Primera Invasión Bárbara resuelven la cuestión. Por otro lado, los dos escritos canónicos, hoy perdidos, tampoco arrojaban mayores detalles. Y para colmo, la primera mención de que el buen siervo fue al cielo en cuerpo y alma es bastante reciente. Aparece en los textos de los creyentes apocalípticos que viven en las cuevas circundantes al Mar Muerto. De todos modos, se ignora con qué autoridad estos sectarios hacen añadidos a las Sagradas Escrituras. Por tales razones, muchos de nuestros hermanos creacionistas rechazan el Libro de Enoc, considerándolo apócrifo…


…su comentario es muy respetable. Pero la verdad es que estos creacionistas tontos desconocen su propia religión. ¿Para qué debaten tanto sobre la veracidad del Libro de Enoc? Si no hubo testigos en el momento decisivo (además de Dios y el propio profeta), es evidente que lo ocurrido allí siempre estará oculto tras un velo de misterio… Toda vez que tal episodio realmente haya sucedido, claro está, porque yo me pregunto: ¿existió Enoc? Nadie lo conoció, salvo sus padres —es decir, que no tuvo mujer, ni descendencia—; no dejó ningún objeto que atribuirle; no escribió una sola línea, sagrada o profana… ¿Es muy difícil pensar, pues, que el fulano no pasa de ser una fábula inventada por gente ociosa?…


…los apocalípticos solían inventar historias para afirmarse en la fe. No les importaba en absoluto la verosimilitud de los incidentes narrativos. Su mayor interés era el de imaginarse salvaciones sobrenaturales que les sirvieran de inspiración para sus martirios. El desenlace del Libro de Enoc es un caso ejemplar de esta práctica. De manera, pues, que el creyente genuino debe mantener su lealtad intacta hasta el fin, y no dejarse embaucar por herejías sectarias; no habrá ningún tipo de intervención celestial cuando los infieles le arrebaten la vida, pero él dejará un testimonio honorable a la humanidad, y recibirá la inmortalidad en la resurrección de la carne…

—¡Mira, suelta esas bagatelas y sígueme, que te llegó la hora! —gruñó el custodio, abriendo la puerta del recinto.

Miré por la ventana. La figura de un ave desamparada, que aleteaba como en estertores, se recortaba sobre el azul pálido del alba. Me incorporé, trémulo, y pensé: “¡Dame fuerzas, Señor mío! ¡Dame fuerzas!”…

 

¿Se puede probar a un mortal sin someterlo a sufrimiento? ¿Tendría algún sentido?

…y un viento impetuoso me azotaba la cara. La mugrienta túnica que llevaba puesta ondeaba en distintas direcciones, según el flujo de las corrientes de aire. Arriba, brillaba un sol agradable, rodeado de grandes nubes resplandecientes. Desde el horizonte montañoso, se prolongaba una densa vegetación boscosa de la cual brotaban oscilantes sonidos salvajes. Pero ese bosque se interrumpía de manera abrupta al acercarse a mi posición, cortado por riscos escarpados. Estos últimos estaban coronados por una estrecha cima terrosa, al borde de la cual me hallaba de pie, aterrado, apenas capaz de continuar respirando. Bastaba que perdiera el equilibrio para precipitarme bien abajo, hondo, hacia las entrañas de la roca seca y muda. Unos pies a mi espalda, cinco soldados jugaban a los dados mientras esperaban mi salto.

—¿Y si te empujamos? —oí que me volvieron a sugerir.

—¡Por favor —supliqué—, permítanme hacer mi última oración…!

—¡Apúrate! ¡Ya tenemos que bajar a comer a la guarnición!

Abrí bien los ojos, que miraban sin ver. Razoné: “¿Se puede probar a un mortal sin someterlo a sufrimiento? ¿Tendría algún sentido? ¿A quién se le ocurre elucubrar que Dios, por muy poderoso que sea, se atrevería a hacer algo tan demeritorio? ¡Qué va…! Enoc tuvo que haber expirado como un pecador cualquiera, desgarrado en el vientre de la tierra, y, gracias a sus méritos, se habrá ganado su estancia perpetua en el Paraíso… Suponiendo que el sujeto… Jmmm… Si fueron capaces de mentir acerca de su muerte, ¿no habrán hecho lo mismo con su vida? Quizás el tal Enoc apenas fue un fiel común y corriente; ¡quizás, el personaje ni siquiera existió! ¡Ja, ja, ja! ¡Magnífico! ¡Una persona modélica, justamente, porque nunca fue! ¿Y el Poeta? ¿Me oyes, Poeta? ¿Puedes leer mis pensamientos en este momento? ¡Pues, lo dudo mucho! ¡Leer y oír han de ser actividades difíciles de realizar para una entelequia! ¡Si te pienso ahora, es porque me desprecio a mí mismo! ¡Si me dirijo a ti ahora, es porque quiero que sepas, cobarde implacable, cuánto te amé y cuánto te odié…!”.

Oí que alguien se acercaba a mí con pasos decididos. Obedeciendo a un instinto desconocido, estiré un pie en el aire. Al instante, una lámina de azul zafiro se formó debajo; era ovalada, con espacio suficiente para ambos pies, y emitía un extraño brillo. Mi corazón comenzó a latir con tanta violencia, que parecía querer salírseme del pecho abriendo un carnoso boquete. Moví el otro pie. Enseguida, se formó un segundo óvalo, idéntico al precedente y justo detrás de éste, pero a una altura algo mayor. Eufórico, di un tercer paso, y un cuarto, y un quinto, y un sexto y séptimo pasos, y mientras ascendía por aquella escalera súbita y celeste, escuché las exclamaciones de asombro de los soldados que dejaba atrás, y mis ojos se llenaron de lágrimas, y una corriente de viento me envolvió; los pájaros pasaban por mi lado y por debajo de mí, y yo seguía subiendo y subiendo; por entre las nubes, vi toda la ciudad y todo el imperio y toda la creación, y vociferé, alzando los brazos: “¡Sí, lo he conseguido! ¡Soy inmortal! ¡A partir de hoy, los hombres hablarán del santo Flavio, del piadoso, del justo Flavio! ¡Veré la Majestad primigenia sin que mi cuerpo se corrompa! ¡Sólo Enoc y yo tendremos el privilegio de descansar en el Paraíso con el Creador hasta el día del Juicio Final! ¡He conquistado el mundo!”.

En breve, la tierra estuvo tan distante que desapareció de mi vista, con sus montañas, sus ríos, sus mares y sus cuatro ángulos. Después, el firmamento se fue oscureciendo en todos sus puntos, hasta volverse totalmente impenetrable e imponer un silencio duro (yo seguía andando, aunque con cierta fatiga); el sol se fue empequeñeciendo, llegó un momento en que parecía una luna sin manchas, solitaria, arrojando un hilillo de luz hacia mí. Entonces quise detenerme a reposar, pero mi cuerpo persistía en su movimiento constante, sin variaciones: con el torso erguido, los brazos se alternaban en su vaivén adelante-atrás, adelante-atrás; las piernas eran más joviales, rítmicas, frenéticas; los pies las hacían avanzar como si fuesen a correr, pero sin llegar jamás a iniciar la carrera, y sin embargo tampoco desempeñaban una caminata en sentido estricto. Por último, me llevó una eternidad comprender —me llevó una eternidad admitir— que, en realidad, yo transitaba por una escalera que iba cuesta abajo.

 

Ignoro cuántos milenios han transcurrido desde que ocurrió lo que acabo de relatar. El hecho es que narro mi experiencia para evitar enloquecer en esta soledad sin tiempo. Por otro lado, me sé culpable de haber incurrido en el peor de los pecados: la vanidad, fuente de todo sacrificio público, de toda abnegación vital. Igual no me arrepiento de nada. Imagino que, en el remotísimo y diminuto espacio que habité alguna vez, mi nombre y la noticia de mis actos trascenderán el olvido. Esa ilusión me consuela ahora que desciendo —siempre exhausto, pero sin acabar de agotarme por completo, siempre a medio camino entre el júbilo y la frustración—, ahora que desciendo al inframundo eternamente…

Isaac Morales Vargas
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