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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Homo hominis lupus

sábado 22 de mayo de 2021
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Los ojos ansiosos del joven Omega escudriñaban la escena. Agazapado entre los matojos, oía los sonoros gruñidos que emitía Alfa mientras la hembra, ante él, mantenía su cola ladeada para darle facilidades, no se oponía a las embestidas que recibía en lo más profundo de su útero mientras el peculiar olor de las feromonas que exhalaba llegaban al olfato del joven macho, sumiéndole en algo muy parecido a un deslumbramiento. Ansiaba terriblemente hacer lo mismo que Alfa, pero no osaría acercarse a la atractiva hembra, tenía claro quién mandaba allí y se sometía sin rebeldía. Las hembras eran para Alfa, también engullía los mejores trozos de las piezas que cazaban, se saciaba y casi había que robarle los restos que dejaba.

El otoño era difícil, escaseaban las piezas a capturar, la manada estaba en mal lugar para alimentarse y Omega sentía las paredes de su estómago como pegadas, le dolían, estaba hambriento y su osamenta comenzaba a evidenciarse bajo el denso pelaje gris que le protegía del frío, de las heladas constantes.

¿Era cierto lo que vislumbraban sus ojos ávidos? Sí, sí, aquello era un pequeño animal comestible, los humanos le llamarían conejo, se había expuesto a salir de su madriguera y allí estaba Omega dispuesto a hacerle pagar muy caro su error. El conejo semejó captar la presencia del joven lobo hambriento y comenzó una feroz huida de regreso a su cobijo, si caía entre los colmillos de su enemigo iba a durar muy poco.

La perspectiva del agua, de la posible comida, insufló vigor a sus músculos y logró llegar a las inmediaciones de la casa.

Omega inició la terrible carrera en pos de su alimento, no le importaba gastar una gran dosis de energía, consciente de que si permanecía quieto no tardaría en morir de inanición. El conejo parecía conocer el lugar mejor que él, con un salto fabuloso desapareció de su vista. Omega fue tras él, desesperado. Trepó por el risco y se produjo un pequeño derrumbe de piedras. Sus patas no lograron afianzarse sobre el terreno ya inestable y cayó hacia atrás seguido por el alud de piedras que medio le sepultaron.

Maltrecho, quedó gruñendo en el suelo, las patas traseras atrapadas bajo el montón de piedras. Se movió furioso y le costó un gran esfuerzo liberarse de aquella trampa no prevista. Lo logró, pero entonces comenzó a sentir un profundo dolor en una de sus patas. Se la lamió y notó el sabor de su propia sangre mientras el dolor aumentaba. Renqueante, comenzó a moverse, intentaba andar porque correr era imposible. Su grupo, su manada, estaba muy lejos y ninguno de sus miembros acudiría en su ayuda.

Transcurrieron infinitas horas, no encontraba agua ni comida. La fatiga le vencía, la muerte se aproximaba inexorable, sólo la pujanza de su juventud le mantenía vivo.

Su olfato le alertó de la presencia de vida humana, divisó a lo lejos algo que parecía una casa, pero antes había detectado agua y olor de animales encerrados. La perspectiva del agua, de la posible comida, insufló vigor a sus músculos y logró llegar a las inmediaciones de la casa. Sí, allí había agua, estaban regando unos cultivos y se formaban pequeños charcos en los que Omega bebió con avidez.

—Hola, perrito, parece que tienes sed.

La sombra del humano se proyectó ante él, el olor que despedía el hombre le dio a entender sin lugar a dudas que era muy anciano.

—¿Te han abandonado tus amos? Oh, cuánta gente malvada, se habrán hartado de ti y te han abandonado en el monte… Seguro que también tienes hambre. Estás de suerte, hice demasiado estofado, ya tiene varios días y no me lo puedo comer, pero tú, seguro que tienes buenos ácidos en tu estómago.

El anciano de espalda encorvada hablaba sin parar, como si el animal fuera capaz de entenderle.

No tardó en depositar un recipiente de lata en el suelo en el que vertió el contenido que quedaba en un perol. Sí, posiblemente la comida ya estaba en mal estado para un humano, pero no para un animal como Omega que no puso reparos a aquel guiso de carne que le libraba de una muerte segura. Su ansia devoradora hizo reír al viejo, feliz.

—Chico, se nota que tienes hambre —le acarició el lomo y Omega no gruñó mientras daba los últimos lametazos al plato.

Se movió para ir a beber agua de nuevo al charco y entonces, el hombre se dio cuenta de que sus movimientos eran torpes.

—Parece que cojeas, a ver…

Le palpó las patas con su mano y no tardó en notar la herida cuyos bordes tenían sangre reseca adherida.

—Pobrecito, estás lastimado, pero no te preocupes, te curaré, cuando tenía borregos yo me ocupaba de ellos mejor que el veterinario.

El viejo cojeaba casi tanto como Omega, pero entró en una especie de cobertizo y no tardó en salir con unos trapos y una botella de un líquido que parecía yodo por su color.

El joven Omega contuvo el instinto de morderle la mano, el viejo le estaba haciendo daño al manipular su pata. Le resultaba demasiado fácil enganchar aquella mano de piel casi sarmentosa entre sus fauces, pero se sentía exhausto, necesitaba dormir, descansar, y aquel podía ser un buen refugio por el momento. Y el anciano no demostró ningún miedo cuando él hizo un amago de atrapar su mano con la poderosa boca.

—No pensarás comerte mi mano, ¿eh? —y se echó a reír.

El anciano le curó y vendó después y Omega se sumió en un sueño-letargo, tenía la barriga llena de comida y aquella sensación fue muy agradable. Al día siguiente ya se ocuparía de las estúpidas gallinas del viejo.

Cuando despertó, sus ojos escudriñaron al hombre a distancia, pareció meditar lo que más le convenía antes de tomar una decisión. Omega era un animal astuto.

El viejo Eloy permanecía sentado en una silla cuyo respaldo se apoyaba en los muros pétreos de la casa, una casa grande con escasas comodidades modernas, pero aquel era su hogar de toda la vida y en él se sentía a gusto, las células de su piel debían impregnar hasta las vigas de madera que soportaban la techumbre a dos aguas y todo despedía un aroma conocido, familiar. A tientas, casi a oscuras, no había problema para encontrar sus cosas, tenía bien memorizada la colocación de los escasos muebles.

Una buena charla sí la echaba de menos Eloy, se pasaba días enteros sin hablar y a veces temía haber perdido esa facultad.

Sus hijos hacía muchos años se habían instalado en la ciudad. Cuando los nietos eran pequeños, solían visitarle durante las vacaciones estivales y, sin confesarlo abiertamente, Eloy contaba los días que le faltaban para recuperar su soledad, aquellos niños no le inspiraban cariño y sí alteraban su plácida monotonía con sus berridos y sus peleas constantes. Y cuando los chicos crecieron, ya dejaron de acudir a visitarle; si se topara con ellos en algún lugar, seguro que no les reconocería, entre otras cosas porque unas cataratas galopantes habían llenado de bruma su visión sin que eso le inquietara demasiado. A sí mismo se decía que para lo que le quedaba por ver no merecía la pena complicarse la vida con incómodas operaciones, lo cierto es que confiaba muy poco en los médicos que no habían conseguido retener la vida de su esposa cuando ella aún no contaba cuarenta años.

A escasos kilómetros de su vivienda discurría una autopista y hasta una carretera general, pero su día a día no se diferenciaba demasiado de cómo debería vivir un campesino en un viejo poblado del Farwest. A su casa no llegaba el tendido eléctrico, pero un generador alimentado con gasoil le proporcionaba electricidad suficiente para unas bombillas, la radio y hasta un televisor de pantalla panzuda que muchos años atrás le trajo su hijo; iban a tirarlo al contenedor, pero pensaron que al viejo podía servirle de entretenimiento y tuvieron la amabilidad de cargarlo en el asiento posterior del coche con el añadido de una antena que instalaron medio torcida en el tejado. De vez en cuando, el tendero del pueblo se acercaba a la casa para llevarle combustible y los suministros más imprescindibles, a cambio se llevaba huevos y algún pollo o gallina. Una buena charla sí la echaba de menos Eloy, se pasaba días enteros sin hablar y a veces temía haber perdido esa facultad, entonces optaba por platicar con sus animales, en la certeza de que no recibiría un soplamocos como respuesta.

Omega anduvo despacio al encuentro del hombre, arrastraba un poco la pata herida pero apenas le dolía, el descanso y la comida habían obrado el milagro, aparte de los cuidados que le prodigara el anciano, quien no había exagerado al afirmar que era casi veterinario, merced a la experiencia acumulada en el trato constante con sus propios animales.

Omega se estiró en el suelo junto a la silla, extendió sus patas delanteras y entre ellas apoyó su propia cabeza en actitud de reposo. No tardó en notar los dedos del hombre que le acariciaban entre las orejas, enredándose entre el pelaje gris oscuro. Jamás había experimentado un contacto así o quizás lo más parecido fueran los lametones de su madre cuando era un simple lobezno que buscaba ansioso sus ubres.

—¿Sabes? Yo tenía un perro que se me murió y era muy parecido a ti, me seguía a todas partes y nunca he tenido un amigo mejor, puedo asegurarte que le debo la vida, me había caído en una poza y él, con sus ladridos, llamó la atención de mi mujer, ella me echó una cuerda y salí del atolladero. Sólo he llorado dos veces en mi vida, cuando murió mi mujer y cuando murió mi perro pocos años después. Le llamaba Noi, ¿te gusta ese nombre? De alguna manera habré de llamarte… Probaremos, cuando te dé de comer te llamaré Noi y a ver cómo respondes, me da la impresión de que eres un bicho muy listo. Tienes unas orejas muy tiesas, no te veo demasiado bien, pero pareces fuerte y guapo. Te habrán traído en un coche y luego abandonado por aquí, alguna gente se compra un perro por Navidad como si fuera una barra de turrón y luego se dan cuenta de que, si viven en la ciudad, un perro exige cuidados, es una obligación. Aquí en el campo es distinto, no molestas a nadie, puedes correr a tu antojo y mear en el árbol que prefieras.

Omega oía las palabras del hombre, su finísimo olfato captaba los efluvios de sus pies, calzados con alpargatas raídas, pero aquel olor a humanidad no le molestaba en absoluto, era la identidad inequívoca de alguien que le había curado y posiblemente le alimentaría sin trabas mientras permaneciera allí. Debería reprimirse con las gallinas y los otros animales con los que se topara, tenía la inteligencia suficiente para valorar lo que más le convenía y estaba claro que su instinto de cazador podía perjudicarle. Empezaba a intuir que aquel buen hombre le había confundido con un simple perro, pero ¿qué más daba? El error era del hombre, no suyo, por lo visto los hombres eran menos listos de lo que ellos mismos creían, o quizás la causa fuera la decrepitud sensorial a la que estaba abocado por su avanzada edad.

Transcurrieron los días sin incidentes, seguía al hombre o el hombre le seguía a él, se habían convertido en camaradas. El hombre le hablaba mucho y Omega le miraba con sus ojos oblicuos que traslucían inteligencia e interés, no entendía sus peroratas, pero sí sus actitudes y aceptó sus costumbres, sus normas, las horas de comida y descanso.

—¿Has oído? Se acerca un coche, ¿quién será? Hoy no toca que venga Mariano a traerme suministros.

El anciano esperó en pie en el porche de la casa, una casa más antigua que él, sin nada de valor dentro y una puerta sin llave. Eloy tenía claro que cualquier día podía no despertarse y no quería que nadie tuviera que molestarse en reventar la puerta para sacar su cadáver. Era pragmático en profundidad.

La polvareda que levantó el coche rojo descapotable al circular por el camino de tierra fue espectacular, hacía tiempo que no llovía, pero eso no pareció importar a los ocupantes, cuatro hombres jóvenes que lanzaron gritos para llamar la atención.

Eloy sonrió, recibir visitas no era nada frecuente en aquel lugar perdido y a él le apetecía un poco de charla y contacto humano.

Sonreían, pero sus sonrisas no eran amistosas, más bien amenazadoras, algo que pudo captar Eloy.

—Hola, viejo, ¿dónde estamos? Nos hemos salido de la carretera, íbamos de excursión a…

—¿Al castillo? Eso queda en el pueblo, lo encontrarán si siguen ese camino, ya les indicaré por dónde han de ir.

—Okey, ¿tienes cervezas?

—Alguna quedará por dentro, pero esto no es una taberna, agua sí puedo darles. Si conducen, mejor no beban.

—Viejo, mejor te ahorras los consejos. ¿Vives solo, verdad?

Los cuatro individuos bajaron del coche que parecían haber rescatado de un desguace y avanzaron hacia el viejo. Sonreían, pero sus sonrisas no eran amistosas, más bien amenazadoras, algo que pudo captar Eloy.

—Vivo con mi hijo, no tardará en llegar —mintió, olfateando un soplo de peligro.

Uno de los jóvenes, el que parecía el cabecilla del cuarteto, avanzó recto hacia la entrada de la casa de puertas abiertas. Quedó en la estancia que hacía las veces de comedor y cocina. Husmeó el ambiente, como si los olores que captara pudieran proporcionarle información importante.

—Aquí no tienes nada que valga la pena, viejo, por lo visto no gastas tu dinero en comodidades, así que lo tendrás guardado en alguna parte. La gente como tú no se fía de los bancos, prefiere guardar los ahorros en el colchón.

—¡Salga de mi casa! —ordenó Eloy con toda la energía de que fue capaz.

Como respuesta sólo obtuvo burlas, carcajadas y empujones de aquellos desconocidos que le hicieron caer al suelo de espaldas, dándose una buena costalada.

—Vamos, dinos dónde guardas tu dinerito y no te pasará nada, eres tan viejo que ya no lo necesitas, no pensarás llevártelo dentro de la caja al otro mundo, ¿verdad?

Para reforzar la amenaza de sus palabras, el joven blandió en su mano un madero que acababa de recoger de un montón de leña apiñado junto a la puerta.

Si el corazón de Eloy hubiera sido más frágil, en aquel preciso momento hubiera estallado de indignación, estaba siendo maltratado y humillado en su propia casa por cuatro niñatos que sólo pretendían divertirse y robaban sin remordimientos si encontraban una víctima propicia y solitaria como él.

Nadie supo de dónde surgió aquella sombra gris oscura, tan silenciosa como rápida.

No emitió ladridos, sí unos gruñidos jamás oídos por ninguno de los hombres. Pudieron ver el destello blanco de los colmillos, enormes cuchillos de marfil incrustados en las fauces poderosas y unas garras provistas de uñas que nadie había cortado ni pulido jamás, empujadas por la fuerza de un cuerpo que les pareció de la altura de un humano.

Omega no reprimió su instinto de cazador; las gallinas le merecían un respeto porque el viejo las cuidaba, pero aquellos hombres eran simples alimañas, su hedor les delataba de lejos.

La sorpresa también jugó a favor de Omega. Los ojos de los delincuentes se agrandaron al verle y su reacción instintiva fue echar a correr hacia el coche abandonando a su compañero, cuya muñeca quedó atrapada entre las fauces de Omega. Se oyó un crujido siniestro de algo que se rompía, ¿huesos, tendones?

—¡Es un lobo, es un lobo! —gritaron.

El delincuente enfrentado a la fiera joven y elástica chillaba de dolor y miedo. Omega rebajó la presión de sus mandíbulas poderosas y el hombre aprovechó para liberarse y salir corriendo con una mano que pendía torcida de forma extraña mientras goteaba sangre.

—¡Tenéis que llevarme a un hospital en seguida!

Alzó la cabeza y aulló, fue el suyo un grito de júbilo, de victoria.

—¿Y vas a explicar que querías robarle al viejo y te ha atacado un lobo? —gruñeron sus compinches mientras accionaban la llave de contacto para poner el coche en marcha y salir a toda velocidad al descubrir que Omega corría hacia el descapotable rojo, disfrutaba captando el miedo que su presencia inspiraba a aquellos hombres.

La nube de polvo casi ocultó el coche que emprendió la huida como si lo persiguiera un diablo peludo, de gruesa cola.

Omega se frenó en su carrera, sus uñas dejaron profundos arañazos en el suelo. Alzó la cabeza y aulló, fue el suyo un grito de júbilo, de victoria. Reculó y regresó junto al viejo que medio se incorporaba sacudiéndose el polvo del raído pantalón.

—Menudo susto hemos pasado, Noi, has sido muy rápido y muy valiente, gracias a ti esos tipos se han largado con viento fresco. Son escoria, cobardes que sólo se atreven con gente solitaria y un poco mayor como yo… Y encima son tan tontos que te han confundido con un lobo, en fin, deben ser de esa gente de ciudad que cree que los pollos nacen dentro de bolsas de plástico como los venden en los supermercados.

Las peludas orejas de Omega semejaron más enhiestas que nunca.

Si poseyera la capacidad del sarcasmo, sin duda llegaría a la conclusión de que el Homo sapiens, de sapiens tenía más bien poco. Pero, él, a lo suyo, aquel era un buen refugio, tenía agua, comida y un amigo humano. Y si volvía a toparse con gente como los chicos del descapotable rojo sería motivo de diversión, era más fácil y menos arriesgado enfrentarse a aquellos cobardes que a sus colegas de la manada donde Alfa era el jefe.

El original en lengua catalana de este relato obtuvo el primer premio del concurso literario Sant Jordi 2019, en La Bisbal del Penedès, Catalunya. Puede leerse en el blog de la autora haciendo clic aquí.

Àngels Gimeno
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