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Sanguínea

martes 22 de junio de 2021
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I

Maritza estaba desconcertada, no salía de su cabeza la última vez que había visto a su padre. Los recuerdos llegaban a ella como el río que confluye en el mar. Allí caminaba penumbrosamente, sin odio, sólo buscaba una salida. Era imposible regresar feliz, transitar los senderos con una sonrisa. Sin rumbo se hallaba.

¿Cómo hacía para convencerse a sí misma de que no había sido culpable? ¿De qué manera buscaba que, el envilecimiento y, los días de asfalto desaparecieran?

¡Arbolarios en la lejanía! La garra de un cielo que parecía caer, temblor por las nubes y halcones en remolino. Lo alto a punto de perecer.

¿Cómo aferrarse a los techos de humo silenciosos? ¿Dónde un lago artificial del cual ella nunca pudiera salir? ¿Cuándo la precipitada nieve negra insalubre? ¿Por qué el centellar de infelicidad?

Los fuegos iban por dentro, salían inesperadamente desde la fisura. Contraleña, contrafatiga.

 

¿Cómo pulsaba la realidad advertida? ¿Quién permitía tales yuxtaposiciones?

II

Cursi e insomne, así la retrataban. En el barrio siempre fue punto blanco para la risa. Evitaba las mañanas en el jardín, la hierbabuena la recogía desde la ventana. En el nudo de la tarde, tímidamente salía a comprar el pan y algo de leche, con lo que recordaba sus días infantiles, cuando en la mesa frente a mamá y papá terminaba introduciendo todo en el mismo tazón, con aquel complejo de pájara hambrienta y feliz. Incandescencias de mundos que constantemente abrazaba en la memoria. Suspendida aparecía ante la puerta abierta, le daba a cada imagen su significado, arcana dulzura permanecía imperfecta en su interior. Silbidos en los límites de la habitación sellada. Repetía entonces:

—¡Era mi padre! ¡Era mi padre!

Demostraba sus atributos de vidente, las vicisitudes se apostaban de forma imponente, y quedaba atónita, extrañada. Grotesco ejercicio mental, estremecedor e inevitable.

¿Cómo pulsaba la realidad advertida? ¿Quién permitía tales yuxtaposiciones?

Si bien su oficio era distinto, grandes constelaciones la bordeaban.

Cursi e insomne, sí, en proporciones irregulares; la cosmovisión, la búsqueda persistente a las respuestas que reclamaba. Inexorable pálido rostro, forzado a la raíz.

Cada vez menos joven, y dispar.

 

III

La percepción del instante, los gestos cambiantes, los descubrimientos. Transparencias y silencios en una inmensa llama. Ánforas repletas de aquella vida mortal.

Maritza llevaba su cabello rizado, y una piel resplandeciente. En las superficies de sus palmas blanquísimas las líneas de la vida traspasando lo idílico, un mundo sin edad. Nunca halló cómo herir con precisión, se interrogaba constantemente.

¿Qué era la primera sangre? ¿Cuál era el significado de los cuerpos? ¿Por qué giraba presa bajo partículas? ¿Quién la arrastraba a un descendimiento intempestivo?

Afuera el centellar crepitante… ¿y adentro? Simplemente un corazón que sudaba selvático, con fuerzas de luz metal, y el carbón que la aislaba. Aquella cosa que la levantaba, y la enloquecía. Presentimientos, lunas invernales de oscuridad. Los pájaros lejos de las ramas, una vida desempolvada, disuelta sal de sombras; red doméstica, cuencos de miserias a las que recurría sólo para ver su rostro… y aquellas manos.

Andaba por el patio, vestida y balbuceante. Asomarse a la ventana significaba sobrevolar, desfilaban momentos despedazados. Llegaban a su memoria las lámparas a la orilla de la playa, las conchas de los erizos, los dientes de algodón de sus hermanos. Hacia lo hondo otra vez, sin bálsamo, con su mar.

 

IV

Las imágenes oníricas no eran mera ilusión. Revelaciones proféticas en una realidad psíquica que reverberaba. De pronto se encontraba en la pequeña gran biblioteca. Maritza era atraída por aquellos inmersos en el “mundo de los insanos”, la situación de demencia y estados de psicosis que no se encontraban aislados de muchos individuos.

Bleuler, en torno a la dementia praecox, navegaba por los intersticios del saber. Instrumento consecuente de los submundos instintivos. Demasiada brillantez lo llevó a ser el psiquiatra más eminente de Suiza. Rebautizó la esquizofrenia, en las periferias de la luz.

Pierre Janet, discípulo de Charcot, estudiaba también los estados inconscientes de la disociación. Personalidad tergiversada y múltiple.

¿Cómo conseguía esa tarea diaria? En el dolor ¿no se confundía su alma?

Freud creaba el psicoanálisis, y daba acceso a las vías del inconsciente. No se dejaba engañar. Surgía toda clase de fenómenos, la materia era el hombre, su significado amplio. Universalidad de sentido, ebullición.

¡Qué decir de Gustav Jung! Experiencias religiosas variadas y continuadas.

Su mirada era el centro de todo. Poderosa como un tigre que vestía el azul pálido, para parecer rendida y asfixiada.

Como Maritza, buscaba información relevante en la biblioteca de su padre.

En medio de la vastedad de páginas, quizá las repuestas a los episodios galopantes de poca cordura, aquellos que no podía ver a la cara. Colérica, melancólica, flemática y sanguínea, así se encontraba.

—¿Tenía dotes intuitivos como aquellos estudiosos? ¿Podía hablar durante horas de las imágenes que la trastabillaban?

Su mirada era el centro de todo. Poderosa como un tigre que vestía el azul pálido, para parecer rendida y asfixiada.

Un brebaje dulce para descansar el pensamiento. Cruzar las calles una y otra vez, hasta comprar más pan y más leche. Tomar el tazón como casi siempre, el que llevaba arrebujado el nombre de su madre, Violeta. Meter entre la leche el pan para saciar las ansias, y regresar a la niñez una vez más.

 

V

La región aguardaba los sueños. Fauna y flora se convertían en júbilo para los visitantes. Era un despertar en sí. Cada garúa, dianoches, nochedías… Los rosales y sus pétalos aromáticos, el pasto, las casas con el viento anaranjado, los chasquidos que emanaban. Gavilanes, turpiales, gaviotas, águilas, cardenales… serpientes plegadas en los ríos, gallos que espantaban, cocodrilos, arañas con sus telas… valles, aguas adentro. Encantamiento, renacer.

Tranquilamente una siesta, apenas unos minutos para viajar en los secretos ocultos. El aire rojo y locuaz de los instantes de revelación. Cerrar aquellos ojos rasgados, y de pronto estaba lejos; sin zapatos en la súbita calle, el mundo en un quetzal, o en los halcones arremolinados. ¡Cuán lejos habitaba! De pronto un barco sobre el río, un paisaje veloz, los campos sembrados; una piedra gigante de color gris, un casco que sangraba, un canal con tiburones, una iglesia en medio de la tierra árida…

¿Cómo contemplaba ese universo con los ojos cerrados? ¿Cuánto duraba la vida allí?

Interesante y flexible memoria, florecida en el tiempo con su estatura descomunal. La necesidad del misterio, nostalgia anticipada, revuelo en la incertidumbre.

¿Dormía o no dormía? ¿Sentía las premoniciones? ¿Cuánta simbología en el vértigo y la oquedad?

Formas póstumas de silencio, indefensión, imprudencia mental, sospechas y duelos futuros. Soñolienta y tardía entraba en el vestido verde. Tenía frío y un aura distante.

 

VI

Estaba el sol con los párpados crecidos, evocaba los inicios. La posibilidad de hacerse centinela o murmullo. Volvía a recoger desde la ventana vedada la hierbabuena, justo a esa hora un tropiezo en la mente. Treinta días habían pasado y su padre no presentaba ningún signo de mejoría, continuaba recluido en el hospital del centro. Un cuadro clínico delicado, aquella lucha por la supervivencia. Se mostraba exhausta de tanta carrera. Un soplo de angustia alrededor en esa mañana de agosto. Hacía un lustro que la madre de Maritza y sus hermanos habían perecido en un accidente automovilístico. Esa vez se dirigían a la ciudad capital, una cita médica aguardaba, para descifrar los niveles del trastorno del espectro autista en Pablo y Virgilio. Los tres se hicieron ángeles musicales, prueba fehaciente de divinidad para su ser raro. No había plenitud en su pecho roto, sólo un ave sola dentro, que retornaba al origen consecuentemente.

No hubo error en sus premoniciones, una borrasca ascendida, un tiempo de huella fragmentada. Quedaba entonces en extrema orfandad. Su padre se hacía ángel.

¿Cómo excluía lo múltiple? ¿Por qué era continuo el dolor?

La epifanía del padre en ella misma. Cada vez más cerca el encuentro de las almas que más amó. Destino perdurable, agitado. Sólo su sangre anillada en el relieve de la procedencia.

Natalia Lara
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